Ars antiqua y el iPhone 6

Desde hace algún tiempo llueve sobre la cartelera bogotana un alud de espectáculos. ¿Qué significa para las artes esta explosión de ofertas?

POR Sandro Romero Rey

© Cortesía de Impronta en sus ojos

 

Si nos descuidamos, nos atropella el tiempo. Salí, pleno de entusiasmo, del espectáculo titulado Impronta en sus ojos, con coreografía de Elsa Valbuena, en el Teatro Colón de Bogotá y me acerqué a una querida amiga bailarina, recién egresada del programa de danza de la Academia Superior de Artes de Bogotá (aquí ya empiezan los problemas cronológicos: ahora todo este asunto se llama el “programa de arte danzario de la Facultad de Artes-ASAB”). Me acerco, digo, a la sonriente ballerina (ella ya no baila: ahora se dedica a “la gestión cultural”) y le pregunto su opinión sobre lo que para mí había sido una experiencia sublime. Mi amiga me miró con cierto pesar y, como si le prendiera fuego a su empolvado tutú, me respondió: “Sí, bonito. Pero eso ya está muy pasado de moda”. Y se alejó con un apuesto doncel, que quería arrebatarle el tutú para ponérselo en una próxima fiesta de disfraces. Debo confesar que me sentí muy triste. Yo, que me preciaba por ser el más moderno de los posmodernos, ¿ahora estaba engrosando la lista de la vieja ola? Y en cuanto a Impronta en sus ojos, ¿había que descalificarlo por el simple hecho de que su gestora se había formado en las mejores vanguardias de los años ochenta? Una vez más, Dios sabe cómo organiza sus actos de venganza: los que nos preciábamos de ser los mejores por el simple hecho de ser jóvenes ahora, en el nuevo milenio, recibimos la cachetada de las novísimas vanguardias que ahora son las mejores por ser las más recientes. Mi madre, con quien fui al espectáculo y asegura ser menor que yo, se lamentaba que, del público del Teatro Colón, los únicos mayores éramos ella y su hijo. Todos los demás eran bellos y felices adolescentes, quizás en su mayoría estudiantes de ballet y demás artes danzarios. Mi madre, que se recorre todos los espacios donde se presenta el estupendo festival “Danza en la ciudad”, me dice que los viejos ya no van a ver las nuevas propuestas coreográficas sino que quienes se refocilan en las nuevas formas son los más jóvenes. Parece que la profecía de Dave Wallis en su libro Only Lovers Left Alive (no confundir con la película de Jim Jarmusch), donde desaparecen los adultos, se hace a veces realidad.  

Dos días antes de la experiencia de Impronta en sus ojos (de lejos, uno de los mejores espectáculos que he visto en meses en Bogotá), tuve el inmenso placer de revisitar a la compañía que exhibe orgullosa su palmarés del Premio Nacional de Danza 2014, (para los que no los conocen, ellos se llaman Danza Común), con su espectáculo titulado Arrebato. Historias comunes, historias bailadas, dirección colectiva coordinada por un grupo de bailarines que ya cumplen sus 22 años de vida artística. Arrebatos se remonta al año 2010, cuando recibieron la beca de creación–investigación del Proyecto Espiral, del Plan Nacional de Danza del Ministerio de Cultura. Todos estos créditos los cito, porque me parece que hay en el resultado una buena muestra de las tendencias más recientes de los universos coreográficos o de los distintos “paisajes kinéticos”, como se dice en estas churriguerescas contemporaneidades. En la presentación en la Casa del Teatro Nacional, se rompieron las convenciones entre el escenario y el público, los asistentes girábamos en torno de los bailarines, como si estuviéramos en un carnaval o en una plaza pública. Poco a poco, se combinaban las experiencias autobiográficas con ritmos del Pacífico y de la Costa Atlántica, a Janeth Jackson  con pajarillos llaneros, a Vivaldi con The Prodigy, en fin, lo universal con lo local, lo tradicional con lo contemporáneo. Había, en el conjunto, un frenesí y una urgencia por buscar una identidad nacional a través de la pluralidad, de una forma tan vehemente, que el espectador no puede evitar los aplausos y la aprobación. Sin embargo, al salir, me encontré con un par de amigos cincuentones como yo, que se habían aburrido porque tenían que sentarse en el suelo y no podían disfrutar del conjunto en una butaca numerada. Ahora escribo, metido en un serio problema. ¿Hay que tomar partido entre los fervores juveniles, la incomodidad, el afán de la transgresión o el rigor de la técnica? Sigo pensando que uno puede convivir entre los dos reinos, entusiasmarse con ambos, sin necesidad de tener que escoger entre Shakespeare o la Maldita Vanidad, entre Cascanueces o Charles Vodoz, entre el ars antiqua o David Guetta.

Porque el generation gap no es sólo un problema de bailarines. Salta y se pone de presente, hoy por hoy, en todos los guetos culturales: en el cine, en las artes visuales, en la arquitectura, en las artes representativas, incluso en la televisión. En el mundo de las artes pareciera que se viven los mismos desafíos que en las mesas de negociación de La Habana: ¿cómo conciliar lo que en apariencia tiende a ser irreconciliable? Hoy por hoy, la provocación en los escenarios de la escena se ha convertido en una fórmula tan convencional y previsible, como si fuéramos a ver El lago de los cisnes. Con la diferencia de que en El lago de los cisnes, los intérpretes se esfuerzan durante años por lograr su cometido (con el riesgo de no conseguirlo nunca) mientras que en un performance el fracaso del artista puede llegar a considerarse su mejor triunfo. Y lo veo y lo constato todos los días, yendo al alud de espectáculos que llueven en la cartelera bogotana como si se fuera a acabar el mundo: ya no hay tiempo de verlo todo. Hace un par de años, en Bogotá se veía una obra de teatro al mes. Ahora, hay que salir todas las noches (incluso las tardes del sábado, incluso las mañanas del domingo) porque, de lo contrario, te quedas por fuera y corres el riesgo de que te griten pasado de moda por las calles. Me parece fantástica esta explosión de formas, pero también me temo que descalificar un espectáculo por viejo, para reivindicar otro por nuevo, es el mismo mecanismo que se utiliza para comprar un iPhone 6: sólo lo bueno es lo reciente.

Miro la lista de algunas experiencias escénicas que he visto en los últimos diez días y me asusto: Hamlet del Globe Theatre de Inglaterra. Black, el payaso, opereta producida por el Teatro Colón de Bogotá. La siempreviva del Teatro El Local, que lleva 20 años de temporada y más de ¡mil funciones! Dios mío, soy un vejestorio. En un arrebato juvenil, me pongo mis mejores prendas de colores y decido comprar boletas para un concierto de rock. Miro la cartelera y termino yendo a ¡Fito Páez! Le escribo a una de mis grandes amigas argentinas y le confieso orgulloso mi decisión. Me contesta furiosa: “Fito Páez es el Johnny Rivera del rock nacional. Te estás envejeciendo, che”. ¿Cómo? Si el último álbum del músico rosarino, Rock And Roll Revolution, parecía ser el más militante, el más contestatario, el más juvenil del autor de “Ciudad de pobres corazones”… ¿qué pasó? Nada, no ha pasado nada. Sólo ha pasado el tiempo. Pero el tiempo es una trampa peligrosa. No podemos escudarnos en la falsa belleza de los años breves o en la ruptura anticolonial de nuestros padres culturales, ni mucho menos en las irreverencia como acto supremo de los fenómenos artísticos. En los ejemplos que acabo de citar hay virtudes que trascienden los afanes, la eyaculación precoz o la presión del día de hoy.

Más que grato ha resultado, para los espectadores locales, poder ser testigos de un Hamlet tan tradicional como el del Globe Theatre londinense. Debo confesar que, cuando conocí dicho templo, hace dos largas décadas, iba como quien visita la catedral de Notre Dame: no me interesaba la misa, me interesaba el espacio. Y, claro, la misa termina envolviéndonos, porque la ceremonia no es sólo el lugar sino quienes saben habitarlo. Los actores ingleses que visitaron a Colombia prescinden del Globe Theatre como museo y corren el riesgo de ser ellos mismos a través de Shakespeare, para que sus testigos nos deleitemos con el teatro en estado puro. Me sorprendió, por lo demás, ver cómo la apuesta intercultural de Peter Brook (apuesta que, a finales de los años sesenta, lo sacaría de Inglaterra para instalarse en París) ha terminado triunfando: ahora el príncipe de Dinamarca es un actor afro-descendiente (recurso ya utilizado por Brook en su memorable versión del mismo Hamlet, en su Bouffes du Nord parisino, en el año 2001). Y el juego de su puesta en escena no recurre a los artificios (las luces no cambian ni una sola vez en toda la representación) sino al rigor de la palabra. Dos años se han propuesto los actores del Globe (“Globe to Globe” se llama el proyecto, en el cual recorren el mundo con su Hamlet, entre el 2014 y el 2016: ¿cuándo terminen ya estarán pasados de moda?) y, con su experiencia, echan al trasto las distinciones entre lo viejo y lo nuevo: aquí, lo viejo es eterno y lo nuevo es futuro, como podríamos decir de las obras de Shakespeare. El resto es pereza.

Igual podríamos decir de la cuidada re/creación de Black, el payaso, la zarzuela/opereta producida por el Teatro Colón bogotano, con una impecable escenografía de la siempre sorprendente Laura Villegas. Claro que podemos convertir las tradiciones en virtudes contemporáneas, como anotaba Jan Kott del citadísimo Shakespeare. Black, el payaso se transforma en un juego de artificios recientes, mientras sus antiguas palabras son tempos para experimentar con las formas más actuales de la puesta en escena. No así sucede con La siempreviva del gran dramaturgo (y, sobre todo, descomunal novelista) Miguel Torres. Es una obra que está más allá del bien y del mal y que debe observarse como quien entra de rodillas a un templo: es un clásico de nuestro teatro, como Guadalupe: años sin cuenta, como I Took Panama, como En la diestra de Dios padre, como Angelitos empantanados, como las obras de Mapa Teatro: ya no admiten discusión. Ya ganaron. Y ganaron porque son viejas, pero siguen siendo jóvenes, así ya no existan en nuestros escenarios. Las últimas funciones de La siempreviva fueron un canto del cisne conmovedor, como cuando fuimos testigos del final del Guadalupe de La Candelaria, luego de sus 1500 representaciones: el espectador se sentía orgulloso siendo testigo de lo que pronto será pasado.

En el siglo XIV, Philippe de Vitry creó la distinción entre ars antiqua y ars nova, refiriéndose a sonidos que habitaban diversos territorios temporales y que hoy unificamos simplemente como música del medioevo. Dentro de 400 años, Fito Páez y los Ratones Paranoicos, Elsa Valbuena y Danza Común, el Globe Theatre y La siempreviva, el Teatro Colón y la Casa del Teatro Nacional, todos a una, terminarán siendo los restos fosilizados de una época en la que vivieron unos extraños seres humanos que se peleaban por ser unos más jóvenes que otros y que terminaron habitando la misma fosa común de la intolerancia y el olvido. Por eso, por lo pronto, los invito a que nos olvidemos de los viejos y los jóvenes, de los modernos y los posmodernos, de los teóricos y de los pragmáticos, porque no estamos hablando de barras bravas sino de arte. Pero parece que el arte, muy pronto, también será considerado un engendro de la reacción. 

ACERCA DEL AUTOR


Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó El miedo a la oscuridad.

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