La mujer del comandante

Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer: la renaciente dictadura nicaragüense es el reverso nefasto de esta frase de cajón. Perfil de Rosario Murillo, una lady Macbeth centroamericana.

POR Carlos Salinas Maldonado

Rosario Murillo y Daniel Ortega reciben al presidente de Rusia, Vladimir Putin, en el aeropuerto de Managua (2014).

Rosario Murillo y Daniel Ortega reciben al presidente de Rusia, Vladimir Putin, en el aeropuerto de Managua (2014).

 

ARGELIA, 1980

Visita oficial del presidente de Nicaragua, comandante Daniel Ortega. Lo acompañan funcionarios del gobierno, asesores presidenciales, periodistas del diario oficialista Barricada y un personaje incómodo para el protocolo oficial: una mujer delgada, con una cabellera negra y ondulada que le cae sobre los hombros, labios finos, boca ancha, cejas en extremo depiladas y pestañas largas. Camina unos pasos atrás del Comandante, el hombre de verde olivo que dirige la Revolución sandinista. Ella, Rosario Murillo, nunca va a su lado. Tampoco le habla directamente en público, aunque en la lista de protocolo figure como su asistente personal. Se somete dócil a la rigidez del protocolo hasta que llega el momento de acomodar a la comitiva. Los funcionarios argelinos disponen las habitaciones y ordenan a los botones trasladar los equipajes. Ella pide que sus maletas vayan a la suite del Comandante. Los funcionarios argelinos se resisten de forma educada, intentan explicarle a madame que no pueden dejar su equipaje en esa habitación. Ella insiste. Se altera. Exige que le obedezcan. Al final, le espeta a uno de los encargados del protocolo argelino: “Je suis la femme du Commandant !”.

Una de las personas que estuvo en aquella comitiva recuerda esta escena. Asegura que en ese entonces Rosario Murillo siempre generaba problemas de protocolo durante los viajes oficiales, pues no figuraba como lo haría una primera dama en toda regla. Más allá de eso, le temía al Comandante, un hombre que debía mostrarse duro, pues era el militar a cargo del gobierno y la defensa de un país atacado por los Estados Unidos, que viajaba por el mundo para pedir respaldo internacional a la Revolución sandinista. Pero la verdad es que ella era su mujer.

Murillo conoció a Ortega a inicios de la década de 1970; fue a visitarlo a la cárcel y quedó prendada de aquel hombre marcado por el encierro, que duraría siete años, entre 1967 y 1974. Cuentan viejas amistades que desde que lo vio la mujer decidió que se convertiría en alguien imprescindible para él. Hicieron una especie de pacto: cuando Ortega quedara libre se reencontrarían y estarían juntos. Pero los años pasaron y Murillo –quien en 1976 también estuvo encarcelada brevemente por colaborar con los guerrilleros sandinistas, que anhelaban derrotar al dictador Somoza– se exilió en Costa Rica en 1977. Allá trabajó en un teatro, la Sala Garbo, y vivió con sus hijos y con quien en ese entonces era su compañero sentimental. Había olvidado de momento la lucha sandinista y su plan era mudarse a París para estudiar cine. Pero un año después Ortega volvió a su vida. En 1978 se reencontraron en Costa Rica y ella se convirtió en la mujer del Comandante.

 

MANAGUA, 2018

La tarde se retira poco a poco. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse. Inmensas estructuras metálicas de colores con forma de árbol iluminan la avenida Bolívar, una arteria importante de la capital. Son conocidas como los Árboles de la Vida, una costosa alameda que nace a la orilla del lago y llega hasta la rotonda donde un gigantesco rostro amarillo del expresidente Hugo Chávez saluda a los capitalinos. La avenida se llena de gente, autos y carretones desvencijados jalados por caballos famélicos. Y sobre este paisaje, ideado por ella, aparece la mujer del Comandante, en gigantescas vallas que proclaman una Nicaragua “bendecida, prosperada y en victorias”.

La Rosario Murillo de hoy no es la misma mujer que tenía que tragarse las rigideces del protocolo oficial adonde Ortega viajara. Ahora manda con puño férreo en un Estado donde nada se mueve sin su visto bueno. Ha acumulado un poder casi total y es autoritaria. Ya es oficialmente la primera dama, avalada como esposa por la Iglesia católica; también es la vicepresidenta. Ortega la ha nombrado canciller en funciones en sus viajes oficiales y sus hijos son asesores presidenciales. La pareja tiene nueve: Carlos Enrique, Daniel Edmundo, Juan Carlos, Camila, Luciana, Maurice, Laureano, Rafael y Zoilamérica (de estos dos últimos Ortega es padrastro). La familia gobierna Nicaragua. En la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), celebrada en enero de 2015 en Costa Rica, Camila y Luciana fueron acreditadas como asesoras presidenciales, Rafael viajó con rango de ministro de Gobierno, y Rosario Murillo como canciller. Laureano, por su parte, es asesor presidencial para inversiones y el hombre encargado de la relación con el empresario chino Wang Jing, a quien Ortega le entregó la concesión por cien años para la construcción de un canal interoceánico en el país. Un proyecto fantasma, para el que no se ha cavado una sola zanja al día de hoy.

Quienes conocen a Murillo gustan de compararla con Elena, la esposa de Nicolae Ceausescu. El dictador rumano compartía con ella el poder y esta ejercía funciones que, de hecho, le correspondían al primer ministro de la nación comunista. Elena estaba a cargo del culto a la personalidad del dictador a través del control de la propaganda y los medios de comunicación del Estado. De igual forma, la familia Ortega controla al menos cinco canales de televisión en Nicaragua, comprados con fondos de la cooperación petrolera venezolana, que alcanzan un valor de alrededor de 4.500 millones de dólares, y que el presidente Ortega administra de forma discrecional desde 2007. Juan Carlos es el director del Canal 8, comprado en 2009 por un monto superior a los diez millones de dólares con fondos de dicha cooperación, según investigaciones de la prensa nicaragüense. Maurice y Carlos Enrique controlan el Canal 4 y el Canal 9, también propiedades de la familia. Además, Rosario maneja el Canal 6, la cadena pública del Estado. Todas las tardes, tras la hora de la comida, la vicepresidenta aparece en estos canales y se dirige al país. En sus alocuciones diarias lee partes meteorológicos, informes sísmicos y vulcanológicos, y da alertas sanitarias mientras menciona a la Virgen y al santoral. También aprovecha esas presentaciones para dar órdenes a ministros, regañar a los funcionarios que no cumplen con sus proyecciones o presentar planes de gobierno. El presidente Ortega rara vez aparece en escena. Es Murillo la cara, la voz y el mando del Ejecutivo.

 

NICARAGUA, 1998

El país ha dejado atrás la guerra de los ochenta y por primera vez conoce la democracia. Se ha formado un Estado que cumple con firmeza las órdenes del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y los acreedores internacionales de la ingente deuda externa. Hay un gran descontento social por la pérdida de las ya de por sí exiguas ayudas sociales del gobierno sandinista, derrotado en 1990 –en unas elecciones supervigiladas– por Violeta Chamorro, cuya principal credencial hasta el momento era haber sido la esposa de Pedro Joaquín Chamorro, mártir nicaragüense asesinado por el somocismo en 1978. En el poder está ahora Arnoldo Alemán, sucesor de Chamorro, un personaje volcánico, campechano y de voz rotunda; popular en las zonas rurales y entre el campesinado. Este será un año trágico para Nicaragua: en octubre el huracán Mitch golpeará con furia al país, causando más de 3.000 muertos. Pero meses antes, en mayo, ocurre un hecho que cambiará para siempre la política nicaragüense. Un verdadero terremoto político. El 31 de mayo, Zoilamérica Narváez, hija de Murillo, acusa públicamente a su padrastro y líder de la oposición, Daniel Ortega, de violación; de haber abusado de ella desde que era una niña.

Daniel Ortega Saavedra me violó en 1982. No recuerdo con exactitud el día, pero sí los hechos. Fue en mi cuarto, tirada en la alfombra por él mismo, donde no solamente me manoseó, sino que con agresividad y bruscos movimientos me dañó. Sentí mucho dolor y un frío intenso. Lloré y sentí náuseas. Todo aquel acto fue forzado, yo no lo deseé nunca, no fue de mi agrado ni consentimiento. Mi voluntad ya había sido vencida por él. El eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos, y así continuó haciéndolo durante repetidas veces; mi boca, mis piernas y pechos fueron las zonas donde más acostumbró a echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Él ensució mi cuerpo, lo utilizó como quiso sin importarle lo que yo sintiera o pensara. Lo más importante fue su placer, de mi dolor hizo caso omiso.

La joven intentó enjuiciar al Comandante, pero gracias a un supuesto convenio político entre Ortega y Alemán, un acuerdo clandestino conocido como “el Pacto” –a través del cual se repartían entre ellos el poder, y que tuvo gran resonancia a nivel nacional y en el extranjero–, una jueza sobreseyó el caso, argumentando que los hechos habían prescrito. La verdadera salvación de Ortega, sin embargo, fue su mujer, quien se opuso a la versión de su hija y defendió a su compañero públicamente. “Es el momento clave de Rosario Murillo. Descalifica, desmiente y sacrifica a su hija; la declara loca y así rinde un servicio a Ortega, y se hace aún más imprescindible para Daniel”, explica la periodista y líder feminista Sofía Montenegro. Una posición similar mantiene Dora María Téllez, mítica comandante de la Revolución sandinista. “Tras la denuncia por violación de Zoilamérica, Rosario interviene respaldando a Ortega, lo que le da un enorme poder frente a Daniel, además de una gran cuenta por cobrar. Es una factura carísima para Ortega”.

 

Zoilamérica Narváez Murillo declarando contra su padrastro, Daniel Ortega, a quien acusó de haber abusado sexualmente de ella en varias ocasiones. Rosario Murillo, su madre, la desmintió. Managua (1998)

Comienza entonces una nueva etapa en la política nicaragüense. Ortega ya se había hecho con el poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), un partido que entró en crisis tras la derrota de 1990. Un sector del partido pedía la democratización de ese órgano político, que se convirtiera en un partido moderno, de una izquierda socialdemócrata; mientras que otro, más autoritario, apelaba a mantener la violencia callejera como forma de presión frente al nuevo régimen. Zoilamérica salió a vivir en una especie de exilio en Costa Rica. Las principales figuras intelectuales del sandinismo dejaron el partido y el exvicepresidente y escritor Sergio Ramírez fundó otro: el Movimiento Renovador Sandinista. Ortega y su círculo más cercano quedaron al frente del FSLN y en la campaña presidencial de 2001 aquel reapareció en la esfera pública. Ya no era el “gallo ennavajado”, el comandante fuerte de los ochenta y principios de los noventa, sino un político renovado, vestido de blanco, que hablaba de paz, amor y reconciliación. Murillo se convirtió en su jefa de campaña y montó un nuevo discurso con un aire new age, que mezclaba lo místico, lo revolucionario y lo religioso. Ortega perdió esa elección contra Enrique Bolaños. Sin embargo, en 2005 logró una alianza con el ya fallecido cardenal Miguel Obando y Bravo, férreo oponente de Ortega en los ochenta, venido a menos en la Iglesia tras su destitución como jefe de la Arquidiócesis de Managua por parte de un moribundo Juan Pablo II. El 3 de septiembre de ese año Obando casó por la Iglesia a Ortega y Murillo, quien, tras décadas de unión libre, pasó a ser la mujer del Comandante de manera oficial y bajo la bendición católica. Un año después, el Frente Sandinista hizo un guiño a los sectores más conservadores del país al aprobar una reforma al Código Penal en la que se penalizaba el aborto terapéutico, una opción vigente durante más de un siglo en Nicaragua y que se practicaba a aquellas mujeres cuya vida estuviese en riesgo por el embarazo. Esa decisión hizo que Ortega y su mujer se convirtieran en objeto de fuertes críticas por parte del sólido movimiento feminista nicaragüense, que los denunció –y los denuncia– a nivel internacional. De hecho, Murillo nunca ha simpatizado con ese movimiento; al contrario, ha perseguido y atacado a las feministas de ese país. En un artículo titulado “La conexión feminista” escribió:

El feminismo quiso ser una proposición de justicia. La distorsión del feminismo, la manipulación de sus banderas, la deformación de sus contenidos, la disposición de sus postulados para la Causa del Mal en el mundo son, indiscutiblemente, un acto de traición, alevoso y cruel, de los verdaderos intereses personales y colectivos de las mujeres, que son sustituidos por mezquinas ambiciones y perversas intenciones políticas.

Karen Kampwirth, profesora de ciencias políticas del Knox College en Estados Unidos, investiga sobre el movimiento feminista en Nicaragua y ha escrito varios artículos al respecto. Kampwirth me dijo que Murillo “ha sido una mujer con demasiado poder, que nunca ha sentido la desigualdad que sentían las mujeres dentro de la Revolución, por lo que es lógico que nunca haya sentido la necesidad del feminismo”. El feminismo, agrega, “es el enemigo de Daniel Ortega y Rosario Murillo por miles de razones: porque sintieron el reclamo de autonomía de las mujeres como una falta de lealtad a la Revolución; por el caso de Zoilamérica Narváez; y porque, junto a los medios de comunicación, las feministas han denunciado varios problemas políticos con respecto a la democracia. El movimiento feminista es beligerante, autónomo, y es lógico que Ortega y Murillo le tengan miedo”. Según la catedrática, la alianza con la Iglesia católica fue una estrategia política que, de paso, ayudó a atacar al feminismo: “No era cuestión de buscar el apoyo de la Iglesia, sino de garantizar el fin de los problemas que les causaba. En 2006 el FSLN no ganó más votos por esta estrategia de alianza, sino que no perdió votos”.

Rosario Murillo nació en Managua el 22 de junio de 1951. Es hija de Teódulo Murillo, un hombre conservador originario de Chontales, zona ganadera del centro del país, y de Zoilamérica Zambrana Sandino, sobrina de Augusto Sandino –el héroe nacional de Nicaragua–. Tuvo tres hermanas. Cuando era adolescente Murillo fue enviada por sus padres, acomodados productores de algodón, a estudiar a Suiza. Quienes la conocen dicen que eran estudios básicos de etiqueta y modales burgueses que buscaban preparar a las jovencitas para el matrimonio.

En sus credenciales, la religiosidad nunca ha sido particularmente importante.

 

MANAGUA, 1972

La villa está en plenas festividades de Navidad. Se ha adornado con guirnaldas y árboles navideños; en las empresas se celebran fiestas de fin de año y la capital se presenta feliz a pesar de la dictadura que lleva décadas machacando a Nicaragua. A las 00:35 del 23 de diciembre, mientras las fiestas estaban en su apogeo, la tierra se sacude con fuerza, destrozando en segundos la ciudad que hoy los nicaragüenses recuerdan como idílica. Fue uno de los terremotos más destructivos que hayan afectado al país y dejó más de 12.000 muertos.

Años antes Rosario Murillo había mantenido una relación con Jorge Narváez, de quien resultó embarazada de Zoilamérica. La familia la obligó a casarse. Con Jorge tuvo un segundo hijo, Rafael; poco después, terminó la relación. Más tarde, conoció al periodista Anuar Hassan, con quien engendró un tercer hijo, que perdió en la tragedia.

Hay varias versiones de este episodio: una de ellas cuenta que la joven, como muchos, se encontraba de fiesta y había dejado al pequeño en casa de sus padres, al cuidado de una nana. Cuando el terremoto arrasó a Managua, el menor de sus hijos quedó atrapado entre los escombros. El episodio dejó a Murillo traumatizada y tuvo que recibir tratamiento psicológico; quienes la han conocido de cerca afirman que nunca superó aquel trauma.

Así lo recordaría años más tarde la misma Murillo:

Aquel diciembre fue sumamente doloroso, me tocó recoger a mi hijo a la casa de mi papá y mi mamá, que le había caído el segundo piso encima y veía que el angelito, que inexplicablemente todavía estaba flexible y caliente, no parecía un niño muerto... Parecía un niño dormido y recogerlo, sentirlo y cantarle... para mí significó mucho. Tiene que ver con esa pérdida irremplazable de nuestros hijos y por eso digo: todas las madres tenemos el mismo dolor y el mismo sufrimiento, todas queremos la paz.

A inicios de los setenta, Murillo entró a hacer parte de un movimiento conocido como Grupo Gradas, un conjunto de artistas que recitaban poemas en las escalinatas de iglesias, universidades y edificios públicos. “Era gente con pasiones claramente antisomocistas y algunos simpatizaban con el FSLN”, dice Dora María Téllez.

Tras el triunfo de la Revolución, Murillo se convirtió en directora de la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura, una poderosa organización que aglutinaba a poetas, pintores, escritores y actores del país. La escritora Gioconda Belli recuerda:

La elegimos directora de la asociación por su vinculación al poder. Al ser la esposa de Daniel Ortega, logró establecer un terreno para instalar la organización. Montó una estructura y tenía medios a su disposición para deslumbrar a los artistas, pero con los que se dio de cabeza fue con los escritores. La mayoría éramos cuadros del Frente Sandinista y cuestionábamos muchas de las cosas que hacía. Entonces comenzó a aislar a los escritores, porque es una persona que no tolera la crítica. Sí, tiene una gran capacidad de trabajo, pero es vertical.

La cultura era el ámbito de Murillo, y este no tenía nada que ver con la política. Incapaz de someter a los escritores, comenzó una campaña contra Ernesto Cardenal, entonces ministro de Cultura, hasta socavar su autoridad y quitarle funciones al ministerio. “Hicimos una protesta que fue aplastada apelando a la disciplina militante”, continúa Belli. Para Murillo el agravio de los escritores fue imperdonable. Ella se ve a sí misma como una poeta (ha publicado una decena de títulos, entre los que se encuentran Gualtayán, Sube a nacer conmigo, Amar es combatir, En las espléndidas ciudades y Las esperanzas misteriosas), pero su trabajo literario nunca fue reconocido en un país que ha dado a la literatura latinoamericana varios nombres de peso, desde Rubén Darío, pasando por Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal, hasta la propia Belli. A partir del regreso de Ortega al poder en 2007, Murillo desencadenó una persecución contra Cardenal, a quien la justicia nicaragüense congeló sus cuentas bancarias. El poeta, nonagenario, ha denunciado los desmanes y arbitrariedades de la pareja adonde viaja.

 

Atacar los Árboles de la Vida que mandó a instalar Murillo se ha convertido en símbolo de resistencia y oposición. Managua (2018). Foto de Inti Coon.

 

NICARAGUA, 2016

Rosario Murillo se mueve al ritmo de la música. Contonea sus caderas, pero la cámara muestra un rostro tenso. No sonríe. Sujeta el micrófono con la mano derecha, mientras en el índice de la izquierda la acosa un tic incontrolable. Está nerviosa. La música se detiene y ella toma la palabra para presentar a los invitados especiales que este 19 de julio, celebración del aniversario 37 del triunfo de la Revolución sandinista en Nicaragua, se reúnen en el entarimado adornado con centenares de arreglos florales. Tiene la voz carrasposa, como si estuviera agripada. Luego cede la palabra al comandante Daniel Ortega, su marido y su compañero político. Es el momento. Miles de nicaragüenses están pegados a la pantalla de sus televisores o de sus teléfonos; Twitter está hirviendo. Faltan doce días para que venza el plazo de inscripción de las fórmulas presidenciales para las elecciones del 6 de noviembre. La oposición ha sido ilegalizada por órdenes de Ortega y no habrá competencia electoral real. El único suspenso radica en la propia fórmula del FSLN. ¿La nombrará finalmente el Comandante? Murillo espera, escucha las palabras de Ortega con expresión dura. Ahí abajo hay miles de simpatizantes del Frente Sandinista que la aclaman. El baño de masas necesario. Una Evita a la espera de ser aupada por sus descamisados. La legitimidad del pueblo. Ortega ataca a los disidentes del sandinismo, les llama ratas y recuerda que la única que siempre ha estado a su lado, en las buenas y las malas, es Rosario Murillo. Las redes sociales estallan. ¿La nombrará su fórmula presidencial? Pero el Comandante no lo hace. Hoy no. Se limita a alabarla y la declara, al mejor estilo del régimen norcoreano, la “eternamente leal”.

Sin embargo, era un guiño necesario para despejar las dudas. Lo que hasta hace unos meses era pura especulación, chismorreo político –considerado incluso un imposible por algunos analistas–, se esclarece poco a poco: Ortega, en ese entarimado de flores, abre la posibilidad de convertir a su mujer en la heredera oficial de un proyecto político familiar autoritario. La sucesora constitucional del poder, si el presidente llegara a faltar. La posibilidad se hace real un mes después, cuando por fin recibe la bendición política de su esposo.

Una sonrisa pícara, de satisfacción, se dibuja en el rostro de Murillo. Saluda y besa a miembros de la Juventud Sandinista apostados en la sede del Consejo Supremo Electoral, en Metrocentro, y estrecha la mano del presidente del Tribunal Electoral, Roberto Rivas, quien la invita a pasar a un salón de reuniones. Allí, Rosario María Murillo Zambrana será nombrada oficialmente candidata a la Vicepresidencia por el Frente Sandinista de Liberación Nacional. A las cinco de la tarde del 2 de agosto –último día para inscribir candidatos a las elecciones presidenciales–, los managuas, en su trajín de fin de jornada, no parecen percatarse de que en la sede del tribunal se está sellando un acuerdo político trascendental para el país: el Comandante ha nombrado oficialmente a su mujer como la heredera del poder.

Por fuentes cercanas al FSLN, ahora se sabe que fue una decisión difícil. Una puja dura dentro de un partido que, aunque controlado por Ortega, todavía cuenta con figuras históricas que no celebran un esquema de sucesión familiar que trae reminiscencias de la dictadura dinástica de los Somoza, con la que nadie quiere ser comparado. Fueron días de tira y encoge en los que Murillo jugó todas sus cartas para obtener la bendición de su marido. “Hoy venimos a formalizar la nominación para pedirle a Dios que nos favorezca con la continuidad de este proyecto de bien común, de buen corazón, de buena esperanza”, dijo. Murillo apuesta a fondo a aprovechar las creencias tradicionales de un país profundamente religioso, y para ello ha creado un lenguaje oficial con guiños al catolicismo, a los pentecostales, que además mantiene el misticismo revolucionario y lo sazona con su creación poética: abundante y esotérica.

¿Qué significa que Rosario Murillo se haya convertido en la heredera del Frente Sandinista? ¿Por qué Daniel Ortega le entregó la sucesión? ¿Cuáles fueron los cálculos políticos del Comandante? Es difícil responder a estas preguntas, que muchos en el país todavía se hacen, dada la cerrazón en la que vive la pareja oficial, rodeada solo de un pequeño grupo de operadores políticos que cumplen las órdenes que llegan desde El Carmen, la Casa Presidencial y la Secretaría del Frente Sandinista.

 

MANAGUA, 2018

La Loma de Tiscapa, en el centro de Managua, es el verdadero símbolo del poder en este país. Allí tenía su casa el primer Anastasio Somoza, patriarca de la familia, y desde ahí gobernaba con mano dura. Allá estaban las celdas de tortura del régimen y también fue la sede de pactos y amarres políticos que por décadas comprometieron el futuro de Nicaragua. Cerca de ahí los marines estadounidenses vigilaban lo que durante años fue un protectorado más de Washington. Tras el triunfo de la Revolución, y más tarde bajo el gobierno de Violeta Chamorro, la loma se convirtió en un monumento histórico. Las celdas de tortura fueron selladas a cal y canto, pero todavía quedan rastros de la vieja mansión de Somoza. Entre ellos, un tanque de guerra oxidado que Mussolini le regaló al dictador tropical y otras piezas que recuerdan la dictadura. Además, fue erigida allí una enorme silueta de Sandino, diseñada por Ernesto Cardenal, que vigila la ciudad desde las alturas.

Desde diciembre de 2013, un nuevo símbolo se ha impuesto en la loma: la mujer del Comandante mandó a instalar, ahí también, sus árboles amarillos de metal, aparatosas estructuras inspiradas en una figura de Gustav Klimt que, según investigaciones de los medios independientes de Nicaragua, costaron alrededor de 20.000 dólares cada una. Murillo plantó uno de esos árboles, el más grande de todos, a la par de la figura de Sandino, como muestra indiscutible del nuevo poder que se alza en el país. Según Dora María Téllez:

 

                                       Manifestantes parodian a Rosario Murillo durante la Marcha de la Burla, en León, Nicaragua (2018). Foto de Marvin Recinos. AFP

Los Árboles de la Vida son un símbolo talismán. Rosario Murillo tiene un miedo del tamaño de su poder y quiere conjurar su posible pérdida con un talismán. Son un emblema de protección para conjurar los males que pueden acechar al poder. Por eso llena la ciudad con esos árboles, rodea la Loma de Tiscapa con ellos, porque estar sobre esa loma siempre ha sido el símbolo de poder en Nicaragua. Para mí es algo patológico, es una enfermedad. La podríamos llamar “el síndrome de los Árboles de la Vida”.

Abril es temporada de florecimiento de los corteses en Managua. La ciudad se llena del amarillo intenso de sus flores, que proyectan un resplandor dorado. Los capitalinos admiran estos árboles, orgullosos de que hayan logrado crecer a su aire en esta ciudad desordenada y sucia, donde el peatón se juega la vida cada día por la falta de aceras y los temerarios conductores. Pero la belleza de los corteses ha sido eclipsada por la aparición de las estrafalarias estructuras de metal de Murillo. La periodista Sofía Montenegro las bautizó como “arbolatas”, aunque los nicaragüenses las llaman “chayopalos”, aludiendo a los apelativos con los que se refieren popularmente a Murillo: “la Chayo” o “la Chamuca”, la bruja.

A mediados de abril de 2018 en la capital estallaron protestas, que se extendieron luego a todo Nicaragua, contra la imposición de una controvertida reforma a la seguridad social. Con el fin de “rescatar” de la quiebra al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS), Ortega impuso una serie de decretos que luego publicó en el diario oficial del Estado sin consenso previo con las cúpulas empresariales. Dicha reforma representa un duro golpe para jubilados, empleados y empresas, en especial para las más pequeñas. Entre las medidas se incluía una reducción del 5% a las pensiones –ya de por sí muy menguadas– que reciben cientos de miles de jubilados, para que con ello financien su atención médica. Además, la cuota que las empresas deben entregar al seguro aumentó del 19% al 22,5%. Para el economista Adolfo Acevedo, esta medida obligaría a los empresarios a buscar mecanismos para disminuir la afiliación de trabajadores al sistema de seguridad social, reducir personal y, en el caso de las empresas pequeñas, echar el cierre. Los trabajadores también debían aumentar sus aportes, lo que implica devengar menos. En Nicaragua, el salario mínimo promedio es de 150 dólares.

Como consecuencia, la gente, excitada con el descubrimiento de su libertad, empezó a atacar los Arboles de la Vida. Cuando la primera estructura cayó, hubo un sentimiento de liberación; algunos testigos del triunfo de la Revolución sandinista hace 39 años incluso compararon este acto con el derrumbamiento de la estatua de Somoza en el Estadio Nacional de Béisbol de Managua, en 1979. Hasta la fecha, se han derribado al menos un par de docenas de estos árboles de metal en una acción sintomática que puede servir de advertencia al régimen de Ortega.

Una tarde de sábado, después de una fuerte tormenta, asistí al derribo de una de estas estructuras. Varias personas se habían reunido en la céntrica Carretera a Masaya para ver cómo una veintena de muchachos luchaba por tumbarla. A un chico, a quien llamaban “Spiderman” por su temeraria capacidad para trepar el árbol, le correspondía la tarea de amarrar en las ramas las cuerdas de las que jalarían para hacerlo caer. Debajo, unos cinco muchachos con pequeñas sierras de carpintero rompían los tubos de hierro que sostenían la estructura. Es un trabajo duro, que bien puede durar media hora. Un muchacho descamisado aserraba la arbolata con tanto ahínco que parecía poseído por una fuerza sobrenatural. Es la adrenalina que droga en rebeldía a estos jóvenes que buscan demostrar su cansancio y su desprecio, y burlarse del poder que los ha mantenido relegados por más de una década. El aserrador, moreno, alto y musculoso, mostraba su potente pecho sudado al dar la señal de que la base estaba lista. Era la hora de la recompensa. Un grupo recomendaba a los curiosos alejarse de la estructura, mientras que otro tomaba las cuerdas amarradas al Árbol de la Vida. Al conteo de tres, todos empezaron a jalar con fuerza, haciendo crujir las bases del árbol que comenzaba a tambalearse. “¡Sí se puede, sí se puede!”, gritaba la masa al unísono. “¡Que se caiga, que se caiga!”. El árbol se movía de un lado a otro y tras varios minutos de forcejeo se desplomó sobre la avenida con un ronco estremecimiento. ¡Pum! Comenzaba el pandemónium. Los gritos y abrazos de alegría, la gente corriendo para saltar sobre el gigante caído como un Gulliver derrotado por los liliputienses. El llanto, esa sensación de alivio y de triunfo, la certeza de que el miedo no volverá jamás, que “las calles son otra vez del pueblo” y que Ortega, tarde o temprano, dejará el poder.

Nicaragua, sin embargo, ya cumple más de cinco meses en crisis. Ortega desató una brutal represión contra los manifestantes que, según el recuento oficial de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ha dejado más de 320 muertos, 2.000 heridos y 204 presos. Sin embargo, otras organizaciones de derechos humanos afirman que el número de “presos políticos” puede superar los 400. Además, se han perdido 347.000 empleos y más de 20.000 nicaragüenses han tenido que dejar el país para huir de la violencia. El mandatario acusó a los manifestantes de querer perpetrar un golpe de Estado en su contra, pero ha sido su esposa quien, en un acto de desesperación, los ha catalogado de “minúsculos”, “vandálicos”, “plagas”, “delincuentes”, “vampiros”, “terroristas”, “golpistas” y “diabólicos”. “¡No pasarán! Los diabólicos no podrán nunca gobernar Nicaragua”, declaró el pasado 16 de julio. Por esta clase de epítetos los manifestantes la han bautizado como “Lady Minúscula”, haciendo referencia a lady Macbeth de Shakespeare. A finales de septiembre de este año, una Murillo descompuesta, con los ojos encendidos y la voz pastosa, espetó a la cámara: “¡¿De qué se quejan?! ¡¿De qué se quejan?!”.

Ortega y su mujer intentan encajar el golpe, pero en Nicaragua, en plena primavera política, hay un antes y un después para el régimen. Ella, que según sus críticos soñaba con convertirse en la presidenta de una nueva dinastía familiar, ve cómo esos “terroristas” revientan sus planes. Encerrada junto a Ortega en su búnker de Managua, bajo un sistema de seguridad enorme que incluye el cierre de calles a varios kilómetros de la residencia presidencial, la mujer del Comandante, Rosario Murillo, como una lady Macbeth del trópico, ve cómo su propio bosque de Birnam, hecho de puro metal, se mueve preludiando el fin de su sueño de poder.

ACERCA DEL AUTOR


Carlos Salinas Maldonado

Periodista. Editor del diario Confidencial y colaborador de El País. En 2008 fue nominado al Premio Nuevo Periodismo Cemex-FNPI, que otorgaba la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

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