Una crítica musical

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POR Leo Maslíah

© Ilustración de Nicolás Valencia 

Más allá de lo que podría hacer pensar su nombre (“Canciones extraviadas”), el recital del grupo Bacacay Blues es una verdadera inyección de buen sentido y musicalidad, una propuesta que inserta un aporte claro y definido al panorama de la música nacional contemporánea. Casi todas las canciones del espectáculo llevan la marca personal de Celio, el compositor del grupo (quien, aparte de alguna imprecisión en sus digitaciones de mano izquierda, demuestra una vez más que es un bajista a la vez maduro e imaginativo, capaz de combinar el rigor de procesos armónicos ya transitados con una buena dosis de imprevisibilidad en lo rítmico y en lo melódico, sin dejar de cumplir por ello su función de natural sostén para el desenvolvimiento de la labor del resto de los instrumentistas), aunque en el quinto tema y en el primero de los bises resultó claro que Celio no se duerme sobre sus laureles y que explora nuevas líneas estilísticas en sano equilibrio con el resto del repertorio presentado.

 

La guitarra de Elías sonó con la soltura, prolijidad y buen gusto que caracterizan a este intérprete, que sabe alternar pasajes solísticos de gran brillantez con recursos climáticos sutiles en un juego tímbrico bien conducido que da siempre la espalda a cualquier tentación efectista. Suárez, el benjamín del grupo, sorprendió por su solidez en el manejo de ritmos irregulares y por su múltiple explotación de las posibilidades expresivas de la batería, tan reducida por la mayoría de los grupos que la usan con una función meramente hipnótica. La meritoria gestión del sonidista consiguió proyectar a Suárez con un sonido nítido y compacto, que facilitó la apreciación de su toque incisivo y masculino.

 El desempeño del tecladista fue correcto y disfrutable. La austeridad, el cuidado en la elección de los registros y una técnica disimulada en el servicio al rendimiento grupal signaron el performance de este músico que, pese a integrar las formaciones de otros conjuntos de nuestro medio, sabe mimetizarse en la atmósfera particular del sonido Bacacay Blues empastándose adecuadamente con el resto del equipo.

 El vocalista logró una fluida comunicación con el público, apoyándose tanto en el refinamiento de sus matices interpretativos como en su vasta solvencia escénica. El talento de los músicos de Bacacay Blues quedó así una vez más evidenciado en este nuevo trabajo, cuya puesta a punto requirió seguramente varios meses de paciente ensayo. Fue un concierto en el que la ruptura formal, la elaboración minuciosa, el virtuosismo no gratuito de los ejecutantes y un eficiente marco técnico a través de la inteligente amplificación de Herman Q. se conjugaron en el acierto de un espectáculo sugestivo y bien resuelto. En otras palabras, el recital de Bacacay Blues fue una cagada infame, una reverenda mierda.

ACERCA DEL AUTOR


Ha incursionado en el cine, el teatro y la literatura

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