Fundido a negro

La imprudencia de un taxista arranca la vida de un desprevenido pasajero en un abrir y cerrar de ojos. A través de este texto, la autora despide a su suegro, víctima de una trágica escena, nada extraña para un lector colombiano.

POR Juliana Camacho

 

Ilustracion de Ana Yael

 

 

Hace un mes nos despertó el teléfono. Eran las tres de la mañana. Antes de contestar, mi esposo y yo presentimos que esa llamada tendría la potencia de un aluvión. Teníamos razón. Mi suegro acababa de sufrir un accidente de tránsito en Cali y estaba muy grave. Las noticias de ese tipo tardan en asentarse en el cuerpo. Prendimos la luz de la lámpara, guardamos silencio, acordamos detalles logísticos, sentimos un precipicio formarse en el estómago, nos dormimos de nuevo. Todo antes de ver el sol.

 

 Así son los accidentes. En geografía se refieren a una irregularidad del terreno. El paisaje tiene sus acantilados y sus colinas, y nosotros capoteamos diariamente sucesos de todo tipo que alteran el orden de las cosas. Nadie está exento de pisar una cáscara de banano, de ser arrollado por un toro en la puerta del ascensor, o de recibir en la cabeza el golpe contundente de un piano que cae desde un quinto piso. Pero esto no fue un piano, ni un toro, ni una cáscara de banano. Esto fue un taxista que un domingo en la noche no quiso detenerse en un semáforo en rojo. Lo expreso en términos de voluntad, porque quien ha tomado un taxi en Colombia un fin de semana en la noche (o a veces incluso a plena luz del día) sabe que pasarse un semáforo en rojo es la regla, no la excepción. Nuestra suerte depende entonces del golpe de azar de un desconocido sentado frente al timón. Ese domingo, los cálculos del taxista fallaron y mi suegro se fue sin derecho a intermedios. La vida se le escapó del cuerpo en cuestión de días y él no tuvo tiempo de volver sobre sus horas felices, antes de apagar definitivamente la luz.

Las calles de Colombia –no hablo solo de Bogotá– son el mejor ejemplo del lodazal que tenemos en la cabeza. Nos indigna la corrupción de la clase política, el cinismo de la guerrilla y de la derecha, y nuestros moribundos sistemas de salud y de justicia. ¿Y nosotros mismos? Nosotros estamos libres de culpa. Eso aseguramos mientras parqueamos en la fila del semáforo para hacer una vuelta veloz en el banco; nos tomamos un trago de más para celebrar el matrimonio de un amigo; zigzagueamos en la avenida para llegar a una reunión importantísima, o hundimos el pie en el acelerador frente a un cruce peatonal porque, señora, ¡los carros no toman fotos, y yo tengo afán! Llenamos el trayecto a casa de pequeños descuidos, de iras que se prenden y se apagan en un instante, y de bienintencionadas libertades que nos concedemos porque llevamos una ligereza tatuada bien profundo.

El carro se ha vuelto nuestra habitación propia, ese lugar donde todo está permitido, donde nos despojamos de cualquier inhibición y saboreamos sin vergüenza las mieles de la vida salvaje. Hablamos de la locura del transporte público y nos ofendemos con razón porque cada día esos choferes ponen en riesgo nuestra vida. Pero ¿qué vestigios de barbarie rezumamos muchos de nosotros cuando oprimimos el acelerador? ¿Qué furias atávicas se desatan cuando nos escondemos detrás del panorámico? El problema es el taxista y el semáforo, pero no solo. Usamos el carro del mismo modo en que el guerrero se sirve de su coraza: como arma de defensa y ataque en la batalla. Salimos a la calle a expurgar una energía rabiosa que nos arde por dentro y a combatir a un enemigo omnipresente. Nuestras calles son escenarios de guerra, casi tanto como pueden serlo los Montes de María, los callejones de Buenaventura o los olvidados pueblos del Putumayo. Una parte de nosotros no puede con nosotros mismos, y sobre todo, no puede con los demás. Falta silencio y recogimiento detrás del volante; saber frenar, ceder el paso, respirar y permitir que otros también lo hagan.

 

A manera de epílogo: Duele imaginar a mi suegro recibiendo la contundencia del impacto, tal vez incluso presintiendo que aquel sería su fundido a negro. A Germán lo acunaba el silencio. Navegaba siempre en aguas tranquilas y celaba una incomodidad con respecto al mundo, una duda primigenia, que en mi opinión era su mejor atributo. Tenía una cualidad de secuoya: era imponente, casi escueto, nunca del todo enraizado en ninguna parte –seguramente por aquello de tocar las nubes con la coronilla–. Cuenta mi esposo que su padre siempre condujo un Escarabajo blanco que manejaba con excesiva prudencia. Casi puedo verlo encorvado entre las latas del Escarabajo, su cuerpo mecido por el andar sincopado de los viejos Volkswagens. Esa ruidosa forma de irse de aquí, en nada se asemeja a la vida que llevó. Desde esa noche en que nos despertó el teléfono, comparto como nunca antes –y con razón– su incomodidad con respecto al mundo.

 

ACERCA DEL AUTOR


Ha trabajado en el Cerlalc y actualmente adelanta proyectos de lectura con la primera infancia en Estados Unidos.

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