Doce días sin redes sociales

Diario de una adicta en abstinencia

¿Cómo transcurren los primeros días del año, lejos del ruido digital y de la urgencia de compartirlo todo en las  redes sociales? Una de las primeras tuiteras registradas en Colombia narra su experiencia.

POR Natalia Vivas Velasco

Ilustraciones de Paul Blow 

Ilustraciones de Paul Blow 

 

La mitad de mi vida he estado conectada a internet. Tengo 30 años y mi círculo social es una ventana. Un ranking de dudosa reputación y con una diagramación pésima ubica la mía como una de las cuentas de Twitter más antiguas de Colombia: 30 de enero de 2007. Lo digo porque ese hecho me enorgullece más que haberme ganado un premio de la Sociedad Iberoamericana de Prensa, y porque tengo que presumir y justificar con alguna fuente el relato de cómo intenté terminar con mi adicción a compartirlo todo en las redes sociales.

 

 

Hasta hace doce días nunca había dejado de publicar mi estado en internet. Qué como, qué escucho, dónde estoy, con quién ando, qué opino. Cuando cumplí 20 años, mis amigos me regalaron un cedé con el dibujo a mano alzada de una palmera, “algo natural para una amiga que se nos perdió en lo virtual”. Dejé de hablarles por un tiempo. A esa edad yo ya había construido una personalidad digital en un blog, tras el seudónimo Molly Parker, llevando mi cotidianidad a latitudes insospechadas y consolidando vínculos reales e imaginarios con gente de todo el mundo. Vínculos que hoy me hacen vicepresidente de practitioners en el capítulo latinoamericano de la comunidad más importante de interacción humano computador, una disciplina que estudia la relación entre las personas y las máquinas. Y que a veces también me impide desconectarme.

Decidí hacer un alto en el camino, mirar las cosas lejos de las pantallas, al menos durante los doce primeros días del año, para tratar de entender si mis interacciones digitales son un hábito o una forma de vida. 

   Primero de enero

Evito hacer propósitos de año nuevo para no frustrarme. A medianoche, después del abrazo familiar colectivo y el ritual de lentejas en los bolsillos, decido dejar el celular apagado en la sala de mi casa materna. Mi hermana me mira sorprendida. Cuarenta y cinco minutos después regreso a encenderlo, con esa ansiedad de encontrar al hijo perdido. Fotos, mensajes genéricos de año nuevo, videos, notificaciones, gente aparentemente feliz, al menos en esas fotos, en esos mensajes, en esos videos. Con varias caipiriñas en la cabeza me uno a la “multitud eléctrica” –como llama Eric McLuhan a la gente conectada– para mostrarle al mundo mi vestido nuevo, mi pelo artificialmente liso, mis sandalias de plataforma blanca y dorada. Mi reconciliación anual con la feminidad.

Al amanecer sigo atada a mi Nexus 4, con el maquillaje corrido, contando likes y recorriendo la vida de otros entre cuatro íconos brillantes. Casi no logro dormir. Espero que en algún momento aparezca en WhatsApp la foto del experto en big data con el que me gusta hablar y que no me deja saber nada de su vida por ninguna red.

Hace unos meses, en Nueva York, a través de su vida un poco indiferente a lo que transcurre en estas pantallas, él me dio lecciones de privacidad, de soledad y de convivencia con uno mismo. Es el primero a quien le cuento mi decisión de borrar todas las aplicaciones sociales del móvil. Me despido afectada, como si partiera en un largo viaje. Él me ignora con un frío “ok”. 

   Dos de enero

Sé extremadamente sutil, discreto, hasta el punto de no tener forma. Sé completamente misterioso y confidencial, hasta el punto de ser silencioso. De esta manera podrás dirigir el destino de tus adversarios.  

 Sun Tzu, en El arte de la guerra 

Son las nueve de la mañana. Abro los ojos y me obligo a no revisar el móvil. Tratando de sortear la ansiedad de no saber qué pasó mientras dormía con las imágenes que publiqué en Instagram, bajo de internet El arte de la guerra. Lo leo sedienta. Pienso en mi empresa, en mi ejercicio de desconexión, y dejo marcadores de lectura con las palabras: compromiso, prudencia, discreción, firmeza, racional, realista, orden, calma, valor y fuerza. Conocerse.

Llamo a mis padres: “Me quiero ir a la finca, sola”, les digo, evitando confesar mi incapacidad para estar desconectada cerca de la tentación digital que produce la vida urbana. Huir lejos de las ondas electromagnéticas es lo que puedo hacer por lo pronto. No sé si estoy lista para dirigir mi propio destino; conservaré en el bolsillo, silencioso, a mi aliado que por unos días se convertirá en adversario. 

   Tres de enero 

En la mañana veo muchos pájaros, descubro por lo menos quince variedades en solo tres árboles. Paso casi una hora buscando en Google combinaciones con las palabras: pájaro, negro; pecho, rojo; alas, naranja. Ningún resultado satisfactorio. Tengo la sensación de haber descubierto una nueva especie. Quiero publicarlo, subir una foto y preguntarle a alguien si sabe el nombre del bendito animal.

Traigo dos libros para combatir el posible tedio, pero no leo ninguno de ellos. En la empolvada biblioteca de la finca encuentro El retrato de Dorian Gray, con un separador que había abandonado años atrás en la página 57. Hasta ese punto hay frases subrayadas, tuits perfectos. Son mis trazos y yo no recuerdo nada. Nada. ¡Necesito comunicarle al mundo citas que ni siquiera recuerdo! Me abstengo. Tiendo una cobija en el pasto y bajo una palmera comienzo a pasar las páginas mientras las hormigas suben por mis piernas. 

  Cuatro de enero

Solamente hay una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti.

Oscar Wilde, en El retrato de Dorian Gray 

A las siete de la mañana, me despierta el ruido de unas torcazas sobre el techo. Desbloqueo el celular y entro a mi galería de imágenes a borrar el pasado reciente. De cada momento vivido, diez, veinte, treinta imágenes repetidas: el mar, atardeceres, comida, familia, besos congelados para el experto en big data que ya no me quiere. 532 ítems. Borrar. Regreso a dormir.

La imagen de una ballena ensangrentada me despierta. Ahora hace calor, anhelo buscar en Google qué significa soñar con una ballena ensangrentada. En lugar de buscar la respuesta, tomo el libro y regreso a la hierba con la misma cobija. Avanzo en las páginas como si fueran espejos, como si me hubieran mandado a Dorian Gray para pensar en esa vida paralela que recibe decenas de likes, comentarios y miradas, mientras corro la cobija para escapar del sol de mediodía. Me pregunto si alguien me extraña.

Mi madre me llama al celular del mayordomo, le sorprende que no conteste el mío: seis llamadas perdidas. Mi mejor amiga del colegio está en la ciudad con su nuevo bebé. Horas después, abrazada a Martín, sonrío ante mi propio flash aguamarina. El niño se ríe conmigo. Pudo haber muerto al nacer y yo nunca lo hubiera sabido. Hay cosas que nunca aparecerán en un timeline de Facebook. Lo beso y lo hago reír para una última foto. 

  Cinco de enero

Minus the physical body, the user of electric media can be in two or two dozen or two million places simultaneously –everywhere the Internet reaches, in fact. The electric crowd lives as if already dead.

Eric McLuhan 

Despierto para el paseo. Primero iré con mi familia a una finca y después a Cali, donde los amigos. Al llegar a la finca las primas me saludan: “¡¿Por qué no contestas el WhatsApp?!”. Después de espuma, agua, risas, balones y pasto, les cuento en la piscina que he decidido desconectarme. ¿Será por eso que me duele la cabeza?

Al empezar la noche, después de la sagrada asadura de cerdo y previamente al ritual familiar del karaoke campestre, mis primas adolescentes se tiran en los colchones a revisar sus celulares. La de trece está asustada porque la contactó un niño de Barranquilla, solo llevan dos días chateando y él dice que la ama. Todos aconsejan que lo borre, que no hable más con él; pero yo le digo que le siga la corriente. “No sabes a quién puedes conocer. No toda la gente que está en internet es mala”.

A veces traslado esa confianza digital al mundo análogo y resulta peligroso: Chicago, 2008, viaje de trabajo. Salí a un bar de jazz a dos cuadras del hotel. “Un martini y regreso”, pensé. En la barra conocí a dos jóvenes mexicanos, me inspiraron confianza. Dijeron trabajar en el hotel y se ofrecieron a llevarme a medianoche cuando se fueran. Acepté.

Salimos en un carro negro, viejo. Pensé que al pasar dos esquinas llegaríamos al hotel pero me invitaron a comer tacos. “Es muy cerca, chamaca”. Acepté. Tomamos una autopista y subimos un puente elevado. Los miré sorprendida. Subimos otro puente. No aguantaba el miedo. Comencé a redactar mentalmente el titular de la noticia de mi desaparición, imaginé una bolsa negra.

–¿A dónde me llevan? ¿No era cerca?

–No te preocupes, ya vamos a llegar.

–Pero no los conozco. ¡Regresemos ya!

–En serio somos del hotel –entre risas me mostraron sus identificaciones con foto. Como si eso sirviera de algo. Si los hubiera agregado a alguna red por lo menos alguien podría hacer el tracking de la muerte imaginaria que empezaba a armar en mi cabeza. Fueron los tacos más amargos que comí en mi vida.

Regreso de nuevo al presente, a la finca, junto a mis primas. Mientras les tomo una foto no puedo dejar de pensar que soy tan adolescente como ellas: la única de los dinosaurios digitales colombianos que no aprendió a convivir con las redes, que se estancó sin encontrar el balance, y por eso, quizá, siguió tuiteándose la vida indiscriminadamente. 

   Seis de enero

A media mañana, los sobrevivientes del karaoke empiezan a llegar al desayuno más largo de nuestras vidas. Huevos con envuelto de maíz, chocolate y pan. Miro el plato y tomo una foto mental. “El ejercicio de la memoria”, me decía un amigo psicólogo que criticaba la dependencia de esta sociedad al celular.

Cuando por fin comienzo a estar en el aquí y en el ahora, caigo repentinamente en una absurda discusión con toda mi familia sobre la psiquiatría, el psicoanálisis, la paz interior. Más de veinte personas en la larga mesa de madera. Pocos de mi lado. Les hablo de una charla TED de Andrew Solomon, en la que describe la depresión como el secreto que todos compartimos. Entonces reaparece la voz de mi psicoanalista como un pequeño demonio sobre mi hombro: “Más conectada, más deprimida”. 

  Siete de enero

Camino a Cali, miro las plantaciones de caña con las que siempre anuncio en Instagram que estoy aquí; esta vez no hago nada, respiro libre. Pienso en Cali y caigo en cuenta de que a las tres personas con las que me veré esa noche las conocí gracias a internet.

David: lector de mi blog. En 2004, creyó que Molly Parker era mona, alta y de ojos azules. Fui una decepción. Me mostró por primera vez el Launch Cast de Yahoo, emisoras personalizadas cuando no existía nada igual. Después sería la primera persona que confiaría en mí para un proyecto de consultoría.

Épica: una semana de agosto respondió por Twitter a mi pregunta: “¿Quién quiere ir a un concierto de música barroca?”. Y fuimos, nos volvimos grandes amigas. Es hacker, pero de los éticos. Tenemos en común que algunos de nuestros ex novios nos hayan regalado el dominio personal –no el autocontrol, el .com–.

Fernando: un día de enero me dijeron que le escribiera un direct message porque iría tarde al mismo paseo que yo quería ir. Nos conocimos en esa carretera; minutos antes no encontré nada en Google que me hablara de él. Salimos intermitentemente durante más de un año. Me enamoré como una estúpida ante su desconexión digital y sus atractivos enigmas: después de sentir que no lo conocía por no poder stalkear sus perfiles, comencé a verlo frente a mí. Tuve que adivinar de dónde era por su acento y descubrir en vivo, como la gente normal, su gusto por la fotografía y el mar, y su disgusto por los espaguetis y la palabra “arrunchar”. Dos años después no sé su edad ni si tenía algo con algunas mujeres que descubrí. Nunca nos agregamos a Facebook, palacio de las sospechas y de la confirmación de infidelidades.

Antes de escapar a medianoche de la casa de Épica, le alcanzo a contar algo de Fernando, y dejo abierta la historia en el capítulo que está a punto de comenzar: ante mis insinuaciones, él ha decidido recogerme bajo un torrencial aguacero para llevarme a un hotel.

Esa madrugada por primera vez en cuatro meses no estoy sola en un hotel. Llevamos mucho tiempo sin vernos, sin escribirnos obscenidades, ni intercambiar fotos de partes de nuestros cuerpos. De antemano sé que despertaré y se habrá ido. Por internet es tan fácil seducir e idealizar sin conocerse, pero pocas veces esas expectativas se confirman con tanta fortuna como en esta noche con Fernando.

 

 

  Ocho de enero

El año empezó hace una semana. Hay que regresar a trabajar, cerrar proyectos, enviar propuestas, atender clientes... y volver a la tentación de las redes durante las más de ocho horas diarias que me esperan frente a la pantalla. De vuelta en Bogotá, tomo un taxi. Esta vez no llevo el celular en mano, no voy narrando los trancones, ni tomándoles fotos a las montañas, ni a los carros antiguos. Solo escucho la radio. De repente suena una canción de Andrea Bocelli en una versión con un ritmo casi isleño. ¡Necesito saber quién la toca! Saco el celular y activo Shazam, una aplicación que reconoce la canción que está sonando.

Recuerdo cuando tomaba semanas de esfuerzo mental, búsquedas desesperadas o llamadas telefónicas a amigos contemporáneos, poder desempolvar de la memoria el título o la banda de una vieja canción. Ahora todo es más fácil: hemos cambiado esa emoción de la espera por la posibilidad inmediata de un descubrimiento que dará resultados y relaciones infinitas.

El círculo azul gira al compás de la canción tratando de descifrar su nombre: “Time to Say Goodbye”, de Vampire Weekend. Tranquilidad, paz en el espíritu: necesito saberlo todo antes que todos. La esencia de mi generación.

En la tarde, con esa añoranza del pasado, le pregunto al big data de Nueva York –melómano, coleccionista de discos– si conoce a Vampire Weekend y si me recomienda alguna canción. Me envía una y comenta que “parece estar inspirada en Pachelbel, como todo el pop”. Me gustan los hombres que son tan interesantes como internet y que se demoran incluso menos en contestarme.

Con una mínima culpa, busco más respuestas: “Soñar con una ballena indica un fuerte sentimiento de dominio de nuestras capacidades y nuestras vidas. Estamos preparados para llevar a cabo una nueva tarea o reconocer alguna responsabilidad”. Al final del día habré escuchado todos los álbumes de Vampire Weekend en Grooveshark, repitiendo una y otra vez “Taxi Cab”, e imaginando que voy en un convertible amarillo cantando: “Unsentimental driving around / sure of myself / sure of it now”. 

  Nueve de enero

Mujer, empresaria, líder de comunidades, ¡asume también la responsabilidad de tu vida privada! Atribuyo a la conexión mis logros profesionales, mis aventuras emocionales y, sobre todo, mis fracasos sentimentales. Siento que con las redes me presiono para sostener una reputación que desaparecerá si no la alimento constantemente. Han bastado nueve días para comprender que no es verdad.

Mientras intento evadir de mil formas las redes sociales, abro Facebook involuntariamente (lo juro, un automatismo sobre el teclado mientras hacía cualquier otra cosa). Casi temblando del temor a defraudarme, noto que un globito rojo me anuncia decenas de notificaciones. No debo saber nada, pero no logro evitarlo. En la primera imagen en la línea de tiempo, el brazo de una de mis mejores amigas enyesado, y bajo la foto puede leerse que padece la enfermedad de Quervain: “...algo que le da a los que chatean o escriben mucho por compu”, agrega.

Por razones similares –traté de romper el récord de un juego online–, yo tuve el síndrome de túnel carpiano desde los 19 años. Usé férulas y fui a fisioterapia. Solo en Chile, luego de un examen en el que me punzaron todo el brazo y me pasaron descargas eléctricas por los nervios, descubrí que mi síndrome se llamaba del opérculo torácico. Sintiendo un poco de dolor, traté de ampliar el diagnóstico con la ayuda de Google. La farmacéutica y el psicoanálisis fueron mi cura. 

  Diez de enero

No aguanto más. Con dedos desesperados toco un teclado imaginario en la ventana del taxi. Llego a la oficina a abrir TweetDeck. En la columna de notificaciones no hay ningún pendiente, nadie me ha “arrobado”, tengo nuevos seguidores aunque llevo una semana sin publicar nada. Nadie ha notado que no he escrito en diez días y si lo notaron no les importa lo suficiente como para decirme algo. La audiencia crece, con su silencio reconozco más mi soledad.

Salgo a cenar con amigos. Evitamos el tema digital, aunque casi todos los presentes pertenecemos a ese mundo.

–¿Sintieron el temblor? –pregunta alguien.

–¿Cuál temblor, cuándo, dónde? –pregunto. No me entero de que el mundo se mueve bajo mis pies si no me llega una notificación o sigo en Twitter el hashtag de la noticia con versiones imprecisas de lo que pasó. Pero no soy la única.

–Estaba en la cama y lo sentí durísimo –comenta otro–, pero como no vi nada que se moviera, fui a Twitter para comprobar que había temblado.

Llega el momento de ordenar, no conozco el restaurante. Iría a Foursquare a leer los tips, las reseñas, para saber cuál es el plato recomendado, pedirlo y dejar mis comentarios. En lugar de recurrir al móvil, le pregunto al mesero. Me siento finalmente desinformada y recuerdo que gracias a Foursquare, descubrí en México mi postre favorito, el Martín Fierro de Lo Spuntino, comí venado por primera vez en mi vida y me fui de muchos lugares porque los comentarios hablaban de un servicio demorado. A veces, a pesar del ruido digital, es mejor escuchar muchas voces que conformarse con la primera versión. 

  Once de enero

A punto de cumplir mi propósito, descargo de nuevo al celular las apps de las que me he privado durante once días: Instagram, Facebook, Twitter, Foursquare. Tengo la firme convicción de solo observar pero no participar –algo conocido en el medio como “lurking”–, aunque sé que es solo una forma de autoengaño, para no asumir que voy dando pasitos cortos de vuelta a esa zona de confort donde no tengo que lidiar con mi dificultad para pasar tiempo conmigo misma.

Recuerdo entonces una canción de Blur que hizo que el big data neoyorquino me recordara en agosto, un escueto “escuché esto y pensé en ti”. Antes de ir a dormir la tomo como pretexto para decirle por WhatsApp que lo extraño, “where’s the love song to set us free?”.

Duermo hasta la tarde, evito mirar el móvil y llamo a cancelar un almuerzo. Estoy triste. La ansiedad es mayor, salgo a comer sola, no me peino, no me visto bien. Casi nunca lo hago. La escena se repite por la noche, a punto de encontrarme en un bar con amigos: no sé qué ponerme, me siento gorda, salgo poco.

Imágenes con los mejores filtros, encuadres casi perfectos y balanceados, tuits con links rebuscados y presuntuosos, pero seguir por el mundo con la pinta provinciana de la empresaria despelucada con alma de hippie que aún no sabe escoger ropa, que solo tiene una correa y un par de tacones, y que todas las mañanas siente que podría verse mejor. 

  Doce de enero

–Qué man te gusta y te lo presento –me dice un amigo entrador por excelencia.

–Nooo, me da pena.

No sé ser sexy, no sé coquetear, no soy fashion, soy muy extrovertida pero me falta confianza. No aprendí a conocer gente de una manera normal, porque siempre he estado conectada: cuando los conozco ya sé que hacen, a dónde van, qué les gusta.

Me presenta a un tipo, un chileno.

–¿Y tú qué haces? –le pregunto.

–Tengo una empresa de headhunter.

–¡Qué bien, yo también tengo empresa...! –respondo con emoción adolescente.

Él presume de su expansión por Latinoamérica, se cree el dueño del mundo. Responde, pero no me pregunta nada, no le interesa saber de mí. Le cuento que viví en Chile y tampoco pasa nada. Entonces vuelvo a ser la adolescente que nadie sacaba a bailar en las fiestas. Me frustro y trato de decirme mentalmente: ¡pero tienes 4.000 followers!, ¡pero viajas por todo el mundo!, ¡pero eres una experta en usabilidad! Tal vez por eso no me gusta conocer gente en las rumbas: cuando me sacan a bailar suelo decir que me llamo Carolina.

Es un hecho: los nerds, los geeks, los ñoños nos hacemos fuertes intelectualmente tras la pantalla para solventar inseguridades y exacerbar nuestras virtudes. “Toda la gente que se la pasa en internet es fea”, me dijo alguna vez mi hermano. Después lo comprendí. Me he enamorado, más allá de la imagen, de algunos de ese #combofeo, y he hecho contactos increíbles: doctores en geometría, investigadores en neurociencia, judíos ortodoxos, másteres en literatura, hippies que han recorrido Brasil en bicicleta, delegados que han tenido bares ilegales en búnkeres de Afganistán... Este chileno, a pocos centímetros de distancia, no me resulta más fascinante que ninguno de ellos. Volveré a casa.

Por primera vez en más de un año, mi noche se extenderá hasta las 5:30 de la mañana. Sin mi celular en la mano, “el azul reproche” del amanecer, como lo llamaría el parche de amigas caleñas, me recibe con el canto de los pájaros; recuerdo el silencio de la finca, El retrato de Dorian Gray, la quietud de la lectura y la armonía de libros y música. 

  Colofón

Durante años, me he rodeado de relaciones intangibles: trabajo, amigos, amores, contactos. No está del todo mal, pero estos doce días de abstinencia me permitieron a la vez tomar distancia y acercarme: buena parte de mis logros están en kilobytes, flotan en la nube, son valiosos pero inasibles, no puedo tomarlos en mis manos. Que me propusiera escribir este texto fue la forma más tenebrosa de ponerle color, forma y textura a mi virtualidad; de hacerla concreta y llevarla al papel.

En el origen, aún en la universidad, usé lo digital como un espacio para consultas literarias, búsquedas de poemas, cuentos, novelas, biografías y quiromancia. A mitad de carrera, tenía dos opciones para proyecto de grado: la escritura de una novela histórica o investigar la usabilidad de contenidos digitales. Escogí el camino que nadie había recorrido, pero no me alejé del todo de la literatura: continué escribiendo poesía y al tiempo fui convirtiendo mis perfiles digitales en personajes, en historias, en creaciones. Ahora vuelvo a estar en medio de esa encrucijada y, otra vez, escribo.

ACERCA DEL AUTOR


Natalia Vivas Velasco

Es consultora en usabilidad y experiencia de usuario.