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El Malpensante

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Supersticiones

Una particular expresión venezolana, que conjuga en cuatro letras la saladera  y el mal gusto, define con precisión muchos de los temores esenciales de Gabo. Según el testimonio de un amigo cercano, el Nobel colombiano contaba con un arsenal  de remilgos y contras para eludir las más diversas formas de caer en desgracia.

Ilustración de Diego  Portilla

 

Conocí a Gabriel García Márquez en París, en 1957, cuando todavía era Gabito, y esa misma noche (durante el día estaba terminando El coronel no tiene quien le escriba) lo invité a un modesto restaurante llamado Au Capoulade, cerca al bulevar Saint-Michel. Como los antioqueños tenemos una bien ganada fama de comer salado, agregué sal a mi carne y Gabito me dijo: “Pásamela”. Cuando le iba a dar el salero en mano, la retiró como si se tratara de un hierro candente y, sin decir nada, me señaló la mesa con el dedo. Yo no sabía nada de supersticiones, pero Gabriel me explicó que todo lo que sale del mar está salado, es decir, trae mala suerte.

Entonces me contó que la primera entrevista que le habían hecho en radio, un par de años atrás en la HJCK, fue acerca de sus supersticiones. El programa se llamaba ¿Cuál es su hobby?, y las preguntas las hacía Arturo Camacho Ramírez, su admirado poeta piedracielista. Cuando Camacho le preguntó cuál era el suyo, Gabito no dudó en contestar: “Mi hobby es la superstición. Y la pesadilla, que es más fiera de como la pintan”.

Escuchar esa entrevista hoy, 62 años después, es una experiencia divertida e irreal, porque se nota que en la conversación no hay nada de casual: todo suena como si ambos, entrevistador y entrevistado, estuvieran leyendo. Las voces tienen esa tiesura y el tono inconfundibles de quien lee, y en el caso de García Márquez, de quien lo hace muerto del susto. Años más tarde, ya en Barranquilla, noté que el pintor Alejandro Obregón coleccionaba las mismas supersticiones.

Cuando vivía en Venezuela, Gabo aprendió un nuevo nombre para esa superstición que ya lo acompañaba: la pava, nombre enriquecido por un nuevo matiz asimilable a nuestra clasista “lobería”, y que traté de explicar así a Silvana Paternostro, en una entrevista colectiva que nos hizo a los amigos de Gabo:

 

La pava es muy complicada... Cuando los venezolanos ejercían como nuevos ricos, esa bonanza los llevó a llenarse de cosas kitsch, de muy mal gusto. Entonces los intelectuales inventaron que mala suerte y mal gusto iban unidos y así “pavoso” llegó a tener la doble connotación del mal gusto que atrae la mala suerte. Para entender bien la pava hay que señalar, con un ejemplo, cuál podría ser su punto más alto: servir mondongo en copa.

 

Pero la pava acecha por todas partes, ya que para Gabo también eran pavosos los pavos reales, las peceras (en interiores), los mantones de Manila (sobre todo si están encima de un piano), las conchas marinas, en particular los caracoles grandes cuando se usan para trancar puertas, las flores de plástico, las estudiantinas (de alta pavosidad). Ciertas canciones también pueden ser pavosísimas, como una que estaba de moda cuando estudiábamos cine en el Centro Sperimentale: “Arrivederci Roma”.

“¿Sabes por qué se hundió el Titanic?”, me preguntó de sopetón una vez, por aquella época. Alcancé a balbucear la palabra “iceberg”, y me dijo: “No. No fue el iceberg. Se hundió porque la orquesta empezó a tocar ‘Arrivederci Roma’. Y los músicos sintieron la compulsión, por la pava, de seguirla tocando hasta que el agua ahogó sus instrumentos”.

 “Otras cosas pavosas son”, agregó, “hacer el amor con medias, fumar desnudo (a menos que se camine mientras se fuma) y, ¡ojo!, los trajes de etiqueta, que con su color oscuro traen reminiscencias de gerente de pompas fúnebres, de entierros, de muerte”.

En aquella época feliz e indocumentada de Caracas, Gabo vivía con uno de sus mejores amigos, Plinio Apuleyo Mendoza, y alguna vez estuvieron hablando de la pava de los trajes de ceremonia: jaquet, esmoquin, frac. Entonces Plinio le preguntó a Gabo: “Y si te llegaras a ganar el Premio Nobel de Literatura, ¿qué harías?”. Y la respuesta fue: “Ya pensaría en una solución”.

Cuando de verdad se lo concedieron, Gabo tuvo que enfrentarse a la pregunta sobre cómo iba a vestirse a la hora de recibir el premio y empezar a pensar en una solución. Discretamente, llamó a Estocolmo y preguntó si, en lugar de frac, podía ir vestido de otra manera. Los organizadores de la ceremonia del premio le contestaron que, en principio, el frac era obligatorio, pero que había otra opción: el traje típico de su región. Gabo pensó en el vestido de los arrieros antioqueños, con una mulera terciada y un zurriago de palo de café; una manga del pantalón arremangada y un carriel de piel de nutria terciado, con toda la parafernalia en su interior: barbera, dados, escapulario y bolsillo secreto. Y se echó a reír solo por lo pavoso de la mera imagen. Por sus antecedentes venezolanos, recordó un elegante traje de ese país, una especie de guayabera, pero más sobria, completamente blanca, por lo general de lino y que suele llevar abotonaduras de plata: el liquiliqui, usado principalmente en los Llanos Occidentales limítrofes con Colombia. Y Gabo acabaría averiguando (o inventando) que antaño en la Costa Caribe colombiana se usaba un traje similar (no conozco a nadie que lo haya visto) llamado “cotoneta”. Lo propuso a los encargados de protocolo en Suecia y se lo aceptaron. Cumplía las condiciones de “traje típico”.

Así vestido llegó Gabo a la azul Sala de Conciertos de Estocolmo, donde se iba a desarrollar la ceremonia de entrega del Premio Nobel. Plinio recuerda que:

               

Cuando él vio eso cubierto de flores por todos lados, lleno de gente vestida de frac negro, cámaras de televisión y flashes, me acuerdo que le escuche su reflexión. No me lo dijo a mí, se lo dijo a él mismo: “¡Mierda, esto es como asistir uno a su propio entierro!”.

 

 

Naturalmente, contra la pava hay muchos remedios y se venden (aunque sin mucha eficacia) en las calles de Caracas –al lado de imágenes del doctor José Gregorio Hernández–, oraciones, jabones, perfumes y lociones de cariaquito morado. Todo esto también se encuentra en Bogotá, en los almacenes de El Indio Amazónico (esta cuña es gratuita). Pero la efectividad de estos antídotos se disminuía hasta el ridículo ante la inmensa pavosidad de ciertos ambientes. “La gran prueba de enfrentarme con la pava fue ir a la casa de Pablo Neruda en Isla Negra: era el reino de la pava, de la ‘pava macha’ ”. Continúo citando a Gabo:

 

Estaba llena de conchas: en mesas, en las paredes, en muebles especiales (y es sabido que las conchas vienen del mar y, por lo tanto, son saladas, o sea, pavosas). Pero no había caracoles cuñando las puertas, porque ahí sí, no                 hubiera entrado. Era la superpava. Pero, después de ver toda la casa llena de cosas pavosas (hasta tenía un caballo completo disecado) me di cuenta de que el exceso de pava creaba una especie de antipava. Tanto que, después de muerto Neruda, regresé a su casa (volví porque él no murió en Isla Negra, sino en un hospital) y escribí en la pared: “Confieso que he venido”.

 

Lo que dejaban atrás los muertos era otro de sus miedos supersticiosos. En una ocasión yo lo invité a una casa de campo que tengo en Choachí, y que en otro tiempo fue la residencia campestre del presidente Miguel Abadía Méndez (de bananeras recordación y bajo cuyo gobierno nacimos tanto Gabo como yo). El presidente, ya retirado, vivió sus últimos años en esa casa de estilo inglés, construida en ladrillo y rodeada por una selva tropical. Allí murió en 1947, en medio de la indiferencia de sus copartidarios, que consideraron una traición el que, en 1930, le hubiera entregado el poder al liberal Enrique Olaya Herrera.

Cuando Gabriel supo que el último presidente de la Hegemonía Conservadora había muerto allí, nunca más quiso volver a mi casa de campo. Pero siempre que se encontraba conmigo me preguntaba: “¿Y la Casa del Muerto?”. Con ese nombre se quedó.

Veamos otro caso: Margot Benacerraf, una talentosa directora de cine venezolana (que también cree en la pava) quería filmar una historia de Gabo y este le dijo: “En Cien años hay un parrafito con una historia interesante, la de la cándida Eréndira. Eso lo podemos alargar y volverlo una película”.

Entonces, ya con la preproducción de Eréndira en marcha (que nunca filmó Margot sino Ruy Guerra), Gabriel y yo tuvimos que viajar a Roma, a hablar con uno de los productores de Fellini. Nuestro destino fue el elegantísimo Grand Hotel. Al llegar, el recepcionista del hotel le dijo: “Señor García Márquez, lo siento, su reservación no aparece en nuestros registros. Pero, a cambio, le vamos a dar por esta noche la Suite Real”. Gabo encantado de quedarse en la Suite Real. Bajamos al bar a tomarnos algo y, ¡qué casualidad!, pasó precisamente Fellini, con sombrero vaquero y generosa bufanda, buscando locaciones para el hotel de Amarcord, que finalmente construyó en estudios. En el bar había un folleto sobre el hotel, donde decía que “en su Suite Real murió nadie menos que el rey Alfonso XIII”. Y Gabo, que al principio estaba encantado de quedarse en la Suite Real, sentenció: “Yo no puedo dormir en la misma cama y en el mismo cuarto donde murió alguien, aunque sea rey”. Tuvimos que pasar la noche en vela, recorriendo Roma, sus fuentes, las calles vacías, el desgastado Coliseo, los parques helados, solitarios, sin siquiera un turista. Pasear por toda la ciudad, recordando nuestra época de estudiantes de cine en Cinecittà, pero sin dormir. A la mañana siguiente, cambiaron a Gabriel a una habitación sencilla donde, finalmente, se desquitó de la noche insomne.

Desde luego, Gabo usaba un conocidísimo remedio para la mala suerte (distinto del cariaquito morado): el color amarillo. Como decía el poeta Ciro Mendía, “el color amarillo, que es el color del canto del grillo”, y Gabriel lo usaba generosamente, ya fuera en mariposas, rosas o en literatura. Al lado de su computadora Apple –tenía una en cada casa–, siempre había un florero con una solitaria rosa amarilla.

Mencionar la rosa me lleva al otro lado del océano, a recordar a Rainer Maria von Rilke, quien amaba poéticamente las rosas pero, al contrario de Gabo, terminó pensando que traían mala suerte y que moría picado por el aguijón de una rosa, que cortó para regalársela a una hermosísima egipcia, Nimet Eloui Bey. La historia es tan bella que debe de ser apócrifa. Pero en realidad solo después de su muerte se vino a saber que Rilke había muerto de leucemia. No obstante, siempre he pensado que este hecho conocido (falso y supersticioso) le pudo haber servido a García Márquez de inspiración para escribir ese bello relato en el que una gota de sangre, originada por el pinchazo de una rosa, lleva a Nena Daconte a la muerte en El rastro de tu sangre en la nieve.

También el color amarillo a veces podía llegar a ser pavoso: el oro –aseguraba Gabo– trae mala suerte. Yo tengo una máquina de escribir eléctrica, que le regaló la Olivetti en España y que llevaba una placa de oro con su nombre. Gabo arrancó la placa y me la regaló, sin siquiera escribir una frase con ella. También tengo en mi poder un bellísimo libro con las fotos originales que Hernán Díaz hizo de los ángeles de Sopó. La cubierta en cuero lleva una placa de oro grabada con su nombre.

Pero, irónicamente, a Gabo –que no despreciaba los billetes respaldados por el oro– le cambió la suerte, y toda su vida, una medalla acuñada usando oro puro, con la efigie de Alfred Nobel, inventor de la dinamita y creador de los premios que llevan su nombre.

Volvamos a la entrevista radial en la que Gabo dijo que, además de la superstición, su otro hobby era “la pesadilla, que es más fiera de como la pintan”. Alguna vez me confesó que tenía una terrible y recurrente:

 

A eso de las tres de la mañana golpeaban la puerta, de manera cada vez más fuerte e insistente. Llamé a Mercedes, pero no estaba a mi lado. Tampoco contestaban las muchachas del servicio. Sentí que estaba bañado en sudor, con la piyama completamente empapada a pesar de ser invierno. Corrí molesto a abrir la puerta mientras gritaba: “¡Ya voy, ya voy!”. Al abrirla, vi a una persona que no conocía, de aspecto fosco, como salida de Pedro Páramo, y le dije secamente: “¿Qué quiere?”. “Vengo por mis originales”, me contestó el que parecía de Comala. “¿Cuáles originales?”, pregunté. “Yo soy el autor de Cien años de soledad”.

Afortunadamente en ese momento me desperté, cuando Mercedes me gritó: “Gabito, ¿qué andas haciendo ahí, con la puerta abierta? ¿Te estás volviendo sonámbulo?”

 

Este parece ser un temor común entre los escritores: Stephen King escribió un relato, “Secret Window, Secret Garden”, que fue llevado al cine por el director David Koepp en la película La ventana secreta. En él, un personaje fantasmal, prácticamente inexistente (John Turturro), viene a reclamarle a un escritor conocido (Johnny Depp) la autoría de un cuento.

Este miedo, aunque contado de otra manera, es en el fondo igual a la recurrente y pavorosa (y pavosísima) pesadilla que a menudo atormentaba a Gabo.

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Guillermo Angulo

Fue director del periódico 'Ciudad Viva' y actualmente regenta la Orquidiócesis de Tegualda.

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