Atrapar una novela por su nombre

Una entrevista a Melba Escobar por Rocio Arias Hoffman.

POR Rocio Arias Hofman

© Fotografía de Nicolás Rocha Cortés

Melba Escobar recela que va a quedar asociada por largo tiempo a La Casa de la Belleza, su tercer libro. Hay evidencias que lo subrayan: Pontas, agencia española que la representa, ha gestionado acuerdos de traducción en quince idiomas para una veintena de países. Berlín y Singapur esperan a la autora este año. La edición en inglés ya tiene portada. Antes de que comience la gira inevitable, esta entrevista sitúa a Melba Escobar frente al espejo.

Los encuentros que propiciamos con Melba para ahondar en todo lo que rodea La Casa de la Belleza ocurren a lo largo de dos meses. Nos sirven para despejar lineal y cronológicamente su existencia; son fundamentales para que Melba hable sin pausa y con una voz transparente.

En su hogar, donde vive con el periodista Ricardo Ávila –padre de sus dos pequeños hijos–, Melba consiente en desgranar una adolescencia solitaria. Estira de vez en cuando sus piernas delgadas y los jeans rasgados apenas se arrugan. Un mechón de pelo negro lacio cae más largo sobre el lado derecho de su rostro. El izquierdo revela un gesto muy parecido al de su carismático padre, Rodrigo Escobar Navia. “Mi mamá, Myriam de Nogales Pérez, es madrileña, un ícono de elegancia y guapura. La belleza era algo que habitaba en mi casa, pero no me pertenecía”, dice Melba.

En su estudio, “Mel” –como la llaman sus amigas– demuestra ser una mujer meticulosa. “No consigo cumplir los plazos que me pongo a mí misma con mis trabajos. Estuve tres años escribiendo La Casa de la Belleza. Ahora tengo apenas doce meses para entregar mi siguiente libro”, y suspira. Alquila o pide prestados pequeños apartamentos en lugares cálidos de Colombia para encerrarse a escribir cuando el tiempo apremia. “Con una beca, pude trabajar concentrada solo en la novela. Fue en Nuevo México, estaba embarazada de mi primera hija y nevaba terrible. Perfecto”.

Sobre una mesa baja, le espera Catherine Millet. Melba tiene pendiente entrevistar a la autora francesa en la Feria del Libro de Bogotá, así que su obra la vigila desde la sala. “Me gusta la idea de que existan cada vez más tipos de feminismos”, desliza sonriendo.

Ante auditorios nutridos, Melba se mueve a gusto en la piel de una mujer de 41 años. “Es abierta, flexible, acogedora y amorosa”, dice María José Montoya, amiga de la época universitaria de Melba a quien acogió en su apartamento y con quien compartió la osadía de publicar un solo número de una revista delgadita bautizada como Raya, en 1998.

A diferencia de sus personajes, desde Claire Dalvard hasta Eduardo Ramelli, la escritora evita los aires de dignidad. Lo que haya vivido Melba, incluida la muerte de su primer marido a causa de una despiadada enfermedad, pesa livianamente. Quizá por eso puede reírse de verdad y adentrarse en terrenos peligrosos con el título de su próxima novela: Todo vuelve.

 

¿Qué te impulsa a escribir?

Es una forma de estar en el mundo, una vocación para la soledad. Eso fue muy claro desde muy temprano en mi vida, desde muy niña. Una preferencia por todo lo que implicaba estar solo. Que es maravilloso, pero en la edad de crecimiento es complicado. Yo no practico ningún deporte, no me gustan los juegos de mesa, ningún grupo. Prefería estar a un lado. Soy la menor de cuatro hermanas que me llevan bastante. Tengo sobrinos y quedé como en una especie de lugar perdido entre unas y otros. Siempre estuve sin pares a mi alrededor, no había primos o niños de mi edad. Todo eso contribuía a que me sintiera en un no lugar que se llenaba de libros. Creo que eso me llevó a sentir que lo que quería era leer; escribir se tardó un poco más.

es maravilloso, pero en la edad de crecimiento es complicado. Yo no practico ningún deporte, no me gustan los juegos de mesa, ningún grupo. Prefería estar a un lado. Soy la menor de cuatro hermanas que me llevan bastante. Tengo sobrinos y quedé como en una especie de lugar perdido entre unas y otros. Siempre estuve sin pares a mi alrededor, no había primos o niños de mi edad. Todo eso contribuía a que me sintiera en un no lugar que se llenaba de libros. Creo que eso me llevó a sentir que lo que quería era leer; escribir se tardó un poco más.

 

¿Qué lecturas acompañan esa infancia y esos espacios de soledad?

Recuerdo que mis hermanas me leían cualquier cosa: más para ellas mismas o porque estaban haciendo tareas. Pero una vez me leyeron Oliver Twist, también Mujercitas y, más pequeña, los cuentos de los hermanos Grimm. Eso fue la infancia. Creo que todavía no he llegado al punto de saber qué me gusta leer. Me impresiona que hay autores que tienen todo clarísimo. Yo no, para nada. He sido una lectora muy dispersa y sigo siéndolo. He probado de todo y lo que más claro tengo ahora es lo que no me gusta, pero sigo siendo muy amplia en lo que me gusta. Eso no es necesariamente una desventaja, pero creo que los tres libros que llevo publicados son diferentes uno de otro, no tienen nada en común; me suelen decir que parecen escritos por tres personas distintas. Sé que eso en términos comerciales plantea un problema porque no sabemos decir qué identidad hay aquí. Quizá porque yo misma estoy aún en esa búsqueda.

 

¿Y en el colegio?

Fui muy mala estudiante. Tengo dificultades con lo racional, lo matemático, lo científico. Eso hizo que me echaran de varios colegios, perdí muchos años, repetí kínder, décimo. Salí de veinte años del colegio, era muy indisciplinada, muy rebelde. La dificultad de “no logro hacer lo que todo el mundo puede hacer” me generó bastante ansiedad y una sensación de no pertenencia. Un examen de cálculo era terrible: seno, coseno. Yo nunca logré ir más allá de las fracciones. La literatura se fue volviendo cada vez más un refugio. Leí bastante a Dostoievski durante el bachillerato, por ejemplo. Entonces en matemáticas estaba con Crimen y castigo y sabía que me iban a poner 0 en el examen y me daba igual. Terminé validando, leí muchos clásicos del siglo xix porque quería; no tenía intención de impresionar a nadie, ni tenía compañeros con quienes hablar de esto. No tenía una pandilla de lectores de mi edad, tampoco me he movido nunca entre escritores. Recuerdo especialmente Ana Karenina y Crimen y Castigo. Después también leí a Madame Bovary en el colegio. Y desde entonces, aunque leo de todo, me gusta mucho el realismo. Lo digo sin pena, aunque ahora no esté muy de moda, sobre todo en la literatura latinoamericana.

He leído mucho a Vargas Llosa, lo hice ya en la universidad con más rigor. Para mí es muy importante que la lectura sea un goce. Me parece muy difícil que la gente lea libros sin disfrutarlos.

 

 

En esa etapa escolar, ¿había algún profesor que alimentara ese gusto?

No tuve muchos polos a tierra durante mis etapas de crecimiento. Tampoco sentía arraigo. Cambié cinco veces de colegio. De mis tres hermanas, Laura, la mayor, se fue de la casa cuando yo tenía seis años, Ximena cuando tenía nueve, Constanza cuando tenía trece. Todo me parecía transitorio. Con mis papás tuve sin duda una relación muy fuerte, pero no era como estar con un contemporáneo. Recuerdo a una profesora que no duró mucho y que nos leyó cuentos de Cortázar. Estaba en octavo y fue todo un descubrimiento. Pero no hubo un mentor. Lo curioso es que creo que sigo buscándolo hasta hoy. Quizá a fuerza de buscarlo me acabe convirtiendo yo misma en uno.

 

¿Qué esperarías de esa persona?

Cada vez más esas personas son los colegas. Uno espera un colegaje con el que puedas tener un intercambio que te enriquezca y te permita hacer descubrimientos constantemente: un autor que no conocías, un libro que te sorprenda.

 

¿En el hogar tu interés por la lectura causaba curiosidad?

Mi papá era un personaje público. Fue varias veces ministro: de Educación, de Gobierno, de Justicia. Pero más allá de que fuera una persona pública, él sí era un intelectual en todo el sentido de la palabra, como yo nunca aspiraré a serlo ni lo seré: una persona que conoce muchísimo de historia, de filosofía, que sabe de poesía, que habla varios idiomas... Él era un culto de los de antes, auténtico, genuino y curioso, que no buscaba impresionar a nadie ni escalar ninguna posición más allá del impulso de aprender permanentemente. Poco antes de morir estaba aprendiendo italiano. Tenía casi 70 años, se compró un montón de libros y contrató un profesor. Murió a los 67. Probablemente si hubiera llegado a los 90 hubiese aprendido árabe. No se iba a cansar de escudriñar el mundo en términos humanistas. Era un lector muy ecléctico. En esa biblioteca había de todo: historia, política, economía –él era economista y abogado–, bastante poesía. De hecho, recitaba de memoria en varios idiomas. Era un apasionado de la poesía. Le gustaba pararse a declamar El sueño de las escalinatas de Jorge Zalamea, o a León de Greiff. Nosotros hicimos una donación a la Biblioteca Virgilio Barco y hay una sala con el nombre de mi padre. Se presentó una dificultad y es que, como lector voraz que era, había dejado la mayoría de sus libros subrayados. Fue difícil que los recibieran por eso. Podía haber autoayuda también, autores como Anthony de Mello. No tenía una política del pensamiento crítico que implique que esto es lo bueno y esto no.

¿Era un personaje con el que te podías comunicar?

Nosotros tuvimos siempre una relación interesante y complicada. Yo nací cuando él era alcalde de Cali. Aún hoy es conocido como uno de los mejores alcaldes que tuvo la ciudad. Se dice que es el padre de la idea del civismo en Colombia, que tendría continuidad con los cambios que Mockus implantó en Bogotá. Era una figura muy grande, en todos los sentidos.

 

Esto fue en los setenta...

Yo nací en el 76 y llegamos a Bogotá como en el 82. No había mucho tiempo con él. Lo que eso generó en mí fue la necesidad de contradecirlo sistemáticamente y de tener unas discusiones eternas con él. Era un reto intelectual tratar de argumentarle cualquier cosa, de llevarle la contraria. Es algo que nos pasa a los hijos con los padres, una forma de armar nuestra identidad independiente de la de ellos. Fue muy enriquecedor y probablemente ahí encontré una semilla de lo que iba a hacer más tarde.

 

Soledad, libros... ¿Cómo te comunicabas?

No hablaba mucho, no participaba en clase. En la casa era distinto porque estaba el afecto y había un interés en demostrarle a mi papá que yo podía tener razón. Era más mediado desde el afecto. En la universidad no fui sobresaliente, pero muy pronto tuve claro que lo que quería hacer era escribir, no dedicarme a la academia.

 

Estudiaste en los Andes, en Bogotá...

Sí, literatura, un tema muy académico. Cuando uno quiere escribir y estudia eso en una universidad rigurosa, quizá la dificultad más grande esté en salir del clóset como escritor. Uno piensa: yo quién soy para creer que puedo escribir. Escritor Flaubert, escritor Stendhal, pero yo qué voy a ser escritora. Es un golpe de humildad que supongo necesario, pero que a la vez es muy difícil de superar. Escribía desde la adolescencia, pero en la universidad no fui capaz de compartir nada. Creo que las escuelas de escritura creativa han abierto un nicho.

 

La salida del clóset casi que fue obligatoria.

También me faltaba confianza. El hecho de haber sido toda la vida una mala estudiante hacía que desconfiara de mis capacidades en general. Terminé en un validadero de “haga su bachillerato en tres meses”.

 

Sin embargo, pasaste en una universidad exigente.

Porque en una carrera como literatura el puntaje del Icfes que se exige no es muy alto y a mí no me fue nada mal en ese examen. A la carrera en los Andes entramos doce estudiantes; de esos, seis venían becados. Había gente del Andino, del Anglo, del Liceo Francés. Me sentía muy acomplejada porque ellos tenían unos conocimientos que yo no. Y una confianza que estaba lejos de sentir. Entonces, si había un taller de escritura, por ejemplo, todos leían y sabían hacer el gesto de “estoy leyendo un texto que escribí”. Si me tocaba leer, me moría de miedo, me temblaba la voz. El periodismo me permitió salir del clóset, pasar al exhibicionismo que implica publicar. Terminé la carrera con una tesis sobre periodismo literario: estudié a Capote, a Tom Wolfe y a Michael Herr, todo el Nuevo Periodismo, y luego pude hacer un artículo para Cambio y empecé a colaborar con Arcadia. Era profesora en un colegio, lo que me hacía profundamente infeliz porque no tengo vocación para eso. Me decían: “Vas a estudiar literatura y a qué te vas a dedicar, ¿a ser profesora de colegio?”. Y yo decía: “No, no quiero, pero fue lo único que encontré”. Me dio una gran depresión. Lo hice por un par de años. Después me fui a Barcelona y fui lectora de una editorial que se llama Roca, muy comercial. Leí sobre todo mala literatura durante dos años. Mi oficio era evaluar hasta qué punto el autor de un determinado libro merecía publicar una segunda obra. Empecé a fijarme más en las mecánicas de los libros y del trabajo editorial. El volumen de lo que llega es monumental y ellos son muy rigurosos en leer todo lo que reciben, pero tras leer 200 libros, recomendé dos.

También hice una maestría en escritura de guion para televisión en la Universidad Autónoma de Barcelona. Fue muy importante porque hay un halo mágico en torno a los escritores, y uno piensa: ¿esto cómo ocurre? Ahí de alguna manera uno empieza a entender la trampa. Al final la literatura es artificio y con algo como la escritura de guiones te das cuenta. En la narrativa, pensar en esas cosas todavía se considera mundano o tecnocrático. En cambio, con el guion no: está hecho de manera industrial para producir en masa y tiene unas reglas de juego bastante claras. Es muy interesante aprenderlas, así sea para desaprenderlas después. Para saber cómo funciona lo que a uno le gusta y no lo que le gusta.

¿Estos dos años de lecturas, más la maestría, te dejaban tiempo para escribir?

Yo estaba casada. Tuve un primer matrimonio con un colombiano con el que me fui a Europa. Vivíamos juntos, muy vaciados, en un piso de veinte metros, una vida bohemia. Se llamaba Muyi Neira. La pasamos bien, pero era una vida muy distinta a la que llevo ahora. En esa fase escribí Duermevela. Muyi murió de cáncer hace cinco años, cuando ya nos habíamos separado. Era un animador gráfico muy bueno. Tenía una productora a la que empezó a irle de maravilla después de que nos separamos.

 

Dos años en Barcelona, y luego volviste.

Sí, porque laboralmente nunca encontré mucho que hacer allá. Volví a Colombia y entré a trabajar al Ministerio de Cultura. Empecé muy abajo y llegué a dirigir la Gerencia de Literatura del Ministerio. Tal vez elegí ese camino porque se me da ser burócrata. Era interesante y había muchas cosas que sí se lograban. Por ejemplo, que la escritura creativa se democratice y sea viable en cualquier lugar de Colombia. Conocí el país, viajé mucho. Eso fue lo más positivo. Estuve cuatro años, en la era de Uribe, cuando Paula Moreno estaba de ministra. Hicimos una gran amistad.

 

¿Ya la escritura se va convirtiendo en tu actividad diaria?

Escribí mi primera novela, Duermevela, en Barcelona. Antes, publiqué otro libro con el que gané una Beca de Creación del Ministerio de Cultura. Se llama Bogotá sueña. La ciudad por los niños. Fue más un trabajo de reportería por Bogotá recogiendo testimonios infantiles. Ver la ciudad a través de sus ojos fue interesante. Después, ya en el Ministerio, empecé a buscar cómo publicar Duermevela. En 2010 salió en Planeta, de manera muy tímida. Es una novela intimista que no tendría por qué haber producido más impacto. Curiosamente, a muchos escritores y críticos les parece lo mejor que he hecho. Supongo que eso pasa. Pero es como si la hubiese escrito alguien que ya no existe. Esa escritora desapareció. Hay una sensibilidad que ya no reconozco en mí. Es una novela de iniciación, de entrada en la vida adulta. Fue por la época de su publicación que empecé a pensar que el trabajo del Ministerio era muy exigente. No tenía ninguna autonomía. Me decían: “Esta noche te vas a no sé dónde”. No podía tener una rutina, ni control de mi vida o de mi tiempo. Entonces renuncié cuando salió la novela y empecé a ser freelance, que es lo que hago ahora. He hecho podcasts para Radio Ambulante, artículos para Etiqueta Negra; también he colaborado con El Tiempo y tenía una columna en El Espectador, que ya dejé. Ahora solo trabajo con El País de Cali.

 

Leerte me devuelve a esa manera descarnada de abordar lo literario que tiene Natalia Ginzburg. En La Casa de la Belleza logras hilar muchas miradas que no son las de un mero espectador, sino que provienen del que está adentro. El escenario es un salón de belleza donde coinciden Claire Dalvard, una psicoanalista burguesa; Lucía Estrada, autora de libros de autoayuda que su marido, Eduardo Ramelli, se atribuye abusivamente; unos padres desesperados que buscan justicia por la muerte de su hija Sabrina Guzmán (asesinato que es el motor de la trama y que involucra familias políticas corruptas). Las mujeres de la historia hablan de su vida íntima con la cartagenera Karen Valdés, una esteticista negra involucrada en el mundo de las prepagos, a través de quien se entretejen una serie de circunstancias que le permiten a un detective privado desentrañar el crimen de Sabrina. ¿Qué tipo de labor has tenido que hacer para lograr ese tejido?, ¿fue producto de tu oficio de reportera?

Lo primero que me pasó en relación con La Casa de la Belleza fue que, justamente después de regresar de Barcelona, Bogotá sí me pareció muy violenta. Me empezó a costar mucho trabajo convivir con la agresividad cotidiana. Creo que la forma de canalizar esa violencia consistió en tener una mirada crítica, en tomar distancia de ella. Porque, además, puedo ser una persona furiosa. Por ejemplo, si voy en el carro y alguien detrás de mí se pega del pito, me bajo y le grito “¡qué le pasa!”. Una perfecta loca desquiciada de la jungla bogotana. Puedo ser un ejemplar de esa demencia. Quizá por lo mismo, y porque la agresividad se transmite, es casi inevitable sentirse contagiado en mayor o menor medida. La novela nació más de una emoción que de la observación. Salió de una rabia, de una angustia y quizá de un odio muy fuerte. Una mezcla de cómo quiero esto pero cómo lo detesto. Saber que volví por voluntad propia, pero que de repente me parecía insoportable estar aquí. Entonces vino una catarsis. Llegué un día a un salón de belleza que me había recomendado una amiga y en la sala de espera empecé a sentir que en las conversaciones había un microcosmos literario inesperado. Ese mundo tiene unos códigos específicos. Lo primero que se me ocurrió hacer fue una crónica sobre los salones de belleza. Se la ofrecí a Daniel Samper Ospina, en ese momento director de SoHo. Me dijo que sí y me puse a recorrer salones por todo Bogotá, muy diferentes entre sí y de estratos muy distintos. Mi ejercicio consistía en encontrar el común denominador entre ellos. El orden de prioridades, sobre todo en Cartagena, es muy peculiar: las mujeres se pueden morir de hambre, pero se cepillan el pelo y se hacen las uñas. Y en el caso de las mujeres negras de escasos recursos, se alisan el pelo así les toque pasar tres días sin comer. Eso va muy arraigado en los estratos más bajos, va asociado al tema del racismo y demás: una mujer negra que no tiene el pelo alisado no sale de la casa, más o menos. Luego surgieron muchas preguntas que todavía me hago, porque no creo que La Casa de la Belleza responda ninguna, pero las plantea. ¿De dónde viene esa idea de verse bien o de validarse a través del aspecto físico? O la pregunta sobre la identidad y la valoración social que vienen de ahí. Creo que eso fue lo que terminé retratando, pero desde la idea muy agresiva de un territorio, una plataforma violenta donde la belleza se vuelve un tributo indispensable para acceder a alguien o a algo, o para ascender socialmente.

 

Belleza adquirida también a través de prácticas que infligen daño, ¿no? A fuerza de costumbre, obviamos su agresividad.

¿Por qué asumimos con tanta naturalidad que hay que sufrir y hacerlo de esa manera? No lo sé aún y quizás nunca lo sabré. Me parece simbólicamente muy interesante, porque es casi un sufrimiento católico, y uno se pregunta: ¿la idea de la mujer como sufridora se perpetúa aún hoy a través de la búsqueda de la belleza? Una liposucción, usar unos tacones de diez centímetros, una mujer que se somete a un alisado y procesos químicos que le pueden quemar el cuero cabelludo... ¿por qué hacemos todo eso?

 

¿Te cuesta separarte de La Casa de la Belleza? ¿Puedes hablar de las mujeres que se exhiben como objetos, por ejemplo?

La novela se ha vuelto ya lejana. En marzo se cumplieron tres años de su publicación y ahora en abril salen las traducciones. Me siento muy volcada en la nueva novela que estoy escribiendo y me cuesta volver a sintonizarme. El problema es que no tengo ninguna respuesta sobre lo que tú preguntas. Supongo que tendemos a privilegiar mucho lo artificial. Vivimos en un mundo traqueto, que ya ni siquiera se limita a Colombia. Las Kardashian son aterradoras y no son producto del narcotráfico colombiano. Es la idea del nuevo rico que se impone sobre cualquier cosa. Creo que esa lógica prima ahí. También la mujer como una especie de producto de cambio, como si fuese un bien mercantil. Y el machismo también se perpetúa en esto de “yo engallo a la mujer, la tengo superbién”. Esa presión para que la mujer asuma unas condiciones determinadas que la valorizan en un mercado.

 

¿A ti cómo te criaron?

Con mucho espacio para la libertad, sin la necesidad de sentir un deber ser femenino. A mi alrededor había unas señoras caleñas poderosas y muy pícaras en su forma de ver la realidad. Hay mujeres cuyas virtudes van más allá de ver las cosas de forma racional. Ese era el ambiente, y bien, los primeros años son definitivos en el desarrollo de un ser humano. Uno lo nota en gestos y actitudes, como cuando las niñas crecen y les dicen: “Si no tienes nada bueno que decir mejor cállate”. Es una especie de doctrina que cala: se puede tener fuerza y ser un zombi. El techo es muy bajo y a veces nosotras mismas nos ponemos taras.

¿Qué sentimientos te ligan con los personajes de La Casa de la Belleza?

Karen, la esteticista negra involucrada en el mundo de las escorts, es la que más me gusta y me parece el personaje más libre. Ella ha hecho su proceso, un tipo le ha podido pasar por encima y ella siente pena por él. A uno no le da pesar de Lucía, sino del pobre mamarracho con el que ha tenido que estar tantos años. Que le hace escenas, que le mancha la casa. También hay un poco esa idea de la infantilización de lo masculino, con la que juego ahí con Eduardo Ramelli, su esposo. Vuelve a ser un niñito desprotegido que necesita que Lucía lo consuele porque hace toda clase de estupideces. Más que ser un hombre malo, su incapacidad está en representar al macho que socialmente se espera que sea. Creo que la novela pretende ir en contra de esa idea de los sexos como una especie de mundo en blanco y negro donde los hombres son los victimarios y las mujeres somos las víctimas. Creo, además, que ese camino no nos está llevando a ninguna parte. Ese pensamiento nefasto nos deshumaniza, nos desindividualiza, porque nos volvemos una masa amorfa de ejércitos luchando en equipos contrarios, sin pensar en las particularidades de cada quién. En el caso de la novela, Ramelli es un tipo que está devastado por no poder representar al macho alfa que él siente que fue educado para ser. En esa medida, uno también lo puede ver como una víctima, una víctima de los prejuicios, de las taras con las que fue criado.

 

También están Claire Dalvard, Sabrina Guzmán, doña Josefina de Brigard, dueña del salón La Casa de la Belleza, y Susana, compañera de trabajo de Karen ¿Cómo fue el ejercicio de entender la psiquis de mujeres de generaciones tan distintas?

Ahora que lo dices, aunque no lo había pensado, de pronto la relación que buscas que sea explícita es entre el mundo material y el interior. Todo se está narrando en ese lugar intermedio, para mostrar cómo ese mundo material siempre está actuando sobre el mundo interior de una forma más incisiva de lo que uno cree. Finalmente, a estas chicas les pasa lo que les pasa porque tienen la edad que tienen.

 

Por la puerta que tú abres en La Casa de la Belleza entran mujeres muy dispares.

Pensaba más en el significado de hacer una vida como prepago. La opción de escalar socialmente por esa vía es muy propia de la generación de Karen, también lo es el hecho de que sea madre soltera. Claire y Lucía, sin embargo, ya fueron y volvieron en su circuito social.

De repente se infantiliza un aspecto del ser mujer.

Como yo lo veo, están en un punto de la vida en que no les importa definirse u ocupar un sitio. Se encuentran en un lugar en el que están en paz con lo que fue, más que con lo que vendrá en un estado ideal. Como decir “yo quiero tener 70 años y poder sentarme a descansar”.

 

 

 

¿Estas visiones tan distintas implicaron comprender qué exactamente?

Mis hermanas son muy importantes para mí. Las metí a todas en una licuadora, la prendí y saqué modelos. La mayor de mis hermanas es psiquiatra y me ayudó mucho en el proceso. Ella fue clave para el tema de las medicaciones y las sesiones.

 

Siento que el libro ayuda a comprender cuántas capas nos cubren como sociedad. Sitúa en un mismo escenario, el del ritmo de la novela, seres que conviven en mundos recíprocamente desconocidos a pesar de mediar breves distancias físicas entre ellos. ¿Cómo reaccionan tus lectores?

Una cosa que me hizo muy feliz –y no pensé que me fuera a importar tanto, pero me ha importado mucho– es que sé que el libro lo han leído personas que normalmente no leen. La señora de los tintos me decía: “Reconocía las estaciones de Transmilenio porque son las que normalmente hago”. Finalmente es sentirse reconocido en algo que por lo general les resulta completamente ajeno: “Están hablando de mi barrio o del bus en el que me monto cada mañana”.

 

Esa escena en la que Karen Valdés, la manicurista que desea evolucionar, está en el bus, con hambre, me impactó mucho. ¿Cómo te acercaste a esta realidad?

Hice muchos recorridos en Transmilenio. Estuve en todos los barrios en los que vive Karen en distintas épocas. Incluso había avisos de “se arrienda” y vi los apartamentos. Allí hay bastante reportería.

¿Crees que eso es lo que te permite poner a todas estas personas al mismo nivel?

Es posible, pero fíjate que para mí es clave destacar la importancia de las personas que sí viven ahí. Era un gesto de respeto, porque su realidad no merece menos rigor que la del Chicó. ¿O porque sea Corinto hay que meterle menos detalles simbólicos o reales? Hice mucho ese trabajo de sentarme con una persona que trabaja en un salón de belleza: saber cuánto gana al mes, en qué se le va el dinero... Todo eso es lo más riguroso posible. Porque pasa que el mundo es cada vez más desigual. Y cada vez el mundo se parece más a Colombia, tristemente. Hay una escritora joven que a mí me gusta muchísimo, se llama Leila Slimani. Su novela más reciente es Canción dulce. Es la historia de una familia joven, muy progre, parisina, que pretende ser superliberal y abierta con la niñera de su hija pequeña. Es brutal, pero está sumamente bien hecha al mostrar una preocupación que está presente tanto en esa novela como en la mía: solo vemos a las personas en tanto nos están sirviendo. Eso nos pasa mucho cuando estamos acostumbrados al servicio doméstico, que somos incapaces de imaginar el mundo privado más allá de lo que nos concierne, que nos laven la taza de café, nos trapeen el piso. Es como si estas personas desaparecieran cuando cruzan nuestra puerta. Solo vuelven a existir cuando entran de nuevo. Tuve esa percepción visitando esos salones de belleza y esos lugares. La pregunta era justamente qué pasa cuando uno dice “muchas gracias, hasta luego” y esa señora se va a las ocho de la noche. ¿Cuántos buses toma y cómo va a ser llegar a su casa? Era un interés real por imaginar ese otro lado que no vemos, por iluminar un punto ciego.

 

Debe ser muy complicada la traducción de la novela a otros idiomas, utilizas constantemente referencias locales en el lenguaje, la arquitectura, la movilidad callejera...

Sí. Otro tema ha sido la música. Porque incluye fragmentos de vallenato, de música popular, de música de bus. Traducir eso no tiene ningún sentido, porque justamente la idea es que a uno le suene un poco la melodía en la cabeza cuando lo lee. Ha sido complicado y en muchos casos hemos decidido eliminar las referencias musicales. De cualquier forma, cada traductor tiene sus ideas.

 

¿Qué te piden?

La traductora al alemán no tocó nada. Fue donde menos intervención siento. Con la que se hizo un trabajo muy largo y riguroso fue con la traductora del libro en Inglaterra. Las preguntas de ella ocupaban treinta páginas. Eso implica leerte de otra manera. Fue clave porque muchos toman la versión en inglés como punto de partida. Se supone que todos los traductores de mi novela saben español... pero hay idiomas como el macedonio... no sé cuántos traductores saben pasar un texto del español a esa lengua.

 

En La Casa de la Belleza afloran temas de rabiosa actualidad (aunque escribiste sobre ellos antes de que fueran acontecimientos): la narrativa feminista de Chimamanda Ngozi Adichie, por ejemplo. Tú sabes que hay este reclamo de los negros hacia los blancos porque desconocemos lo que significa ser segregado. No sabemos qué le transmite Yolanda Valdés a su hija Karen en la novela. Surge la voz del novio de Karen, que es la de un negro que quiere reivindicar a sus antepasados. La Casa de la Belleza es un libro contemporáneo y político.

Creo que sí lo es, mucho. No fue algo deliberado mientras lo escribía, pero sí quise hacer una catarsis. Es así como uno exorciza sus fantasmas y sus miedos con la literatura. En mi caso, siento que eso es lo que hago. Había tanta irritación en mí en tantos frentes: ver un noticiero, por ejemplo, lo puede desquiciar a uno. Lo que hacía era incorporarlo, el paseo millonario, la boda de la hija del exprocurador Ordóñez, todo el escándalo de la salud...

 

Y hay un nivel de información minucioso y sofisticado.

Por ejemplo, en el caso del problema de la salud, yo quería entender cómo se hacen los robos. Un director de estas organizaciones de salud me explicaba que se roban los camiones con las facturas.

 

¿Te sientes menos sola ahora que resolviste escribir?

Nunca he estado menos sola en toda mi vida. Tengo dos hijos. Uno no vuelve a estar solo cuando tiene niños, lo cual es maravilloso. Pero hay momentos en que tengo que salir corriendo. Con respecto a la novela, tengo una agente que para mí ha cambiado todo. Ella se llama Ana Soler y la agencia se llama Pontas, es catalana. Y es interesantísimo porque esta agencia tiene un proyecto muy claro, que es llevar diferentes realidades a un país donde estas pueden resultar ajenas. Por eso tienen autores de India, Corea, Taiwán, China. Somos solo cuatro latinoamericanos, pero es bonito pertenecer a un lugar tan diverso. Uno siente que tiene una familia expandida por todo el planeta. Estoy mucho menos sola también porque hay alguien respaldando y apoyando.

 

Me hablabas al principio de ese desconocimiento sobre qué tipo de escritora eres. ¿Pontas ayuda a aclararlo?

Ahora que tengo una oportunidad de ser una autora internacional, temo que eso se interponga en lo que genuinamente quiero hacer. Pero, a todas estas, uno se pregunta: ¿qué es lo que genuinamente quiero hacer y cómo saberlo? Creo que vivir en Colombia ayuda mucho en mi oficio, porque este es un país muy fértil en historias macabras. Es muy triste pero literariamente es una mina de oro. De hecho, tuve un problema después de La Casa de la Belleza y es que empecé cuatro novelas distintas. Las dejé todas. A pesar de eso, tengo claro que para mí la literatura es una forma de responder a las preguntas que me rondan la cabeza. Creo que el camino será el resultado de esa búsqueda.

 

Teniendo en cuenta el asunto de la belleza, explícito en esta novela, ¿cuáles son las referencias estéticas que te importan como mujer en relación con el cuerpo?

Tendría que hablarte de mi mamá, una mujer que hoy tiene 82 años, pero de una belleza espectacular y una elegancia extraordinaria. Yo crecí sabiendo siempre eso. Después de tener sus hijas, su cintura era de 50 centímetros. De las cuatro solo hay una que heredó esto; de resto siempre hubo la sensación de que a tus 25 años tu mamá tenía mejor cuerpo que tú. La belleza no era el atributo que me había sido concedido. Eso Me ayudó a saber que ese no era mi camino. Siempre me ha importado estar cómoda con la ropa, en mi casa, con lo que encuentro bello. Siento curiosidad por mi mamá o mis amigos diseñadores que se toman el esfuerzo y la delicadeza de tener objetos seleccionados, antiguos, y que hacen juego con un papel de colgadura o con una lámpara. Yo no tengo eso. Para mí es muy importante que todo sea muy práctico. Y mi mamá se burla de mí porque ha hecho un esfuerzo conmigo. Es como una especie de mujer Almodóvar, madrileñísima, exagerada. Siempre me decía: “Hija, pruébate esta falda”, y yo siempre le decía: “Eso se ve muy complicado”, y ella me respondía: “No seas majadera”. Pero se resignó y cuando viene acá dice: “Tan moderno”, que es su forma de decir “qué falta de creatividad”.

 

¿Cómo lees tú la construcción de la estética de la moda contemporánea?

Papel de Punto me gusta. Me parece llamativo que en general, y en Colombia en particular, existe una mirada más relajada sobre la moda. Cada vez más es algo que parece ropa de domingo y eso me encanta. Sé que hay un mensaje acerca de quién lo hace, una conciencia muy coherente alrededor de la moda.

ACERCA DEL AUTOR


Rocio Arias Hofman

Fundadora de SillaVerde, compañía especializada en investigación y publicación de contenidos sobre el ecosistema moda con énfasis en tradición artesanal y sostenibilidad. Creadora y docente del curso “El fenómeno de la moda, escribir con propósito”. Consultora de Artesanías de Colombia. Destina varios meses al año para concebir, dirigir y gestionar tanto temas editoriales como participación de marcas aliadas para La Malpensante Moda.

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