Duro contra el perreo

Indignados por la baja calidad musical y los mensajes irrespetuosos contra las mujeres, un colectivo de fotógrafos colombianos inició una campaña en contra del reguetón. ¿Cuán precisos son sus dardos?

POR El Malpensante

 

Hace dos meses, más o menos, la fotógrafa colombiana Lineyl Ibáñez y un grupo de estudiantes de Diseño de la Universidad Jorge Tadeo Lozano lanzaron una campaña en contra del reguetón. Su propósito, según explicó la profesora en su cuenta de Facebook, era criticar “los contenidos de las canciones que solo dejan a las mujeres como objetos sexuales” y ponerle un tatequieto a esos videos donde aparecen como “símbolos de degradación y lascivia”.

Aunque no le faltaron detractores, la campaña rápidamente se volvió viral, en poco tiempo obtuvo más de 20.000 likes y tuvo eco en muchísimos medios fuera de Colombia. El portal Infobae por ejemplo dijo que las cuatro fotografías de la campaña eran “impactantes”, el agregador de noticias Pulzo celebró que a través de ellas se atacara el contenido misógino de las letras y hasta el muy circunspecto periódico Excélsior de México aplaudió que alguien se fuera “duro contra el perreo”.

En esta revista pensamos algo distinto: que la campaña no solo es pueril y conceptualmente problemática, sino que jamás cumplirá su objetivo de dizque “crear conciencia”.

Para comenzar, el eslógan en que se apoya sirve a propósitos contradictorios. “Usa la razón, que la música no degrade tu condición” es una frase que pudieran reclamar para sus propios intereses los enemigos de cualquier ritmo musical. En los años cuarenta, cuando la cumbia empezaba a tomarse los grilles bogotanos, el fundador del Gimnasio Moderno escribió un escandalizado artículo sobre los bailes juveniles que, en su opinión, carecían de propiedad y decoro. Don Agustín Nieto Caballero sostenía que para bailar los mapalés de Lucho Bermúdez “no era necesario, e incluso podría ser inconveniente, tener la mente sana”. Al ilustre pedagogo le preocupaba que ese “ritmo de negros” degradara la respetabilidad de los bogotanos, de igual forma que hace unos años a los fundadores del Frente Antimerengue les preocupaba que la música dominicana pervirtiera el buen oído de los salseros y de igual modo que hoy en día a los pastores evangélicos les preocupa que el heavy metal erosione la moral de los niños en los barrios populares.

La idea madre de la campaña –leer e ilustrar literalmente la letra de las canciones reguetoneras– no es menos problemática. Si uno se la tomara en serio, y la aplicara a los demás géneros, acabaría obligado a emitir boletas de captura y citaciones a la Fiscalía para un número altísimo de cantantes y compositores. A la señora Ibáñez y a sus alumnos de la Tadeo los trasnocha que Arcángel diga en “Bellaquera” “Si fueras un clavo / y yo un martillo / quisiera clavarte” porque eso (supuestamente) exacerba la violencia en contra de las mujeres. Pero ¿qué harían con las Hermanitas Calle, intérpretes del famoso “Aguacate”, una de cuyas estrofas dice: “Si no me querés / te corto la cara / con una cuchilla / de esas de afeitar / el día de la boda / te doy puñaladas / te arranco el ombligo / y mato tu mamá”? ¿O con el Joe Arroyo, que en su primera etapa cantaba cosas tan espeluznantes como “¡¡¡matalá, matalá, matalá!!! / no tiene corazón esa mujer”? Sí, ¿qué harían? ¿Acusarlos de fomentar las lesiones personales e incitar al uxoricidio?

Una de las características de la buena educación es enseñar a distinguir lo literal de lo figurado. Hasta se podría decir que las personas inteligentes son aquellas que saben cuándo tomarse algo al pie de la letra y cuándo interpretarlo en su sentido metafórico. Tal vez esta fallida campaña en contra del reguetón nos deje en claro por qué las pruebas Pisa nos relegan siempre a los últimos lugares.

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