Teatro proyectado

Esta semana, el jueves 25 y el domingo 28, Cine Colombia proyectará la versión de King Lear del National Theatre de Londres. Con el surgimiento de las proyecciones de obras de teatro, ópera y ballet se ha dado la pregunta de seguimos viendo artes de la representación. Sandro Romero Rey da una respuesta a esa pregunta. 

POR Sandro Romero Rey

Simon Russell Beale interpreta a king Lear en la versión del National Theatre • © Paul Stuart

 

Compruébelo usted mismo, curioso lector: si se interesa por el mundo de los espectáculos en vivo y consulta en, digamos, YouTube, encontrará millones de entradas en donde podrá ver desde los archivos del Odin Teatret de Dinamarca, hasta las muestras académicas de los estudiantes de actuación en cualquier escuela de artes escénicas. No, no es muy difícil, en estos tiempos que corren desbocados, encontrar testimonios de lo que sucede en el gran teatro del mundo. Pero, ¿estamos viendo ópera, ballet, en fin, experiencias escénicas, cuando los consultamos a través de Internet? Si algo diferencia al teatro del cine es su relación directa entre quien actúa y aquellos que miran. Pero, cuando esta proximidad desaparece, ¿seguimos viendo artes de la representación? Algunos no le prestan demasiada atención a estas sutilezas y disfrutan, sin mayores cuestionamientos, de las proyecciones a gran escala desde el MET neoyorkino. Otros, por el contrario, consideran que se trata de una trampa de dimensiones monumentales: la ópera, para poner un ejemplo, está concebida como un espectáculo en vivo que debe observarse en conjunto, en un gran plano general, donde todo, orquesta, luces, escenografía y, por supuesto, cantantes, deben agruparse en la sensibilidad del espectador. Cuando se fragmenta una ópera en planos y contra planos o, lo que es peor, se la aproxima en primerísimos acercamientos, no solo se la desdibuja, sino que se pierde el cuidado ceremonial de su representación.

Yo no estoy tan seguro de estas últimas afirmaciones. Creo pertenecer al grupo de aquellos que van a las proyecciones del Ballet Bolshoi, de Elton John en Las Vegas o, ahora, del National Theatre londinense, con entusiasta curiosidad. Por supuesto, la experiencia vital es otra y no es lo mismo emocionarse en el palco de butacas, que en la fría inmensidad de una proyección en HD. Sin embargo, hay aquí un triunfo del arte frente a la triste tendencia del cinematógrafo contemporáneo convertido, poco a poco, en un nuevo parque de diversiones. El hecho de que se pueda ver el Macbeth de Verdi o la tetralogía del Anillo del Nibelungo wagneriano en estupendas versiones y con un formato que se acerca al máximo a su experiencia directa es, por decir lo menos, un prodigioso premio de consolación para las necesidades latentes de un público con escasas posibilidades de ver espectáculos de gran factura. Creo formar parte de una generación que nos educamos leyendo y admirando a Bertolt Brecht sin haber ido nunca al Berliner Ensemble o creyendo ciegamente en Grotowski, sin saber a ciencia cierta en qué consistió el prodigio de El príncipe constante. Las proyecciones desde Londres o Nueva York se convierten en una ventana hacia el exterior que se debería aprovechar más allá de sus propias limitaciones. Porque no todo el mundo viaja a las temporadas escénicas norteamericanas, rusas o inglesas año tras año. A través de estos desplazamientos audiovisuales, uno se puede escapar, a un precio decente, a grandes escenarios, donde reina la parafernalia y la gran escala es sinónimo de felicidad. Habrá quienes rechacen este tipo de artificios pero otros contamos con adicciones extrañas y una de ellas es la de permanecer durante varias horas al interior de universos mucho más amables que los que nos tocó en la lotería de la vida.

Un solo ejemplo para justificar mis argumentos: el director de teatro y cine Sam Mendes. En un espacio de dos semanas, he podido ver el documental NOW: in the Wings on a World Stage de Jeremy Whelehan, durante la programación del Festival de Cine Independiente de Bogotá (IndieBo), en el que se registra, a lo largo de varios meses, el tour mundial de la puesta en escena de Ricardo III, protagonizada por Kevin Spacey y un ejército de actores de habla inglesa, tanto británicos como americanos, repitiendo la mise en scène del citado realizador. La experiencia, un viaje de Epidauro al West End, de Brooklyn a Qatar, de Nápoles a Beijín, donde se resumen 198 representaciones mundiales. Un ejercicio de síntesis donde se da cuenta de los esfuerzos casi sobrenaturales para mantener el fuego de la representación en vivo, a través del cine. Ahora, he tenido el gusto de sorprenderme ante un nuevo montaje teatral de Mendes (director conocido en nuestro medio por sus realizaciones cinematográficas, en particular por American Beauty, Road to Perdition o, por supuesto, Skyfall), gracias a las proyecciones desde el National Theatre. En este caso, se trataba de su versión del Rey Lear de Shakespeare, en una puesta en escena que no esconde su ostentosa modernidad pero que, al mismo tiempo, hace convivir la tradición con los riesgos anacrónicos.

Hace ya casi dos décadas, fui a la Donmar Warehouse en Londres, durante el tiempo en el que Sam Mendes fue su director artístico, y pude ser testigo de las últimas apariciones de Harold Pinter como actor. Todavía conservo la emoción de estos momentos irrepetibles pero, triste verdad, la experiencia se esfuma y solo nos queda la evidencia de un frágil recuerdo. Ahora, existe la posibilidad de registrar el teatro y de repetirlo en distintos formatos, para que la persistencia de la memoria no sea un esfuerzo desorbitado. A diferencia de NOW, la versión para la gran pantalla (que no para el cine) del King Lear es una emocionante experiencia de largo aliento, en la que nada se omite. Es Shakespeare en su más cruda y sagrada dimensión, pero con elementos de la temible galantería contemporánea: trajes de saco y corbata, micrófonos, mesas pulidas que recuerdan las instalaciones de Doris Salcedo, torturadores que sacan los ojos con descorchadores o un viejo rey en calzoncillos depositando el cadáver de su hija como quien se deshace de un brazo. El actor Simon Russell Beale y el elenco que lo acompaña conmueven con la contundencia de sus interpretaciones y demuestran que, ante el teatro, no hay trampas: el texto se impone, la composición escénica se convierte en una experiencia estética en sí misma y el conjunto es agobiante y feliz, como en el presente de su representación.

No. No estoy en contra de las proyecciones teatrales. Y mucho menos cuando son controladas por quienes gestaron la experiencia escénica. Al contrario, hay en las versiones de War Horse, King Lear o Small Family Business del National Theatre (todas subtituladas al español) un cuidado por la difusión de sus grandes triunfos creativos y se articulan a la necesidad de transformar las maneras como se difunden las formas artísticas, antes de que sean devoradas sin clemencia por el entretenimiento de silicona. No sé cuántas versiones del Rey Lear he visto en mi vida. Desde los esfuerzos del Teatro Libre de Bogotá, pasando por los films memorables de Peter Brook o Grigory Kozintsev, hasta el desmadre de Jean-Luc Godard con Woody Allen. Todas tienen sus prodigiosas virtudes y desmiente las temeraria afirmación de Harold Bloom, quien considera que Shakespeare nunca será igualado en sus representaciones. La aventura de Sam Mendes con el National Theatre es una demostración de cómo el teatro sale triunfante, en última instancia, cuando hay grandes intérpretes que traducen los versos del poeta de Stratford en una larga, inmensa opera. Por fortuna, hay proyecciones que nos ayudan a corroborarlo.  

ACERCA DEL AUTOR


Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó El miedo a la oscuridad.

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