Buscando a Mayeya

La búsqueda de un álbum de Mongo Santamaría lleva a esta joven cronista a adentrarse en el activo comercio de elepés del centro de Bogotá. En medio de locales diversos, recientemente convertidos en templos de la nostalgia, una excepcional zapatería y su gigantesca colección trazan el rumbo de esta pesquisa melómana.

POR Lina Tono

Mongo Santamaría, en el Festival de Jazz de Newport, en 1967 • © David Redfern | Getty Images

 

1.

Sobre la estantería, donde estaban “los quesos” –como  llaman los clientes caleños a los zapatos de cuero blanco–, encontré un disco de vinilo en cuya carátula, corroída por los años, aparecía un retrato a color del gran conguero Mongo Santamaría. En la ilustración se veía la nariz de berenjena de Monguito y sus falanges, envueltas en gasa blanca y suspendidas en el aire, a punto de darle otro batacazo al cuero.

Ese disco, que encontré a principios de este año en una extraña zapatería del centro de Bogotá, era una edición del sello discográfico Vaya que incluye, entre otros éxitos, “Mambomongo”. Esa canción fue por muchos años el cabezote del programa radial de salsa y música afrocubana El Túnel del Ritmo, que yo sintonizaba en mi grabadora todos los viernes y sábados por la noche, cuando el 99.1 de la FM todavía era el número de la Radiodifusora Nacional en el dial. El hallazgo de ese álbum me recordó una búsqueda que había comenzado doce años atrás.

 

Era julio de 2002 y empezaba mi carrera universitaria en Bogotá. Tenía apenas 18 años, pero ya había firmado un pacto de vida con Ramón “Mongo” Santamaría: yo me aguantaba los trayectos de una hora hasta la facultad, apretada entre un bus del demonio, y él sonaba en mis audífonos para distraerme de todo eso. A mí la rutina universitaria me hacía sentir muerta, pero él golpeaba el batá para devolverme los latidos.

Por esa época el discman era el aparatejo de moda. Mi papá me había regalado uno Sony apenas comencé el primer semestre. Al discman solo le cabía un cedé, así que todas las mañanas, antes de salir de casa, yo elegía el que escucharía a lo largo del día, una y otra vez.

Durante una semana escuchaba, por ejemplo, la compilación Latin Jazz de Philips publicada en 1984. Fue uno de los primeros discos de ese género que se vendieron en Colombia y yo se lo había robado a mi papá para poder oír el primer track tantas veces como pudiera. Era una versión sofisticada del clásico cubano “El manicero”, interpretada por el trompetista Alfredo “Chocolate” Armenteros.

Otra semana le tocaba el turno a alguno de la colección The Colors of Latin Jazz que había ido comprando de a poco con mi mesada de primípara. A veces me llevaba el Papa Gato de Poncho Sánchez, en otras ocasiones el Roots of Acid Jazz de Cal Tjader y algunos días me iba repicando con los dedos sobre la ventana al compás de “Fried Neckbones and Some Home Fries”, una canción tenebrosa de Willie Bobo que estaba incluida en una compilación del sello The Verve.

Pero mi preferido era Soy yo, un disco de Mongo Santamaría que me pasó Ángel Loaiza, un buen amigo peruano, en un intercambio afortunado de música.

Cuando llevaba ese disco a la universidad solía quedarme repitiendo una y otra vez el quinto track, una canción llamada “Mayeya”, en la que Charlie Palmieri toca el piano como si quisiera aflojarle las rodillas a un islandés.

“Mayeya” no es otra cosa que “Yemayá”, pero dicho al revés. Así se refieren los yorubas cubanos a la señora madre de todos, a la dueña del mar y la fertilidad, a la diosa que bendice con sus curvas de sirena a las embarazadas y a los navegantes.

 En Cuba no resulta extraño escuchar a los babalaos embolatando el nombre de su diosa mientras le rezan y le bailan. “Agüita pa Mayeya”, dicen unos; “un bembé pa Yemayá”, suspiran otros.

 Cantos como estos se han entonado desde principios del siglo XX y con el tiempo han transitado entre los caminos del guaguancó, la rumba y el son, en versiones escritas por diferentes músicos y agrupaciones de la isla.

Sin embargo, la versión más conocida fue compuesta en 1928 y bautizada “No juegues con los santos” por Ignacio Piñeiro. Su banda, el Septeto Nacional, fue la primera en interpretarla en los bailes de la época y desde aquel entonces se tocó tantas veces en la isla, que terminó por convertirse en un clásico que luego cantarían Andy Montañez y la Dimensión Latina y que perpetuaría en toda la región La Sonora Ponceña.

Pero –hay que decirlo– la de Monguito es otra “Mayeya”. Es la reinterpretación de un canto dedicado a Eleguá, el dios yoruba de los collares rojos y negros.

Aunque posiblemente Monguito y su esposa Ileana Mesa –quien le ayudó a componerla– se hayan inspirado en la canción de Piñeiro para escribir su versión, y aunque ambas están dedicadas al tema de la santería, resultan diferentes cuando se escuchan una después de la otra: la de Piñeiro tiene letra y respeta las leyes del son cubano. La de los esposos Santamaría es necia, atacada, y su estructura está más circunscrita al jazz latino que al son puro y duro.

***

De adolescente, tenía la costumbre de pasear los domingos por el mercado de las pulgas de la calle 24 con carrera séptima, en el centro de Bogotá. Siempre que caminaba entre los chécheres pasaba por puestos en los que vendían discos de vinilo. A mis 15 años nunca había escuchado música saliendo de esos platos negros y solo pensaba en ellos como trastos que uno se lleva a la casa y después no sabe dónde poner.

Varios años después, pasé algunas temporadas de verano en Nueva York y Chicago, y fue por esa época que comencé a entender qué tanto se traían esos elepés entre surco y surco.

 En la Zapatería Cosmos, elepés de todos los géneros disputan los estantes con el calzado • © Lina Botero

 

En ambas ciudades, las megatiendas de moda habían empezado a vender tocadiscos de varios modelos, unos estilo retro y otros de última tecnología. Los había por todas partes y junto a ellos siempre estaba exhibido un repertorio de discos de acetato. Lo que me sorprendió no solo fue la cantidad de lugares en donde se vendían, sino los grupos musicales que anunciaban las portadas de los discos. Ya no eran únicamente bandas viejas, como las que veía en el mercado de las pulgas. Ahora se vendían acetatos de artistas como Katy Perry, Queens of the Stone Age y The National.

Una noche de 2012 salí a un bar subterráneo llamado The Lid, en el Lower East Side de Manhattan, y vi a un par de dj poniendo música durante horas, exclusivamente con elepés. La fiesta fue animal. Tenía algo diferente. Tal vez era el sonido completo, equilibrado, duro en su punto, fuerte pero no ensordecedor, que salía de los acetatos.

No pensé que me fuera a topar con esa nueva moda del vinilo en Bogotá, pero un sábado escuché en el bar Casa de Citas de La Candelaria a Ondatrópica, la banda colombiana de Mario Galeano y Will Holland. Ellos también estaban ofreciendo su música en elepé. Luego descubrí que otras bandas nacionales como el Frente Cumbiero (del mismo Galeano) y los Meridian Brothers se habían sumado a la onda y estaban grabando sus producciones en ese formato.

Así que acabé por sucumbir a los dictámenes de la moda neoyorquina y me compré un tocadiscos Numark de última generación. El aparato es asombroso: lee discos de acetato de varias revoluciones y gramajes, tiene un sonido de alta fidelidad, se puede conectar al computador para convertir el sonido a formato digital y además es portátil. Una viejera muy moderna.

Desde entonces comencé a hacerme a una pequeña colección, compuesta por discos de Bovea y sus Vallenatos, la Billo’s Caracas Boys y la Miami Sound Machine, que rescaté de un armario húmedo en la finca de la abuela Titi. Ahí también encontré rarezas, como una grabación hecha por la emisora HJCK del poema “Camino de la Patria” de Carlos Castro Saavedra y un disco de rondas infantiles mexicanas que incluye “La pulguita Inés” y otros éxitos.

Así que cuando vi la inconfundible nariz de berenjena  y las manos vendadas de mi héroe, me acordé enseguida del Soy yo y se me vino a la cabeza la línea del piano de “Mayeya”.

Tenía que escucharla en mi nuevo tocadiscos.

 

2.

Fue todo este arrebato por la música afrocubana, por los vinilos y en especial por el Soy yo de Monguito, lo que me llevó a conocer la Zapatería Cosmos en el centro de Bogotá. Un lugar donde –según el mito urbano– se esconde una compraventa de elepés. Un altillo secreto donde se consiguen esas joyas a las que solo les ven el brillo los amantes del sonido de antaño y donde probablemente podría encontrar a “Mayeya” en su versión original de 1978.

Jaime Andrés Monsalve, director musical de Señal Radio Colombia, me había advertido claramente que el dueño del negocio no deja entrar a cualquier persona. Solo les abre la puerta a los que saben con exactitud qué van a comprar y tienen en la cabeza un título, un artista o una carátula. Quienes se acercan a chismosear se quedan por fuera.

***

La Zapatería Cosmos está compuesta por tres locales ubicados sobre la calle 17 entre carreras octava y novena, cerca a la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves. El almacén más grande está al costado sur de la calle y al frente quedan los otros dos, más pequeños. Sobre el suelo de los almacenes, además de las cajas de mocasines para hombre, hay cestas de plástico llenas de discos viejos.

–Hace rato estoy detrás de un disco de Mongo Santamaría que se llama Soy yo. Me dijeron que aquí de pronto lo puedo encontrar”, le digo al tipo joven que está de turno en la Zapatería Cosmos.

–Permítame y le llamo a don Elkin –contesta él y cruza la calle para meterse en el local de al frente.

No pasa más de un minuto y el muchacho sale caminando detrás de un señor de edad, robusto, vestido con pulcritud y dueño de una mirada desconfiada.

Le repito mi pregunta como quien llega a la puerta de un antro secreto y susurra la contraseña. Una leve, casi cómplice sonrisa, se insinúa en la boca de Elkin Giraldo.

–Siga por aquí –me dice señalándome un altillo con el dedo.

La tienda de discos queda en el local más pequeño de las zapaterías Cosmos, en el segundo piso. Luego de dejar atrás los mocasines y seguir hacia el fondo, unas escaleras angostas por las que a duras penas cabe Elkin conducen a un pasillo igual de estrecho. Todo ahí está lleno de vinilos: los costados de la escalera, el corredor y la pequeña habitación en la que termina el laberinto. Varias estanterías de metal cubren las paredes y cargan largas hileras de discos. Al recorrer el lugar con la mirada, de vez en cuando sobresalen tarjetones que indican alguna letra del alfabeto.

Un solo bombillo de luz cálida cuelga del techo para alumbrar esa galería de carátulas. Destella entre su forro de plástico la cara de un Michael Jackson aún moreno y amparado por la Motown Records. Sobre otra pila de discos reposa una portada donde Glenn Miller sonríe desde su mejor ángulo, ahorcado por su corbatín negro y sosteniendo en una mano su trombón dorado.

Están por todas partes. Bach, Vivaldi, el Grupo Niche, Los Melódicos, Nelson y sus Estrellas, los 14 cañonazos de 1970. Eddie Palmieri, Ray Barretto, Andy Harlow.

Con gran habilidad Elkin apoltrona su pesada figura sobre un butaco diminuto y se instala enfrente del cartón con la letra M –de Mongo– para buscar en esa hilera de discos el Soy yo.

A pesar de no ser un entusiasta de la música, Elkin Giraldo complace el gusto de melómanos y coleccionistas • © Lina Botero

 

Huele a viejo, ¿debería oler a algo más? A los ojos de un melómano este es un cofre lleno de tesoros, pero para la nariz no deja de ser un cuarto sin ventilación, un baúl lleno de viejeras.

–Usted quiere algo de gaitas colombianas en 78 revoluciones –le ratifica Elkin a un flaco que también supo hacerse invitar al altillo, mientras sigue buscando lo mío.

–El precio de esos discos puede variar –le sigue explicando–. Si es algo de Lucho Bermúdez o Pacho Galán tal vez le cueste unos 30.000. Si es de un artista menos famoso puede valer 10.000 o 20.000. Si es de sello americano le sale caro. Si es de sello colombiano o venezolano, entonces no le costará tanto”, añade con seguridad.

El techo del lugar es blanco, pero está cubierto de manchones color marrón que la humedad ha dibujado. Al fondo hay una cama en la que a veces duerme Elkin cuando tiene que pasar las noches rebuscando una larga lista de discos que le ha encargado algún cliente. En algunas esquinas hay pedazos de icopor blanco. Están ahí para recibir las goteras que caen del techo cuando llueve y proteger los elepés.

Mientras el flaco de las gaitas sigue buscándolas arrodillado en el suelo, Elkin me cuenta que está a punto de cumplir 60 años. A medida que lo detallo mejor, me doy cuenta de que carga una formalidad ya extraña en este mundo despreocupado: lleva sastre de paño, corbata delicadamente anudada, mejillas afeitadas con cuidado y un pelo negro que, aún a estas horas de la tarde, se ve surcado por los dientes del peine.

La Zapatería Cosmos –me dice– comenzó como una fábrica de calzado que su antiguo dueño, Germán Hernández Ortiz, fundó hacia 1946 en la calle cuarta entre carreras sexta y séptima. “En 1953, él inauguró el primer almacén de zapatos Cosmos. En el 60 le tocó cerrar la fábrica, pero siguió con el local, abrió una segunda sede y para la visita del papa Pablo vi en el 68 –pensando que vendría una gran cantidad de turistas– abrió una tercera tienda. Yo era empleado de don Germán y en el 91 le compré la primera de las tres zapaterías; más tarde las otras dos y en el 2001 abrí por mi propia cuenta un par más”.

El flaco nos deja. Se va sin haber comprado disco alguno. El aire es denso y no circula. Hace calor y a Elkin comienzan a rodarle gotas por las líneas perfectamente rasuradas de las patillas.

“Comencé como vendedor en estas tiendas, pero ahora solo las administro entre semana. Vengo de ocho a once de la mañana y de tres a seis de la tarde”, me dice y se pone de pie para buscar el Soy yo en otra estantería.

Le pregunto si es casado y comienza a sudar un poco más. “Nunca me casé y tampoco tengo novia”, me confiesa con una timidez casi infantil y clava la vista en el suelo. Luego, volviendo a asomar la mirada por encima de sus lentes, me dice: “Puede ser que se vea la vida como aburrida y triste, pero no. Cuando uno ha optado por la soledad y no es forzada, es bonito vivir así”.

Según él, nunca ha ido a ver el mar, el desierto o la selva. Solo conoce Medellín porque es su lugar de nacimiento y Manizales porque tiene familiares allá. No le gusta viajar, “debe ser por alguna cuestión temperamental”, concluye, y me hace otra confesión: “Yo prefiero conocer el mundo por lo que me cuentan los extranjeros que llegan a comprarme discos”.

Cuando le pregunto qué es lo que le apasiona de vender elepés, endulza un poco la voz y responde: “Me conmueve ver cómo algunos de mis clientes tiemblan de emoción y se les aguan los ojos cuando les consigo un disco que llevaban buscando mucho tiempo”.

–Y eso de lidiar con clientes melómanos... ¿son muy jodidos? –le pregunto, y él asegura que después de veinte años de tratarlos ha aprendido a proceder con serenidad, sobre todo para aguantar a esos que le quitan dos horas de su tiempo preguntando por álbumes y luego se van sin comprar. Como el flaco, que no se llevó las gaitas.

Elkin no es experto en música, de hecho dejó de oírla hace años, pero sabe exactamente cuáles son todos los discos que tiene para vender y cuál es su valor.

***

Después de buscar con juicio por cuarenta minutos en todas las estanterías que pudieran estar relacionadas, Elkin se incorpora para contarme, con mucho pesar, que no tiene el Soy yo entre su colección. A cambio, me regala un disco de Willie Bobo que elijo entre varias opciones.

Elkin me manda para donde Hernando Gómez, dueño de La Galería del Coleccionista, un almacén de vinilos sobre la calle 18 entre carreras octava y novena. Me dice que seguramente allá podré conseguir ese disco, porque Hernando es especialista en salsa y música afrocubana. Ellos se colaboran. En este negocio conducido por la nostalgia, no por el bolsillo, las cosas funcionan así.

A diferencia del secreto altillo de la Cosmos, La Galería del Coleccionista –también conocida como Ritmos Galería– es una vitrina abierta hacia la calle de par en par. Todo ahí es salsa. Hay parlantes que hacen retumbar guarachas, estanterías decoradas con banderas de Cuba, Puerto Rico y Colombia, y entrepaños repletos de camisetas con estampados de Ray Barretto, Celia Cruz, Rubén Blades y Héctor Lavoe. Hay maracas de todos los tamaños y colores, gorras bordadas con símbolos salseros y uno que otro curioso hurgando entre vinilos. Parece un templo para los rumberos, un altar donde los devotos van a comprar sus estampitas de Richie Ray y Bobby Cruz. Allí se venden vinilos que cuestan desde 10.000 hasta 200.000 pesos, dependiendo de su historia.

Hernando Gómez no está, pero le pregunto por el disco a su hijo, quien afina una guitarra acústica mientras me atiende.

–¿El Soy yo de Mongo Santamaría? Ese lo tengo en la bodega, pero te sale caro –me dice poniendo cara de advertencia.

–¿Caro es cuánto? –le pregunto.

–Mínimo, mínimo, 150.000 –contesta.

–Mierda –me digo en voz baja. Ya será para mi cumpleaños.

Maferefún evió. Encontré a Mayeya.

 

ACERCA DEL AUTOR


Lina Tono

Ha colaborado con revistas como level Magazine, Exclama y Vice.

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