El poder de la gramática

Penguin Estados Unidos acaba de publicar Crecer a golpes: crónicas y ensayos de América Latina a cuarenta años de Allende y Pinochet, un libro que recorre el continente tras las distintas miradas, reflejos y ecos de la dictadura chilena. Este capítulo, dedicado a Colombia, encuentra en la relación entre política y filología una clave para entender los últimos 150 años de nuestra historia. 

POR Mario Jursich Durán

 Ilustraciones de Pauline López    

 Ilustraciones de Pauline López   

 

Aquel 4 de junio de 1996 yo cumplía 32 años y unos amigos me habían invitado a tomar unas copas. De pronto, alumbrado por el whisky, uno de ellos preguntó:

 –¿Ustedes tienen un tocayo astrológico que detesten?

Ricardo se refería a que si uno lee horóscopos acaba enterándose fatalmente o de que nació el mismo día o de que al menos comparte el signo zodiacal con gente a todas luces impresentable. A él lo fastidiaba un montón cumplir años el mismo día que Sylvester Stallone, un tipo por el cual había desarrollado un caprichoso y beligerante desprecio desde que lo vio actuar por primera vez en Rocky.

Yo pensé un momento y, cuando ya tenía en la punta de la lengua el nombre de un célebre teórico estructuralista, me arrepentí.

–No. En realidad, me jode ser Géminis como Turbay.

Todos se rieron. En la imaginería política colombiana el ex presidente Julio César Turbay no solo pasa por ser el epítome de la corrupción y el clientelismo, sino también el responsable de un sombrío período de nuestra historia, ya de por sí bastante pródiga en episodios sombríos. Aunque no llegó al poder a través de un golpe de Estado, ni era miembro activo del Ejército, en muchos sentidos Turbay fue para Colombia lo que Pinochet para Chile.

Ricardo, toda la vida un tipo irónico, se acordó de una vieja caricatura en la que podía verse al general Luis Carlos Camacho Leyva, comandante de las Fuerzas Militares en la época turbayista, contestar pausadamente a una pregunta sobre posibles rumores de un golpe de Estado: “Bueno, no creo que el presidente Turbay se atreviera a tanto...”.

Y él mismo, después de que hubiéramos contado otro montón de chanzas:

–¿Se han dado cuenta de que llevamos media hora echando cuentos y nada que se nos acaba el repertorio? ¿No les parece que sería buenísima idea recopilar un libro de chistes sobre Turbay? 

*

–Señor comandante, esto es inaceptable.

(Quien habla es Nydia Quintero, la primera dama.)

–¿Qué pasó, doña Nydia? –responde alarmado Camacho Leyva.

–Es que a Julio César le acaban de robar 1.436 corbatines.

(Aunque a veces usaba corbata, la prenda favorita del ex presidente eran los corbatines.)

–¡No puede ser! ¿Cómo así?

–Pues créalo, comandante.

–No se preocupe, doña Nydia. Ya mismo encontramos a esos antisociales.

Al día siguiente, la primera dama telefonea de nuevo a Camacho Leyva.

–Ay, general. Esto fue un grave error. Acaban de aparecer los corbatines.

–¡Mierda! ¿Y qué hacemos con los 1.200 tipos que ya confe-saron? 

*

En aquel tiempo yo trabajaba en la editorial Tercer Mundo, un sello fundado al despuntar la década de los sesenta y en cuyo catálogo había no pocos libros inconformes y retadores. A la mañana siguiente de mi cumpleaños me senté con el editor en jefe y logré convencerlo de que, no obstante la afugia de tiempo, era posible tener impresa la antología de chistes para el 18 de junio, fecha en que el ex presidente Turbay alcanzaba la bíblica edad de ochenta años. Esa misma tarde empecé a trabajar con un método ad hoc. Simplemente llamaba a mis amigos, a periodistas, a profesores, a otros colegas, a los padres de mis amigos, y les decía:

–Cuéntame un chiste sobre Turbay.

En una semana tuve listo el libro. 

*

Van seis presidentes latinoamericanos navegando por el río Amazonas. Hace un calor espantoso y están aburridos. Uno de ellos propone que, para matar el tedio, jueguen al “diccionario”.

–¿Qué tal si comenzamos con palabras que tengan el prefijo “hiper”? –dice el mandatario argentino.

–¡Hipermercado! –salta de inmediato el chileno.

–¡Hipertensión! –riposta el brasileño.

–¡Hipérbaton! –aporta el uruguayo.

Y así, hasta llegar a Turbay, quien susurra en su patentada parla gangosa:

–Droguería.

–Perdón, presidente –retoma el argentino–. El juego consiste en citar palabras que empiecen por “hiper”.

–Por eso, mi estimado colega: droguería y perfumería. 

*

Hoy en día, cuando hojeo el manuscrito de los chistes turbayistas, siento una especie de asombro melancólico. Lo de menos es que no se haya publicado; sigo pensando que pudo haber sido un pequeño bestseller, sobre todo porque los festejos en honor del ex presidente Turbay fueron particularmente suntuosos y la antología hubiera proporcionado un eficaz contrapunto satírico.

Pero, bagatelas al margen, creo que el libro era importante porque proyectaba una luz inédita sobre una discusión abierta unos años antes. En 1993, recién posesionado de mi cargo en Tercer Mundo, debí ayudar lateralmente en la edición de un extraordinario libro del profesor inglés Malcolm Deas. Del poder y la gramática (así se llamaba) concitó enseguida la atención de críticos y neófitos, pues, además de su escritura desenvuelta e incisiva, se ocupaba de aspectos tan novedosos en la historiografía colombiana como las fuentes bibliográficas del Nostromo de Joseph Conrad, la deletérea influencia de Vargas Vila en la imaginación política del continente o las incestuosas relaciones entre los estudios gramaticales y el poder político a lo largo del siglo XIX.

En este último ensayo, “Miguel Antonio Caro y amigos: gramática y poder en Colombia”, Deas se declaraba insatisfecho con la explicación al uso según la cual el fervor filológico de tantos hombres públicos colombianos era sobre todo un capricho, el gusto soberbio de una élite finisecular empeñada en forjar un “vocabulario de dominación”. Para él, se trataba de un fenómeno inusitado en cualquier época y país del mundo: ni más ni menos que un gobierno de gramáticos en su forma más pura y directa.

Y es que, si bien resulta difícil imaginar en la actualidad tal tipo de hegemonía, lo cierto es que entre 1886 y 1930 cinco gramáticos conservadores –Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, José Manuel Marroquín, Marco Fidel Suárez y Miguel Abadía Méndez– fueron presidentes de la República y un sexto –el poeta Guillermo Valencia– fracasó dos veces en el intento por serlo.

Además de convertir al presidente poeta, o literato, en una institución nacional, los cinco contribuyeron a forjar el triple mito de que Bogotá era una especie de “Atenas suramericana”, de que en Colombia dizque se hablaba y escribía “el mejor español de América” y de que el gobernante ideal era alguien capaz de encauzar tanto los destinos de un país como las sonoras turbulencias del idioma. 

*

Está Turbay en el Palacio dándole instrucciones a su secretaria.

–Señorita, ¡póngame la reunión con los ministros el viernes a la una!

–Señor presidente, ¿viernes se escribe con be o con uve?

–Señorita, mejor póngamela el lunes. 

*

En su libro, Deas observaba que ese frenesí lexicográfico y gramatical no fue exclusivamente colombiano: a principios del siglo XIX, cualquier tendero en la costa de Maine anunciaba con gusto que su establecimiento tenía “buen acopio de licores, melaza, telas de algodón, aperos de labranza, pólvora... y libros de ortografía inglesa”. Yo añadiría que en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, especialmente en Asia y en África, las revoluciones populares y nacionalistas vieron surgir como la maleza a los presidentes poetas. Mao Zedong y Ho Chi Minh fueron poetas. Léopold Sédar Senghor fue poeta y además un incansable censor de los barbarismos idiomáticos. En un conocido discurso ante la Academia Francesa, se quejaba de que “el desprecio por las reglas más simples de la gramática, sin olvidar la pronunciación, es la principal causa del retroceso del francés en el mundo” y achacaba el dislate a que “continuamente hallemos, en los mejores diarios del Hexágono, faltas de sintaxis enormes”. En general, se trata de un fenómeno típicamente poscolonial, propio de naciones jóvenes e inmaduras, que intentan reafirmarse demostrando que hablan con muchísima mayor corrección que en la madre patria.

Sin embargo, aunque el fenómeno dista de ser una peculiaridad nuestra, en pocos países dejó una huella tan profunda. La inseguridad con la propia cultura es responsable de que generaciones enteras de colombianos hayamos debido memorizar las rimas del Tratado de ortología y ortografía de la lengua castellana de Marroquín, esas que dicen 

Las voces en que la zeta

puede colocarse antes

de otras letras consonantes

son gazpacho, pizpireta,

cabizbajo, plazgo, yazgo… 

y que por lo tanto escribir o hablar bien nunca haya sido algo distinto a seguir una férrea colección de normas.

Esa inseguridad también está en la raíz del asfixiante deporte nacional de cazar gazapos, el cual convierte a toda la crítica literaria en una permanente búsqueda de incorrecciones. Cuando José María Rivas Groot y Lorenzo Marroquín se aliaron para escribir una novela de costumbres titulada Pax, Marco Fidel Suárez no encontró mejor forma de dirimir el conflicto político con ambos que propinarles 150 páginas con la lista de sus errores. (Muchos años después, Jorge Aristizábal Gáfaro parodiaría esa obsesión por la pureza lingüística con su cuento “Grammatical Psycho”, en el cual un empleado del Instituto Caro y Cuervo se convierte en asesino serial a causa de su incapacidad para tolerar el dequeísmo de sus congéneres.)

Y también, de modo no tan visible, esa inseguridad es la responsable de que, inmersos en la persecución maniática de gazapos, en la traducción de los clásicos griegos y romanos o simplemente en la búsqueda de la respuesta chusca, muchos de estos presidentes poetas hayan terminado alucinando con que la realidad y el lenguaje son exactamente lo mismo. 

*

No quiero ser malinterpretado. Mi propósito aquí no es contrastar estilos presidenciales, ni sugerir una diferencia en el desempeño entre presidentes “prosaicos” y presidentes “literatos”. Lo que me interesa subrayar es que la institución del presidente poeta les creó a los hombres públicos en Colombia unas obligaciones imaginarias sobre los requisitos para alcanzar el solio de Bolívar. Si la Constitución de Cúcuta estipulaba que debían ser mayores de treinta años, tener una renta de quinientos pesos anuales y ser profesores de alguna ciencia (el énfasis es mío), la República de las Letras les exigía, además de hablar y escribir con elegancia, tener exhaustivos conocimientos gramaticales y conocer a profundidad la literatura grecolatina y la del Siglo de Oro. Alberto Lleras Camargo resumió tales extravagancias con una frase magnífica: “A la presidencia de Colombia se sube por una escalera de alejandrinos pareados”.

Por largo tiempo el politólogo Francisco Gutiérrez Sanín ha fantaseado con publicar un libro de aforismos que recoja y sintetice ese legado. En su opinión, dar un repaso a los discursos o a los artículos de prensa de los antiguos políticos colombianos echaría por tierra un buen número de lugares comunes. He visto partes de ese material y puedo dar fe de que, comparados con sus actuales copartidarios, los prohombres de hace setenta años eran capaces de escribir o verbalizar apostillas memorables. ¿Quién pudiera redactar hoy una frase tan feliz como “contraría la estricta labor histórica la profesión de energúmeno”, de Luis Eduardo Nieto Caballero? ¿O quién, entre tanto parlamentario displicente, podría decir con Armando Solano que “un caballero es quien goza más divirtiéndose que haciendo sufrir a los otros”?

 * 

Iba Turbay con su hijo en un bus y de pronto el niño le pregunta:

–¿El bus parará, papá?

Y Turbay le responde:

–No sé, perere Pepe.

Con lo dicho hasta aquí, no pretendo idealizar esta república de presidentes poetas. En palabras de Gutiérrez Sanín, “los buenos presidentes literatos escasean –y escasean por los dos lados, es decir, rara vez son buenos gobernantes, rara vez son buenos escritores, casi nunca son ambos– hasta el punto de que es difícil encontrar un solo ejemplo indiscutible”. En razón a ello, tampoco puede pasarse por alto que, si bien el estudio de la gramática fomentó el buen hablar y escribir entre la casta política colombiana, también atizó el fuego del dogmatismo y propaló una vena eufemística, entonces en estado larvario.

En el siglo XIX la palabra “eufemismo” carecía del significado que actualmente le damos. En sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, Rufino José Cuervo recuerda que proviene de “euphemo”, una voz griega cuya traducción podría ser “hablar de modo correcto”, y que en un principio servía para no referirse directamente a la divinidad. Un eufemismo era, por ejemplo, decir “pardiobre”, en vez de “¡lo permita Dios!”, si bien ya en la época de Cuervo esas locuciones exclamativas habían caído en desuso y los eufemismos se utilizaban sobre todo para cuestiones tabú, en particular las relacionadas con el sexo o con los órganos sexuales. Cuervo censuraba escandalizado el uso de “¡caray!”, presente en los labios de prácticamente todos los bogotanos, porque esa “voz de infame parentela, que ojalá no se usara en ninguna parte”, era el eufemismo de “carajo”, el muy castizo nombre del miembro masculino.

Ignoro en qué momento y cómo los eufemismos dejaron la esfera del pudor y se instalaron en la política. Tengo para mí que el incipit vita nuova llegó poco después de la Guerra de los Mil Días, en 1903, cuando el presidente y gramático José Manuel Marroquín trató de convertir en decoroso algo cuya recta y franca expresión resultaba especialmente difícil de tragar. “¿Y qué más quieren?”, les dijo a quienes le reprochaban la pérdida de Panamá. “Me entregaron una república y yo les devolví dos”.

* 

Va Turbay en la limusina de la Presidencia y de pronto el chofer le dice que tienen un pequeño problema.

–Presidente, ¿por favor se puede bajar a ver si las luces estacionarias están bien?

Y él se baja y responde:

–Sí. No. Sí. No. Sí. No.  

*

Antes de Turbay hubo mandatarios como Laureano Gómez o Carlos Lleras Restrepo que, si bien se formaron en disciplinas diferentes a la tradicional abogacía –ingeniero el uno, economista el otro–, conservaron el perfil de hombres cultos y de sesgo literario. Lo mismo cabe decir de Alfonso López Michelsen, el antecesor de Turbay. ¿En qué otro país de América Latina es posible hallar un presidente capaz de escribir un concienzudo prólogo a El príncipe de Maquiavelo?

A despecho de esa tradición, el público entendió desde un principio que con Turbay se hallaba frente a un espécimen distinto. La mayoría de los chistes que recogí en 1996 enfatizaban el hecho de que no era un político a la vieja usanza: o se mofaban de su falta de estudios formales (“Votaré por Turbay el día en que me presente a uno de sus condiscípulos”), o hacían leña con sus frases involuntariamente cómicas (“Hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”) o simplemente magnificaban su ignorancia de la puntuación y la ortografía (“Presidente, ¿habichuela se escribe con hache o sin hache? Pues con hache, joven, porque si no se diría abicuela”).

Un chiste no es un retrato verista; en tanto caricatura, da una imagen distorsionada y al mismo tiempo selectiva del carácter de una persona. Turbay está lejos de ser el administrador ignorante y gallego que pintan sus retratos. Eso lo admiten incluso sus detractores más contumaces, pero como no escribía artículos de prensa (salvo a través de terceros), como tenía una voz nasal y gangosa que lo hacía parecer un Pablo Neruda recitando en cámara lenta, y como además siempre parecía estar quedándose dormido –en cientos de fotos tiene las manos en el regazo y los ojos cerrados–, no hay nada que hacer: el vulgo ha dictaminado que nada en él es comparable con nuestros elocuentes mandatarios de antaño.

Por si fuera poco, Turbay arrastra el pesado fardo de ser el príncipe platónico enemigo de los poetas en la república. En 1982, durante el último año de su gobierno, Gabriel García Márquez temió que lo encarcelaran los esbirros del general Camacho Leyva y decidió exiliarse en Ciudad de México. (De aquello da testimonio una feroz crónica publicada en los principales diarios del mundo.) No fue un caso aislado. Turbay hizo encarcelar o torturar a tantos estudiantes e intelectuales que las comparaciones con lo sucedido en el Chile de Pinochet –o en la Argentina de Jorge Rafael Videla– resultan inevitables.

Las numerosas coincidencias, sin embargo, no deberían hacernos perder de vista las acaso más significativas diferencias. En aquellos años Turbay nunca llegó al extremo de imponer un vocabulario militar sobre la vida; nunca, por ejemplo, ordenó llamar a los paraderos de bus “zona de detención” ni obligó a los colegios a pegar avisos con la leyenda “El silencio es salud”, algo que Videla hizo de manera sistemática en la Argentina. Menos castrense, acudió a referentes locales como el de Marroquín y descubrió que los eufemismos, capaces de convertir en un chiste la pérdida de casi 76.000 kilómetros cuadrados de territorio, también podían embozar los actos indignos o problemáticos de su gobierno. Fue una sorpresa advertir que muchos de mis informantes para el Turbay’s Digest estaban convencidos de que frases como “En Colombia los torturados se autotorturan para desprestigiar al gobierno”, “No gradúe enemigos, porque después ejercen contra usted” o la famosísima “Aquí el único preso político soy yo” eran inventos populares, cuando en realidad constituían serísimas declaraciones a El Tiempo o El Espectador, nuestros principales diarios.

Si bien esos obiter dicta eran la expresión políticamente aceptable del represivo Estatuto de Seguridad, el digamos “manto retórico” para encubrir las torturas o los allanamientos arbitrarios, el verdadero flechazo de Turbay con los eufemismos proviene de un hecho inesperado. Durante su gobierno, la guerrilla del M-19 desató una agresiva campaña de secuestros que tuvo como pico la toma de la Embajada de la República Dominicana en febrero de 1980. Los negociadores estatales y el grupo insurgente se pasaron dos meses discutiendo y al final el asalto se saldó con la liberación pacífica de los diplomáticos en cautiverio.

Aunque solo hubo una víctima fatal –una guerrillera que murió desangrada–, el verdadero impacto de esa toma se sintió en lo que me gustaría llamar reglas tácitas de la deliberación pública. Me explico. Los eufemismos son connaturales al ejercicio del poder. Es imposible hablar de una época luminosa en que los políticos o los hombres de Estado le dijeran pan al pan y vino al vino; de un modo u otro, siempre ha existido la tentación de dorar la píldora. Sin embargo, y con las debidas reservas, es posible sostener que antes de Turbay los hombres públicos de nuestro país eran menos propensos al uso de la retórica para encubrir verdades incómodas. ¿Quién tendría hoy la franqueza del ex presidente Echandía para responder que una guerra es “el sacrificio, bien o mal dirigido, que un pueblo decide hacer de una de sus generaciones en beneficio de las siguientes”? ¿O qué político sería capaz de ir contra la moral al uso declarando, como declaró López Michelsen, que el bolero “es un baile para casados jóvenes que comienzan a interesarse por los cónyuges de los demás”? Con la crisis de la Embajada dominicana, esa tentación del eufemismo, que venía creciendo desde los tiempos de la Hegemonía Conservadora, dejó su estado larvario y se adueñó del discurso público colombiano. La palabra “secuestro”, como tantas otras asociadas al conflicto, se convirtió en un tabú y a partir de allí supimos que cuando un hombre de Estado –o un guerrillero, o un criminal, o un mafioso– está diciendo algo, en realidad quiere decir otra cosa.

“Operación Libertad y Democracia” llamaron los guerrilleros del M-19 al plagio de casi sesenta diplomáticos.

“Diálogos con la guerrilla” fue la expresión de Turbay para referirse a lo que en realidad era un tenso tira y afloje para liberar rehenes.

“Cuidar al pescao” fue vigilar a los plagiados.

“Conducta impropia de un revolucionario”, matar a sangre fría.

Si Turbay rompe la tradición del presidente poeta es porque nunca fue, como exigían las obligaciones imaginarias del cargo, un hombre culto y leído, pero sobre todo porque convirtió los eufemismos en el estilo literario del Estado. Es el primer gobernante del país que lo hace de manera consciente, sintonizando de paso con una tendencia que ya Orwell había identificado en el discurso político de entreguerras y que consiste en tratar de que las mentiras parezcan verdades y el asesinato una acción digna de encomio.

Coda mínima: Es una deliciosa ironía que en 1986, cuando ya había dejado la Presidencia, Turbay, el mandatario anticomunista, el presidente enemigo de los escritores, el tribuno torpe y malicioso, el senador incapaz de elocuencia, se casara en segundas nupcias con una mujer cuyo único talento conocido es pergeñar versos.

* 

Se realiza en Cartagena una cumbre de ex presidentes. El maestro de ceremonias dice:

–Por favor, todos los invitados pasen a la planta alta.

Y al cabo de unos instantes:

–Presidente Turbay, ¡bájese de esa palmera!

 

 

 

Estas historias nunca son lineales; si así fuera, después de la época de Turbay ningún presidente colombiano habría podido ser elocuente o escribir con tanta prolijidad como sus pares del siglo XIX. Pero en 1982 resultó favorecido en las urnas Belisario Betancur, un abogado antioqueño que encastra a la perfección en la categoría del mandatario poeta. Pese a que nunca se dedicó a la gramática, Betancur fue en su juventud un entusiasta escritor de versos, más tarde un aplicado traductor de Kavafis y Yourcenar y luego el infatigable animador, entre otras empresas culturales, de la editorial Tercer Mundo. Me consta que, a diferencia de tantos gobernantes empeñados en que se les recuerde porque construyeron puentes e inauguraron carreteras, uno de los mayores orgullos de Betancur es haber dado un aplaudidísimo discurso en las Naciones Unidas (que, dicen las malas lenguas, fue escrito en su casi totalidad por el crítico literario Hernando Valencia Goelkel).

No es en la vida pública colombiana donde hay que seguir buscando a los dirigentes poetas. Allí, salvo excepciones, ese modelo entró en crisis años atrás. El ex presidente Virgilio Barco, elegido en 1986, era tan torpe al hablar que un chiste proclamaba: “Imaginate que le hicieron un atentado terrorista, ¡le tiraron un micrófono en el patio de la casa!”. La situación actual podría sintetizarse diciendo que desde entonces, mientras más se ha cortado el viejo lazo entre gramática y poder, más se ha incrementado la capacidad de los mandatarios colombianos para encubrir la verdad con mantos retóricos. Ernesto Samper acudía al ya famoso “todo se hizo a mis espaldas” con el fin de explicar la entrada de dinero mafioso a su campaña política; Andrés Pastrana, tan frívolo como Marroquín, avalaba comunicados entre su gobierno y las Farc en los cuales no se mencionaba ni una sola vez la palabra “secuestro” (ni “plagio”, ni “retención”, ni “rescate”, ni “rehén”, ni “víctima”), aunque en ese momento “la actividad” estaba alcanzando máximos históricos; y Álvaro Uribe, en lo que tal vez sea el más obsceno eufemismo de nuestra historia, empleaba “falsos positivos” para disimular los asesinatos cometidos por agentes del Estado. (Y digo “obsceno” porque la sola elección del término exculpa a los victimarios: en medicina, “un falso positivo” es cuando una exploración física o una prueba de laboratorio detecta la presencia de una enfermedad que en realidad no existe).

La etimología tiene sus pequeños milagros: en sus Apuntaciones críticas, Cuervo recordaba que el antónimo de eufemismo es “blasfemia”: ¿será por eso que los intelectuales, siempre tan reacios al dorado de la píldora, son quienes “blasfeman” del Estado?

Así las cosas, lo que hoy pervive de la vieja gramática del poder es parodia o anacronismo. Al respecto tengo una teoría de uso personal, de la cual solo daré un par de pinceladas. Creo que los políticos colombianos cultos admiran siempre el estilo literario de una generación anterior. Por ejemplo, el ex senador Alberto Santofimio Botero, célebre tribuno del Partido Liberal condenado por sus nexos con el cartel de Medellín, escribe y habla como si fuera un poeta piedracielista de los años cuarenta; mientras que políticos más modernos como Antanas Mockus, el ex alcalde de Bogotá, imitan, con mayor o menor fortuna, los tics y la retórica del sesentero movimiento nadaísta. (Un Marx colombiano hubiera dicho que la historia se repite dos veces: primero como poesía, después como retórica.)

Pero me extravío. Lo que intentaba decir es que los cultores modernos de la relación entre gramática y poder están en otro lado: en concreto, en la comandancia guerrillera de las Farc.  

*

El Gobierno italiano cursa una invitación al presidente Turbay para viajar a la península. Visita Roma, Milán, el Piamonte y, por último, hace escala en Venecia, donde da un pequeño discurso que empieza:

“Queridos damnificados…”. 

*

Desde que en noviembre de 2011 asumió el mando general de las Farc, el médico quindiano Rodrigo Londoño Echeverri (alias Timochenko) ha mantenido una febril actividad literaria. Es imposible saber si él escribió personalmente los comunicados guerrilleros que desde entonces ha dirigido a la opinión pública o si, como es habitual, contó para ello con amanuenses.  Pero, sea como sea, las cartas del máximo comandante sorprenden no tanto por la novedad de sus puntos de vista, sino por su retórica de otro tiempo: cabría suponer que de peripatético griego u orador romano, pero tal vez sea más justo decir que de gramático cachaco del siglo XIX. No es solo que al jefe guerrillero le gusten las anáforas (“Así no es, Santos, así no es”), la inversión de los reflexivos (tan típica en las traducciones del latín en esa época) o el uso de la segunda personal de plural, nada común en los hábitos lingüísticos de un latinoamericano: “¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas?”. Lo inquietante –lo sorpresivo, lo curioso, lo significativo– es que Timochenko cita en sus comunicados a los mismos autores y las mismas obras que citaban los gramáticos del siglo XIX –Homero, la Ilíada, Jorge Manrique, los clásicos españoles del Siglo de Oro–, si bien no agota su repertorio en ellos: también trae a cuento a Carlo Collodi, el autor de Pinocho, o a Jack London, el padre de Colmillo blanco, y hasta se da el champú –que también se daba Miguel Antonio Caro– de citar frases en latín: “Ego vox clamantis in deserto”, nos dice en “Sin mentiras, Santos, sin mentiras”, un comunicado de septiembre de 2011.

Estas cuestiones no son tan exóticas como aparentan. Dado que en Colombia la política y la gramática han sido una habitual pareja de baile, es plausible imaginar a Timochenko y a muchos de sus correligionarios leyendo en las selvas del Catatumbo las Nociones de prosodia latina del ex presidente Miguel Abadía Méndez o buscando afanosamente en las páginas rosas de Larousse las locuciones latinas que descrestarán a los lectores incautos. Esa impresión es reforzada por el hecho de que, con la regularidad de un taladro neumático, el comandante fariano insiste en interpretar los acontecimientos del presente bajo la luz de la historia griega y romana: 

El Gobierno del que usted hizo parte –le enrostró al presidente Juan Manuel Santos– se negó a abordar [la paz] diez años atrás, condenándonos a todos a esta Troya sangrienta que sin toma de Ilión se apresta a repetirse. 

¿Se sorprenderá alguien si reitero que Caro, Marroquín y Suárez usaban exactamente el mismo pasaje, solo que para referirse a la Guerra de los Mil Días? A ojos de unos y otros la guerra de los aqueos y el conflicto colombiano son iguales, como si la historia, con sus estructuras y arquetipos, con sus cursos y recursos, retornara una y otra vez.

Timochenko sin duda es una anomalía entre los cuadros dirigentes de las Farc. Antes de él, solo Alfonso Cano y Jacobo Arenas podrían recibir el apelativo de hombres de letras. Los demás miembros del Secretariado siempre fueron como Tirofijo, el antigramático por excelencia, el campesino orgulloso de proclamar “ojalá haiga paz”. De ahí no se puede inferir que entonces un combatiente con el Tratado del participio en la mochila sea menos feroz que los demás guerrilleros. Creo que fue el general José María Obando quien, al perfilar a su rival Tomás Cipriano de Mosquera, pronunció esta otra sentencia magnífica: “Llora mucho y mata con facilidad”. A Timochenko se le pueden aplicar esas palabras. Aunque le gusta imprimir un tono de franqueza a sus comunicados, nunca deja de lastrarlos con una cantidad exuberante de eufemismos. Llamar “pesca milagrosa” a los secuestros –¡un término extraído de la Biblia del Oso! – e “impuesto revolucionario” al dinero cobrado por las liberaciones no hace más presentable ni menos atroz ese delito. 

* 

Dizque iba una comisión de gente por la selva viendo animales. Turbay ve un ave parecida a un loro.

–¿Cómo se llama ese animal? –pregunta al escolta.

–Lo ignoro, señor presidente.

–Ay, qué ignorolorito más lindo. 

* 

Dije que el vínculo entre el poder y la gramática se había evaporado en el mundo oficial de Colombia. Pensándolo bien, me parece que no es exactamente así y que todavía queda un paradójico representante de la estirpe: el ex presidente Álvaro Uribe. Me dirán que exagero. No lo creo. Es cierto que Uribe nunca tuvo particular aprecio por el mundo de la cultura. En una entrevista al comienzo de su primer mandato confesó que la última vez que había pisado un cine fue para ver El llanero solitario –y no el remake moderno, sino alguna de las muchas versiones de Clayton Moore de los años cuarenta. Es igualmente sabido que le disgusta el trato con intelectuales –por lo general cáusticos con su gobierno– y que intentó desmontar el sistema de ventajas fiscales para la cultura impulsado en administraciones anteriores. (Yo fui invitado a un encuentro informal en el Palacio de Nariño, donde Uribe, con falso tono campechano, insinuó que no estaría mal que ese dinero nuestro engrosara las arcas del Plan Colombia para combatir a la guerrilla.)

Siendo todo lo anterior innegable, tampoco puede pasarse por alto que es un fervoroso lector y declamador de poemas. Uribe suele citar largas parrafadas de Jorge Robledo Ortiz, “el poeta de la raza antioqueña”, y a la menor provocación repite sin titubear los 166 versos del “Relato de Ramón Antigua” de León de Greiff. (No muchos saben que en ese poema, cuyas primeras líneas arrancan diciendo 

En el alto de Otramina

Ganando ya para el Cauca

Me topé con Martín Vélez

En qué semejante rasca… 

el personaje con quien se encuentra el álter ego del vate es el abuelo materno del ex presidente.)

Pues bien: ese fervoroso amante de la poesía que es Álvaro Uribe, ese hombre que (supone uno) admira la elocuencia, ese fanático de los diccionarios y los sinónimos, ese tuitero enemistado con las comas y las tildes, también es el responsable de elevar el eufemismo a razón de Estado. Cuando la revista Semana develó que Jorge Noguera, el director de los servicios de inteligencia, estaba pasando información confidencial a los paramilitares, Uribe respondió como si fuera el guionista de la película con Joe Pesci, Ray Liotta y Robert de Niro:

–A mí solo me consta que es un buen muchacho. 

De este laberinto solo saldremos si las palabras vuelvan a tener un significado claro.

ACERCA DEL AUTOR


Mario Jursich Durán

Escritor. En 2014 publicó ¡Fuera zapato viejo!, un libro sobre la salsa en Bogotá.

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