José Donoso en Princeton

A finales de los cuarenta, José Donoso fue a Princeton a estudiar filología inglesa. Seis décadas después, otro joven chileno recoge los pasos del autor del Boom a través de los corredores de esa universidad de la Ivy League.

POR Antonio Díaz Oliva

José Donoso, Princeton, 1949 • © Archivo fotográfico de la Universidad de Princeton.

 

Hace tiempo, mucho tiempo, mi familia materna tenía una casa en Las Cruces. Y alguna vez hablando con la Nana, no sé de qué, me contó sobre sus veraneos cuando joven. En verdad, no recuerdo si era en Las Cruces o Cartagena, pero bueno. Entonces Chile no era muy distinto que ahora: las élites se juntaban en un balneario y sus hijos se relacionaban entre sí. No es mucho lo que la Nana me cuenta. José Donoso era parte de ese ambiente. Ella era menor, pero aun así lo recuerda. Hablaba mucho, se veía bastante lampiño con el traje de baño y era hijo del médico José Donoso Henríquez. Y punto. Y así, cada vez que he intentado sacarle más información al respecto, repite lo de arriba o vuelve a una anécdota que a estas alturas he escuchado un millón de veces. Resulta que, durante gran parte de su infancia y juventud, la Nana fue gorda. Gorda-gorda. Y pasó gran parte de su adolescencia con vergüenza, traumatizada y atacada por la timidez. Cuando se iban de vacaciones, por ejemplo, no se atrevía a bañarse y se resguardaba bajo un quitasol, con capas de ropa sobre el cuerpo, mientras Donoso y los otros jóvenes, probablemente, se bañaban.

 

Mucho tiempo después, a principio de los noventa, cuando Donoso era Donoso, en la época de los talleres en Galvarino Gallardo y todo eso, la Nana se acercó a hablarle, en una feria del libro. Entonces mi abuela había perdido mucho peso. Estaba flaca. De hecho, en todas las fotos que conozco de ella sale flaca, como si su gordura fuera una mentira con la que intentaba convencerme de que no comiera tanta comida chatarra cuando chico (aunque ese es otro tema). Pero volvamos a la Estación Mapocho. Imaginemos la situación: José Donoso en el stand de Planeta, una fila no tan numerosa, pero sí una buena línea de gente, mientras la Nana se acerca con su copia de Casa de campo. A Donoso, se sabe, le gustaba hablar con la gente en las ferias de libros, hacer preguntas, comentar, reírse, etc. Así que me imagino que, como acostumbraba, en aquella ocasión se tomó su tiempo con cada persona. Hasta que llegó el turno de mi abuela.

–¡María Angélica! –le dijo Donoso apenas la vio.

–Pepe –le respondió mi abuela–, ¿te acuerdas de mí? Pensé que iba a tener que recordarte quién soy.

–Pero claro que me acuerdo de ti, mujer. Cómo te voy a olvidar si eras tan gorda cuando éramos jóvenes.

El comentario de Donoso no ayudó mucho. Al contrario. Revivió el trauma juvenil de la Nana. Y esa copia de Casa de campo –que ahora está en algún lugar de mi biblioteca en Santiago– no tiene ninguna firma, ni dedicatoria.

***

No mucho tiempo después de esos veranos, en 1949, luego de casi tres años en el Pedagógico de la Universidad de Chile –infelices años, al parecer–, José Donoso viajó a Estados Unidos para terminar sus estudios de pregrado en la Universidad de Princeton. El sistema universitario estadounidense dicta que en primer año uno es freshman y en el segundo sophomore; después junior y por último senior. Donoso, a los 25, era junior, algo extraño frente a la realidad del resto de sus compañeros: la mayoría con suerte alcanzaba los 21 años. Y no solo eso: el escritor chileno ya tenía ciertas experiencias de vida que asombraban a los otros estudiantes –la mayoría ni siquiera había salido de Estados Unidos–, como el trabajo que hizo de ovejero en Magallanes o su viaje por Argentina.

Es inevitable vincular a Donoso con los temas de su obra (que él mismo instauró y de los que se hizo cargo), como las casonas, las abuelas moribundas y el ocaso de un Chile decimonónico. Lo atípico es hablar de un Donoso joven. Casi nadie habla, o ahonda, en el Donoso de formación, el viajero empedernido, el que intentaba encontrarse a sí mismo. Puede ser porque he escuchado tantas veces esa anécdota familiar, he imaginado tantas veces a Donoso con traje de baño (y a la Nana gorda), que aquello es lo que primero aparece, en mi cabeza, al abrir cualquiera de sus libros. O porque mi lectura no está distorsionada por las lecturas educacionales obligatorias (fui a un colegio Waldorf y me salvé de leerlo a la fuerza). Así que, a partir de esa anécdota familiar, y pese a que sus libros parecen ir en contra de esta idea, me imagino a un Donoso joven. A ese Donoso que durante sus veintitantos viajó a dedo por el sur de Estados Unidos y México (un par de años antes que Kerouac y compañía). O el que le puso a su segundo libro de cuentos El charlestón, un título energético y muy en sintonía con Francis Scott Fitzgerald, el autor estadounidense que en A este lado del paraíso, su novela de iniciación sobre un joven con aspiraciones literarias que estudia en Princeton, escribió: “No quiero repetir mi inocencia. Quiero perderla de nuevo”.

***

Más de sesenta años después, Princeton parece haberse congelado. No solo por el duro invierno del hemisferio norte que no quiere irse; también porque sus edificios lucen intactos desde hace siglos. Caminar por Princeton es como caminar por Hogwarts, la escuela de Harry Potter. Acá los estudiantes no usan varitas, pero puede ser por el espíritu Ivy League, o porque todo está nevado y hay chimeneas humeando, que todos parecen jóvenes magos. Es una escena muy propia de Nueva Inglaterra, en todo caso, porque esta área de Estados Unidos parece estar siempre en otoño o celebrando Navidad. El mismo Donoso, en una crónica que publicó en El Sol de México (“Breves encuentros con la fama”), narra algo similar al recordar el ambiente de la universidad durante el invierno: “Los edificios neogóticos cubiertos de nieve. Garrafas de sidra que dejábamos para que se enfriaran en los alféizares de nuestras ventanas, de modo que a la luz de la tarde se veían como glóbulos de ámbar suspendidos en las fachadas de nuestros colegios. Ardillas. Muchachos embozados en larguísimas bufandas de franjas negras y naranja transitando por el paisaje cuya blancura absorbía los sonidos”.

Fue gracias a una beca de la Fundación Doherty que Donoso pudo ingresar a Princeton. Muchos pintores y artistas visuales chilenos obtuvieron u obtendrían la beca (Carlos Faz, Pablo Burchard Aguayo y Nemesio Antúnez). Y si bien lo oficial es que Donoso partió a Estados Unidos gracias al dinero de la Fundación Doherty, ya en Princeton el escritor se encargó de hacer correr un rumor diferente. Robert Keeley, uno de sus compañeros y amigos durante esos dos años, dice en MSS Revisited, un librito autopublicado sobre sus recuerdos de aquella época: “Contó que era un destacado estudiante de una universidad en Santiago y que había obtenido una beca de una mujer millonaria, la cual estaba casada con un prominente chileno. La beca consistía en dos años de estudio en cualquier universidad estadounidense”. Más allá de las posibles exageraciones, lo cierto es que, según el mismo Donoso, algo de ayuda económica recibió de Inés “Momo” del Río, la famosa mecenas y protectora de varios artistas y literatos chilenos. Lo divertido, finalmente, es que en gestos como estos se nota que Donoso entendió que la mejor forma de convertirse en escritor era crear un mito alrededor suyo. Desde su primer día de clases, se presentó como un ser extravagante, ayudado por el hecho de ser mayor, de venir de un país tan lejano y desconocido como Chile, y pese a tener un manejo impecable del inglés (obra de sus años como estudiante en el Grange), de su particular acento. Sobre su padre, Keeley se limitó a decir que era médico. Pero sobre su madre elaboró un poco más: “Su madre era una formidable mujer que alguna vez pensó en postularse como alcaldesa de Santiago, o tal vez así lo hizo. Cuando me contó sobre este gesto, José lo atribuyó a la menopausia”, escribe Keeley, quien dice haber escuchado a Donoso rememorar en variadas ocasiones sus meses en Magallanes cuidando ovejas y leyendo y releyendo En busca del tiempo perdido de Marcel Proust (en francés). “Aprendí a apreciar las historias de José”, dice Keeley, “aunque nunca las creí enteramente”.

© Archivo fotográfico de la Universidad de Princeton

 

Donoso vivía en una pieza del Edwards Hall, un edificio-dormitorio para estudiantes construido en 1879 y con fama de ser un lugar oscuro y excéntrico. Antes de entrar a la biblioteca y encerrarme un día entero para revisar papeles y manuscritos, me detengo en el edificio. Sin identificación de estudiante no se puede entrar. Espero que salga alguien para colarme. Ya adentro, subo por las escaleras hasta la parte sur, habitación 24, donde Donoso y Keeley se conocieron. En este sitio empezaría una amistad literaria. Tanto el chileno como el estadounidense habían escogido la literatura como área de estudio, pero en el fondo querían ser escritores. Por un momento, incluso, planearon una novela a cuatro manos sobre el dorm en que vivían, aunque la idea no prosperó. El título, de hecho, sería Edwards Hall y la idea consistía en crear un fresco narrativo sobre los personajes que entraban y salían del edificio-dormitorio, una serie de sketches acerca de “la amplia gama de excéntricos, neuróticos y primitivos que habitaban este edificio”. Lo que sí prosperó fue mss, la revista literaria en la que Donoso debutó como escritor. Y en inglés.

En ese entonces existían varias revistas literarias en Princeton. La más famosa era el Nassau Literary Magazine, con una larga historia detrás. MSS, a su vez, llevaba poco tiempo, apenas un número. A Robert Keeley le ofrecieron ser director de la revista. Lo primero que hizo fue nombrar a Donoso como su mano derecha y se pusieron a pensar en qué cambios realizar y a quiénes les gustaría publicar. Tuvieron que interrumpir sus planes: el semestre se acababa y la mayoría de los estudiantes volvía a sus hogares. Keeley pasó junio, julio y parte de agosto en Martha’s Vineyard, una isla situada en la costa este. Donoso, por su lado, partió a México, siguiendo su espíritu trotamundos. A su regreso, meses más tarde, cuando cruzaba la frontera en Texas, se dio cuenta de que había olvidado sus documentos en su pieza, en el Edwards Hall. Por poco no consigue volver a Princeton y, de hecho, se hizo pasar por ciudadano estadounidense para no tener problemas más serios, como que le quitaran la visa y lo mandaran de vuelta a Chile.

Ya en la universidad, Keeley se sorprendió al ver a Donoso instalado afuera del gimnasio, con una mesa, ofreciendo suscripciones. El plan consistía en asegurar económicamente la revista antes de editar el segundo número. La meta era vender 400 suscripciones. Sin mucho éxito, decidieron ir de puerta en puerta, a través de los edificios de estudiantes y profesores. Donoso resultó ser el mejor vendedor. Además de su acento y su apariencia llamativos, el escritor chileno usaba un argumento infalible: presentarse como un empobrecido estudiante de un país tan remoto como Chile. Por último, aseguraba a los posibles suscriptores que los escritores que MSS publicaba, sin duda, serían famosos. Keeley: “Pero el elemento más efectivo de su capacidad de venta era su persistencia, su habilidad para convencer a cautelosos estudiantes de años superiores de que cometerían un grave error si lo rechazaban. Generalmente se autoinvitaba a la pieza, sin siquiera preguntar, tomaba posesión de algún asiento desocupado, y daba la impresión de que no podía irse de la residencia hasta que le colaboraran. Un dólar no es tanto dinero cuando se necesita para conseguir paz y calma. De esa forma José vendió más de 200 suscripciones, mucho más que los otros miembros de MSS juntos. Alcanzamos un total de 350 y decidimos continuar con el segundo número”.

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Hay algo fronterizo en la forma en que Donoso escribe en inglés. No usa un inglés norteamericano, sino uno cercano a la tradición inglesa de fin de siglo. Nada raro: estos son años de descubrimientos literarios. En Princeton, Donoso lee en profundidad a Henry James, algo que se nota en la prosa de sus dos primeros cuentos; es constante el uso de la coma, frases intercaladas, ciertos tiempos verbales (como los participios con el auxiliar “have”), y la figura de los padres y los espacios físicos de las casas y ciudades. Parece que Donoso pensaba en castellano y luego acomodaba el inglés.

Con fecha de noviembre de 1950, en el segundo número de MSS, “The Blue Woman” es el primero de los dos relatos que Donoso publicó en Princeton. Cuenta la historia de Myra, una frágil mujer en sus cuarenta que trabaja en una agencia de publicidad en Nueva York. Sin pareja ni familia, y apenas un par de amigos que visita de vez en cuando, Myra pasa sus fines de semana en un estado de bovarismo: con frecuencia asiste a las funciones dobles del cine para evadirse. Entonces, aburrida de su vida y de su apariencia, decide operarse la nariz. Su cambio facial, una noche que conoce a un par de sujetos en un bar, comienza a aterrorizarla; en diversos espejos y vidrios ve una mujer azul que le recuerda su rostro actual.

El hecho de que el primer relato que Donoso publicó tuviera a una mujer de protagonista es clave. “José estaba enamorado de las mujeres novelistas. Tenía planeado escribir su tesis sobre Jane Austen”, escribe Keeley. Antes de Austen, eso sí, Donoso acariciaba la idea de investigar la obra de Virginia Woolf, otra de sus escritoras favoritas, y a quien –él mismo lo reconoció en muchas entrevistas posteriores– le debe técnicas narrativas como el monólogo interior. Pero cuando pidió permiso para trabajar sobre Woolf, su guía de estudios se lo negó rotundamente: “No existe un corpus crítico serio sobre su obra”, le dijo. Finalmente escribió sobre Jane Austen.

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Princeton, como la mayoría de los pueblos universitarios en Estados Unidos, es un territorio finito. En una tarde es posible recorrer las calles comerciales y sentirse ya en un estado de déjà-vu turístico. Empiezo mi travesía en la tienda oficial de la universidad, donde venden merchandising de Princeton. Hay varias copias de A este lado del paraíso y El gran Gatsby, de libros de Einstein, quien enseñó acá, y un volumen donde se destacan los alumnos famosos que han pasado por Princeton: no aparece Donoso. A un par de cuadras está Labyrinth Books, la mejor librería en toda el área. Voy a la D y encuentro algunos pocos libros de Donoso, todos traducciones al inglés. Abro los libros y veo que son de colecciones de profesores, avejentados y con sellos que se han ido diluyendo. A una cuadra doy con la calle Witherspoon, donde, según Keeley, lavaban ropa: “Un día noté que había una larga pila de camisas sucias en una de las esquinas de la pieza de José. Cada vez que necesitaba una camisa limpia, José iba a la tienda de la universidad y compraba una nueva. Luego de decirle que eso era estúpido y una pérdida de dinero, le presenté a la señora que me lavaba la ropa, una italiana inmigrante que vivía en Witherspoon Street”.

© Archivo fotográfico de la universidad de Princeton

 

Se ha creado un mito en torno a los papeles y manuscritos de Donoso. La mitad, se sabe, están en Iowa, y el resto en esta universidad. Me paso dos días buscando sobre su relación con Princeton; en cartas a amigos que conoció acá, apuntes y otros textos. Pero en el camino me entretengo y divago. Entrar en la vida personal de Donoso es entrar en la historia de la narrativa de América Latina. Así que lo obvio sería buscar su correspondencia con los otros autores del Boom: García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes y Cortázar. Pero en vez de eso me pongo a buscar vínculos con las generaciones posteriores.

Hay cartas de Alberto Fuguet, Edmundo Paz Soldán y una de César Aira en la que el escritor argentino se queja de que haya cancelado su visita a Buenos Aires (“¡qué bajón inmenso que no venga a la Feria del Libro! Me había hecho la ilusión de verlo, y como me tomo tan en serio mis ilusiones, realmente lo vi por anticipado, y estuvimos charlando... Cuando me dijeron que no vendría fue como si me expropiaran, y me hirvió la sangre. No me adapto a cosas así”).

Hay una carpeta que contiene los originales de los dos relatos que aparecieron en MSS, “The Blue Woman” y “The Poisoned Pastries”. También dos traducciones de los mismos que, parece, nunca se publicaron. Los traductores son María y Hugo Achar, el segundo de ellos un académico uruguayo. En la misma carpeta se encuentra la única reimpresión, hasta la fecha, de estos relatos (en Chasqui, la revista de estudios latinoamericanos de la Universidad de Wisconsin, Madison). Así, los cuentos permanecen más bien inéditos. Donoso nunca se sintió muy cómodo con ellos. En una nota al final de la carpeta con los originales se ve un comentario al respecto, con una letra apenas legible: “Profundizar más la armonía de la prosa”.

Hay una carpeta llena de fotos. Muchas fotos. Empiezo con las del Boom: Donoso con Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez en distintas situaciones, todos sonrientes y abrazados. Encuentro cinco imágenes de su tiempo como estudiante en Princeton. En una está sentado en el borde de una ventana, lleva el corte de pelo que esta universidad hizo famoso (the Princeton haircut), camisa blanca, corbata oscura, sin zapatos y de brazos cruzados alrededor de las rodillas. Mira a la cámara, pero sus lentes –ya gruesos en ese entonces– no dejan ver sus ojos. Atrás dice: “Princeton 1949”. Otra imagen de la misma serie lo presenta con una pipa, en un salón de la universidad, también descalzo. Parece un personaje de un relato de John Cheever antes que un futuro escritor de casas señoriales. Hay una más de esos años, sentado con una camiseta blanca y un gorro de safari. El lugar podría ser México perfectamente; tal vez un pueblo de clima árido. Y hay, al final, una foto de una foto. Es de José Donoso y su madre, Alicia Yáñez. Fecha: 1926. Donoso tiene el pelo rubio y ruliento (a lo Príncipe Valiente). Parece una niña, vestido de blanco. Le toma la mano a su mamá, y ella, sonriente, lo mira.

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Fabián Casas lo dijo: “Las parejas y las revistas literarias duran casi siempre dos números”. En el tiempo que Donoso estuvo en Princeton, mss tuvo tres ediciones. Dos con relatos del escritor chileno. “The Poisoned Pastries” fue incluido en la edición de mayo de 1951. El cuento empieza con un hombre rememorando su infancia y las pesadillas surrealistas que tenía con su padre (donde el narrador se hincha como un gigante globo rosado hasta reventar y, desde su interior, una moneda cae al pavimento). Luego pasa a la aparición de una extraña señora que le ofrece unos pasteles al niño y a su hermana, quienes se niegan a probarlos. Hay varios elementos que adelantan pistas de por dónde avanzará la narrativa de Donoso, como el personaje de la abuela religiosa y enferma que el narrador y su hermana deben visitar cada noche, y la presencia de los padres. Incluso en esta etapa inicial Donoso es donosiano. Según Keeley, el escritor chileno le comentó que se había inspirado en un episodio de su niñez.

“Es una historia bien planeada, pero el escritor ha tenido dificultad en desarrollarla, la clásica dificultad de intensificar una anécdota y hacerse cargo de ese tono de reminiscencia con que se presenta a los personajes. Cuesta evocar a la repelente y patética mujer”, escribió Robert Fitzgerald, profesor de la universidad, al reseñar el número de mss para el periódico de Princeton. Aunque a Donoso no le dolió tanto la crítica: “Por lo menos no dijo que estaba imitando a otro escritor”, le comentó a Keeley.

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El autor de Coronación nunca fue un estudiante ejemplar. Ni en el colegio, ni el Pedagógico, ni menos en Princeton (“resulté ser un alumno deplorable”). Siempre estuvo más interesado en vivir que en estudiar. O en leer. Ahora, además, tenía a su disposición todos los autores que siempre había querido y en su idioma original. De ahí que su paso por Princeton lo ayudara a confirmar su condición de escritor y que como estudiante fuera irregular. En uno de los archivos que hay en Princeton, una autobiografía, Donoso recuerda una ocasión en que lo citaron: “Mi guía de estudios me preguntó sobre mis calificaciones malas. Le respondí que estaba enamorado. Protestó diciendo que sin duda yo no era el único princetoniano enamorado. Cuando respondí a su protesta con un ‘pero señor, comprenda, yo soy latino’, me hizo salir, seguramente, para reírse”.

De todas maneras, el sistema de universidades estadounidenses daba libertad a sus estudiantes. Muchos exámenes y evaluaciones eran bastante autónomos. En enero de 1951, iniciando su último semestre en Princeton, le escribe a la Momo: “Yo cada día más interesado en la pintura. Tengo ahora el curso más maravilloso del mundo, que se llama The Northern Renaissance. Tres clases y una discusión cada semana. El examen final es lo siguiente. Nos dan la cita de Eckhart: ‘What is man, that thou art mindful of him?’, y uno puede hacer lo que se le dé la real gana con ella. Un amigo mío escribió solo un soneto; otro, un cuento de cuarenta mil páginas; Waring Bidle hizo un filme; John Elliot pintó un tríptico moderno; Bob Belknap escribió una cosa que él llama ‘Interplanetary Pastoral’, totalmente genial e insana; Tony Devereux, un diálogo entre él y Lutero; Art Windels, un diálogo entre tres bolas de billar blancas, etc. Yo escribí una cosa larguísima llamada ‘The Private Collection of J. M. Donoso’, en la que creo con palabras un grupo de diez pinturas imaginarias de artistas del Renacimiento”.

Y luego narra la recepción que tuvo su proyecto en la clase, tanto por el profesor como por el resto de sus compañeros: “Tuvo un success feroz, pues en el uso del inglés traté de imitar el estilo de pintura, y las ideas eran siempre las mías, no las del pintor; tratando de poner cada cuento –es en realidad una serie de diez cuentecitos de más o menos cuatro páginas cada uno– fuera del tiempo”.

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El fin del paso de Donoso por Princeton coincidió con el matrimonio de su amigo Robert Keeley. Apenas terminó el último día de clase, el escritor chileno tomó un tren a Nueva York. Su plan era absorber la cultura cosmopolita de la Gran Manzana, ir a la mayor cantidad de museos y librerías, o simplemente recorrer las avenidas y parques.

“Llegó tarde, justo para la cena”, escribe Keeley sobre el día del matrimonio y la aparición de Donoso. “Le trajo a la novia un regalo en la bolsa de la tienda donde lo había comprado, ya que no tuvo tiempo de envolverlo. Era un recipiente de aluminio rojo para poner hielo, con la forma de una manzana gigante”. Adentro tenía una tarjeta con la siguiente inscripción: “Para Eva de la serpiente”.

© Archivo fotográfico de la Universidad de Princeton

 

Esa noche Donoso no prestó atención a las atractivas mujeres que bailaban y buscaban compañía. En vez de eso estuvo con la madrastra de Keeley, entonces en sus treinta años. Conversaron largamente y brindaron un par de veces. “Típico de José”, recuerda Keeley, porque Donoso, en esos dos años, tenía un historial al respecto. “Le gustaban las mujeres en general. Pero José no salía en citas durante sus años de estudiante. No lo necesitaba. Tenía dos amigas en el pueblo, aunque no eran chicas. Eran mujeres. Una viuda en sus cuarenta, era la secretaria de uno de los departamentos académicos. La otra era la esposa de un doctor, un psiquiatra en realidad, en sus treinta. Regular y seriamente, José dormía con ambas mujeres, en las camas de ellas, nunca en su dormitorio. Cuando le pregunté por qué le atraían las mujeres ‘adultas’, me explicó que tenían tres ventajas. La primera es que eran ‘serias’. Segundo, eran ‘experimentadas’. Y, más importante, eran muy ‘agradecidas’ ”.

Si lo que Keeley asegura es cierto, puede ser entonces que Donoso frecuentara a la mujer de un matrimonio que vivía en el pueblo de Princeton. Un matrimonio de amigos que había conocido en la universidad y que lo recibieron en una Navidad. En el artículo “Breves encuentros con la fama”, el escritor chileno lo recuerda: “Yo me había hecho amigo, entretanto, de un médico y su mujer que vivían en Princeton. Esa Navidad, cuando la mayoría de los estudiantes partieron a sus hogares, yo permanecí en la universidad y el doctor Howland y su mujer me invitaron a pasar la víspera en su casa. Podría estar presente, me dijeron, en un concierto de flautas verticales. Alrededor del fuego y del ponche se reunió un grupo de grandes y niños tocando las viejas melodías de esas latitudes”.

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La noche del matrimonio el alcohol corrió y se bailó mucho. Horas más tarde, Donoso apenas caminaba. El mismo Keeley se encargó de llevarlo al hotel y registrarlo en el lobby. Cuando terminó, vio que el futuro escritor chileno dormía en uno de los sillones. Después de esa noche, y con el tiempo en contra (su visa expiraría pronto), Donoso comenzaría su retorno: “Al terminar mis estudios en Princeton emprendí mi regreso a Chile en auto-stop, cruzando lentamente el sur de Estados Unidos y México, donde permanecí varios meses. Partí desde Washington, donde fui a despedirme de don Juan Ramón Jiménez, a quien veía con cierta frecuencia. Vivía en una de esas casitas horribles y oscuras, por no decir sórdidas, que los escritores españoles en el exilio tienen ese don especial para encontrar”.

Pero no solo pretendía despedirse del poeta español; también quería pedirle una carta de recomendación. El plan de Donoso era ir a México, a Xalapa, donde vivía Gabriela Mistral. Jiménez, a regañadientes, le escribió una carta. Y así, meses más tarde, el autor chileno se presentó frente a la Premio Nobel en tierras mexicanas, como relata en sus “Breves encuentros con la fama”: “Le conté mi procedencia princetoniana y mi obligado regreso a Chile. Le relaté mis peripecias mexicanas, cuando casi viví sin dinero, manteniéndome con un ‘trabajo’ insólito: flaquísimo (entonces), con crew cut y bermudas, casi negro de tanto estar al sol, me iba en las mañanas al Castillo de Chapultepec a esperar que llegaran los autobuses llenos de turistas norteamericanos. Me acercaba a alguna dama de aspecto crédulo y con mi más culto acento inglés le decía que yo era estudiante de psicología (falso) en Princeton, y que me hallaba capacitado para hacer un estudio de su carácter por las líneas de sus manos”.

Luego de unos días junto a Gabriela Mistral (ella se negó a que ese joven chileno que hablaba tanto le leyera la mano), Donoso siguió su recorrido por América Latina. La llegada a Santiago sería un golpe. Después de estos dos años en el extranjero, sintió que el país, más que nunca, se estrechaba y lo asfixiaba. En Princeton se sentía al otro lado del paraíso. Pero ahora le tocaba retornar. “Mi regreso a Chile marcó el comienzo de años áridos para mí, duros, sin dirección, insatisfactorios, prolongadísimos, en que iba a escribir y no escribía, en que enseñaba y no me gustaba enseñar, en que pensaba volver al extranjero sin lograr emprender el viaje, recordando con nostalgia a Princeton, o a Gabriela Mistral en Xalapa”.

***

Pese a los viajes, el paso del tiempo y los libros publicados, Donoso nunca perdió contacto con Princeton y sus compañeros. A lo largo de los años intercambió cartas con Robert Keeley, quien se convirtió en diplomático, viajó por diversos países y terminó viviendo en Washington; se alojó donde John Elliot en Nueva York reiteradas veces; y Walter Clemons Jr., otro compañero que no escribió ficción pero sí desarrolló una carrera como periodista, y reseñó El obsceno pájaro de la noche para Newsweek (“con este libro se ha transformado en un novelista de categoría mundial”).

En 1973, Donoso le escribió a Keeley desde Calaceite, España, donde mantenía a su familia con 300 dólares al mes. La vida en la costa catalana no era cara. Pero Donoso se lamentaba de no ofrecerle a su familia una estabilidad financiera. Especialmente ahora que Pilar, su hija, cumplía seis años: “No quiero dejar esta simple y sencilla vida para conseguir un trabajo en Madison Avenue. Aunque me gustaría pasar un año en una universidad estadounidense, pero ya veremos. Estoy hablando con tu hermano, y me dijo que le escribiera el año entrante, pero Dios sabe qué sucederá. Es difícil dejar esta solitaria, simple vida, por algo que uno no está seguro de que le gustará. Aunque Princeton, especialmente Princeton, es tentador. ¿Ha cambiado mucho?”.

Así fue como Donoso regresó a Princeton de profesor invitado durante los años 74 y 75, gracias a la gestión de Edmund Keeley, el hermano de Robert. Ya tenía camino recorrido: en Iowa había sido profesor de varias generaciones de jóvenes escritores norteamericanos, entre los cuales se cuenta a John Irving, además de entablar amistad con Kurt Vonnegut. También sería tiempo de saldar deudas. Pese a la beca de la Fundación Doherty y las ayudas de la Momo, Donoso se graduó y dejó una deuda de varios dólares con Princeton. Ya reconocido un escritor internacional, llegó a un trato: ceder papeles y manuscritos para no seguir moroso.

***

Le escribo un correo electrónico a mi madre mientras espero el tren de regreso a Nueva York. En el mensaje adjunto las fotos de las fotos de Donoso que saqué en la biblioteca. “Tal vez se las puedes mostrar a la Nana”, le digo, “si es que la vas a ver pronto”. Luego reviso mis apuntes y transcripciones. Encuentro un texto de Donoso sobre su infancia y juventud. No hay mucha información sobre dónde se publicó: “Princeton me dejó marcadas algunas cosas importantes, tales como el hecho de que la literatura no estaba desprovista de encantos, ni tampoco era la fuente de culpabilidad y miseria como me había advertido mi padre cuando me decía que me convertiría en paria. Por el contrario, me di cuenta de que para mí, por lo menos, encerraba un gran placer”.

El texto continúa con un tono nostálgico. Donoso recuerda a sus profesores, compañeros, y el ambiente cultural de la universidad; sus fines de semana en Nueva York y sus visitas a museos; y repite que fue un pésimo estudiante, pero eso, aclara, no importa. Fueron años decisivos no solo porque lo pusieron en contacto con escritores fundamentales para su futura obra; sino también porque se mantuvo vital, viajando, leyendo y escribiendo: “Allí se me dieron a conocer las grandes obras del arte universal, con las cuales siempre había anhelado tomar contacto. Esas obras las vi en compañía de amigos nuevos e interesantes, en nuestros viajes de fin de semana a Nueva York. Durante las vacaciones me dediqué a hacer un viaje a pie por México, publiqué los primeros cuentos y me di cuenta de que, para bien o para mal, era escritor”.


ACERCA DEL AUTOR


Antonio Díaz Oliva

Es autor de la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y de la novela La soga de los muertos.

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