Stravinsky y los gatos

Un intercambio de cartas entre lectores emocionados y la redacción de Gramophone reveló en 1935 el sorprendente efecto de la música de Stravinsky sobre los gatos... o la obsesión de los dueños por sus animales.

POR Russell Farnsworth

Ilustración de Zamir Bermeo

 

En la vida del compositor ruso Igor Stravinsky hay algunos episodios polémicos tan conocidos que se han vuelto parte de la mitología de la música. Lo primero que se recuerda son los escándalos durante el estreno de La consagración de la primavera en 1913: una obra que, citando a Deems Taylor en la película Fantasía, “expresa la vida primitiva a través de una serie simple de danzas tribales” terminó generando entre los asistentes una sarta de abucheos y reyertas. Reacción tan salvaje como las escenas que el compositor quería recrear.

 

Menos conocida, pero también enrutada por ese lado salvaje, es la reacción que generó su música en el reino animal. Más exactamente, entre el involuntario público felino. Si bien se ha vuelto un lugar común decir que la música apacigua las fieras, en el caso de los gatos la creación de Stravinsky parece tener un efecto  contrario. Las páginas de la revista ingles Gramophone registraron a lo largo del año 1935 una serie de informes de dueños de gatos a cerca del extraño comportamiento de sus mascotas cuando sonaba en el tocadiscos alguna obra de Stravinsky.

En diciembre de 1934, Compton Mackenzie, quien escribía una serie de pensamientos en las páginas editoriales de la revista, reseñó un disco de la cantata Las bodas, publicado por el sello Columbia. Hasta ahí todo se movía dentro de los términos usuales de la crítica. Mackenzie comentó que la obra tiene un “maravilloso ritmo” y una “percusión inmensamente estimulante”. Pero algo pareció quedársele pendiente, y en el siguiente número (enero de 1935) confió a sus lectores un detalle más doméstico: 

El mes pasado, al escribir acerca del disco Columbia que contiene Las bodas de Stravinsky, olvidé mencionar el curioso testimonio del efecto de esta música sobre unos de mis gatos. Para más señas es una gata común, no de raza siamesa, y había estado acostada toda la tarde muy cerca de la bocina de mi gramófono. Puse varios tipos de música, tanto vocal como orquestal, y a volúmenes más altos que Las bodas. Sin embargo, después de unos minutos de haberse iniciado los instrumentos percutivos de Stravinsky, la gata se levantó, miró la bocina con una expresión de desconcierto y luego, apoyada sobre sus patas traseras, posó las patas delanteras en el borde de la bocina y estiró su cabeza hasta el fondo como buscando aquello que producía ese ruido extraordinario, algo que evidentemente no se parecía a nada que hubiera oído salir antes de ese aparato. No puedo sino deducir del comportamiento de mi gata que la música de Stravinsky posee en verdad esa vitalidad primordial que el compositor está tratando de expresar. 

Esa reflexión final de Mackenzie es exquisita. Si Stravinsky tenía un lado primitivista, quienes mejor podían apreciarlo eran los animales. No es una asociación muy distinta a la que hizo Walt Disney cuando decidió incluir en Fantasía una obra orquestal del compositor ruso. La orquesta le sonaba descomunal y la música arcaica: terminó diseñando una marcha salvaje de dinosaurios. Pero volviendo a 1935, otros dueños de gatos empezaron a sentir familiaridad con la anécdota, y a compartir sus historias. El primer informe de lo que parecía ser un síndrome gatuno aparece en la edición de abril: 

En la edición de enero de Gramophone conté una historia acerca del efecto de Las bodas de Stravinsky sobre una de mis gatas. Ello motivó una carta muy interesante de un lector en Birmingham. Desafortunadamente refundí la carta, o la hubiese publicado entera. El lector decía que cuando un amigo suyo tocaba música de Stravinsky, su gato revelaba todas las manifestaciones de placer felino, incluso llegando al extremo de frotarse afectuosamente contra el instrumento y ronronear… Por supuesto, el parecido entre el comportamiento de mi gata y la reacción del gato del amigo de mi corresponsal puede ser una coincidencia, pero una tan notable como para justificar nuevos experimentos, y me sentiría muy complacido si alguno de mis lectores que tenga gatos domésticos y discos de Stravinsky intentara juntarlos y, en caso de hallar alguna reacción que pueda confirmar lo que hasta ahora es una teoría tentativa, se comunique conmigo. Si las circunstancias son favorables este verano, intentaré probar el efecto de Stravinsky sobre la foca gris del Atlántico, un animal particularmente susceptible a la música. La difunta señora Kennedy-Fraser solía declarar que cuando cantaba melodías hébridas en las playas de Barra las focas le respondían en la misma tonalidad. 

Stravinsky se encontraba lejos de todo este asunto. Pasada su gira de tres meses por Estados Unidos, debió de ocuparse casi de inmediato en terminar su Concierto para dos pianos (que se estrenaría seis meses más tarde). Entre tanto, en distintos rincones de Inglaterra, seguían apareciendo casos de la epidemia animal. Mackenzie se volvió más cuidadoso y empezó a archivar la correspondencia de sus lectores para publicarla. En la edición de mayo, al lado de un debate sobre lo “discutible” que podía ser la música de Delius y la noticia del descubrimiento de un manuscrito gregoriano, Gramophone transcribía esta carta enviada por la señora Rosamund Harcourt Smith: 

Leí con gran interés la carta de su corresponsal acerca de la apreciación felina de la música de Stravinsky. He tenido la misma experiencia con mis propios gatos. Cuando vivía en Pekín, hace dos años, llegué a tener nueve gatos, todos chinos con excepción de una hembra siamesa y un gato común americano. Eran completamente indiferentes a la música, salvo cuando sonaba La consagración de la primavera (ni siquiera El pájaro de fuego les interesaba). Cuando La consagración sonaba en el gramófono, se volvían locos; echaban las orejas hacia atrás y movían la cola como si fuera un látigo, se tiraban al piso gruñendo en una especie de éxtasis, y luego saltaban los unos contra los otros y rodaban como deportistas de lucha libre. Aquel juego tenía un elemento salvaje y violento, perdían su calma, lo cual es extraño porque normalmente eran gatos mansos y amorosos. Cuando terminaba la música, se quedaban en un estado de tensión nerviosa por horas… En la actualidad tengo un gato persa negro que es particularmente aficionado a Las bodas y hace una pirueta solo cuando suena esa música. Salta desde un extremo del salón y aterriza en un tapete en el que se desliza sobre el parqué. A veces se ha vuelto tan loco con ese juego que he tenido que sacarlo de la habitación para que no rompa nada. 

¿Alguna perspectiva científica? Las teorías que hoy circulan se oponen. Unos biólogos dicen que la experiencia musical es exclusivamente humana; otros defienden la teoría de una capacidad musical de los animales y mencionan que en los cantos de ballenas se pueden encontrar ritmos, extensiones de frases y estructuras de “canción” comparables con nuestros conceptos de música. Los corresponsales de Gramophone se hallaban mucho más cerca del segundo grupo: en sus hogares estaban las pruebas. Tal vez, en aquellas tandas de discos Columbia en el gramófono, los gatos sentían empatía con Stravinsky porque en algo concordaba con su entendimiento del sonido. Tal vez, a la hora de componer, Stravinsky estaba, inconscientemente, demasiado conectado con los gatos.

En todo caso, el tema no fue tratado por científicos sino por musicólogos que se mostraban asombrados y divertidos con aquel fenómeno. En el mes de junio, al tiempo que se reseñaba una nueva grabación del Octeto para instrumentos de viento, la colección de testimonios y análisis de casos gatunos era nombrada “the Stravinscat question”. Igor Stravinsky seguía componiendo. En los años siguientes estrenaría su ballet Juego de cartas y su Preludio para jazz band, donde los ritmos vuelven a ser frenéticos, al menos para su época. Pero no sabemos si los gatos siguieron enloqueciendo porque el interés por el tema se fue apagando.

Una especie de colofón aparece en la sección de notas breves de octubre:

Los gatos y la música: este delicado tema fue expuesto admirablemente por el capitán Anthony Ludovici en el encuentro del Club del Gato Siamés, del cual este editor es presidente, el pasado 25 de septiembre. El capitán Ludovici lanzó la teoría de que el discurso es en sí mismo una expresión musical. El gato, al no poder hablar, da voz a sus sentimientos en una música pura, donde cada nota expresa sutilmente un deseo distinto. Un humano que sienta simpatía por los animales puede interpretar esa voz, si estudia lo suficiente. Al terminar de decir esto, se escuchó un profundo maullido de aprobación proveniente de la jaula de uno de los campeones, que hizo reír a todos los asistentes. 

Al final de la tarde, relata Mackenzie, vino una discusión acerca de cuál es la definición exacta de “música”. De haber estado Stravinsky en aquella tertulia, lo más probable es que defendiera la perspectiva racional y la llamara, como hizo en una conferencia en Harvard en 1939, “un acto humano consciente”. Nadie le contó acerca de los gatos. 

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