Nino Rota y una melodía colombiana

¿Existe alguna relación entre el folclor colombiano y la música compuesta por Nino Rota para una película de Federico Fellini? Una misteriosa melodía obliga al autor de este texto a buscar la respuesta entre discos viejos y conversaciones con melómanos incansables. 

POR Juan Carlos Garay

Eddra Gale como Saraghina en de Fellini, 1963

 

 Duke Ellington acuñó la expresión “perseguir la melodía” para referirse a la manera en que nos desvivimos cuando nos encanta una música y no queremos que se vaya. Hoy lo común es averiguar cómo se llama y buscarla en internet. O, si uno pertenece a otra generación, comprar el disco. Y hubo antes otras maneras: a mi abuela le era más fácil sacar la partitura. Cuando una melodía le gustaba, en el cine por ejemplo, la copiaba en papel pentagramado para luego llegar a su casa y tocarla en el piano cuantas veces quisiera. Lo que sigue es una historia de persecución de melodía, quizá menos interesante que las peripecias de mi abuela, pero apreciable para mí porque me ocupó varios años de hipótesis y sueños.

 

En alguna noche de mi irresponsable juventud, la televisión transmitió la película de Federico Fellini y yo la vi, en un estado de percepción alterada, junto con mi amigo Leonardo Garibello. Lo de los sentidos alterados era innecesario, considerando las características desbordantes del cine de Fellini, pero era la primera vez que veíamos 8½ y no sabíamos a qué nos íbamos a enfrentar.

Pasados 50 minutos de película, hay una escena en que unos niños van a visitar a Saraghina, la prostituta que vive a la orilla del mar, y le piden que baile “la rumba”. Saraghina no habla. Los mira con el rímel corrido y luego se limita a menear sus rotundas caderas al ritmo de una pieza musical que, si bien suena alegre, dista de ser lo que para nosotros significa la rumba. Suena más bien –debido a los arreglos de Nino Rota– como una tarantella con un poco de swing.

Recuerdo que en ese momento Leonardo se puso pálido, volteó a verme y me transmitió su descubrimiento con la compostura de un piloto que acaba de hacer un aterrizaje forzoso:

–Eso es colombiano.

Dijo, además, que recordaba haberla oído en las fiestas decembrinas de su casa, o sea que con seguridad se trataba de alguna de las orquestas de antaño. ¿Lucho Bermúdez? ¿Pacho Galán? Era fascinante la posibilidad de que Nino Rota, el hombre que musicalizó casi todas las películas de Fellini, hubiera conocido una canción tropical colombiana y la hubiera citado en una escena que pedía sonido de rumba. Durante los días siguientes anduvimos escudriñando la colección de elepés del papá de Leonardo, pero no hubo suerte. Comparábamos lo que escuchábamos con la melodía retenida en la memoria. Algunas piezas se parecían, pero nada más. Una tonalidad similar, un par de compases en que los acordes coincidían: a lo mejor eso era todo. Pensé que ahí terminaba la pesquisa.

Pasaron dos o tres años. Asistí a Rock al Parque 2007, donde sucedió lo que menos esperaban mis oídos. Sobre la tarima se presentaba El Huevo Atómico, un grupo de reggae bogotano ya desaparecido, que infortunadamente solo alcanzó a grabar un disco y se disolvió por peleas internas. A eso de las cinco de la tarde, la banda cerró su concierto con una versión ska de “La gaita de las flores” de Lucho Bermúdez. Y ahí estaba, después del coro, la misma melodía que bailaba Saraghina en la película de Fellini, un poco más rápida, en un arreglo para saxo y clarinete. Cuando yo ya había dejado de perseguir la melodía, era ella la que me perseguía a mí.

Todo indicaba entonces que aquello que Nino Rota había citado era la coda de “La gaita de las flores”. Feliz con mi descubrimiento, me fui a escuchar el disco de Lucho Bermúdez a mi casa. Pero entonces la situación empezó a complicarse: ninguna de las dos versiones grabadas por la orquesta de Bermúdez –una cantada por Bobby Ruiz y otra en coro– tiene ese final. Decidí contactar a los músicos de El Huevo Atómico con el pretexto de una entrevista, y preguntarles directamente si esa melodía era de Lucho Bermúdez. El saxofonista Juan David Castro, creyendo que me despejaba una duda, en realidad me confundió más:

–No, la coda la sacamos nosotros de una escena de la película 8½, cuando sale la prostituta y le hace un baile al protagonista. Cuando yo estaba en Barcelona la tocaba en las calles y a la gente le gustaba. Pensaba que era de Nino Rota pero me han dicho que no. Unos dicen que es balcánica y otros que es un mambo. Es un “medio-mambo”.

Así se quedó todo hasta hace unos meses, cuando a raíz del homenaje a Nino Rota que anuncian para el próximo Festival de Música de Cartagena volví a pensar en la melodía misteriosa. Volví a ver la escena con algunos amigos conocedores de la música tropical. A lo sumo me decían: “Sí, eso parece colombiano”, pero no se comprometían. El valiente fue Sergio Santana, que desde Medellín me pidió que le enviara algún link donde pudiera ver la película. Veinticuatro horas después me tenía la respuesta:

–No es de Lucho, es de Edmundo Arias y se llama “Fiestas”.

Edmundo Arias es el tercero y el menos mencionado de lo que considero la santa trinidad de las orquestas tropicales en Colombia. Casi siempre se habla de Lucho Bermúdez y Pacho Galán, pero la obra de Arias, quien trabajaba desde Medellín con los sellos Fuentes y Codiscos, es tan contundente como lo que hacía la orquesta de Stan Kenton al mismo tiempo en Estados Unidos.

No obstante, Sergio me advirtió que no cantara victoria en lo que tocaba a la autoría del tema. Edmundo Arias era de los músicos más acuciosos a la hora de dar créditos. Cuando la composición era suya lo anotaba, y cuando era ajena procuraba siempre citar la fuente. En el caso de “Fiestas”, el crédito se limitaba al famoso “dra”, derechos reservados de autor, que era como decir que la pieza le pertenece a otro pero el nombre del individuo no se tuvo a mano al momento de prensar el disco. ¿Podía ser Edmundo Arias el que citaba a Nino Rota? No, porque la película es de 1963 y “Fiestas”, que aparece como “vals” en el álbum Ritmos del Caribe, fue grabado ocho años antes. En cambio sí era posible que aquella composición, la rumba, el medio-mambo, el vals, no fuera colombiana.

Y al final, no lo era. Esta historia termina con un correo de Sergio Santana, a la semana siguiente, contándome que estuvo “en una reunión con unos viejos melómanos y me contaron que es un foxtrot de los años treinta y se llama ‘Bianca’ ”. Reviso entonces la evidencia en varias páginas de internet y ahí está, en versiones de orquestas alemanas –Oskar Joost, Eric Harden– e inglesas –Jack Payne–, grabadas entre 1930 y 1931. “Bianca” referencia como autores a Samuels & Whitcup, una dupla que se menciona también en los créditos de algunos discos de Woody Herman y de Billie Holiday.

Pero hay algo en mí que se resiste. Una vuelta probable, una posibilidad mínima pero latente, de que Nino Rota haya escuchado la versión colombiana y sea esa la que cita en la banda sonora de 8½. Estaría dada por la existencia de un profesor llamado Vittorio Pastorelli, residente en Génova durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Allí hizo amistad con el cónsul de Colombia, Jaime Sanín Echeverri, quien lo convenció de venir a conocer nuestro país.

A Pastorelli no solo le encantó Colombia, sino que a partir de 1952 se estableció como profesor de idiomas, primero en Medellín y luego en Bogotá. Durante varios años, tal vez como complemento de sus lecciones, Pastorelli se dedicó a traducir al italiano canciones populares colombianas. El hobby empezó a robarle todo el tiempo y terminó convirtiéndolo en productor discográfico a finales de los cincuenta. Su proyecto era traducir toda la música colombiana y grabarla con voces “en el idioma del bel canto” para que sus amigos en Italia apreciaran su belleza. Así, por ejemplo, “Espumas” fue transformada en “Spume”, con la voz del tenor Salvatore Castagna, y “Bésame morenita” se volvió “Baciami morettina”, para lo cual tuvo que entrenar en fonética al cantante René Gamboa. Los discos, que se publicaron bajo el título de Smeraldi Musicali di Colombia, fueron distribuidos en Italia por la marca Kosmos.

Se me ocurre que entre las grabaciones enviadas a su país, Pastorelli pudo incluir alguna versión de “Fiestas”. Si bien estas Smeraldi Musicali no tuvieron una popularidad inmensa, tampoco es del todo raro imaginar uno de esos discos en manos de Nino Rota, ese gran buscador de melodías en tiempos en que los compositores perseguían otros sonidos más intelectuales. No hay que olvidar que de él dijo Miklós Rózsa: “Como buen italiano, era un auténtico melodista”. La historia es bonita y uno quisiera que además fuera verídica. Pero dejemos las cosas ahí, porque seguir avanzando ya sería entrar en el terreno de la especulación.

ACERCA DEL AUTOR


Juan Carlos Garay

Autor de la novela La nostalgia del melómano. Es realizador del programa radial La Onda Sonora, que transmite Radio Nacional de Colombia.

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