Lluvia de piedras sobre tu mejor amigo

Un cuento de Tomás Sánchez Bellocchio

POR Tomás Sánchez Bellocchio

Lluvia de piedras sobre tu mejor amigo

Ilustración de Elizabeth Builes

 

Te das cuenta demasiado tarde. Están cayendo piedras en el jardín de la casa de tu mejor amigo. Una ventana estalla y los vidrios vuelan en línea recta a través del comedor. El cascote irregular rueda hasta tus pies, ya sin fuerza, como una mascota. La mucama de tu amigo sale por la puerta de la cocina y entonces otra piedra, más pequeña, le da en mitad de la cabeza y se desploma sobre el pasto. ¿Qué está pasando?, te preguntás sin moverte. El chofer de la familia de tu amigo sale a su vez en busca de la mucama, protegiéndose con una sartén de los objetos que caen por todas partes. La agarra como puede de un brazo y la arrastra adentro. Nunca en tu vida viste tanta sangre. Si no hubieras presenciado el golpe, si no hubieras visto la herida abierta en el cuero cabelludo, dirías que es pintura: una consistencia plástica, brillante. La mujer que grita es la madre de tu mejor amigo. ¡Una ambulancia! ¡La policía! Sus alaridos son tan agudos que no entendés cómo el resto de las ventanas y los espejos siguen intactos. Te hacen llamar a vos, porque estás cerca del teléfono, porque te ven inexplicablemente tranquilo. Acurrucado en un rincón del living, tu amigo llora y se sacude, como si tuviera convulsiones. No sabés bien qué decir. ¿Están lloviendo piedras? Pero das la dirección correcta y con eso es suficiente. Una vez que colgaste, te acercás a la ventana rota. Te ruegan que salgas de ahí. Es peligroso, Martín. Al otro lado del portón de rejas, en la calle, ves a un montón de gente enloquecida. Algunos llevan carteles, otros banderas. Es imposible distinguir una cara, reconocer a alguien. ¿Por qué hacen esto?

Prestá atención: están gritando el apellido de tu amigo.

 

Durante varios días no lo ves. Ni a él, ni a su familia. Tu mamá no te deja ir a su casa. De ninguna manera, dice, y te da vuelta la cara para no tener que darte explicaciones. Pero no necesitás ir para saber lo que está pasando. Hay periodistas que transmiten, día y noche, mostrando la casa a sus espaldas. Las persianas están cerradas. No hay movimiento, no salen ni entran autos. Es como si la tierra se los hubiera tragado. Leyendo el diario (por primera vez en tu vida vas más allá de los títulos) y por los informes del noticiero, empezás a entender. Los rumores que siempre circularon acerca de la familia de tu amigo adquieren otro espesor. Se habla de una cámara oculta. Hay grabaciones. Pruebas.

En tu casa, el televisor permanece encendido las veinticuatro horas. Ya nadie te dice que estudies, que hagas la tarea, ni a qué hora tenés que acostarte, porque ellos (tus padres) también están hechizados. No parás de leer todo lo que se publica relacionado con el caso. A veces encontrás errores, como un nombre o una fecha. El tío de tu amigo no se llama así. Y entonces no sabés qué creer. Hasta hoy confiabas en todo lo que veías impreso en papel, en cada cosa que escuchabas en la televisión.

 

Te llevan a un psicólogo para hablar del episodio en la casa de tu amigo. Te sientan frente a un hombre canoso y de anteojos, en actitud pensante. El pulgar en el mentón y el índice en la sien. Te observa como si buscara volverte transparente con los ojos. Lo que viviste puede haberte afectado, dice, aunque todavía no sepas cómo ni cuándo saldrá a la superficie. Y aunque es obvio que se trata de una metáfora (lo sabrás más adelante), por si acaso, examinás los lunares y moretones de tus brazos. Te hace otras preguntas, cuyas únicas respuestas posibles son monosílabos… Su boca sigue emitiendo sonidos hasta que dejás de escuchar y el consultorio se nubla. Y cuando tus ojos se fijan en la polera que le cubre el cuello, no sabés por qué te dan unas ganas irresistibles de rascarte tu propio cuello.

Tus padres no ayudan. Te tratan como si estuvieras enfermo. Como si alguien te hubiera inoculado un virus desconocido. ¿Qué cosas habrás visto? ¿Qué cosas habrás escuchado en esa casa? Y sentís rabia por su hipocresía, porque hasta ayer les encantaba que fueras tan amigo de tu amigo. En reuniones y fiestas, se lo contaban a sus propios amigos y conocidos. Ahora, los oís discutir en mitad de la noche acerca de este asunto. Apoyás la cabeza contra la pared, y aunque es imposible descifrar las palabras, es como si entendieras.

Hablás con tu amigo por teléfono. Él fue quien te llamó. Las veces que intentaste llamarlo fueron en vano. Su voz es temblorosa, pero se esfuerza por sonar natural. Ninguno de los dos quiere tocar el tema, lo rodean como si hubiera alguien más en la línea, escuchando lo que dicen. Hace varios días que no va al colegio y pregunta qué tal van las cosas. No decís la verdad. No le contás acerca del dibujo en el pizarrón. Ni de las miradas cuando pasan lista y llega su nombre. Tampoco del revuelo de madres a la salida del colegio. Le decís que todo sigue igual. Como siempre. Pero en el fondo, sabés que nada va a ser igual para él en el futuro.

Ayer, tres compañeros te acorralaron en el recreo. Llevabas los mismos pantalones grises, el mismo saco azul con el escudo y el barquito dorado y quieto que no va a zarpar nunca a ninguna parte, pero te miraban como si de pronto ya no fueras uno de ellos. Estabas preparado para pelear cuando una profesora que entendió lo que pasaba gritó desde lejos para dispersarlos. Y después, cuando te llamó aparte en medio de la clase, te pidió que le contaras. ¿Qué cosa? Lo que sabías. Todo. Y en sus ojos adivinaste que la preocupación por tu amigo no era genuina.

Tenés trece años (casi catorce, es cierto) pero el poder todavía es un concepto ajeno a esta edad. Si alguien te preguntara, no podrías definirlo. Una anécdota: te invitaron de vacaciones a Estados Unidos. Una semana en Disney y otra en la playa: Miami Beach. Pero no tenías pasaporte ni visa, y lloraste una noche entera porque no ibas a poder ir. Odiaste a tus padres por no haber imaginado siquiera la posibilidad de un viaje. Con solo una llamada del padre de tu amigo, el trámite se resolvió en dos días y pudiste viajar. Y en el avión (te dejaron sentarte junto a la ventanilla), mientras cruzabas la selva sin fin del Amazonas y el cielo del atardecer era fucsia, sentiste que tu corazón estaba más cerca de ellos que de tu propia familia.

Tus padres componen un matrimonio aburrido, empalagoso, opaco. Tu hermana es todo lo estúpida que puede ser una chica de quince años. No es odio lo que sienten entre ustedes, aunque a veces te parezca que es así. El único drama familiar que te viene a la mente, aquello que podrías comparar con lo que le pasó a tu amigo, es el cáncer de tu mamá, pero hace ya tres años de eso. La enfermedad remitió y al parecer, si todo va bien, en dos años más le darán el alta definitiva. El pelo le creció de vuelta y vos estabas el día en que ella quemó sus pelucas en el baño. ¿Te acordás de su risa, del olor y del humo?

 

Antes, en las noches, soñabas con cangrejos entrando en tu cuarto. Eran altos como hombres. El cáncer replica la forma de un cangrejo, así es como crecía dentro del cuerpo de ella. Te hablaban en las voces de personas conocidas, tu abuela o una maestra de séptimo grado, y al final de cada visita te preguntaban “cuántos días le quedan a tu mamá” y vos tenías que decir un número. Y los cangrejos, en la puerta, se quedaban pensando, si te lo concedían o no.

Que siempre preferiste su familia a la tuya no es un secreto para nadie. Desde su cama de enferma, tu mamá te lo reprochaba: ahhh, si volvieras a nacer... Pero después se reía y te daba un abrazo largo e incómodo. Tu hermana te gritaba: ¡vendido!, ¡adoptado!, mientras mascaba chicle y después lo escupía sobre la mesa, un feto minúsculo, rosado, de apenas semanas, y decía: ¡vos sos esto! Solo para hacerte sentir mal, porque la verdad es que te prefería lejos y tener la casa toda para ella.

Tu amigo es el menor de cinco hermanos, el consentido. Es un chico bajito y fofo. Según los médicos, la ausencia de una proteína hace que a su cuerpo le cueste producir músculo. Tal vez por eso parecía siempre cansado e irritable y pedía que le alcanzaras las cosas. A veces, accedías sin pensar. A veces, no. No soy tu mucama, Gordo. Él fue quien te inició en el cigarrillo. En la paja. Lo primero lo dejaste. Cuando tu mamá te descubrió el paquete en el bolsillo, sacó de un cajón una radiografía de sus pulmones y lloró hasta que le prometiste no volver a fumar nunca. Lo otro es todavía un mundo semidesconocido, en el que vas avanzando niveles, como en la Nintendo. Aprendiste a no mancharte de noche, a regular y a extender esa sensación de vértigo. De algo estás seguro: no querés repetir la tarde en que cada uno tocó al otro para saber cómo se sentía: que alguien más te la hiciera. Antes de acabar lo empujaste, él se cayó de espaldas y gritó que le habías quebrado el coxis, la palabra nueva que habían aprendido en biología.

 

Ilustración de Elizabeth Builes

 

La casa de tu amigo es la más grande del barrio. Ocupa toda una esquina y el jardín tiene árboles de más de cien años, con ramas que parecen recostarse y crecer más allá del muro que la rodea. Los techos son altos y en el segundo piso hay un baño con azulejos negros y verdes que es del doble de tamaño que tu propio cuarto. Te gustaba estar ahí. ¿O no? Fantasear que era tuya también. A veces podías quedarte una semana entera, aunque no fueran vacaciones. Un día más, suplicabas por teléfono. Y tu mamá venía con otro bolso: más calzoncillos y medias limpias. Te gustaba jugar con sus cosas. La computadora, los juguetes importados, esos que no tenía nadie más en la clase. Si algo nunca faltaba en la casa de tu amigo era comida. En cualquier momento del día o la noche, sin respetar ningún horario, su madre podía entrar al cuarto con una bandeja: nesquik y alfajores o licuado de banana y un tostado. La mirabas ir y venir, sus piernas largas y sinuosas como si caminara adentro de una pileta, con el agua a la cintura. Decías “gracias”, embobado, cuando ya era demasiado tarde y había cerrado la puerta. A ese campo que tienen cerca de Mar del Plata no necesitaban invitarte. Tenías siempre tu lugar asegurado en el auto y allá había un caballo al que le habías puesto nombre y que solo vos usabas. Después de comer, cabalgaban lejos, hasta que dejaban de ver el casco y los árboles de la entrada y entonces preguntabas si eso que estaban pisando en ese momento también era suyo. Sí, esto también. Algunas noches, las pocas en que el padre de tu amigo no estaba de viaje, se organizaban cenas con personas importantes. Políticos, empresarios, sindicalistas. ¿Sabés quién viene hoy? El hombre capicúa, secreteaban las mucamas. O la mujer del tapado. Y después corrían para que todo estuviera listo a la hora convenida. Eran mesas largas y ruidosas, que podían durar hasta la madrugada. Aprendiste de historia y de política, algo de negocios, pero sabías que nada de lo que escuchabas ahí se podía repetir en tu casa. Esas eran las únicas ocasiones en que podías detenerte a observar al padre de tu amigo. Aun cuando no hablara ni mirara a nadie, parecía reinar sobre todos los invitados. Como un segundo mantel invisible envolviendo las cabezas.

Pero ahora todo es diferente. Es una mezcla de sensaciones y sentimientos. Te sentís traicionado. Eras casi parte de la familia. Te sentís culpable por no haberte dado cuenta de lo que pasaba, por haber aceptado ese mundo con naturalidad, sin cuestionarte nada. Te da lástima tu amigo, porque sabés que es más débil que vos.

Pasan los días. Corren, mejor dicho. La novedad se diluye: ahora hay que esforzarse para encontrar una mención del caso. Revisás los diarios de punta a punta. Cambiás de canal. Ya no es el tema principal de conversación en tu casa ni en el colegio. La curiosidad de la gente es igual al volumen de su imaginación. Ya no queda nada por inventar. Vos te cuidás de abrir la boca, porque el apellido de tu amigo sigue flotando como una mala palabra. Algo que nunca dirías delante de tu abuela. Puta, conchuda. Y sin embargo, ellos están ahí, y quisieras saber cómo están, qué fue de ellos, una familia entera agazapada, como telón de fondo de cada pensamiento.

 

Hasta que una tarde oís la voz de la madre de tu amigo. No es un sueño ni estás loco. Ella está en tu casa, abajo, en el living o el comedor, da igual, hablando con la tuya, mientras toman un café. Se oye el ruido de las tazas, las cucharitas. Saltás de la cama y te acomodás en el hueco en mitad de la escalera. Cerrá los ojos, Martín. Ella quiere ir al grano. Lo dice: necesita un favor. Le pide a tu mamá un favor. Tu mejor amigo está solo. “Aislado” es la palabra que ella usa. Y triste. Le pide permiso a tu mamá para que vayas. Casi podés sentir el regodeo, la relación invertida. Ella, tu mamá, dice que lo va a pensar. Que la situación es delicada y que la entiende, pero tiene que anteponer tu propio bienestar, velar por tus intereses.

Se quedan calladas un momento, el silencio se desplaza, sube, y llega hasta tu escondite en mitad de la escalera. Entonces lo ves. Está sentado en su cama, mirando por la ventana. El cuarto es el mismo que conocías, pero reducido a sus elementos esenciales. Faltan colores, detalles. Tampoco tiene televisor, ni teléfono. Es evidente que su familia quiere protegerlo, pero al mismo tiempo lo dejan de lado. Casi se puede tocar el vacío a su alrededor. Ahora, vos también estás ahí, parado en la puerta de su cuarto. No trates de entender cómo llegaste. Lo único que importa es que sos el juguete de tu amigo. No estás hecho de plástico ni de madera, nadie te mueve con hilos desde arriba. Pero estás acá para distraerlo, para jugar con él y hacer que se olvide de lo que está pasando. No vas a hacer preguntas incómodas, ni hablar de lo que escuchaste y viste allá afuera. La situación es tensa y no sabés por qué. No debería ser tan difícil volver a tener confianza. Y antes de que alguno de los dos se anime a decir algo, ves las piedras escondidas debajo de su cama.

Esa misma noche, después de pensarlo mucho, tocás a la puerta del cuarto de tus padres. Están acostados desde temprano, como siempre, pero todavía no duermen. Ella lee un libro, tiene puestos sus anteojos. Él mira el resumen de un partido de fútbol, el mismo gol una y otra vez. La piel de los dos es azul e intermitente. ¿Qué es lo que te pasa, Martín?, te preguntan antes de que tengas ordenadas las palabras en tu cabeza. Por un instante pensás en dar la vuelta. Quizás esto no sea una buena idea. ¿Qué pasa, Martín? No deberías tenerles miedo.

Entonces tomás aire y apagás el televisor a tus espaldas. Nada debería interrumpirte ahora. Querés que te escuchen. Que por una vez en tu vida no sean como suelen ser ellos. Y entonces hablás: salen las palabras de tu boca. Y tu discurso es como una víbora, una víbora que se va enroscando sinuosamente en los cuerpos de tus padres, que ahora parecen indefensos en su cama. Hablás de la amistad y el honor. De lo que significa estar ahí cuando alguien lo necesita. Ponés ejemplos para que realmente entiendan lo que querés decir. ¿Se acuerdan? ¿Tienen memoria? Ellos están pasmados por tu elocuencia. Nunca antes te habían oído expresarte de este modo. Seguí. Ahora nadie puede detenerte. Hablás de la verdad, de lo horrible que es sentirse solo en el mundo, y que nadie te entienda, y que te miren raro. Algunas de tus frases son incoherentes, pero no importa. El efecto está en el ritmo. Seguí. Es como si no te conocieran. Decilo en voz alta. Hay momentos en la vida que son únicos y decisivos, una prueba para hacer las cosas bien, como ellos te enseñaron. Soy grande, decís. ¡Sos grande, Martín! Y aunque en el fondo no estés convencido de todo lo que estás diciendo, te sentís orgulloso de la escena, porque marca un cambio para siempre en tu relación con ellos.

Lo conseguiste. A pesar de la hora, ¡de lo tarde que es, mamá!, ella empieza a marcar el número de la casa de tu amigo. Y mientras espera que atiendan del otro lado, te mira y sonríe. Tu papá pide que te acerques porque quiere abrazarte.

Y es casi imposible dormir así. Boca arriba y con las manos debajo de la nuca. Tu corazón va más rápido que los pensamientos. ¿Lo oís saltar a través de las sábanas? Arriba, en el techo oscuro de tu cuarto, se forman imágenes de lo que pasó y lo que va a venir. Se confunden y te hacen dudar. ¿Martín? La próxima vez que entres a esa casa, vas a hacerlo con otros ojos. ¿Estás ahí? Vas a fijarte en cada detalle. Vas a prestar atención a las conversaciones, a los gestos, a las miradas, incluso a los silencios. Ya no vas a aceptar ese mundo tal como viene dado.

¿Martín? ¿Estás durmiendo?

ACERCA DEL AUTOR


Tomás Sánchez Bellocchio

Es publicista, guionista y escritor. Hizo la maestría en escritura creativa de la Universidad Pompeu Fabra.

Este contenido es solo para suscriptores

Si ya eres un suscriptor inicia sesión acá

Si aún no eres un suscriptor, te invitamos a ser parte del Malpensante

Suscribirme