La arquitectura esquizofrénica

Existen casas y edificios que maravillan desde que uno los enfrenta. Y no siempre se hallan en los barrios más pomposos o en las urbes más modernas del planeta. En El Alto, una de las ciudades más pobres de Bolivia, los nuevos estilos se abren paso con una fuerza endemoniada. ¿Cómo seduce una ciudad a más de 4.000 metros de altura?

POR Álex Ayala Ugarte

© Ález Ayala Ugarte

 

Lo primero que le llama la atención a uno cuando sobrevuela la población boliviana de El Alto, antes de aterrizar en su aeropuerto internacional, son los más de 60 campanarios que hizo levantar el sacerdote alemán Sebastián Obermaier en los últimos treinta años. Se trata de construcciones un tanto extrañas que le han valido a Obermaier el apelativo de “Sebastián Torres”, de una interpretación arbitraria de los estilos germánico y bizantino con remedos del barroco mestizo y algunos aderezos propios de la cosmogonía andina. Para los alteños, su funcionalidad es clara: son lo más parecido a un rascacielos en una ciudad llena de viviendas bajitas, y sirven para orientarse. Muchas tienen la pinta de un minarete antiguo y se han transformado en poco tiempo en un elemento más del paisaje.

 

Cuando la aproximación es mayor, uno tropieza con un paraje frío, arisco y polvoriento. Con calles mal adoquinadas donde afloran los toldos azules, el comercio informal, los talleres mecánicos y los restaurantes improvisados. Con largas avenidas que se pierden en el infinito. Con enjambres de personas que miran al piso y se protegen –a más de 4.000 metros de altura– de un sol implacable, que no calienta pero quema, con la ayuda de portadocumentos y de libros. Y con decenas de minivans que hacen las veces de vehículos para transporte público y acarrean pasajeros como si fueran ganado.

Algunos llaman a El Alto la no ciudad porque no atiza desde el primer golpe de vista. Porque no está edulcorada con cientos de letreros luminosos, vitrinas tipo Quinta Avenida de Nueva York y grandes supermercados. Porque está invadida por vendedores ambulantes y perros que buscan entre la basura unos pocos huesos con los que engañar al hambre. Y porque su crecimiento es esencialmente horizontal: a lo largo y a lo ancho.

Pero esta sensación de no ser se difumina en cuanto uno hace zoom in sobre la nueva arquitectura que hoy es santo y seña de los alteños. Entonces, llega el delirio: acabados con tonos fuertes, como fucsias, anaranjados o turquesas, cerámica esmaltada sazonando el exterior de algunas casas, vidrios reflectantes; salones de fiestas que, según el arquitecto Carlos Villagómez, enloquecerían a Fellini si siguiera vivo –“aquí el cineasta no habría tenido necesidad de armar sus locas escenografías. Las tendría listas”, indica–. Y también chalets que emergen como si fueran un espejismo sobre edificios de cinco plantas. Que probablemente serían criticados con dureza en cualquier gran estudio de diseño europeo. Y que en Bolivia son sinónimo de bienestar y bonanza.

 

La ciudad como obra de arte

Si la esquizofrenia fuera un estilo arquitectónico y no un trastorno mental, seguramente tendría su máxima expresión aquí, en El Alto, donde ejemplos de arquitectura rara –e inclasificable a veces– hay hasta el aburrimiento: un edificio con las entrañas vacías, todavía en construcción, con una enorme puerta de madera pero sin timbre, en cuya cima se alza una mansión verde agua que está habitada y de donde cuelga ropa recién lavada; un local de eventos cuya fachada es la cara de un Transformer; un torreón que parece sacado de algún cuento de Las mil y una noches; o paredes que se convierten en murales al aire libre en los que un Big Bang de color lo impregna todo de punta a punta.

Carlos Villagómez ha bautizado estas nuevas manifestaciones como arquitectura “cohetillo”. “El nombre no es mío. Lo inventó un cliente que me solicitó que le hiciera algo explosivo –explica–. Todo tiene una razón de ser. Aquí, en cualquier festejo, es muy común el estallido, el uso de petardos, mixturas (confetis) y serpentinas. Y lo que él me pidió fue justamente eso, que le diseñara algo con mucho ruido visual. A mí me gusta observar la ciudad como si estuviera frente a una obra de arte. Y pienso que estas construcciones que ahora nos cautivan son un reflejo de lo nuestro, de lo popular, y además, un alejamiento, aunque no del todo, de los patrones más clásicos. Nosotros, los arquitectos tradicionales, somos unos copiones. Yo por lo menos me considero un copión. En El Alto, en cambio, hay una ruptura y una nueva manera de hacer las cosas”.

© Pedro Szekely

 

Algunos de los edificios y casas más estridentes de esta ciudad, la más joven de Bolivia, guardan cierta relación con la mirada de Roberto Mamani Mamani, quien –salvando las distancias– es algo así como el Fernando Botero boliviano. A Botero se lo conoce mundialmente por sus esculturas, por sus “gordas”. A Mamani Mamani, por sus pinturas tremendamente chillonas; y por una lectura muy particular del universo indígena –del aymara, más concretamente–, en la que lo mágico y lo real se mezclan.

“Los ‘occidentales’ nos han quitado nuestros nombres y apellidos y han querido que perdamos el color de lo que somos; por eso se percibe al mundo andino como algo gris, ocre, melancólico –le comentó el artista en una ocasión a una revista–. Tenemos que redescubrirnos a nosotros mismos, mirar tierra adentro. Las fiestas en el Altiplano son muy coloridas. Y yo he intentado rescatar estos colores del aymara a través de mis trabajos. Por eso, alguna vez se dijo que Mamani Mamani le puso el color a los Andes”.

En El Alto son bastante habituales las tonalidades fuertes que tanto le gustan a este artista y que se distinguen fácilmente desde lejos, como las manchas en una camisa recién estrenada. Y algunos de los símbolos que emplea en sus creaciones, como la cruz andina, el Inti (Sol) o el Illimani, montaña emblema del Altiplano, también se reproducen en uno y otro lado como una plaga bíblica. Sobre todo porque aquí la aventura de construir va mucho más allá del hecho de colocar ladrillo tras ladrillo. Porque se entiende como un ejercicio de identidad, como una recuperación de las raíces.

En el hogar del comerciante Adolfo Limachi, ubicado en la zona de Villa Alemania, una de las más céntricas de El Alto, todo, absolutamente todo, tiene que ver con la historia de su familia. Los colores –amarillo y azul– los escogieron porque son miembros de una fraternidad folclórica que también los utiliza. En la fachada pintaron una barca de totora porque Adolfo proviene de un pueblito del lago Titicaca, una maravilla natural que funge de frontera entre Perú y Bolivia. También peces porque su mujer es Piscis. Y gotas de agua porque la lluvia es considerada un buen augurio. “Y porque siempre que hemos celebrado por algo importante nos ha llovido”, dice Limachi.

 

La fertilidad de los edificios

Aunque no todas las nuevas construcciones tratan de marcar tendencia o apuntan al lujo o a la extravagancia –y más bien son las menos las que lo hacen–, cada recorrido por la ciudad renueva la capacidad de sorpresa. En una esquina, te puedes topar con un edificio compacto que se asemeja a una caja de cerveza; en una vía colindante, con la copia de un diamante, en relieve, sobre las ventanas. Y en otra no muy lejos de allí, con cabezas de cóndor, un ave que aquí es casi tan venerada como la milenaria hoja de coca.

“Yo cada vez que doy un paseo por acá me pregunto si las estructuras que aún están a medias responderán a mis expectativas –dice el arquitecto Randolph Cárdenas, autor del libro Arquitecturas emergentes en El Alto–. Y casi siempre las satisfacen. Para mí, la revolución ha llegado gracias al empleo de mejores materiales, como el aluminio o el hormigón armado. Y me parece que se están haciendo cosas fascinantes”.

© Alfredo Zevallos

 

Para Cárdenas –quien en su investigación ha tomado en cuenta que El Alto está poblado por una gran cantidad de migrantes rurales*–, la evolución de la arquitectura alteña tiene mucho que ver con la conexión campo-ciudad. “El patio, que antes se hallaba sobre el terreno, se sitúa ahora a veces en la parte superior por falta de espacio. Y también la casa, el famoso chalet encima del edificio, que es una exquisita representación del penthouse –analiza–. Ocurre algo parecido cuando hablamos en términos de funcionalidad. En el campo, el terreno tiene un rol muy específico: significa producción, y la producción, plata, dinero. Y en El Alto se intenta que sea la nueva construcción la que genere dividendos”. Antes se buscaba la fertilidad de la tierra; ahora, la del edificio.

Por eso, en muchas de sus plantas inferiores suele haber galerías comerciales, microcines que exhiben películas piratas, farmacias y boutiques que ofrecen sombreros tipo hongo, polleras y otras prendas que forman parte de la vestimenta de muchas mujeres en el Altiplano. Y en las intermedias, salones de fiestas, almacenes, oficinas o departamentos en alquiler. Se aprovecha casi siempre el metro cuadrado hasta el milímetro. Sobre todo, porque levantar una construcción con estas características cuesta a veces un millón de dólares, el equivalente a más de 6.000 salarios mínimos de Bolivia.

Para que la nueva estructura no se caiga, según el albañil Rufino Chambi, es común que antes de comenzar la obra gruesa se haga una mesa. Es decir, una ofrenda ritual a la Pachamama, a la Madre Tierra. La mesa es un amasijo de ingredientes disímiles: por lo general, coca, lanas de tonalidades vivas, flores, dulces y cigarrillos. “La quemamos para pagar por la cicatriz con la que se castiga al suelo y la enterramos”, comenta Rufino ocultando sus facciones y su tez oscura bajo una capucha.

Y cada vez que se concluye un piso, se realiza la challa, que consiste en regar con abundante cerveza, alcohol puro y vino cada rincón visible. “Es costumbre, además, que el dueño invite buena comida a los peones. Y bajo los cimientos solemos colocar una pequeña llama o un feto de llama o de otro animalito. Pero cuando se trata de algo grande, la llama ya no sirve tanto, y el sacrificio tiene que ser humano. Esto es real: yo lo he vivido. En una ocasión, invitamos a almorzar a un muchachito indigente, lo emborrachamos y, cuando estaba medio insconciente, le echamos cemento por encima”.

“Si no se hace todo así, paso por paso, según nuestra creencia, algo feo sucede en algún momento. Yo he visto morir a dos hombres porque no pagamos bien a la Pachamama. Uno de ellos cayó de muy arriba, se incorporó, dio unos pasos cortos y se derrumbó sin que pudiéramos hacer nada para salvarlo. Y el otro simplemente reventó”.

               

El amanecer de los nuevos ricos

En el libro Arquitectura andina de Bolivia, que hace hincapié en el resultado final –en la obra de vanguardia–, la historiadora Elisabetta Andreoli y la artista Ligia D’Andrea recogen algunos de los ejemplos más visibles de las nuevas corrientes que poco a poco se están adueñando de la mancha urbana alteña; y nos hacen notar que muchas de estas edificaciones que marcan la pauta vienen de la mano de Freddy Mamani Silvestre, un ex albañil reconvertido en ingeniero y constructor que tiene en ejecución alrededor de una veintena de proyectos de este tipo y más de sesenta concluidos. Recientemente, Mamani declaró a una radio local que cada vez que le hacen un encargo combina al menos ocho colores. Enumeró entre sus clientes a transportistas y mineros, y comentó que una de sus influencias son los tejidos populares, repletos de simbología indígena. Otros buscan inspiración en las tradiciones y el patrimonio oral. Y algunos, hasta en el Lejano Oriente.

A Betty Nina y a su marido, por ejemplo, les gustaban tanto las casas estilo nipón –con el acabado en punta– que decidieron pedir un crédito para hacer levantar una. Lo hicieron siguiendo las últimas tendencias: sobre la última planta de un edificio robusto. “Nos dijeron que no lo planteáramos así, que pareceríamos iglesia. Pero eso no nos desanimó. Y ahora este espacio nos encanta. Capta muy bien la luz”, presume Nina.

 

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* La primera migración importante a la ciudad de El Alto se dio en 1932, tras el inicio de la Guerra del Chaco; la segunda, tras la revolución de abril de 1952, que pretendía un mejor reparto de la riqueza; y la tercera, en 1985, tras el despido de miles de mineros debido a la caída del precio mundial de buena parte de las materias primas que exportaba Bolivia.

 

© Álex Ayala Ugarte

 

Nina viste una visera vieja, una chompa que ha vivido cientos de batallas y un pantalón de deporte con el que se siente cómoda. Maneja un negocio de repuestos para autos en los bajos de su edificio. Allí habita una oficina diminuta en la que todo está desordenado: papeles arrugados, cables contorneándose por los rincones como si fueran víboras, un plato vacío sobre una mesa. Y se sienta en una banqueta que parece más la de un colegio humilde que la de un próspero establecimiento. Cualquiera podría pensar que salen adelante apenas. Pero en El Alto nada suele ser lo que parece a primera vista.

“Arriba –me cuenta Nina– tenemos piscina, césped, sauna, jacuzzi y cuarto de juegos para mis hijos. Nos lo hemos podido permitir porque mi esposo viaja una vez al año a Japón a traer los recambios para coches y eso ha generado un buen capital. Y todo esto –se refiere al local de repuestos– lo alquilaremos dentro de poco a alguna empresa”.

No está nada mal para una ciudad en la que solo el 2,9% de la población disfruta de un empleo fijo, y en la que cerca del 20% no tiene aún agua potable.

El chalet-negocio-edificio de Nina se encuentra en la zona 16 de Julio, un lugar donde los jueves y los domingos se instala una de las ferias más grandes de América Latina, una especie de zoco inmenso, con más de 10.000 puestos de venta, que mueve dos millones de dólares al día y donde uno puede hallar de todo: tapones de botella usados, fusiles Mauser de la Guerra del Chaco –que enfrentó a Paraguay y Bolivia en los años treinta–, muebles, antiguallas y, también,un amplio abanico de utensilios robados.

En este punto de El Alto, uno de los más visitados, se han forjado algunas de las grandes fortunas de la que ha sido denominada como “nueva burguesía boliviana”, una burguesía que ha logrado hacer realidad su “sueño americano” sin salir de casa gracias a la compra y venta de diferentes mercaderías –desde arena hasta electrodomésticos–, al empuje del contrabando y a actividades como el traslado de carga pesada y pasajeros.

En la feria, un maniquí retocado toscamente con pintalabios puede ser la piedra fundamental de un futuro emporio. Y un tipo con sandalias y gafas de sol que ofrece teléfonos móviles puede ser el candidato ideal para convertirse, si tiene suerte, en un nuevo rico.

 

La casa como un elemento vivo

El nuevo rico, según el arquitecto David Vila, “busca prestigio”. “El prestigio acá viene dado por tres componentes fundamentales: auto, casa y fiesta”. Y la casa y la fiesta, a menudo, van unidas. Al menos en El Alto, donde los salones de eventos –uno de los pilares de la nueva arquitectura– se expanden tanto por el centro como por la periferia.

En ellos, la firma de los dueños es una constante. “Siempre tratan de destacar añadiendo algún detalle propio a la construcción, de imponer su criterio frente al del profesional porque quieren considerarse únicos –sostiene Vila–. Algunos te traen una foto de otro sitio y te dicen: quiero algo como estito, pero mejor”. Esa intervención se traduce a veces en una exageración: proliferan los espejos monumentales y los adornos llamativos; y se da poca importancia al baño o al ascensor porque roban metros “útiles”.

En los salones de fiestas, tienen lugar bodas, bautizos, comuniones y también prestes. Son celebraciones en honor a santos, vírgenes y cristos en las que casi nunca se escatima en gastos, en las que la moneda de cambio habitual son el mejor trago y la buena música, y que suelen tener una extensión en las avenidas más cercanas.

Cuando esto ocurre, las aceras se transforman en un meódromo popular y decenas de danzantes con trajes típicos cortan las calles acompañados de mujeres que menean las caderas de un lado para otro –sin parar–, y que cargan a veces miles de dólares en joyas y mantillas. En ocasiones los festejos se organizan para bailarle a un edificio. Porque para ellos la casa es una persona más, un elemento vivo.

Lo más insólito que ha visto David Vila en este sentido ha sido una extravagante fachada decorada con los retratos de los propietarios a gran escala –casa y habitantes fundidos en una misma superficie plana–. Cuando se mueran, supone el arquitecto, los rostros quedarán ahí, como si formaran parte de una gigantesca lápida. Y dentro de cien años, muy probablemente, serán pocos los que logren recordar a quiénes se homenajeaba.

ACERCA DEL AUTOR


Álex Ayala Ugarte

Fue director del dominical de La Razón, editor de Pulso y fundador de Pie Izquierdo. Premio Nacional de Periodismo de Bolivia (2008). Ha publicado cuatro libros: Los mercaderes del Che, La vida de las cosas, Rigor mortis y Ser payaso es cosa seria.

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