Un feminismo velado

En el verano de 2016 el burkini fue prohibido en las playas francesas. En invierno, Dolce & Gabbana expuso su primera colección de hiyabs en las vitrinas italianas. En Europa cada vez más mujeres musulmanas reclaman su derecho a usar el velo. Otras, no siempre musulmanas, lo consideran un símbolo de opresión mandado a recoger. Algunos Estados simplemente lo han prohibido de manera arbitraria. Ante el panorama actual, ¿quién debería tener el poder de decidir? 

POR Renée Kantor

© Getty

Fátima y Leila Achaboun, dos hermanas de trece y catorce años, fueron expulsadas de una escuela del conurbano de París en septiembre de 1989 por negarse a acudir a clase con la cabeza descubierta. Quince años más tarde, en 2004, se sancionó en Francia la ley que prohíbe la exhibición de signos religiosos “ostensibles” –eufemismo para referirse al velo– en las escuelas públicas. Hace solo unos meses, un hilo de furia e incomprensión atravesó las playas de Niza cuando la policía increpó a una mujer en burkini como si fuera el mismísimo Satanás. Tres hechos que nos empujan con la brutalidad de un ciclón al centro de una batalla cultural despiadada: las mujeres y el hiyab.

El enfrentamiento entre los partidarios de un laicismo combativo y los defensores de una concepción laica más abierta no deja de intensificarse. Para algunos, el hiyab es un símbolo del avasallamiento de las mujeres, un repliegue de sus derechos; para otros, se trata de un emblema de su fe religiosa. En Francia, como en la inmensa mayoría de los países europeos, el velo no deja de suscitar debates en movimientos feministas, partidos políticos y organizaciones antirracistas.

Enero de 2017. Sentados frente a frente están Manuel Valls, ex primer ministro francés y desafortunado candidato a representar al Partido Socialista en las próximas elecciones presidenciales, y Attika Trabelsi, joven universitaria musulmana, empresaria y militante asociativa. El encuentro se da durante un programa de televisión. Nada en ella refleja rasgos de sumisión. Lleva unos jeans ajustados, elegantes mocasines, una camisa color crema y gargantilla color esmeralda. El velo verde con el que cubre su cabello parece más una elección estética que un emblema a ser reivindicado. Con una mezcla de jovialidad adolescente y bravura taurina, Attika lanza el desafío: “Cuando lo escucho afirmar que el velo equivale a un sometimiento de la mujer me siento profundamente herida, humillada. Con ese discurso usted estimula la violencia hacia mí. Por ejemplo, como cuando llego a un banco y me dicen que no puedo ingresar por llevar velo, o cuando durante una entrevista laboral me preguntan de forma recurrente a qué aspiro al llevarlo”. Valls la escucha, inmutable, hasta que una pregunta le estalla en la cara: “¿Qué sociedad quiere construir? ¿Una donde a las mujeres se nos impone cómo vestirnos, o una donde elegimos cómo hacerlo?”.

Esa sola interpelación, arrojada con la vehemencia de un inquisidor, ilustra la discusión actual: ¿qué significa ser una mujer emancipada?, ¿no es aquella que tiene derecho a disponer de su propio cuerpo? Si es así, ¿por qué no legalizar la prostitución?, ¿por qué negarle a una lo que se le otorga a la otra?, ¿no existe acaso una ética del consentimiento? La senadora francesa Esther Benbassa escribió un editorial donde defiende el derecho de las mujeres a llevar velo, afirmando que el hiyab no es más alienante que una minifalda. Velo, prostitución y minifalda, ¿una tríada feminista? El asunto es complejo y variado, pero el territorio donde se despliega resulta único: el cuerpo de la mujer y la instrumentalización de su visibilidad en el espacio público.

 La pregunta es cuándo se produjo semejante alboroto. Y, sobre todo, por qué.

“La teorización del feminismo islámico comienza en los años noventa en el seno de las universidades occidentales –responde la escritora y socióloga iraní, Chahla Chafiq, autora de Islam politique, sexe et genre–. Al calificar al feminismo de islámico, ciertas intelectuales quisieron proponer una vía de reflexión anticolonialista. Pero este concepto es una trampa que conduce a un callejón sin salida: el repliegue identitario. Una mujer cristiana, judía o musulmana puede, desde luego, ser feminista y reivindicar esa libertad. Pero decir que el feminismo puede encontrar una proyección en el marco de una determinada religión quiebra ese ímpetu de libertad. Poco importa si una mujer porta un velo, moderno o no; nuestro deber es seguir preguntándonos por qué a los hombres no se les incita u obliga a velarse. Pero existe otro peligro ante el fervor manifestado por las mujeres que llevan un hiyab chic y se reivindican feministas: la negación de la realidad vivida por una mayoría de mujeres que son forzadas a llevar el velo en nombre de la sharia”.

Dos movimientos feministas se oponen frontalmente. El representado por mujeres como Chafiq y aquel conformado por quienes discuten la idea de “universalidad” de la condición femenina –la cual estiman errónea y “a sueldo de Occidente”– y reivindican un feminismo compatible con la religión musulmana, a la que consideran uno de los fundamentos de su identidad.

Para el filósofo francés Bruno Nassim Aboudrar, autor del libro Comment le voil est devenu musulman, “reconocer la existencia de un feminismo islámico (así como reconocer un feminismo cristiano que, por ejemplo, tome partido en contra del aborto) no quiere decir estar de acuerdo con sus posiciones”. Por el contrario, Houria Abdelouahed, psicoanalista franco-marroquí y autora de Las mujeres del profeta, cree que “el feminismo islámico es una paradoja, o mejor dicho, una impostura. ¿Se puede pretender liberarse del peso del cuerpo y de la mirada que cae sobre él a través del velo, cuando este lo que hace es designar a la mujer solo como un cuerpo? Es una contradicción. Se muestran en el espacio público reclamando el derecho a esconderse. Quienes dicen pertenecer al feminismo islámico rechazan la modernidad y se designan como el símbolo de la identidad musulmana”.

Hay un año clave: 1979, cuando la revolución iraní liderada por el ayatola Khomeini marcó la victoria de los islamistas. Esta revolución proyectó la religión musulmana como una alternativa política. El islam fue entonces la punta de lanza de la lucha contra la dictadura y el imperialismo occidental. Pero muy pronto las promesas de justicia y dignidad se toparon con la realidad totalitaria basada en la ideologización de la religión, considerada por muchos como protectora de la familia y garante de la vida en comunidad. 

Chahla Chafiq nos recuerda que “en la historia de los países musulmanes, particularmente en Túnez, Egipto o Irán, dirigentes como Bourguiba, Nasser o Reza Shah se reconocían musulmanes y, sin embargo, se opusieron al velo porque lo consideraban una interpretación retrógrada del islam. Paralelamente, las mujeres comenzaron a acceder a la escuela, al trabajo remunerado y al espacio público. Entonces el acceso de las mujeres no estaba condicionado al uso del velo. Tal cosa se desarrolló con el islamismo y con la imposición de la sharia como ley. Hoy asistimos a un retorno generalizado de la costumbre de llevar el hiyab en el espacio público”.

¿Cuál es la relación entre la banalización del velo y la situación política y social de los países donde esto se presenta?

“Hay que analizar la historia política y social de los países musulmanes en el siglo XX –me explica Chafiq–. Los proyectos modernizadores que se llevaron a cabo no fueron acompañados por un desarrollo social, humano y político, algo que se sumó a la ausencia de un sistema democrático en muchos de estos países. Con el pretexto de mantener la identidad islámica, los dictadores siempre negaron la democracia. Limitaron así toda reforma sobre los derechos de las mujeres y preservaron las reglas islámicas (la sharia) con respecto a la familia (a veces aliándose con los islamistas). En este contexto, aparecen claramente los efectos nefastos en la relación entre hombres y mujeres. Las mujeres que han accedido al espacio público sin haber obtenido derechos igualitarios han permanecido bajo la dominación masculina, a la vez que los hombres permanecían sometidos a los dictadores”.

Mientras las desigualdades sociales y sexuales, así como la corrupción, acentuaron la crisis, y el descrédito de los proyectos progresistas caía encima tan evidente y pesado como un muro de hormigón, “el islamismo –continúa Chafiq– sacó provecho de tal contexto para desarrollarse. La propaganda sobre el velo se convirtió en uno de los pilares de la estrategia islamista, basada en la construcción de una identidad colectiva fundada en la sharia. El velo se convirtió en el estandarte de este modelo de sociedad. En algunos casos, los islamistas tomaron conciencia de que no había vuelta atrás. El espacio público ya había sido ocupado por las mujeres. No pusieron en cuestión el acceso de las niñas y de las mujeres a la escuela o al trabajo, pero preconizaron el velo. Esta estrategia sedujo a una parte de las mujeres que se volvieron ellas mismas militantes islamistas. Digamos que desde 1980 asistimos a una innovación de la propaganda del velo con la aparición del islamo-business y la incitación a llevar un velo a la vez elegante, sexy y a la moda”.

 

Una duda persiste aún hoy: ¿el Corán exige, o no, que las mujeres se cubran con un velo?

Según Bruno Nassim Aboudrar, “el velo es mencionado una vez en el Corán (versículo 33:59). No se le atribuye ningún significado, sino una función simple: permitirles a las musulmanas darse a conocer sin ser ofendidas. Es decir, señala la consideración hacia un sujeto en la comunidad musulmana del siglo VII, en este caso la mujer de condición libre y perteneciente a la confesión dominante”. Chafiq explica que el Corán “define la zona lícita sobre la cual el hombre puede posar su mirada en la mujer, y viceversa. Pero respecto a la delimitación precisa de esta zona, las interpretaciones divergen. Desde un punto de vista histórico, los versículos sobre la obligación de las mujeres musulmanas de protegerse de miradas impuras aparecen una decena de años después del surgimiento del islam. En los primeros tiempos de esta religión, las mujeres no se tapaban con un velo. No todos los teólogos musulmanes reconocen como un principio islámico la obligación para las mujeres de llevar uno. Pero lo que sí se puede asegurar, es que la sharia hace de este gesto una obligación, del mismo modo en que preconiza códigos y leyes patriarcales como la repudiación y la poligamia”.

Si hay un tema en el que las llamadas “religiones del Libro” se ponen de acuerdo, es en considerar a la mujer, su cuerpo, como una contrariedad que debe ocultarse, ser aprisionada y disimulada. Según Bruno Nassim Aboudrar, “las religiones son formaciones antropológicas y culturales extremadamente complejas. Dicho esto, pienso que hay una dimensión misógina importante en los tres monoteísmos, más o menos virulenta según las épocas, regiones y medios sociales en los que se desarrollan”.

¿Existe una diferencia profunda entre el islam y los otros monoteísmos respecto al modo de considerar a las mujeres?

“Que yo sepa –continúa Aboudrar–, no son los musulmanes quienes cada mañana agradecen a Dios por haberlos creado hombres (y no mujeres), ni son ellos quienes teorizan jurídicamente que sea imposible para una mujer acceder a la clericatura. En cambio, efectivamente, encontramos en el Corán las bases de un derecho civil que discrimina a las mujeres (parecería que, en un principio, fue así solo para protegerlas), y numerosas sociedades musulmanas se caracterizan por mantener un régimen falocrático, que es difícil decir si es de origen religioso o profano”.

En Occidente, el islam tiene la reputación de ser una religión hostil con las mujeres. Sin embargo, numerosas musulmanas que se dicen feministas afirman que el mismísimo Corán incluye la intención de reformar la condición de la mujer, pero que esa voluntad fue ignorada gracias a una interpretación patriarcal. En cambio, Houria Abdelouahed cree que “el texto coránico –como los de las otras religiones monoteístas que siempre han querido dominar al sexo femenino– es extremadamente misógino. Ya en las primeras interpretaciones observamos cómo el inconsciente masculino fabricó y transmitió una narración que resultó ser la historia de la servidumbre de la mujer. Cuando un versículo del Corán preconiza golpear a la mujer si esta se muestra desafiante, el verbo ‘golpear’, nos guste o no, no tiene muchas interpretaciones posibles. Quiero decir que hoy, en nuestra sociedad civil, las mujeres no solo somos víctimas de interpretaciones machistas, misóginas y sexistas (palabras que, por otra parte, no existen en el idioma árabe) sino que es el texto mismo el que establece la sumisión de la mujer”.

Amputar o, en el mejor de las casos, modelar la potencia del deseo no es batalla exclusiva de una religión. Pero, como afirma Chafiq, “el problema son las leyes religiosas y no la espiritualidad de los creyentes. La ley islámica parece más agresiva porque se entrelaza al poder político de numerosos países. Además, dado que el islam reconoce a la mujer como un ser sexualmente activo, a la altura de los hombres, se muestra más controlador con ellas. La obligación de llevar el velo es parte de una estrategia de dominio de este ‘sujeto deseante’. Para lograrlo, impone la separación entre los sexos”. El poder erótico del cuerpo cubierto fue teorizado por el psiquiatra y fotógrafo francés Gaëtan Gatian de Clérambault, quien a principios del siglo XX retrató a mujeres marroquíes envueltas en esas telas en las que él veía una relación amorosa fetichista, donde el hombre es reemplazado por un “compañero dérmico”.

Circundando el hiyab hay un vaivén que va del estímulo del deseo a su freno, de la tentación a la opresión.

Pero, sobre todo, hubo un momento en que el velo musulmán se convirtió en la imagen del islam, religión iconoclasta. Aboudrar señala esta paradoja al explicar que “internet y la televisión por cable han globalizado el sistema visual de Occidente, fundado en una hegemonía de la mirada y del espectáculo. El islam, que tradicionalmente desconfiaba de la exposición visual y rarificaba las imágenes, eligió existir en este régimen de la visibilidad, pero presentándose como la imagen de la negación de las imágenes. El velo está en el centro de esta estrategia porque exhibe la disimulación. Nueva paradoja: las mujeres, que vivían escondidas, ahora se muestran escondidas”.

El número de mujeres que lleva el hiyab no deja de crecer. Según un estudio publicado por el Institut Montaigne, la cantidad de mujeres que han optado por el velo en Francia aumentó en un 11% entre 2011 y 2016. En un país laico, que proclama que la religión debe limitarse a la esfera privada, la aparición del velo inflama pasiones. “La tendencia actual de las mujeres musulmanas a llevar velo es general –explica Aboudrar– pero su lazo con la posición social y política varía totalmente según los países. Supongo que en Afganistán el retorno de la burka se debe a la situación dramática de esta región devastada por las guerras; en países musulmanes que en otro tiempo fueron laicos, es el signo de una desconfianza de las clases media y popular respecto de una clase dirigente que se occidentaliza y se corrompe; en Europa –particularmente en Francia–, es también una manera de afirmar en su territorio la presencia de conciudadanos hasta entonces sometidos a mantener una discreción inadmisible. No son las mismas historias”.

 Quienes sospechan que el comunitarismo cumple una función de refugio ante la marginación social preguntan: ¿se impide la discriminación prohibiendo el velo?

El velo es un magma que lo cubre todo. Que despierta temor, recelo. Que amenaza. Si el velo inquieta es porque parte de la sociedad ve en este el símbolo de la radicalización religiosa. Entre 2012 y 2016, Francia padeció nueve atentados terroristas reivindicados por el Estado Islámico que, en la mayoría de los casos, fueron cometidos por jóvenes franceses hijos o nietos de inmigrantes. La tensión comunitaria se agrava y la extrema derecha se encuentra frente a una opción impensable hasta hace poco: la posibilidad de ganar la elecciones presidenciales el próximo 27 de abril.  Entonces, cabe preguntarse si la ley de 2004 que prohíbe el velo (y otros símbolos religiosos “ostensibles” como la kipá judía, las cruces de gran tamaño o el turbante sij) en las escuelas francesas no agravó el asunto.

“Tratándose de menores que, por definición, no gozan del pleno ejercicio de las libertades públicas, pienso que su prohibición es algo positivo porque puede haber allí una presunción de coacción. También apruebo la prohibición del velo integral, en el caso de las mujeres mayores de edad. O, más precisamente, la obligación de descubrir su rostro, ya que en el contexto actual esa vestimenta puede ser percibida como agresiva. Una sociedad tiene derecho a protegerse contra aquello que percibe como una embestida. Por ejemplo, llevar una esvástica está prohibido y me parece encomiable. Por lo demás, me resulta chocante la cacería del velo a la que se adhieren algunos políticos y personas un tanto extremistas. Es el Estado el que debe ser laico, no los ciudadanos”, concluye Aboudrar. Según Chafiq, que desde entonces las estudiantes se deshagan de sus velos a la entrada de las escuelas o liceos, para volver a ponérselos cuando salen del establecimiento, es un modo de liberarse de la idea de que el hiyab “debe necesariamente quedar soldado a las cabezas de las mujeres... Sin embargo –continúa– debemos comprender que el islamismo se desarrolla en Francia en un contexto de crisis social y política. Frente a las estrategias de reivindicación identitaria de la extrema derecha y de los integrismos religiosos, el laicismo es la única salvación posible”.

Alrededor de esta realidad ominosa “gravita toda una esfera que apuesta a generar miedo a través de los signos del islam fundamentalista, particularmente de sus signos de vestimenta, de los que el velo integral forma parte. En este caso, el velo –se trata del niqab, un manto negro que cubre todo el cuerpo y la cara– no es símbolo de sumisión sino de agresión. En su origen, y aun hoy en día en aquellos países donde es obligatorio, ese mismo velo no es un símbolo de la sumisión de las mujeres, sino un instrumento de coerción que hace efectiva esa sumisión. Pero el niqab es excepcional en Europa, particularmente en Francia, donde está prohibido. El hiyab que llevan las musulmanas en Francia es, según ellas, un signo de piedad. Como son ciudadanas libres, pienso que el papel del Estado es garantizar su libertad, incluida la de vestirse como quieren, y no la de protegerlas de una opresión imaginaria”, afirma Aboudrar.

En cambio, a Chahla Chafiq no le resulta banal entrelazar en una misma frase las palabras “velo” y “libertad”. “Hoy, los movimientos racistas e identitarios difunden la amalgama velo igual terrorismo que, paradójicamente, es aprovechada por los fundamentalistas. En este contexto, ciertos movimientos antirracistas o feministas piensan luchar contra tal amalgama defendiendo el uso del velo. Es una trampa, un callejón sin salida, porque este tipo de enfoque confirma al velo como un símbolo de la identidad islámica y refuerza así la estrategia islamista. Tanto si se trata de la burka cuyo mensaje es muy claro: el encierro de las mujeres, como si hablamos de un velo precioso y sexy, hay una realidad que no cambia: el velo, ya sea por obligación o por elección, solo lo llevan las mujeres en nombre de una identidad religiosa. El hiyab señala al cuerpo femenino como un lugar sexuado que hay que preservar de miradas impuras. Y por último, apunta al impudor de aquellas que no lo llevan, identificándolas con mujeres no respetables. Este último aspecto se acentúa aún más si estas son musulmanas”.

Se vislumbra, sin embargo, una versión menos alarmista y más centelleante y publicitaria, escondida entre los pliegues de los velos. Se trata de las mipsterz (musulmanas hipsters), un neologismo surgido en Estados Unidos. Bajo este sello se reúne a las jóvenes musulmanas que buscan inspiración en las escrituras sagradas del islam, visten como Paris Hilton, y son adeptas a la muslim mode, mientras se las ve –en videoclips– paseando por las calles de Nueva York, subidas en patinetas y agitándose al ritmo de la canción “Somewhere in America” de Jay-Z. No deja de resultar chocante esta síntesis de los atributos del islam con los símbolos más obvios del consumismo occidental. Aunque sería imprudente asociar esta muestra de modernidad con la liberación sexual.

Alrededor del velo todo resulta muy confuso. Pero algo está cambiando.

El sexismo y la misoginia cabalgan sobre una concepción obsoleta del mundo. El debate sobre el velo, la movilización de las mujeres contra Trump, y el clamor “ni una menos” que recorre Latinoamérica, designan el desprecio del machismo y la libertad de las mujeres para dejar ver o esconder aquello que tantos quieren domesticar: su cuerpo. ¿Qué hacer con él? Mucho, menos permitir que ocupe el lugar sumiso y postergado de siempre.

ACERCA DEL AUTOR


Renée Kantor

Radicada en Francia, trabaja como periodista independiente. Ha escrito para las revistas Etiqueta Negra y Página 1/2

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