La política del contrabajo

Seis esbozos de Charlie Haden

No es muy frecuente que una entrevista con un músico de jazz norteamericano gire en torno a la situación política colombiana y en particular el Proceso 8.000. En esta serie de encuentros con Charlie Haden en los años noventa, el autor de esta nota descubre una excepcional faceta del contrabajista recientemente fallecido.

POR Juan Carlos Garay

© Deborah Feingold | Corbis

 

1.

El nombre de charlie haden aparece en los créditos de casi un centenar de grabaciones. Desde los discos del cuarteto de Ornette Coleman, pasando por su estadía de cinco años en el “cuarteto americano” de Keith Jarrett (que produjo genialidades como el álbum The Survivor’s Suite), hasta los más de cincuenta proyectos que llevan su firma como artista central. En todas esas grabaciones hay algo en común: Haden no se contenta con el rol de acompañante al que suelen restringirse los contrabajistas en el jazz. De su instrumento siempre saldrá algún solo inspirado. Y, aun en los momentos en que está haciendo las bases obligadas, sorprende con unas acentuaciones que son casi una segunda voz.

Yo ya no recuerdo qué fue lo primero que oí de Charlie Haden, pero sí mantengo un asombro temprano, algo que incluso me sigue maravillando cada vez que lo vuelvo a escuchar. En el disco The Blessing, del pianista cubano Gonzalo Rubalcaba, hay una versión cautivadora de “Bésame mucho”. Las notas van apareciendo espaciadas, como reticentes a que el público adivine el tema desde un principio. Rubalcaba hace una abstracción medio impresionista: podría ser o podría no ser el bolero de Consuelo Velázquez que nos sabemos todos. Y entonces, a los cuatro minutos, aparece el solo de Charlie Haden. Es el contrabajo el que tiene la melodía, y va soltando sílaba por sílaba, y por fin uno puede cantar en su cabeza. “Co-mo-si-fue-raes-ta-no-che-la-úl-ti-ma-vez”… Parece como si, de los dos músicos, Haden fuera el hispanohablante.

En una época de su vida se internó tanto en el género del bolero que, incluso, nos enseñó a muchos acerca de la existencia de un compositor semiolvidado. El ochenta por ciento de su disco Land of the Sun está dedicado a la obra del mexicano José Sabre Marroquín, a quien, para ubicar en su lugar justo dentro del panteón, el contrabajista hace sonar al lado de (el otro veinte por ciento) Agustín Lara y Armando Manzanero.

Diez años antes de ese ejercicio, no sé si de manera consciente o no, Charlie Haden ya había compuesto un bolero. Se llama “Our Spanish Love Song” y aparece al menos tres veces a lo largo de su discografía. En principio puede ser una balada, de esas que suenan en las sesiones de jazz para aplacar el entusiasmo luego de una interpretación explosiva. Pero la melodía central es larga. No son, digamos, las cinco notas puntuales de “It Had to Be You”. Es algo endulzadamente extenso como si, de nuevo, Haden estuviera imaginando una letra en español. ¿Y a fin de cuentas qué es el bolero si no una “canción de amor hispana”?

Pero no todo en la carrera artística de Haden suena así de relajado. La otra faceta, que se desprende de su familiaridad con el free jazz, es la del aguerrido activista político que conformó una gran banda llamada Liberation Music Orchestra. Al lado de la pianista Carla Bley, desarrolló para esta orquesta unos arreglos muy imaginativos de viejas canciones de protesta, y algunas composiciones propias dedicadas a mártires históricos de la lucha social. Hay canciones para el Che Guevara, para Dolores Ibárruri – “la Pasionaria” de la Guerra Civil Española– y para Martin Luther King. Escuchando los discos de la Liberation Music Orchestra uno entiende mejor las palabras que escribió Steve Race sobre los ingredientes rítmicos del jazz: “Nacido del desfile callejero, y aún con los ecos de las canciones sureñas de la Guerra Civil, algo del jazz sigue ligado al esquema izquierda-derecha-izquierda-derecha de los pies marchando”.

 

2.

A finales de 1996 yo vivía en Washington, donde cursaba mi posgrado en periodismo cultural, y enviaba colaboraciones a algunos medios en Colombia. Entonces vi cercana la posibilidad de entrevistar a Charlie Haden. El músico se encontraba de gira por todos los Estados Unidos con otro de sus grupos, el Quartet West, promocionando el álbum Now is the Hour que, como se había convertido en la costumbre de este ensamble, presentaba piezas inspiradas en los clásicos del cine. A la ciudad llegaría en enero del 97 para hacer una sola presentación en el Lisner Auditorium de la Universidad George Washington.

A través de unos empleados de la universidad se hicieron los contactos. Como Haden estaba en medio de una gira vertiginosa (al día siguiente salía para Boston), no era mucho el tiempo que tenía en Washington. Se decidió que la entrevista se haría unos días antes, vía telefónica. Recuerdo lo frustrante que fue no poder estar en la misma habitación, ni siquiera en la misma ciudad, pero también recuerdo lo generoso que fue con el tiempo. Respondía cada pregunta con calma, con una voz un poco infantil que contrastaba con las cosas maduras que decía:

–¿Cómo nació esa idea de usar el jazz como canal de protesta que uno escucha en la Liberation Music Orchestra?

–Yo siempre he sido un lector de noticias, me interesa lo que está sucediendo en el mundo. A finales de los sesenta me sentía muy preocupado por lo que estaba pasando en Vietnam y pensé que, como músico, la manera de alzar mi voz de protesta tenía que ser grabando un álbum. Entonces llamé a Carla Bley y a un gran número de músicos con los que fundamos una big band, y así fue como nació el primer disco de la Liberation Music Orchestra.

–Una orquesta que usted revivió luego en 1983, durante el gobierno de Reagan y los conflictos de El Salvador y Nicaragua…

–Sí, entonces los reuní de nuevo, con algunos cambios, y grabamos The Ballad of the Fallen porque me parecía que la situación política lo ameritaba. Todavía pienso que es importante que los pueblos sepan que hay otros pueblos a los que les importa lo que está sucediendo. Y el jazz para mí no es solo música, sino una forma de vida; por eso reflejo mi pensamiento en estos álbumes. Le voy a confesar algo: si usted se fija bien, los tres álbumes de la orquesta han salido durante administraciones del partido republicano. El primero con Nixon, el segundo con Reagan y el tercero con Bush. Eso no es gratuito.

–Oyéndolo hablar con tanta pasión sobre la lucha de los pueblos, es difícil imaginar que sea el mismo Charlie Haden que ahora hace un jazz más cómodo, más relajado, con el Quartet West…

–¡Soy el mismo tipo! No importa con quién toque, deposito mi corazón en lo que toco, y trato, simplemente, de hacer buena música. Ahora bien, el Quartet West se parece a mí del mismo modo en que la Liberation se parece a mí. El jazz, no importa la manera en que se toque, es siempre una forma de arte político en el sentido de haber luchado toda la vida por reconocimiento y respeto, y de luchar por su propia audiencia. Y en tanto que una forma artística luche por ser escuchada, va a ser siempre una forma artística política; así lo pienso si estoy tocando un standard o si estoy tocando “El pueblo unido jamás será vencido”.

Cuando creía que la entrevista había llegado a su final, le agradecí. Charlie Haden me respondió con una pregunta que en principio no entendí más que como una gentileza: “¿Cómo están las cosas allá en Colombia?”. “Bien”, le contesté. Entonces, para mi sorpresa, fue más específico: “¿Qué pasó con el Proceso 8.000?”.

Era diciembre de 1996. Ya había declarado el ex ministro de Defensa, Fernando Botero Zea, desde la Escuela de Caballería, aquello de que “el presidente sí sabía” de la entrada de dineros ilícitos a su campaña, y ya el gobierno de Estados Unidos le había cancelado la visa a Ernesto Samper. Episodios, en fin, que uno como colombiano recuerda pero nunca esperaría que un ciudadano estadounidense siguiera con tanta atención. Un ciudadano, además, que quería conocer la versión del otro lado. Era cierto que leía noticias, y le apasionaba la política internacional. La entrevista no terminaba, solo que ahora era él quien hacía las preguntas. Yo, que soy periodista cultural y además políticamente ingenuo, terminé resumiéndole lo que a mi entender había sucedido desde la entrada de los narcodineros, la acusación, la absolución de Samper por parte del Congreso, y entonces sí agradeció y se despidió al otro lado de la línea.

 

3.

Durante los meses siguientes, continué coleccionando grabaciones y anécdotas sobre Charlie Haden. Apareció Beyond the Missouri Sky, su disco de duetos con el guitarrista Pat Metheny, y descubrí que un amigo mío, el músico de blues Bruce Ewan, a pesar de decirse republicano, también lo admiraba. Fue Ewan quien me contó la historia de lo que ese temerario del contrabajo había hecho sobre el escenario en un concierto en Portugal en 1971. Según la versión que le oí, obviamente deformada por el entusiasmo y las ganas de proyectarlo como un héroe rebelde, Haden había arengado contra la dictadura militar de ese país, y esa misma noche las fuerzas del orden lo habían sacado de Portugal.

Lo que pasó realmente fue algo más complejo. Portugal no estaba bajo una dictadura militar sino en la última etapa del llamado Estado Novo, un régimen civil de carácter autoritario que estuvo en vigor durante 48 años. Ultraconservador y anticomunista, el sistema basaba parte de su orgullo patrio en el mantenimiento de colonias en Mozambique, Angola y Guinea-Bissau. Irónicamente, fue el cansancio de los militares luchando en aquellas tierras africanas lo que marcó el final del régimen, en 1974. Fue la llamada Revolución de los Claveles, iniciada oficialmente en el instante en que la radio transmitió la canción revolucionaria “Grândola, vila morena”. Nueve años después, Haden grabaría una versión de ese tema en el álbum The Ballad of the Fallen.

Pero volvamos a 1971: Charlie Haden está ofreciendo un concierto en el marco del Festival de Jazz de Cascais, a pocos kilómetros de Lisboa. De repente anuncia que le quiere dedicar la siguiente pieza a los anticolonialistas. Silencio incómodo. Seguidamente interpreta “Song for Che”, una composición suya donde cita la melodía del estribillo de Carlos Puebla: “Aquí se queda la clara / la entrañable transparencia / de tu querida presencia / comandante Che Guevara”. El músico es detenido e interrogado durante una noche, y el agregado cultural de la Embajada de Estados Unidos debe mover todas sus fichas para que Haden salga en un avión al día siguiente.

4.

Finalmente pude conocerlo en el verano de 1997, en Nueva York. Yo seguía viviendo en Washington, pero cada tres meses trataba de darme una pasada por “la ciudad que nunca duerme” para ponerme al día en materia musical. En eso estaba, hojeando la sección de artes del periódico Village Voice, cuando leí que Charlie Haden se presentaba ese fin de semana en el club de jazz Iridium, al lado del pianista Paul Bley.

En ese entonces el Iridium no se encontraba sobre la luminosa Broadway, donde está hoy, sino en un sitio más oscuro: el sótano del restaurante Merlot, al frente del Lincoln Center. Llegué temprano. Las pupilas tardaron un poco en adaptarse a la poca luz del recinto y tal vez por eso no lo vi desde un comienzo. Pero desde un comienzo estaba ahí, sentado en la barra, con las mismas gafas de carey y la pinta de profesor informal que tiene en la mayoría de sus fotos: esa combinación medio descuidada de camisa a cuadros y chaqueta de paño.

Me acerqué y me presenté. No creo que muchos periodistas colombianos hubieran conversado con él en los últimos meses, y eso se convirtió en mi ventaja: “Ah, si, usted es el colombiano”, me dijo, estrechándome la mano. “Cómpreme una botella de agua mineral”.

Pedí otra para mí también. Y antes de que le preguntara qué iba a tocar esa noche, o cualquier otra cosa, se adelantó. Quería hablar de política: “Quiero decirle que no estoy de acuerdo con lo que mi gobierno le está haciendo a su presidente”.

Se refería al proceso anual de evaluación mediante el cual los Estados Unidos certificaban o no los resultados de Colombia en la lucha antidrogas. En su más reciente informe, la secretaria de Estado, Madeleine Albright, había anunciado la “descertificación” luego de aducir que la corrupción continuaba presente en los niveles más altos del gobierno colombiano. Había criticado la falta de iniciativa del presidente Samper para ponerle fin a la delincuencia desde las prisiones y prácticamente había exigido el restablecimiento de la extradición como condición para “recertificar” al país. Charlie Haden, sorbiendo su agua de burbujas, me dijo que, en su opinión, ese gesto desconocía los esfuerzos que hacía el pueblo colombiano y que todo eso le parecía más bien una retaliación contra la figura del presidente. En ese momento nos interrumpió un fan. Le hizo la pregunta que yo tenía en mente, cinco minutos antes: “¿Qué van a tocar esta noche, señor Haden?”. Relajado, sin ningún inconveniente por el cambio de tema, le respondió: “Oh, diferentes cosas, simplemente va saliendo”.

El concierto fue una ceremonia de la sutileza. De las manos de Paul Bley iban saliendo sin prisa los acordes, las piezas tomaban forma frente a nosotros. Y luego, el contrabajista entraba a complementar ese sonido con sus notas rotundas pero dulces. Era, ni más ni menos, eso que el crítico Martin Williams llamó el “lirismo casi directo” de Haden. Sus solos siempre llegaban a un punto donde era fácil cantar la letra en la mente si se trataba de standards, o simplemente tararear si era una invención sobre la marcha. Solo hubo un momento incómodo, entre dos temas, cuando un turista japonés tomó una foto con flash y los músicos, encandilados, tuvieron que retrasar un arranque hasta que pudieron volver a verse. Pero fue un detalle de pocos segundos que no logró cortar la magia.

Al final del concierto, también afloró el turista en mí. Le pedí a Charlie Haden que nos hiciéramos una foto. El flash volvió a blanquear en un parpadeo la cálida penumbra del Iridium. Le agradecí por su música y nos despedimos.

Los noventa eran otro tiempo, definitivamente. La música circulaba en casets; las pruebas para tumbar presidentes, en narcocasets. Y la fotografía no era instantánea como ahora. Uno no sabía cómo iba a quedar una imagen sino hasta que se terminara un rollo, y ese rollo pasara por procesos de revelado e impresión. Varios días después, reclamé en la tienda fotográfica el sobre con las 36 fotos tamaño postal. Ahí estaba la imagen de aquella noche con el artista admirado. En un gran destello blanquecino se adivina lo que puede ser un mesón. La luz rebota en las gafas del músico. Yo, por mi parte, tengo los ojos cerrados.

 

5.

Volví a Colombia a comienzos de 1998 y una de las primeras encomiendas ad honórem que recibí fue hacer parte del comité del Festival de Jazz del Teatro Libre de Bogotá. Propuse traer a los Squirrel Nut Zippers (sí, diez años antes de que vinieran), pero las negociaciones se frenaron a las pocas semanas. Entonces la directora del teatro, Luz Marina Rodas, me sugirió el nombre de Charlie Haden. Sobra decir que me entusiasmó la idea, y de inmediato me apersoné de todo el plan.

El lector sabrá a estas alturas que Haden nunca vino a Colombia, pero quiero referir algunos detalles de mi pobre vocación de gestor, y acaso de una negociación que de todas maneras no iba a llegar a ningún lado. Lo primero que se hizo fue enviar a su representante una carta formal, resumiéndole la trayectoria del festival y manifestando nuestro interés en traer al artista. Pasaron varios días, hasta que recibimos por fax una respuesta: “Hemos decidido declinar la invitación; agradecemos su interés”.

Pensé dos cosas. La primera era que la agencia de artistas se había negado de entrada por la mala prensa que tenía Colombia: el Departamento de Estado de los Estados Unidos emitía periódicamente una lista de países de alto riesgo que desaconsejaba a sus ciudadanos visitar. Durante toda la década, Colombia nunca salió de esa lista. Lo segundo que pensé fue que el propio Charlie Haden ni siquiera se había enterado de la invitación. El hombre que yo conocí, el que hablaba con tanta propiedad de la situación mundial, hubiese hallado interesante, por decir lo menos, la posibilidad de acercarse a esta realidad.

Entonces decidí redactar una segunda carta, esta vez en un tono menos oficial. Una carta directamente enviada a él, donde le recordara nuestra entrevista y lo invitara a hacer caso omiso de la mala prensa. De veras quería verlo sobre el escenario del Teatro Libre. Me lo imaginaba con el puño levantado, expresando en público las mismas opiniones que le oí sobre el arribismo de su país y el absurdo de un proceso de certificación. La carta fue escrita en esa efervescencia. No guardé copia, de modo que no tengo las palabras exactas, pero hacia el final le aseguraba: “Usted no va a sentir aquí ningún peligro”. Y remataba: “No más que el que pudo haber sentido en Portugal en 1971”. Si, ya sé, mátenme.

El Haden rebelde de Portugal tenía 34 años; el Haden que queríamos traer a Bogotá tenía 61 y, a juzgar por sus recientes discos, su concepto de emoción tenía que ver con escribir bandas sonoras alternativas para las películas de Humphrey Bogart. Mi error fue creer que la adrenalina se busca en iguales dosis para todas las edades. La respuesta que llegó de las oficinas de su representante era tan breve como la primera: “El señor Haden reitera lo expresado en nuestra anterior comunicación”.

La que sí vino al Festival de Jazz del Teatro Libre en el 98 fue Carla Bley, su compañera de composición y arreglos en la Liberation Music Orchestra. Con esa gestión no tuve nada que ver, por eso terminó siendo tan exitosa. Carla vino acompañada de su esposo Steve Swallow y resultó ser una mujer llena de energía, con una constante disposición a la risa. Cuando le pregunté por qué habían decidido venir a Colombia a pesar de la mala prensa, contestó sin reprimirse: “Nos llegó la invitación y de inmediato dijimos: ‘Colombia, qué emocionante, nos van a secuestrar’. Por eso aceptamos”. (De alguna manera fue así. No habían terminado de instalarse en el hotel cuando fueron secuestrados por el crítico de jazz Carlos Flores Sierra y su esposa, la pintora Claudia Ruiz, quienes se los llevaron un día entero para Guasca, Cundinamarca, y los obligaron a probar el pandeyuca y el masato.)

Entonces le conté que a Charlie Haden le habíamos hecho la misma invitación y había declinado. Carla Bley sonrió, me miró por debajo de su capul y me dijo, como si estuviera refiriéndose a un niño travieso: “¡Ay, ese Charlie se está volviendo muy conservador!”.

 

6.

En enero de 2001 los estados unidos vieron la llegada de un nuevo mandato del partido republicano. George Bush hijo asumió el poder en medio de una controversia por un reconteo de votos que se inició frente al escaso margen de victoria, pero que luego se suspendió por decisión de la Corte Suprema. No sería la sombra más grande que envolviera a la administración Bush. La orden de invadir a Irak, bajo el argumento de que ese país poseía armas de destrucción masiva –que al final nunca existieron–, levantó la ira y la protesta de muchos sectores.

Uno de esos sectores fue aquel colectivo de artistas inconformes, aquella república independiente y revolucionaria del jazz que se conoce como la Liberation Music Orchestra. En agosto de 2005, cuando se inició el segundo período de Bush, apareció el álbum Not in Our Name. La carátula mostraba a ese tropel de músicos que ondeaban la misma pancarta de su primer disco, mirando todos a la cámara con cara de “venceremos”. En el interior del cuadernillo, un texto firmado por Charlie Haden proclamaba: “Queremos que el mundo sepa que la devastación emprendida por esta administración no se hace en nombre nuestro… Aunque hayamos perdido las elecciones, no hemos perdido el compromiso de reclamarle a nuestro país humanidad y decencia”.

Y una foto muy emotiva en la parte de atrás. Carla Bley lo abraza y le muestra con su mirada el horizonte. Charlie Haden se apoya en ella. Justo cuando pensábamos que se había quedado a vivir en el plácido lirismo del bolero, busca a su compañera de combate para un nuevo manifiesto. Son los mismos muchachos que protestaban contra la guerra en Vietnam, 36 años después. Se sostienen en la lucha, nos ayudan a mantener la esperanza y nos cumplen aquella promesa tácita de que, mientras haya un republicano en la Casa Blanca, habrá en el equipo de sonido un disco de la Liberation Music Orchestra.

ACERCA DEL AUTOR


Juan Carlos Garay

Autor de la novela La nostalgia del melómano. Es realizador del programa radial La Onda Sonora, que transmite Radio Nacional de Colombia.

Este contenido es solo para suscriptores

Si ya eres un suscriptor inicia sesión acá

Si aún no eres un suscriptor, te invitamos a ser parte del Malpensante

Suscribirme