El perfecto pescador sin caña

Para un marino avezado, cualquier cosa puede servir de atarraya.

POR Amalia Iglesias

Ilustración de Herikita

Las crecidas de los últimos días en el río Tormes me han hecho recordar una anécdota que alguien me contó al poco tiempo de llegar a Salamanca, sobre una pintoresca mañana de pesca. Contaba mi narrador fortuito cómo, cuando bajó la riada, quedaron peces coleando y brillando en los prados, en lo que parecía un extraño maná, y cómo muchas personas se acercaron con cubos a pescar la cena para varios días. Enseguida me desveló el misterio: no era un regalo de la providencia divina ni la multiplicación bíblica de peces, sino que una pesquera cercana se había desbordado desalojando tierra adentro su suculento contenido truchero. El confidente no me había indicado fecha, ni creo habérsela preguntado, tan perpleja y boquiabierta como estaba por la fantástica plasticidad de lo que me estaba contando. Evidentemente no podría haber sido en la terrible riada de San Policarpo, de 1626. Tampoco parecía que hubiera sucedido en las posteriores de 1905, 1909, 1947, 1948... –es difícil pensar que en aquellos años hubiera pesqueras–. Tal vez esa inundación fuera la de 1994. No encontré ninguna imagen ni referencia, pero sí descubrí por el camino unas fotos insólitas del Tormes completamente helado en los años setenta. Pero me estoy desviando. Otro día volveremos al Tormes.

Hoy quería hablar, al hilo de esa anécdota, de otras formas extrañas de pesca sin caña. Lejos de las artes tradicionales de pesca –cuyas delicias encontrará el lector resumidas y concentradas en un libro de referencia obligada, un clásico de la literatura universal: El perfecto pescador de caña, de Izaak Walton, sobre el que Unamuno escribiera además aquel texto igualmente recomendable: “Después de leer a Walton”–, quiero traer hasta aquí otras dos imágenes insólitas de pesca poco ortodoxa. Dos imágenes que, aunque suceden una en el Duero soriano y otra en un pequeño río de Cantabria, por su realismo mágico serían dignas de haber sucedido en el río aquel junto al que fue edificado el pueblo de Macondo.

Una amiga soriana me contó que, en su infancia, como muchas familias, solían hacer picnic los domingos a las orillas del Duero. Pero su picnic tenía un carácter especial. Las tres hermanas llevaban un vestido de un blanco brillante, y largo hasta los tobillos, como si fueran niñas victorianas. Cuando llegaban a aquel recodo escondido del río, mientras sus padres disponían la manta sobre la hierba, ellas entraban en el río y se quedaban inmóviles con el agua hasta la cintura. Al rato el padre les indicaba que ya podían salir y las tres hermanas emergían de las aguas con sus vestidos llenos de cangrejos que aferraban sus pinzas a la blancura de aquellas telas. Así repetían la operación durante varias inmersiones. Por muchos años esa imagen inolvidable se ha quedado también prendida en mi mente.

El Izarilla es un pequeño río de montaña, afluente del Ebro, que discurre por una cuenca glacial del Jurásico. Cuando yo era niña, un día al año –solo un día, el anterior a la fiesta del pueblo– lo pasaba con mi abuelo pescando río arriba. La subida, sin salir prácticamente del río, era por sí sola una aventura inolvidable. Siempre sucedía en un día luminoso. Subíamos despacio, mientras el pueblo se iba haciendo cada vez más pequeño a nuestras espaldas. Avanzábamos esquivando grandes piedras, alternando corrientes y remansos, y avistando animales en las orillas: un cervatillo, una liebre, ratas de río, pequeños regalos para la vista. Pero además íbamos a pescar, aunque no fuera lo más importante. No buscábamos grandes cantidades de peces, lo justo para celebrar la fiesta al día siguiente: unas cuantas truchas, unos pececillos y unos cangrejos. Pero lo más curioso de aquellos días eran las artes de pesca que el abuelo utilizaba. No llevábamos caña. El abuelo portaba una maza. Además de labrador era cantero, descendiente de aquellos antepasados del románico. Cuando llegábamos a un remanso lleno de peces, al advertir nuestra presencia se ocultaban bajo una gran piedra. El abuelo elevaba la maza y la golpeaba contra ella. Se oía un ruido sordo, en eco contra las montañas cercanas, y yo iba cogiendo aquellos pececillos de plata que salían a flote aturdidos por el efecto de la onda expansiva. Debían de ser los que Walton llama piscardos, chipas o lochas, con los que al día siguiente la abuela hacía un sabroso revuelto. En otros remansos llenos de piedras, me enseñaba cómo cazar cangrejos: levantaba una piedra y ponía una mano tras su cola mientras acercaba la otra por delante hasta atraparlo. Llegué a ser una experta. Pero lo más mágico de todo era cuando el abuelo me decía:

–¿Ves esa piedra? Debajo hay una trucha.

Nunca supe cómo podía adivinar que allí estaba la trucha, pero él metía la mano y siempre sacaba un hermoso ejemplar. Así, una y otra vez hasta reunir las suficientes para celebrar la comida de San Justo y San Pastor. Al atardecer, bajábamos cantando y contando por aquel sendero de Gustavil que cruzaba el paraíso.

ACERCA DEL AUTOR


Amalia Iglesias

Poeta, filóloga y periodista cultural. Es editora de Revista de Occidente. Ha publicado varios libros de poesía, entre ellos Un lugar para el fuego (Rialp, 1984) y Tótem espantapájaros (Abada, 2016).