Sierra, el cura curador

Como en un documental despiezado, estas páginas reúnen fotogramas de la vida de Alberto Sierra con la narración de sus recuerdos, a manera de voz en off. Eso es Sierra, el cura curador, la película inédita de Javier Mejía: una muy paisa biografía con actores de reparto como Fernando Botero y Débora Arango, y con el Divino Niño estelarizando tanto los rezos vespertinos como los cuadros colgados en las paredes de todas las casas.

POR Javier Mejía

Alberto Sierra vistiendo la sotana del Seminario Menor de Medellín

 

A Alberto Sierra lo conocí hace unos 25 años, yo era un practicante que quería hacer un fotomontaje con las esculturas monumentales de Fernando Botero en las calles de Medellín. Para reunir el material, caminé mucho junto a Alberto por la ciudad; en cada esquina encontramos una historia, un chiste, una anécdota. Al llegar al Edificio Coltejer, me explicó: “Nuestros Campos Elíseos serían la calle Junín, todo este pasaje hasta llegar a la Catedral Metropolitana”. Cuando hicimos el montaje, Sierra se encargó de que un ejemplar cayera en manos de Botero. Un año después, llegó la noticia de la gran donación de esculturas y pinturas a la ciudad, que terminarían transformando el centro de Medellín y oxigenando incluso lo que es hoy el Museo de Antioquia. Un día le pregunté a Sierra si él alguna vez había pensado que ese fotomontaje podría haber influido en algo a Botero para su donación a la ciudad, y me dijo: “La verdad, yo sí lo he pensado, que le pudo mover el corazón, pero nunca lo vamos a saber y además, ¿quién nos va creer?”. 

Alberto Sierra fue seminarista, arquitecto, artista, profesor, museógrafo, coleccionista de arte, galerista, diseñador gráfico, investigador y curador de arte. Considerado uno de los pilares fundamentales de los últimos cincuenta años del arte en Colombia, fue fundador y director de la Galería de la Oficina durante 45 años, fundador del Museo de Arte Moderno de Medellín (Mamm), coordinador del Primer Coloquio Latinoamericano de Arte No-Objetual y Arte Urbano, fundador de la Re-vista del Arte y la Arquitectura en América Latina, curador del Museo de Antioquia, miembro del Comité Cultural del Banco de la República, y curador de la colección de arte de Suramericana, Argos y el Centro de Artes de la Universidad Eafit, entre otras ocupaciones. Pero Alberto, sobre todo, fue un buen amigo; la Oficina era un templo y Sierra su profeta.

Hace ya casi tres años le propuse hacer un documental sobre su trayectoria, su vida en el seminario, sus míticos almuerzos en la galería, sus alucinantes anécdotas, y los recuerdos de sus grandes amigos y cómplices. Estos son algunos de los extractos de las entrevistas que alcanzamos a grabar para la película, antes de que muriera el pasado 19 de marzo. 

El cura y el curador: Alberto Sierra sénior sosteniendo la foto que le tomaron de adolescente en el Seminario Menor de Medellín (2016).

 

1.Mi casa era muy especial, una familia de catorce hijos y yo era el “chiquitito”. Crecimos en el barrio Cristóbal de Medellín. Mi papá era tendero, un tendero casado con una santa, una santa que quería que todos fuéramos curas. No logró ningún cura, pero sí una monja. Es que mi mamá era una persona increíble, imagínate que cantaba el Pange Lingua haciendo arepas. Yo recuerdo esos años como algo encantador, un montón de gente ayudando, muy bonito. Éramos cinco hombres y nueve mujeres; entonces yo tuve nueve mamás adicionales, todas me criaron desde chiquito porque le ayudaban a mi mamá. A mí eso siempre me pareció fascinante. 

2. Yo crecí en el sector de La América y de allí uno salía a Medellín. No es que fuera al centro como ahora, eran unos pueblos chiquitos, con escuela, cura importante, todo el mundo se conocía. Estudié en la Escuela Cristóbal Colón, que estaba dos cuadras arriba de mi casa, y me contaron que la volvieron de mujeres después de que yo salí [risas]. De ahí me fui a estudiar a lo que llamaban “la Cangreja”, que es el Liceo Salazar y Herrera. Mi mamá no aguantó más y dijo: “Para el seminario”, ¿y uno chiquito qué hace? 

3. Yo ingresé al Seminario Menor de Medellín en quinto de primaria y me acuerdo de la fecha exacta, el 28 de febrero de 1957. Éramos unos muchachitos de doce o trece años que nunca nos quitábamos la sotana ni para jugar fútbol. Hasta quitársela en la cama parecía una renuncia; era un ejercicio muy fuerte, como amarrarlo a uno de por vida. Pero en el fondo era bonito. Siento que era un recurso de pobres, con el que se aseguraba la carrera y, si se era santo, se aseguraba el cielo. Creo que yo me voy para el cielo. 

Sierra a comienzos de los años setenta, época de la fundación de la Galería de la Oficina.

 

4. Uno allí se bañaba por turnos en estricto orden alfabético, porque no había tantas duchas, así que a mí por ser Sierra me tocaba a las 4:45 de la tarde, cuando el agua estaba helada, más fría aún que por la mañana. Luego había una hora de meditación y uno no sabía que era realmente una hora de meditación. 

5. A mí esos curas se me hacían unos santos que eran más santos que perversos, pero eran perversos. Pensaban en la sexualidad de una manera muy distinta y uno empezaba a ver pecado donde no lo había, y eso es muy bravo; cuando uno lo cuenta es muy divertido, pero era una vida de terror, de terror. Yo nunca vi en el seminario cosas obscenas. Todo era muy sugerente, pero nunca vi nada raro. Lo que sí había era una misoginia muy fuerte, nos ponían de ejemplo a san Luis Gonzaga, que no miraba a la mamá porque era mujer, eso es muy enfermo. Era más una moral emprendedora, se buscaban razones para pecar, para que uno se sintiera pecador sin serlo. Vos no te imaginás lo bueno que era yo... ¿Cuándo me dañé? Cuando me salí [risas].

6. Estando en el Seminario Mayor de Manizales, donde estudié tres años, me tocó el terremoto. Eso fue en 1966 y todos salimos corriendo enjabonados y medio empelotos. Nos fuimos todos al centro de Manizales a ver la Catedral que, aunque era muy sólida, se le había caído una de las torres. Era impresionante, era sentir que se nos había caído la casa. Y mirá la ironía de la vida, en ese terremoto solo hubo un muerto, fue el compositor de “Ay Manizales del alma”, le cayó un ladrillo en la avenida Santander.

La absolución del artista plático Juan Camilo Uribe: "Vete y no peques más" (foto de Luz Elena Castro).

En la cocina de la Galería de la Oficina, donde durante décadas se aderezó buena parte del arte en Medellín.

7. Me salí del seminario a los veinte años porque me iban a dar una beca para el Pontificio Colegio Pío Latino Americano en Roma, pero la beca nunca salió y ahí me presenté a estudiar arquitectura en la Universidad Pontificia Bolivariana. Quedé de último entre noventa porque no tenía idea de matemáticas y ahí comenzó en serio mi formación estética. Como arquitecto solo hice dos cosas, una fábrica en Bogotá con Santiago Caicedo y una iglesia en Manizales; la hice muy calladito, es la Iglesia de la Santísima Trinidad, ahí cerca de la avenida Santander. También hice una casa para un hermano mío, y hasta ahí llegó mi trabajo como arquitecto. 

8. Uno se mete al arte como por una afinidad. Eran momentos buenos para ver cosas en la ciudad. Estaban empezando las bienales de arte de Coltejer y yo me entusiasmaba y creaba un mundo alrededor de esos eventos. La arquitectura me ayudó mucho, porque uno cree que sabe de todo y al creer eso se mete al arte. Así comenzó. 

9. Las bienales de Coltejer las viví primero como espectador, no me quería perder nada. Allí aprendí de un mundito maravilloso, de una agresividad deliciosa. Estás en un lugar donde las verdades son a medias porque la belleza es lo más discutible de todo; entonces se nota la severidad de este o lo blando de aquel respecto al arte, si su obra tenía compromiso o no lo tenía, qué era nuevo y qué no. Todo esto era un campo conceptual en el que ninguno contaba con pasaporte ni era necesario el diploma.  

La Monalisa niña de Fernando Botero. Su autor y Alberto Sierra con la sonrisa taimada que acostumbraba exhibir en sus fotos (1961).


10. Yo creo que el mayor evento que a mí me tocó en este campo fueron estas bienales. Eso para Medellín significó un escándalo muy bueno: sacudir un Museo de Antioquia completamente quieto, muerto, donde tenían una colección de fenómenos como un ternero de dos cabezas, un huevo cuadrado y unos cuantos retratos de los abuelos. Ese afán modernizador llevó a hacer las bienales. 

11. Al terminar la universidad tuve una oficina de arquitectos en el Edificio Camacol en Medellín, con Santiago Caicedo y Jorge Mario Gómez, y con ellos fundé una galería de arte en octubre de 1972. La galería nació de unas ganas, de un contacto con gente muy especial, con Eduardo Serrano, por ejemplo. Yo me hice amiguísimo de Eduardo e íbamos a la Bienal de Cali; él tenía una galería y venía a las bienales de acá. Un día que estábamos sin trabajo nos sugirió: “¿Por qué no ponen una galería?”. Y yo dije: “¡Ah, bueno!”. Y eso hicimos en un espacio mínimo que bautizamos Galería de la Oficina. 

12. La primera exposición que hice en la Galería de la Oficina fue de Obregón, una colección que nos prestó Eduardo Serrano, que manejaba la Galería Belarca. Pero la gente en Medellín no nos creyó, ni que hubiese una galería en un piso 13, ni que los Obregones fueran de verdad. 

13. En 1975, cuando la galería estaba en la calle Sucre, se hizo una exposición muy importante que fue el “Autorretrato en Antioquia”. Eran veinte o veinticinco artistas con sus autorretratos, y ahí proponían, en la mayoría de los casos, la manera de ver un solo objeto: mirarse a sí mismo. Y eso define mucho al artista, en qué cree en el arte y cómo lo percibe. Ahí el gran personaje fue Juan Camilo Uribe. Él era un hombre que, además de divertido, hizo de la ociosidad y del buen humor la manera en que se podía actuar en una sociedad donde estaba sacralizado todo, la iglesia tenía mucho poder. Hizo cosas que habían ocurrido muy poco o solo en las bienales, me refiero a las instalaciones. Juan Camilo hizo una instalación completamente escenográfica que tenía que ver con los trucos de la magia, el Autorretrato parlante, una pieza que –creo yo– cada vez se va a volver más importante: una cabeza flota, como cercenada, sobre una bandeja, logrando hacer desaparecer el cuerpo, y esto da la sensación de que está ocurriendo un milagro.

14. La galería es un punto de encuentro que ha permanecido y ha sido testigo de la evolución de muchas cosas. El espacio no es mío, pero yo me he encargado de que la casa no sea tocada; no por tradición, sino porque me parece un bello ejemplo urbano. Para mí es un hito, además les ha servido mucho a los artistas como un lugar de reposo. Entre todos hicimos de ese un espacio delicioso, alrededor de la comida y del arte, con gente muy importante. Ha sido el fogón de mi actividad, y por eso muchos amigos me preguntan: “Sierrita, ¿qué haríamos sin este sitio?”.  

Reunión en la Galería de la Oficina previa a la fundación del Museo de Arte Moderno de Medellín.De izquierda a derecha: Horacio Arango, Marta María Restrepo Molano, Jorge Velásquez, Alberto Sierra, Pilar Aramburo y Tulio Rabinovich (1978)

Débora Arango y el curador en la casa de la artista en Envigado.

 

15. En el momento en que fundamos la Galería de la Oficina me da la impresión de que estaba pasando de todo en Medellín. Había una idea de modernización, la ciudad entraba en una época completamente peligrosa, y con “peligrosa” me refiero a que era un poco revolucionaria. Queríamos pensar en los rascacielos, en las grandes avenidas, como una ciudad que se quitaba un cascarón. El nadaísmo ya había hecho la Gran Misión en la Catedral y todo el mundo estaba en una especie de alerta por eso. Medellín siempre ha tenido un complejo de segunda ciudad y ese complejo nos ha llevado a ser aventureros, siempre hemos tenido un chovinismo que nos lleva a pensar en hacer o tratar de hacer cosas muy grandes. 

16. La fundación del Museo de Arte Moderno de Medellín se dio en el segundo piso de la Oficina. Yo convoqué a mis amigos adorados: Jorge Velásquez, Tulio Rabinovich, Horacio Arango, Marta María Restrepo, Pilar Aramburo... no sé quién me falta. Les dije: “Vamos a fundar un museo de arte moderno”, y nos metimos en esa, ellos estaban más locos que yo. Se metieron y le apostaron a eso y ya se volvió un problema nacional. Ser curador no se usaba en esa época, se puso de moda el Museo de Arte Moderno y la palabra “curador”. Y entonces yo era el curador. 

17. Luego de la fundación del Museo de Arte Moderno, el Museo de Antioquia se volvió secundario. Tenía una Sala Botero mínima, estaba en un espacio viejo; no había ningún interés, no producía nada. Después de mucho tiempo así, aparece Fernando Botero y dice que quiere regalar unas obras. 

Detrás de Sierra hay una obra de Jorge Ortiz, titulada Diafragma abierto. Un nombre sugestivo para una pieza cuyo autor siempre ha sido considerado un gran fotógrafo (2001)

 

18. Si uno piensa en Fernando Botero, es quien cuenta nuestra historia. El Botero de los años sesenta es un hombre emocionado con la sociedad antioqueña; ya se ha ido a estudiar a Italia y allá aprende la técnica. En ese momento su trabajo era una gran lección de pintura y guardaba una tremenda relación con la idiosincrasia. Después comienza a repetirse: se vuelve muy exitoso, pero al mismo tiempo muy alejado de las corrientes. 

19. Cuando joven, a mí me impresionó mucho el Museo del Prado; lo que más sorprendió fue ver que las escaleras estaban gastadas, ahí se da uno cuenta de que han pasado cosas durante muchos años. Y uno llega y ve a Velázquez, a Goya, a Botticelli... recuerdo mucho un cuadro que se llama Cristo visitando el purgatorio, una belleza, estaba al lado de un Fra Angélico. Si voy al Louvre, entro a una salita que me enseñó Beatriz González donde está Johannes Vermeer; en Nueva York me fascina visitar la Frick Collection. Sin embargo, para mí la mejor colección que hay es la del Art Institute en Chicago.

20. No sé si uno ya está muy viejo, pero el arte se ha enloquecido con los espacios. Los arquitectos creen que los lugares de exhibición del arte son de ellos y que se deben hacer notar. Yo creo que ellos deberían ser los más humildes de todos. Pero pasa todo lo contrario: entre mejores son los arquitectos, más pretenciosos se vuelven; se les hace más difícil hacer que las obras de otros se vean, porque el acto de mostrarlas se les vuelve también una obra de arte. 

Sierra sostiene un fragmento desembalado de Mutis por el foro (1973) de Beatriz González. Esta pieza hoy hace parte de la colección del Museo de Bellas Artes de Houston.

 

21. A mí en el arte siempre me han gustado las cosas un poquito desatinadas o “terribles”. Me marcó mucho Piero della Francesca, Velázquez... Es difícil escoger pocos artistas; me gusta mucho la pintura española que tiene asomos de crueldad, pero con mucha vida y al mismo tiempo un especial misticismo. Me gusta el arte en que alguien hace algo que aparentemente no sirve o que contradice. Recuerdo que conocí la obra de Beatriz González a través del coleccionista Mario Arango. Lo suyo era como campesino, pero también burlesco, y me encantó; de pronto ahí se me sale el cura que llevo dentro, que es muy fuerte. 

22. En el arte en Colombia me gustan los artistas inteligentes, que son poquitos. Me parece maravilloso que alguien tenga la capacidad de Bernardo Salcedo, de Beatriz González o de Miguel Ángel Rojas; son artistas capaces de resumir, de hacer evidente, de hacer poesía de la vida cotidiana. A mí siempre me ha gustado la política y a veces soy fatigante con eso, pero me importan las obras que logran representar el dolor de los otros.

23. A los paisas solo les sirve el arte espectáculo, una bienal o que haya un desnudo muy feo o que provoque a los tradicionalistas, eso sí les gusta. Pero eso es un evento y pasa, no se queda en tu casa. Cambiar ese nivel de practicidad es muy complicado... es que un paisa compra un Corazón de Jesús y con eso decora la sala. 

Celebración de los 120 años del Museo de Antioquía.

Uno de los famosos "almuerzos de los jueves" en la Oficina: se alcanzan a distinguir Santiago Caicedo, al fondo; más cerca, Francisco Vélez "Calandro" y Álvaro Marín. De pie, Jairo Upegui y Alberto Sierra.

24. Creo que lo que más perjudicó la relación entre el arte y el coleccionista fue el narcotráfico. Los mafiosos comenzaron a comprar obras a unas cifras enormes y el artista se quedaba con los precios inflados y luego no había quien lo comprara. Con el narcotráfico se perdió esa idea bonita de que en el arte compras lo que te gusta, que es una inversión, que te da prestigio y exclusividad. Eso lo hemos aprendido, eso no existía. Yo no me imagino lo dura que debe haber sido la vida de Pedro Nel Gómez, de Débora Arango, de Rafael Sáenz; seguro les compraban los amigos y los familiares para regalar un cuadro en algún matrimonio y ya, no tenían ninguna demanda. 

25. ¿Para qué sirve el arte? No sé, pero qué terror el no arte, qué terror no tener una esperanza, un arte que no evada la realidad, sino que acerque a la conciencia y a la mente. Es que nos habituamos, nos perdemos, nos empequeñecemos cuando nos alejamos del arte; el arte conmueve y es necesario para la vida.

26. Los Once Antioqueños no éramos un grupo de bohemios, ahí había gente enseñando en la universidad, había artistas que trabajaban en sus talleres y todos se mostraban sus trabajos. Con ese mismo nombre hicimos una exposición que fue muy importante para el arte de la región. Eduardo Serrano la exhibió en el Museo de Arte Moderno de Bogotá y la trajimos a Medellín en 1975. Como mi galería medía tres por cuatro metros, la montamos en el edificio del Banco de la República; todo eso conectaba con una idea de modernidad, con la destrucción del Parque de Berrío, patrocinada por el mismo Banco de la Republica. Éramos todos muy amigos, todos felices con esa “paisada” tan buena, once antioqueños y ya. Ahí estaban Javier Restrepo, Óscar Jaramillo, Marta Elena Vélez, Dora Ramírez, Félix Ángel, Álvaro Marín, John Castles, Rodrigo Callejas, Hugo Zapata, Juan Camilo Uribe y Humberto Pérez. 

27. “Los almuerzos de los jueves” surgieron por Álvaro Marín, que iba donde el psicoanalista y no hablaba de él, sino que venía y nos contaba en la galería de quién había hablado en cada sesión. Empezamos a reunirnos todos los jueves a oír de quién había hablado Marín, qué había dicho, y eso era divertidísimo. Ese grupo de amigos y artistas volvía a quinto de primaria y cada uno contaba su relación con el mundo y obviamente nos emborrachamos mucho. Eso nos unió mínimo unos quince años, todos los jueves sin falta, vos no te imaginás lo que yo gozo con mis amigos los artistas.

28. Mi oficio fue hacer esto y a veces me asusta pensar que al final del tiempo, y sin tener una perspectiva de largo plazo, yo ya cumplí todo mi largo plazo [risas]. Yo ya no tengo a qué renunciar, es como un oficio que me hubiera tocado, de alguna forma mi trabajo soy yo. A veces pienso que hice todo esto como unos votos religiosos, pero con una fe distinta; es como que se tiene una misión, aunque eso suena pretencioso. El arte es un cuento en el que yo me metí, pero no sé cuáles sean mis satisfacciones. Puede que al final sean muchas, pero igual es a veces frustrante y yo sé que hay cierta candidez, cierta huevonada. Pero así es y ya no hay vuelta atrás, ya se pasó la vida. 

ACERCA DEL AUTOR


Javier Mejía

Director y guionista de 'Apocalípsur', la Mejor Película Colombiana en el FICCI de 2007.

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