La odisea del espacio no convencional

A propósito de la obra Como gustéis, dirigida por Pawel Nowicki

POR Sandro Romero Rey

 

Ramsés Ramos, Ana María Sánchez y Elkin Díaz actúan en Como gustéis

 

Todo parece indicar que los teatros convencionales son una especie en vías de extinción. O, por lo menos, son territorios de transformación profunda. Pensemos, para no ir más lejos, en los espacios teatrales colombianos de los últimos sesenta años. Existían, sí, y siguen existiendo, los llamados “teatros a la italiana”, en los que el público, en semicírculo, acomodado en jerárquicos palcos y plateas (los ricos abajo, los pobres arriba, en la galería, el gallinero o el paraíso, según las denominaciones al uso) miran los espectáculos separados por un foso, donde tradicionalmente se acomoda la orquesta en las representaciones operáticas (porque ni en las obras teatrales ni en las dancísticas de hoy, hay música en vivo más allá de la que interpretan sus propios actores). ¿Cuántas obras colombianas se ven en dichos escenarios? Esa reflexión podríamos tenerla en otro momento. Por lo pronto dejo una idea: cada vez menos, el teatro se representa en los teatros. Desde finales de la década del sesenta, las artes escénicas de vanguardia en Colombia, se refugiaron en viejas casas de barrios tradicionales de las grandes ciudades (Bogotá, Medellín, Cali), adaptadas para la ceremonia escénica, quizás emulando los ya legendarios espacios secretos del director polaco Jerzy Grotowski, primero en Opole y luego en Wrocklaw, donde los actores y el público cambiaban su distribución de acuerdo con las necesidades de la representación. Ahora, en el nuevo milenio, no sólo hay casas que se adaptan para el teatro, sino que hay bodegas, garajes, sótanos, ruinas, cementerios, mataderos, bares o prostíbulos, en los cuales suceden las experiencias escénicas del llamado teatro posdramático. Para completar el círculo, otro polaco, el director Pawel Nowicki, radicado en Bogotá desde hace más de cinco lustros, ha puesto en escena una curiosa experiencia, en otro de los llamados “espacios no convencionales”: una casa en el barrio Teusaquillo donde, no sólo se representa la obra Como gustéis, sino que allí, al final de la jornada, se retira a sus propias habitaciones una de las actrices del grupo.

El espectador desprevenido se sorprende, por decir lo menos, con los precios para ver el montaje de Nowicki. Pronto entenderá el mecanismo. No sólo se encuentran en el espacio escénico tres estrellas de la escena local (Elkin Díaz, Ramsés Ramos, Ana María Sánchez) sino que, en Como gustéis, se ve la obra de teatro y, antes y después, por el mismo precio, se puede comer y beber a voluntad guiados por el delirante chef Juan Carlos Mateus. La pregunta, sin embargo, salta a la vista: ¿por qué razón un director que ha realizado más de 40 montajes teatrales en Colombia, que había sido el director estrella del Teatro del Camarín del Carmen en la década del noventa y que ahora oficia como la conciencia rubia de Caracol Televisión “termina” haciendo teatro en una casa? ¿Eso no es un asunto de jóvenes con el oficio en ciernes? La respuesta, una vez más, se encuentra en las convenciones del espectáculo mismo y, para ello, lo mejor será comenzar por el principio. Y el principio, para los que no lo saben, una vez más es William Shakespeare.

La comedia As You Like It fue escrita en 1599, un año glorioso en la producción desenfrenada del dramaturgo de Stratford, puesto que, en ese año, “asesinó” a una de sus más grandes creaciones, Sir John Falstaff (en la obra Enrique V), escribió la comedia Mucho ruido y pocas nueces, concluyó la tragedia Julio César y se preparaba para el nacimiento de Hamlet, un año después. Los que conocen el inmenso estudio de Harold Bloom titulado Shakesperare, la invención de lo humano, saben de su célebre declaración de amor hacia Rosalinda, el que considera el mejor personaje femenino del poeta inglés, dentro de esa galería de mujeres travestis (Imogen, Julia, Viola, Porcia…) que pueblan buena parte de sus comedias. Por muchos años, As You Like It se conoció en español bajo el título de Como gustéis, según la traducción de Luis Astrana Marín. En los últimos años ha habido nuevas aproximaciones a nuestra lengua y, tratando de establecer una independencia tardía de los modismos hispánicos, la Editorial Norma publicó las obras completas de Shakespeare con nuevos traductores, otorgándole el privilegio de As You Like It al cubano Omar Pérez quien la denominó, en un esfuerzo por las cercanías latinoamericanas, con el nombre de Como les guste. Nowicki, sin embargo, no se preocupó por este tipo de concesiones democráticas. Al contrario,  no sólo utilizó la traducción tradicional, sino que prescindió de todos los textos de la obra de Shakespeare (con excepción de una pequeña cita, que funciona como epígrafe, en la penumbra inicial de su montaje). Como gustéis, versión Nowicki, no tiene, en apariencia, nada que ver con la comedia de marras. Es una travesura sobre el mundo de los actores colombianos, que pasan de las escuelas de formación al teatro, de allí a la televisión y, de repente, al cine. Abusa de sus angustias y virtudes, en una serie de sketches ininterrumpidos que nos recuerdan más el tono de la obra Por qué el teatro en Bogotá es imposible, que dirigiera Nowicki en 1995, antes que a su tocaya shakesperiana.           

Una dama de refinados quilates teatrales, al final de la representación, me dijo lo que pensaba de Como gustéis: “activismo de peluche”, fue su definición contundente. Y me dejó pensando, porque yo la disfruté sin mayores prevenciones, aunque supongo que el trío de actores de la obra se esfuerzan por construir un ejercicio de provocación para épater le bourgeois, protegidos en su condición de suicidas galantes quienes, tras triunfar durante años en la televisión local, se pueden dar el lujo de burlarse de su propia condición de bufones de la corte del entretenimiento. Porque no se trata de una “crítica” al mundo de la comercialización de los intérpretes, representada en un pequeño teatro de la retaguardia marginal de nuestros circuitos escénicos. Al contrario, Pawel y sus comediantes construyen una obra de gran rigor, la cual es concebida en medio de una fiesta galante donde rueda el whiskey y deliciosos bocadillos, tentempiés y pasapalos. El espectador pudiente, sin saberlo, se introduce en la boca del lobo y, como todo en Colombia hay que volverlo fiesta para que el público asista en masa, se sumerge en una rumba del jet-set, donde termina acorralado, fustigado y cuestionado. Pero el público no se siente víctima de ninguna agresión. Al contrario, al final de la representación come y bebe de acuerdo a sus respectivos desenfrenos. Aunque supongo que, al llegar a casa, se preguntará qué diablos era ese harakiri de Sánchez, Díaz, Ramos y Nowicki quienes, apoyados en su propia experiencia, se dedican a diseccionar el oficio en el que están inmersos, hasta descubrir que el mea culpa resulta siendo más trágico que cómico.

¿Activismo de peluche? Es muy probable. Creo que Nowicki lleva practicando su activismo de peluche durante años, con obras de gran formato, trabajos académicos y toda suerte de juegos mercenarios. Sin embargo, me parece que sus grandes triunfos han estado en sus piezas de corte minimalista donde, en el marco de una puerta (La hojarasca), alrededor de una mesa (Hamlet 1) o en un teatro de cámara (El matrimonio) ha conseguido demostrar por qué se trata de uno de los metteurs en scène más inteligentes y sensibles de nuestro entorno. La ética o la moral no parecen ser las palabras que mejor definan el espíritu de sus trabajos. Huyendo de los restos del realismo socialista, Nowicki se instaló en Colombia odiando el comunismo, en una época en la que todavía se necesitaba ser revolucionario para poder ser hombre de teatro. Nowicki le ha quitado el pudor a los actores y él mismo se ha encargado de trabajar en la televisión más comercial de nuestro medio o ha puesto su nombre sin vergüenza en los créditos de obras como Infraganti, Sexzoo o, más recientemente, Bonita pero complicada (y ni hablemos de su inteligente y divertido Gran libro del guayabo) ¿Vendido? Totalmente. Pero no nos olvidemos, queridos lectores, que Pawel Nowicki también ha sido el creador de inmensos frescos como su Don Juan de Molière, como Los demonios de Dostoievski, Como Drácula, Frankenstein o Dr. Jeckyll And Mr. Hyde o como El último rostro, verdaderas piezas contundentes en el accidentado paisaje del teatro colombiano más reciente. Para bien o para mal, la promiscuidad estilística de Nowicki le da permiso para sumergirse en las aguas que su travesura le provoca. Y el resultado es un triple salto mortal en el que se termina asesinando lo que más se quiere, como es el caso de Como gustéis.

No. No está tan lejos de Shakespeare este juego de la compañía llamada La ventana verde. Si en As You Like It hay un galán como Orlando, una hermosa dama disfrazada de hombre y de inteligencia como Rosalinda o un bufón de malas pulgas como Touchstone (“Piedra de toque”, lo traducen a veces), en Como gustéis de Nowicki está la silenciosa seducción de Elkin Díaz, el talento salvaje de Ana María Sánchez o el histrionismo desbordado de Ramsés Ramos, los cuales sirven de alfiles para que Pawel Nowicki, el polaco más colombiano de estas tierras, termine convirtiéndose, una vez más, en nuestro incómodo contemporáneo. Un creador al que ningún espacio, convencional o no, parece quedarle pequeño.  

ACERCA DEL AUTOR


Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó El miedo a la oscuridad.

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