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El Malpensante

Ficción

Olingiris

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© Fotografía de Charlie Nucci 

1. Alcanzaba para seis. Una quedó afuera, en la sala de espera. Dio vueltas por el hall. Tardó en asumir que tendría que aguantarse las ganas hasta el día siguiente, o el siguiente, o hasta que volvieran a llamarla. No era la primera vez que le pasaba. Las que entraron subieron las escaleras blancas hasta el primer piso. Ninguna se conocía particularmente con las otras. Quizá alguna vez se cruzaron, tal vez en ese mismo lugar, pero nada más que eso. Pasaron al cambiador en silencio. Colgaron sus carteras, se quitaron los abrigos. Se lavaron las manos por turnos, y por turnos también se acomodaron el pelo frente al espejo, atado en una cola o con una bincha. Todo con amabilidad y en silencio, agradeciendo con gestos o sonrisas. Han pensado en esto toda la semana. Mientras trabajaban, mientras cuidaban a sus hijos, mientras comían, y ahora están ahí. Ya casi dentro de la sala, ya casi a punto de comenzar.

Una de las asistentas del instituto abre la puerta de la sala y las hace pasar. Dentro todo es blanco. Las paredes, las repisas, las toallas enrolladas como tubos unas sobre otras. La camilla, al centro. Las seis sillas alrededor. También hay un ventilador de techo, girando con suavidad, seis pinzas plateadas alineadas en una toalla, sobre una banqueta de madera, y una mujer recostada en la camilla, bocabajo. Las seis mujeres se acomodan en las sillas, tres de cada lado, ubicándose alrededor de las piernas de la mujer. Esperan mirando el cuerpo, impacientes, sin saber muy bien qué hacer con sus manos, como si frente a una mesa al fin hubieran traído la comida pero todavía no se pudiese empezar. La asistenta las rodea, ayudándoles a acercar las sillas aún más. Después reparte las toallas de mano, y entrega, una por una, las seis pinzas que estaban sobre la banqueta. La mujer de la camilla sigue inmóvil, bocabajo. Está desnuda. Una toalla blanca la cubre desde la cintura hasta la media pierna. Tiene la cabeza hundida entre los brazos cruzados, porque es bueno que no se le vea la cara. Tiene el pelo rubio, el cuerpo delgado. La asistenta enciende el tubo de luz que hay sobre la camilla, a unos dos metros de altura, lo que ilumina aún más la habitación y a la mujer. Cuando el tubo parpadea, levemente, antes de quedar completamente encendido, la mujer de la camilla mueve apenas los brazos, como reacomodá...

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Samanta Schweblin

En 2015 ganó el Premio Ribera del Duero por Siete casas vacías. Ese mismo año ganó el Premio Tigre Juan por su novela Distancia de rescate, que también le valió el Premio Shirley Jackson, en 2018.

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