Metafísica Trump

Traducción del inglés de Santiago Vargas

 

Obama cree que "Mr. Trump no será presidente porque se trata de un trabajo serio, no de un reality show". Sin embargo, en una sociedad que cada vez imita mejor las caricaturas televisivas, ¿qué político las encarna con más -desafortunada- coherencia?

POR Michael Marder

©Ilustración de Marcianita Barona

De manera absolutamente inesperada, un montón de problemas filosóficos –y hasta metafísicos, me atrevería a decir– surgieron esta temporada electoral del lado republicano de las elecciones primarias en Estados Unidos. ¿Cómo se distingue lo genuino de lo falso? ¿Qué nivel de ignorancia es simplemente inaceptable en asuntos de interés público? ¿Cómo alcanzar a ver los principios, o algo así como “la esencia interior” detrás de las apariencias? Estas preguntas han sido, de uno u otro modo, las constantes de la filosofía occidental desde su origen. Y ahora la mayoría de ellas apuntan a la candidatura de Donald Trump.

Esto fue lo que sucedió, por ejemplo, en el último debate del Partido Republicano, organizado y transmitido por la cadena Fox. La presentadora Megyn Kelly puso a prueba a Trump: “El punto al que quiero llegar es que usted cambia mucho de sintonía, y eso tiene a muchos preguntándose: ¿quién es usted realmente?”. Su punto va más allá de las usuales acusaciones dirigidas a los candidatos. Incluso sobrepasa la oposición entre una política basada en principios fundacionales inmutables, con frecuencia conocida como la política de la verdad, y un oportunista ofreciendo sus servicios a varios de los grupos que componen el electorado. Sin darse cuenta, habiendo lanzado a Trump todo salvo el lavaplatos de su cocina, Kelly destapó una distinción metafísica trascendental entre la estabilidad de la esencia interior y la inconstancia de las apariencias exteriores. En su respuesta, Trump insistió en que no hay contradicción entre sus “convicciones fundamentales”, sobre las cuales no elaboró más, y “un cierto grado de flexibilidad” necesario para aprender de las experiencias del pasado. Su núcleo inaccesible, reconciliado con las apariencias pasajeras, ha dado a Trump una metaexcusa para todas y cada una de las burdas inconsistencias que tengan sus propuestas sobre política doméstica y exterior por igual.

En esa misma línea, el 3 de marzo, Mitt Romney lanzó un ataque verbal contra el candidato republicano que encabeza las encuestas, tocando así un tema por el cual la filosofía siente un particular afecto. El candidato que perdió en 2012 llamó a Trump “un farsante, un fraude” y también “un estafador, un falso”. Desde su origen en la Antigua Grecia, la filosofía occidental ha desconfiado de los oradores que sustituyen el conocimiento de las cosas en sí por una retórica colorida e impetuosa. La república de Platón anclaba esas estrategias vacías y manipuladoras a la política, mientras que prescribía un método universalmente válido para vencer, con la ayuda del rey-filósofo, la caverna de las apariencias. Pero antes de referirnos a Romney como un Platón o un Sócrates contemporáneo, tenemos que interrogarnos: ¿en nombre de qué verdad está condenando a Trump? Al criticarlo, asume que hay políticos republicanos que no son falsos, aquellos legítimamente envueltos en los principios robustos del “movimiento conservador”. Al esquivar el ataque de Romney, Trump, como suele hacerlo, le devolvió la jugada, recordándole a los votantes que cuando el primero compitió contra Barack Obama le rogó por su apoyo. Obviamente, la acusación “eres un farsante, un fraude” pierde su mordacidad si viene de alguien que resulta ser un farsante y un fraude en un entorno lleno de farsantes y fraudes...

Es simplemente inútil juzgar a Trump desde la perspectiva de valores metafísicos obsoletos, porque él encarna un sistema que los dejó atrás hace mucho tiempo. ¿Qué significa denunciar públicamente a un candidato presidencial por ser “falso” en un país donde un actor de Hollywood fue presidente (más precisamente, actuó el papel de presidente) durante dos períodos consecutivos? ¿Tiene sentido lamentar su ignorancia cuando han pasado menos de ocho años desde que George W. Bush fue presidente? ¿Qué sentido tiene acusarlo de ser vulgar si, para el Partido Republicano, el tamaño del pene es un factor determinante a la hora de elegir el candidato oficial a la Presidencia?

La razón por la cual Trump está, actualmente, punteando las encuestas (en medio de un panorama desolador, por supuesto) no es, como sostuvo Linda Martín en The Philosophical Salon, porque su ignorancia sea atractiva para ciertos electores blancos igual de ignorantes. O, al menos, esa no es la única razón. Más bien, lo que Trump hace con mayor destreza, y lo que por encima de todo, en mi opinión, da cuenta del éxito que ha tenido, es que asume por completo la bancarrota de ideas metafísicas como la autenticidad, la esencia o los principios consolidados, y actúa de manera consecuente. Sus rivales, uno por uno, son conscientes de que la metafísica colapsó, pero insisten en actuar como si nada hubiera ocurrido. En ambos casos, nada ocupa el obsoleto sistema de valores, excepto intereses propios o aspiraciones megalómanas.

Puesto de manera brusca, los valores caducos fueron reemplazados por nada –esa nada a la cual todo se ha reducido–. Mientras que Ted Cruz y compañía aseguran ser conscientes de esa nada, Trump representa la conciencia que la nada tiene de sí misma, y esto le da una ventaja indiscutible sobre sus rivales. Él sabe cómo usar la nada pura que representa, mientras los otros candidatos fingen que hay algo detrás de su nada. Y entonces, Trump, en su inautenticidad, se muestra mucho más auténtico que el resto, quienes se la pasan muy ocupados dibujando alrededor de sí mismos la “sombría pintura de la virtud”, como dice Platón.

Por ello, quizás, una causa más profunda del disgusto en el Partido Republicano con Trump es que para ellos él representa un espejo que los obliga a enfrentar esa realidad que tanto han querido negar, exacerbándola en el proceso. Para disimular esa verdad incómoda, el partido no tiene más opción que distanciarse del candidato, quien, de hecho, usa a su favor la falta de apoyo oficial como una muestra de su alejamiento del mundo de la “rosca política”. Cualquier ataque en su contra puede dar un giro de 180 grados y favorecer sus propósitos, sobre todo si la censura se basa en principios metafísicos, los cuales hace ya mucho tiempo que se convirtieron en “sentido común”. Trump trumps metaphysics: y es aquí donde reposa el secreto del éxito que ha tenido su campaña hasta ahora. ?

 

ACERCA DEL AUTOR


Michael Marder

Filósofo y profesor de la Universidad de país Vasco. Escribe sobre fenomenología, filosofía política y temas ambientales. Este mes, Columbia University Press publicará su libro Energy Dreams: of Actuality

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