Voyerismo

De Tiresias a Free the Nipple

Como tantos placeres, el de observar tiende a desaparecer, pero no por falta sino por exceso. Aquí una esquela para fisgones nostálgicos.

POR Guillermo Angulo

voyeurismo

Ilustración de Robin Isely

El voyerismo es tan antiguo como Adán y Eva, aunque ellos, como en los campos nudistas, no se daban cuenta de que el otro andaba desnudo. Además (si le creemos a la pintura) en ese entonces abundaban las hojas de parra. Pero ya en la Edad Media el nudismo era un espectáculo prohibido, como resulta del relato sobre la más admirada dama inglesa, Lady Godiva –famosa por su belleza y religiosidad–, quien anunció que atravesaría Coventry completamente desnuda, cabalgando en uno de sus más hermosos caballos. Y qué decepción cuando el paseo se convierte en una visión inalcanzable. Lady Godiva era la esposa de Leofric, conde de Mercia, quien en realidad existió entre 968 y 1086. Los nombres de ambos fueron perpetuados no por él, sino por el recuerdo de la hazaña de su osada esposa, tan hermosa como imposible de olvidar, a pesar de haber vivido hace más de novecientos años. Y ello gracias a esta aventura tan bella que, sin importar si es apócrifa o no, ha sido perpetuada en escritos, esculturas, atrevidas pinturas y, finalmente, en caros y deliciosos chocolates belgas.

En una de las muchas versiones existentes de esta erótica historia, la esposa le ruega a su marido que no agobie con tan pesados tributos a los habitantes del condado, y él, conocedor de su virtud y recato, le dice que le hará caso si es capaz de atravesar Coventry cabalgando desnuda (pensando en echarle la culpa de su futura negativa). Pero el señor Leofric no cuenta con la astucia de su esposa quien, después de aceptar el reto, avisa por medio de un bando a los habitantes del poblado lo que va a hacer y la hora precisa, con el ruego (que suena a orden) de cerrar las puertas y ventanas mientras ella pasa.

Todos obedecieron, menos un sastre llamado Thomas, que por una hendedura de su ventana fue el único en gozar del “sabroso oficio del dulce mirar” del que hablara don Luis de Góngora y Argote. Y quedó ciego, no se sabe si por castigo divino o a causa de la intensa emoción. Otros dicen que lo enceguecieron los propios habitantes de Coventry por haber desobedecido el perentorio ruego de Lady Godiva. Gracias a este sastre –sin importar la realidad de su existencia–, nació en inglés la expresión “Peeping Tom”, equivalente a la palabra francesa voyeur –más universal–, que se define en casi todos los diccionarios más o menos así:

Persona, generalmente hombre, que siente placer viendo la desnudez, las relaciones sexuales de otros, sin participar.

El significado de la palabra, con sentido implícito de culpa, ha venido perdiendo la connotación sexual, al punto de desaparecer en el Larousse francés, surgiendo en cambio alusiones al cine y la fotografía:

Persona a la que le gusta observar a los otros, sin participar. Que le gusta fotografiar, filmar.

Consejo: si se quiere saber con exactitud el significado de alguna palabra en español, lo mejor es no recurrir al diccionario de la Real Academia Española. Botón de muestra:

Voyerismo. 1. m. Actitud propia del voyerista.

Pero en los más nuevos diccionarios franceses, como el Trésor, se ha modernizado el significado –según los cambios y costumbres de nuestra época– y el voyerismo ya incluye a la naturaleza:

Persona a la que le gusta mirar, observar las cosas, la gente. Veedor de la naturaleza.

O sea que prácticamente se han ido perdiendo la clandestinidad, el castigo, el sentido de culpa, el pecado, y ha permanecido el simple y puro gusto de ver, de observar (sobre todo ahora que el papa Francisco –como prestidigitador infalible– ha hecho desaparecer el infierno, sin que sepamos “dónde quedó la bolita”).

 

Acogiéndonos a esta nueva definición, “veedor de la naturaleza”, podríamos decir que extasiarse ante la apertura de una flor como la Victoria amazonica podría ser un acto de voyerismo. De rara belleza y tamaño excepcional, esta flor puede alcanzar unos treinta centímetros de diámetro y cuando se empieza a abrir, la gente se reúne a su alrededor en silencio, como si se oficiara un ritual religioso, casi mágico. Mientras la luz solar se va apagando lentamente, los pétalos comienzan a abrirse y, alrededor de las 5:45 p.m., la flor empieza a resplandecer, como si tuviera una luz interior propia que iluminara la incipiente noche con su blancura, y a impregnar el aire con una deliciosa fragancia a piña recién partida.

Una particularidad de esta bella flor es ser blanca y femenina al nacer. Al día siguiente va variando su color, de blanco a rosado pálido y más tarde a magenta, y al mismo tiempo cambia de sexo. De ser femenina, la Victoria pasa a ser masculina. Este conocimiento de su transformación nos lleva a notar cómo nos persigue la mitología griega (hasta en los nombres de los días y los meses), y ese camino nos conduce a Tiresias, quien también cambió de sexo.

Según Ovidio, el mítico personaje iba caminando cuando se topó con dos serpientes apareándose. Le dio un bastonazo a la hembra y, como castigo, quedó automáticamente convertido en mujer. Más tarde, se volvió a encontrar con las mismas serpientes apareadas en un largo entrelazamiento amoroso de siete otoños, y volvió a golpear a una de ellas, convirtiéndose ipso facto en hombre de nuevo. O sea que Tiresias, como la Victoria, tuvo el privilegio de gozar de ambos sexos. Lo que no dejó de traerle problemas.

Zeus y Hera, para dirimir la discusión sobre quién sentía mayor placer en el amor, si el hombre o la mujer, decidieron que el único que podría servir de juez era Tiresias, pues había gozado de ambos sexos. A lo que él respondió que si el hombre gozaba una vez, la mujer sentía nueve veces más placer. Esa respuesta no dejó contenta a Hera.

Sin querer, Tiresias también se convirtió en un famoso voyeur cuando, caminando con sus perros por las estribaciones del monte Helicón, se topó de repente con la bella Palas Atenea que se bañaba desnuda. Un torpe traspié hizo evidente su casual presencia, y la diosa, al detectar al voyeur, inmediatamente tocó con sus manos los ojos del indiscreto mientras le decía: “No volverás a ver nunca más”. La madre de Tiresias, ninfa de Atenea, presenció la maldición y al instante abogó por su hijo, pero la diosa le dijo que ese tipo de castigo era irreversible (o, como dicen los españoles, “palo dado ni Dios lo quita”). Sin embargo, para satisfacer a la madre y a manera de compensación, Atenea le concedió a Tiresias tres gracias: aunque había quedado ciego, podría ver el pasado y adivinar el futuro; con la lengua bífida de una serpiente limpió sus oídos, permitiéndole oír mejor el canto de los pájaros y comprender su lenguaje, para así poder conocer e interpretar los augurios; y finalmente, le dio la posibilidad de vivir durante siete generaciones.

Mucho después, el rey Edipo casi mata a Tiresias por contarle la verdad cuando este le preguntó quién había asesinado a su padre. El adivino le contestó, tras muchos rodeos, que había sido él, Edipo, diciéndole primero en clave –para deleite del doctor Freud– que se trataba de alguien que tenía unos hijos que eran a la vez sus hermanos y una madre que, sin dejar de serlo, era su amante. A la madre, Yocasta, fueron a contarle lo que Tiresias contaba y se colgó. Cuando su hijo corrió a buscarla, la encontró ya muerta y le quitó el broche de oro que sostenía su ropaje, el cual cayó al suelo. Entonces la vio de nuevo desnuda, pero ya no estaba viendo desnuda a su amante, sino a su madre. Como autocastigo, Edipo se sacó los ojos con ese mismo broche dorado.

Pasaron los siglos y el voyerismo siguió existiendo; lo único que cambió fue la punición, ahora inexistente, y su ejercicio, que se ha trasladado, agrandado y multiplicado a las nuevas posibilidades y facilidades de difundir imágenes. El goce de ver se ha generalizado y sus objetivos apenas si son sesgadamente sexuales, ya que incluyen montones de situaciones de la actividad social, como la vida privada de los famosos o de la llamada farándula. La gente indaga (y ve) qué tipo de ropa interior usan estos y si unos senos grandes son naturales, operados o simplemente inflados con Photoshop. Y hasta una señora muestra sus nalgas con celulitis, alegando que quiere ser honesta con el verdadero aspecto de su cuerpo.

En televisión nos permiten ver cómo se visten y desvisten las modelos. De todas estas cosas no deberíamos poder ni querer saber nada, so pena de convertirnos en voyeristas. Es obvio que esto lo han descubierto –para su provecho, naturalmente– las llamadas “plataformas sociales”, como Facebook, Instagram y YouTube, sin contar sus abundantes copias al carbón y los canales de televisión. Digamos que el voyerismo tradicional pasó de moda, agobiado por los numerosos medios visivos de comunicación.

 

Pero el ejemplo más actual de voyerismo son los clips musicales, siendo el campeón mundial de todos los pesos “Despacito”, de Luis Fonsi, que triplica en popularidad y en movimientos corporales insinuantes (ahora todo se puede medir) a otros videos exhibicionistas como el de Shakira y Maluma, cuya presentación oficial de la canción “Chantaje” nos lleva a preguntarnos si lo que atrae son las voces de Shakira y Maluma o la escena en la que ella, mientras nos amenaza con hacer un striptease, sigue cantando con las caderas (que no mienten), bamboleándolas frente a una batería de orinales, y es requerida por Maluma, el símbolo sexual paisa. Shakira acaba tendida en un sofá, soportando estoicamente una acuosa eyaculación de dos monstruosas gárgolas. La letra de la canción tiene versos tan sublimes como estos:

 

Como tú me tientas cuando tú te mueves

ese movimiento sexy siempre me entretiene;

sabes manipularme bien con tus caderas,

no sé por qué me tienes en lista de espera.

 

Si la inspirada letra llegara a merecer el Premio Nobel de Literatura, lo tendrían que repartir entre Shakira, Maluma y el marranito rosado que los acompaña, aunque casi nadie lo nota.

Desde luego, en pantallas más grandes –como las del cine– también se afincó el voyerismo, sin que debamos menospreciar la televisión, ni internet, ni las tablets ni los llamados teléfonos inteligentes –y “la noche que llega”–, que van todos ayudando a la evolución del voyerismo y ampliando sus perspectivas.

El cine, más tradicional, sigue anticuadas reglas de discreción, pues para que empiece el espectáculo se deben antes apagar las luces; esto hace que cada espectador se diluya en el anonimato, escudado en la cómplice oscuridad. Hollywood, siguiendo el ejemplo del cine europeo, cada vez muestra más sexo, y fuck, la palabra de cuatro letras antes prohibida, abunda hasta el cansancio.

El desnudo se ha vuelto tan común que parece que su prohibición se está limitando a ocultar los pezones, último refugio de la moralidad, al cual se opone un movimiento llamado Free the Nipple (“Liberemos los Pezones”), que intenta romper ese último tabú. Valientemente, Björt Ólafsdóttir, quien fuera directora de la oficina del Ministerio Público de ese admirable país llamado Islandia (notemos que ella era en Islandia lo que Alejandro Ordóñez fue entre nosotros), se fotografió con uno de sus pezones al aire en ese helado pero progresista país (¡qué frío!). En 2014 se produjo en Nueva York una película sobre la liberación de los pezones titulada precisamente Free the Nipple, dirigida por Lina Esco, la más visible líder de la campaña, y hasta en esa ciudad hubo innumerables problemas para exhibirla.

Extrañamente, Facebook e Instagram, que viven del voyerismo digital, prohíben mostrar los pezones. Por lo general la excepción son las fotos etnográficas, como los senos desnudos de las indígenas del Amazonas, de las negras (siempre y cuando sean africanas) o de las habitantes de Bali, que se pueden ver sin problemas bellamente fotografiados por Henri Cartier-Bresson. Recordemos que solo en nueve de los cincuenta estados de la Unión Americana está permitido que las mujeres amamanten a sus bebés en público.

Tal vez el entierro del viejo y decadente voyerismo le haya tocado a Gay Talese. En su último libro, El motel del voyeur, Talese interroga largamente a Gerald Foos, antiguo propietario del Manor House en Colorado, quien llegó al exceso voyerista de presenciar un asesinato (sin denunciarlo). Sin embargo el cadáver nunca fue hallado y, en los Estados Unidos, si no hay cuerpo del delito no hay crimen. En una de estas sesiones voyeristas participó el autor (por lo que ha sido criticado por lectores y críticos del libro). Talese describe así lo primero que vio:

...estiré el cuello al máximo para poder ver tanto como fuera posible a través del conducto (al hacerlo nuestras cabezas casi chocan). Al final, lo que vi fue a una atractiva pareja desnuda, tumbada en la cama, practicando sexo oral.

En esa ocasión no se tomaron fotos.

Por su parte, el fotógrafo es en todo momento un intruso, un voyeur, sin importar lo que fotografíe. Nadie más voyerista que él, pues en un principio solía esconder lo que hacía –como avergonzado– bajo un discreto trapo negro. Salió por un tiempo del escondite y ejerció su voyerismo a través del “hueco de la chapa”, llamado visor. Hoy cuando fotografiar se ha vuelto universal, los fotógrafos se descararon y están viendo todo con la cara descubierta, estirando los brazos y mirando el objeto de su voyerismo en una pequeña pantalla.

Pero el exceso de desnudos va a producir hastío y acabará ineluctablemente con el voyerismo erótico. Vamos a terminar –como lo proponía premonitoriamente un espectáculo cómico-musical italiano de hace unos cincuenta años– excitándonos con la nueva propuesta: il vestirello (la vestida), por oposición a lo spogliarello (el striptease), consistente en que una mujer completamente desnuda salía al escenario (como Lady Godiva, pero sin caballo) y, al ritmo de música de jazz de los años cuarenta, se iba poniendo una a una sus prendas (incluyendo unos largos guantes de ante) hasta quedar completamente vestida de negro, desde los tobillos hasta el cuello, como una monja de clausura. Este era il vestirello y es probable que vaya a ser la recurrente excitación de los voyeurs del futuro.

ACERCA DEL AUTOR


Guillermo Angulo

Fue director del periódico 'Ciudad Viva' y actualmente regenta la Orquidiócesis de Tegualda.