Espectáculos de los últimos días

A propósito de algunos de los espectáculos de los últimos días: Shim Chung, No te escupo en la cara porque la vida lo hará mejor que yo, Déjame decirte algo, Moretones que no sanarán y This Is Modern

POR Sandro Romero Rey

© Cortesía Teatro Mayor 

 

Shim Chung. Ballet Universal de Corea.

Me pregunto qué harían ciertos comentaristas de espectáculos sin los programas de mano. Tremenda decepción del curioso que quiere leer una reseña más o menos inteligente sobre una experiencia escénica que se le antoja memorable. El comentarista se refugia en la historia del ballet, pero no se atreve a lanzarse sin salvavidas a describir lo que los bailarines le brindan porque puede pasar por desinformado, qué se yo, por un hombre que se ilustra mientras se afeita la barbilla. Bueno, hay también comentaristas que copian sus reseñas de Internet y así se ahorran el viaje a Corea, a tener que estudiar la historia de la danza o, peor, a tener que expresar sus propias emociones. No, no he encontrado un texto que complemente mi entusiasmo por el ballet coreano que vimos en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo de Bogotá. Y esperaba que los habitués de los escenarios dijeran algo, se pusieran en pie, y aplaudieran a rabiar a los asiáticos, mientras se iban lanza en ristre contra el alud de performances de grueso calibre que asaltan todos los espacios no convencionales de nuestros universos. Pero no pasó nada. Soy un viejo solitario. Ya nadie escribe, se limitan a copiar los programas de mano o a repetir lo que les dicta la Internet. Qué pena, se están acabando las emociones ante el Arte, porque el Arte, con mayúsculas, se está convirtiendo en un enemigo heredado de los colonizadores y hay que acabar lo más pronto posible con sus restos, no importa que las víctimas sean las hermosas bailarinas coreanas o las leyendas orientales que no conocía y que me llevaron a otros parajes, a los territorios de una infancia nunca vivida, en la que brillan los colores rosas y los rompimientos y los telones de fondo (¿hace cuánto no veíamos en Bogotá un espectáculo con un telón de fondo?), una fábula en zapatillas de punta con seres de otros mundos, con la vida debajo de las aguas, con villanos acompañados en vivo por los tempos de la Orquesta Filarmónica de Bogotá y el escenario resucitando de sus pálidas sombras para darle paso a la vida de mentiras que le dan el sí a las formas artísticas en vías de extinción. Mientras se acaba el arte, mientras nos olvidamos de lo que llega de otras fronteras (¡ay del que me haga olvidar de mi condición latinoamericana!), mientras miramos la lluvia a través de la ventana y añoramos otros mundos prohibidos, recibimos con beneplácito leyendas, coreografías, obras orquestales, en fin, espectáculos totales, para que mueran de la ira los que ya no viven el Arte sino que lo piensan con la daga en la mano.

 

No te escupo la cara porque la vida lo hará mejor que yo. Rueda Roja. Casa E.

Hay una mezcla entre el amor y la tristeza cuando vemos triunfar a nuestros antiguos colegas o, mejor, a nuestros mejores alumnos. En el caso de las 4 (¡4!, óigase bien: 4 temporadas donde se han repartido 28 números individuales con 2 años de temporada ininterrumpida…), 4 temporadas del divertido espectáculo al que hago referencia, morimos de la envidia quienes hemos querido que las obras no sólo nos gusten a nosotros, sino que hagan feliz a todo el mundo. Y a veces morimos dos veces cuando los triunfadores han sido nuestros discípulos. En estos casos, veo a no pocos colegas del teatro molestos porque algunas obras escénicas se convierten en éxitos de taquilla y las califican como concesiones “comerciales” hacia el gran público. Pero ¿todos los que hacen teatro no buscan ser vistos por cientos, por miles, por millones, por habitantes de otros planetas, de otras galaxias, que sean felices con nuestras propias extrañezas? El problema es que es muy difícil hacer obras para todo el mundo. Y buena parte de los artistas puros no se atreven a traicionarse con el hecho de ser aceptados. Pero no porque no quieran, sino porque no pueden. Entonces, critican, se refugian en sus teatros de diez espectadores (sus madres, sus amigos de juerga, sus vecinos) y así rumian sus propios fracasos con la teoría de ser los nuevos herederos del teatro pobre de Grotowski. Pero es tan difícil hacer una obra maestra para cinco testigos, como concebir un divertimento para quinientos. En el caso de Carolina Mejía y Mario Escobar, los responsables del grupo Rueda Roja (compuesto, en su mayoría por actores egresados del Programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes-ASAB), se combina el humor del clown con la actualidad, la técnica del soliloquio con los coqueteos de la stand-up comedy, el chiste erótico con el descorazonamiento existencial. Y la fórmula funciona. Y funciona porque los actores son en extremo recursivos, la dramaturgia es sencilla y eficaz, el formato se puede multiplicar ad infinitum y todos, secretarias deprimidas, intelectuales rotos, amas de casa desesperadas, camioneros intransigentes, mujeres al borde de un ataque de nervios, ejecutivos estresados o niñas escapadas de sus casas, los que quieran, todos salen felices con el hilarante viaje por las ruinas de unos tales Despechados Anónimos que consiguen divertir para que la vida no nos escupa la cara, ya que el teatro nos defenderá con carcajadas, mejor que nadie más.

 

Déjame decirte algo. De: Rémi de Vos. Colectivo Mukashi Mukashi. Dirección: Fabiana Medina.

Todavía no entiendo por qué los proyectos teatrales en Colombia tienen que protegerse bajo el nombre de una agrupación. ¿Será que forma parte de los requerimientos de las Convocatorias que otorgan los estímulos económicos a los nuevos creadores? No lo sé, ni me parece grave. Pero me gustaría saber si el Colectivo Mukashi Mukashi seguirá su existencia con los estupendos actores Johan Velandia, Ana María Sánchez, Carlos Serrato y Saín Castro o, cuando veamos un nuevo montaje de la inteligente y efectiva Fabiana Medina, nos encontraremos con otro grupo, con otro colectivo, con otra denominación que poco importa. Porque lo que en realidad nos mueve, nos conmueve, es la creación de espectáculos de alto riesgo como el que los Mukashis (¿?) construyeron a partir del texto integral de un nuevo y desconocido dramaturgo francés. Cuenta la leyenda urbana que el escritor Rémi de Vos desautorizó una de las puestas en escena de su Déjame decirte algo en Francia, porque habían hecho mutilaciones inaceptables a su obra. No sé qué pensaría el autor de la extensa versión que Fabiana Medina y sus actores han construido con su solemne divertimento, pero me temo que sí, que la obra está concebida para ser incómodamente larga, para que moleste, para que sature. Los que nos hemos pasado buena parte de nuestras vidas encerrados en los teatros bogotanos, conocemos a los cuatro intérpretes (y a la directora, ni se diga) del citado montaje y sabemos de sus virtudes. Lo que no sabemos, a ciencia cierta, es el objetivo final de una obra como Déjame decirte algo. A mí me hizo falta un poco de humor, para que las reiteraciones fluyesen con un secreto gozo que parece esconderse en el fondo del texto. Pero no es mi montaje, ni mucho menos y debemos escribir sobre lo que vimos y no sobre lo que quisimos ver. La obra tiene, un inicio contundente, cuando el actor Johan Velandia (disfrazado de estudiante de la Maestría de Artes Vivas de la Universidad Nacional) sostiene silencioso unos limones, mientras su madre (la tremenda actriz Ana María Sánchez) le reclama porque ha decidido dedicarse al teatro. “Aquí va a haber candela”, pensamos, los que conocemos las consecuencias de este tipo de reclamos en la vida. Pero no, no hay candela. La obra, en realidad, gira en torno a la lenta agonía de la madre y sus frustraciones frente a su hijo, el que sólo ha conseguido en la vida chupar limones. Yo no entendí, debo ser franco, la foto del afiche: Ana María Sánchez, como una diva del cine, con sus ojos cerrados, de perfil, acostada de pie, protegida en vistosos colores. ¿Por qué? De nuevo, uno no debería mirar los afiches, ni leer los propósitos de los directores, ni los anhelos de los actores, sino cuando toda la tempestad de la representación ha terminado. En la prensa, nos anuncian que las luces del montaje “están inspiradas en Edward Hopper” y uno pierde la mitad del esfuerzo espiritual tratando de encontrar a que Edward Hopper entre a escena pero no, no entra nunca, como Godot, es un fantasma innecesario, porque lo que importa aquí es la agonía de Ana María Sánchez, los limones metafísicos de Johan Velandia, las pelucas incendiarias de Saín Castro o los triunfos de Carlos Serrato. Pero, sobre todo, las intenciones de Fabiana Medina y sus cómplices de Mukashi Mukashi, quemando sus naves francesas (su actual cómplice, Pierre-Yves Le Louarn, es un excelente actor y director en proyectos europeos), para zambullirse en la tortuosa aventura del teatro sin concesiones, en los borrascosos mares colombianos. Ambos trabajaron, en distintos oficios, en la versión japonesa del Romeo y Julieta que montase, hace un par de años, Omar Porras en el país asiático. Tuve la fortuna de ver dicha experiencia en un helado otoño parisino y, supongo, de allí salió el mukashi mukashi (“había una vez…”, según mi mala traducción) que los denomina en Colombia. Tras ver Déjame decirte algo, uno espera grandes logros, pero Medina y Le Louarn escogieron el camino de Caperucita para enfrentarse al lobo del medio teatral colombiano. Les deseamos lo mejor. Y lo mejor siempre encuentra su destino.

 

Moretones que no sanarán. Una obra de Jorge Hugo Marín. Programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes-ASAB.

El nombre de este dramaturgo y director colombiano está, desde hace mucho tiempo, para bien y para mal, en la cabeza de muchos hombres del teatro local. Sé de su existencia desde que hacía sus obras juveniles en Medellín y he seguido sus pasos en sus triunfos bogotanos, con sus obras hiperrealistas, en espacios alternativos, construyendo un universo en el que regresa, sin preocuparse demasiado por el qué dirán, sino reinventándose el teatro, ahora que todos los habitantes de la escena están empeñados en desbaratarlo. Y ha triunfado. Lo he visto salir en hombros en Buenos Aires (según informan, ya han superado los 17 festivales internacionales) y en Bogotá tiene su público incondicional que lo respalda, como si los espectadores hubiesen llegado a un oasis aristotélico. El entusiasmo de Marín parece no tener límite y ya abrió una sede, en el Barrio Palermo, donde grupos de jóvenes se reúnen a tramar sus nuevas aventuras escénicas: así, de abajo hacia arriba, se ha ido consolidando la experiencia de ese grupo que lleva el extraño nombre de “La maldita vanidad”. Ahora, Jorge Hugo Marín decide quemar sus naves y ha gestado una obra que no parece suya: se llama Moretones que no sanarán y ha sido construida con estudiantes de último año de actuación de la ASAB. Aquí ya no hay hiperrealismos: está la experiencia de una quincena de intérpretes que desarrollan una partitura escénica de gran sensibilidad, efectivos juegos de simultaneidad y un travieso humor que, a veces, los estudiantes de teatro, en otros contextos, realizan con vergüenza. No es el caso de los jóvenes de la ASAB.  En estos trabajos, por supuesto, uno no juzga ni al director ni al dramaturgo, sino a los intérpretes que tienen que dejar sus almas sobre el escenario. Pero sí es evidente que el talento de su creador ha servido para insuflar en sus fichas escénicas una energía y una inteligencia en los resultados que el público agradece porque, en estos tiempos que corren, hay que aplaudir al que resuelve, con técnica y sensibilidad, los espectros de la creación, mientras se consolida el final de las artes escénicas, tal como las entendimos en otros tiempos más gloriosos y más divertidos.

 

This Is Modern. Ballet Universal de Corea.  

Y si empezamos con la tradición coreana, terminemos con las pinceladas contemporáneas de la misma compañía. Para completar la temporada, el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo presentó las experiencias más recientes del grupo que visitó a Colombia (con ese nombre que parece extraído de una coreografía interplanetaria: Ballet Universal), en el que se reúnen cuatro títulos y los nombres de tres creadores (“Black Cake” de Hans van Manen; “Duende”, de Nacho Duato; “Petite Mort” y “Sechs Tänze” de Jirí Kylián) en una sola experiencia de delicadas evocaciones, diáfanas corporeidades y resultados de honda satisfacción espiritual. Sí, ya veo a mis amigos postmodernos sacando el látigo para que yo me condene, como un habitante de otros mundos y otros tiempos, por aquello de la “honda satisfacción espiritual”. Pero es que a veces uno se siente saliendo a flote, luego de nadar, durante semanas, en profundos y vacíos mares donde no aparecen ni los pulpos, ni los delfines, ni las sirenas, sino agua y oscuridad, oscuridad y agua. La danza, como el teatro, como las instalaciones, como los videos, como el cine, en fin, como los lenguajes interdisciplinarios de este mundo que ya se vino abajo, de vez en cuando necesita de atletas de la belleza que, con un esfuerzo que raye con lo sobrenatural, aún se empeñen por conmovernos. Y entonces, Aristóteles, la cuarta pared, las zapatillas de punta o los telones de fondo hacen su arribo para que no nos suicidemos tan pronto sino que aún podamos tener una luz de esperanza, donde el Arte, ese invento nefasto de los colonizadores europeos, pueda tener una segunda oportunidad sobre esta tierra infestada de antropófagos de la sensibilidad.

ACERCA DEL AUTOR


Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó El miedo a la oscuridad.

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