Sándor Márai

Periplo de un antiperfil

Un académico colombiano viaja a Hungría para lograr terminar el encargo de un ponzoñoso editor: un perfil de un fenómeno editorial póstumo, un autor desdeñado y celebrado en partes iguales por sus compatriotas. En este extraño relato tras bambalinas la suma de fracasos termina en un confuso éxito.

POR Mauricio Polanco Izquierdo


Ilustraciones de Juan Gaviria.

 

1.

La idea de viajar a Budapest me la dio János Sarkadi, responsable de la biblioteca del Centro de Estudios Interuniversitarios Húngaros de París III. Durante las tardes de trabajo silencioso en las que solo él y yo ocupábamos el recinto, entre préstamos y consultas bibliográficas, empecé a deslizarle cautelosamente preguntas sobre Sándor Márai. Al cabo de un tiempo, terminé confesándole que trabajaba en un perfil lúdico –encargado por una prestigiosa, aunque un tanto veleidosa, gaceta de creación literaria– cuya realización ya había empezado a contar entre mis fracasos.

–¿En Suramérica?, ¿Sándor Márai? –me preguntaba Sarkadi sorprendido, pero al mismo tiempo reprimiendo un cierto deseo de aplaudir semejante extravagancia.

Una tarde, tal vez para ayudarme a superar mi frustración de biógrafo derrotado, me dijo:

–Verá, no es fácil escribir un perfil breve, ingenioso y divertido sobre alguien tan perfectamente aburrido como Sándor Márai.

Insistía en que sus novelas carecían de acción y que su tejido narrativo se reducía a extensos monólogos taciturnos llenos de reflexiones pesimistas sobre la vida y el alma europea. Ante la autoridad que le confería haberlo leído en su propia lengua, yo guardaba silencio y recibía sus frases con la resignación del condenado.

–No comprendo por qué se obsesiona con un novelista tan mediocre –dijo satisfecho con su insulto.

Sarkadi había obtenido de la burocracia franco-húngara una beca que le permitiría concluir la redacción de una investigación audaz y original sobre el aporte de la clase campesina a la lírica húngara durante el período de las revoluciones liberales del XIX. A cambio, tenía que encargarse de los préstamos, catalogar las adquisiciones, organizar coloquios minoritarios y dar clases de lengua. Cuando nos conocimos, llevaba en su despacho ya dos años de sereno enclaustramiento, el cual era ocasionalmente perturbado por solicitudes bibliográficas de estudiantes que parecían tan solitarios y extraviados como él. Prueba de la exposición prolongada a la luz halógena, unas manchas verdosas le cubrían la frente y las mejillas. Su biblioteca era minúscula y abría al público solo trece horas por semana.

–No pierda su tiempo –dijo–. Su texto es un callejón sin salida.

Sus palabras me caían encima como una mole de hormigón. En efecto, tras meses de fallidas tentativas, dicho perfil se negaba a superar la etapa embrionaria. Me solicitaban una buena entrada para un relato ameno que se situara más cerca de la ficción que de lo biográfico y que pudiera leerse con la misma solvencia con la que se ve televisión; nada de pedanterías académicas ni de erudición barata. Una anécdota, me había sugerido el insidioso editor, algo humano o banal, explotable desde la ficción y que, acercándonos al Márai de carne y hueso, también arrojara pistas sobre su obra. Pero no hallaba nada. Márai no cooperaría, insistía Sarkadi. Y así llevaba yo por lo menos un año, estancado, con todo el material listo, a la espera de la buena entrada. El bibliotecario parecía tener razón.

–Aunque, verá, podría hacer algo por usted –volvió a decir, y se quedó meditando unos instantes, como si llevara a cabo un cálculo intrincado.

Márai ocupó desde el comienzo el centro de nuestras conversaciones. Cuando hablábamos de él, Sarkadi se ponía serio y arrugaba el ceño como si intentara sacarme de un error pueril o de corregir una injusticia. Porque eso significaba para él su éxito desproporcionado: una suerte de injusticia con Hungría. Se negaba a aceptar que, afuera, su país estuviera representado por un escritor burgués, decadente y hasta cínico. Viendo las cosas como las veía Sarkadi –concluí luego–, era como si para un extranjero la máxima gloria de la literatura colombiana no fuera García Márquez sino, por ejemplo, José Eusebio Caro o incluso el primer Vargas Vila.

Sarkadi era joven pero daba la impresión de que hacía mucho tiempo había dejado de interesarse por la vida, que vivía purgado de ilusiones. De sus gestos se desprendía una suerte de abulia melancólica incurable –un rasgo que, por Márai, yo atribuía a los húngaros–, y sus largas pausas me llenaban de impaciencia. No obstante, todo lo que decía me parecía de una incontestable inteligencia.

–El director de mi tesis trabaja en el Museo Literario Petöfi. Es un burócrata, pero podría ayudarle a encontrar lo que necesita.

A veces, cuando parecía hastiado de impactar maquinalmente el teclado, se detenía y me hacía preguntas para aliviar su curiosidad. Le costaba, como a muchos, entender que un amerindio –eso era yo para él– se interesara por la literatura húngara. Era calculadamente cordial, de trato rígido, pero sabía envolver nuestras conversaciones en una especie de templada frialdad que yo aceptaba sin miramientos. Cuando me hablaba de la literatura de su país, gesticulaba lúdica y fraternalmente, como quien hace un trabajo humanitario. Esto no me impedía seguir escuchándolo porque no captaba arrogancia alguna de su parte; la honestidad de su ignorancia me tranquilizaba. En una ocasión en la que fumábamos viendo caer nieve sobre la calle Censier, me confesó que se había preguntado si en mi tribu también teníamos por costumbre llevar coronas de plumas exóticas en la cabeza durante festividades o rituales.

–También cuando tu mujer se marcha con otro –le respondí con un dejo de ironía que pretendía moverlo hacia la risa.

Pero en lugar de reírse esbozó una sonrisita nerviosa y bajó los parpados con lentitud dejando escapar el humo con melancolía, como si fuera inmune a mi sarcasmo y solo atisbara en él un misterio que lo entristecía.

–Doctor Arany Gábor –dijo.

–Acaba de publicar una antología de artículos sobre el boom Márai –respondí de inmediato, con entusiasmo, entregándome a lo que se anunciaba como una esperanza.

–Veré si puede recibirlo –dijo.

–¿Un académico de su talla? –pregunté alargándole la mano con pueril precipitación.

–No se haga ilusiones –me cortó de tajo antes de que le diera las gracias.

Un fin de semana en Budapest, cómo no lo había pensado antes. Mi frustración empezó a languidecer: Buda y su venerado barrio de Krisztina, el busto de la calle Mikó; el sobrio Danubio; el museo y la colección de las últimas pertenencias de Márai: gafas, bastón, sombrero, Moleskine, todo ello le abriría nuevas perspectivas a mi texto. Y tal vez Arany me ayudaría a escribir el breve, ingenioso y divertido perfil de Sándor Márai que tanto me obsesionaba.

2.

Ya en Budapest y antes de partir hacia el museo, noticias del editor. Abro su correo sin sospechar la regañina que me espera:

Estimado P., empieza diciéndome G. con falseada jovialidad pedagógica, sobre un trozo de mi borrador que dice:

Según cálculos serios (ver La fortune littéraire de Sándor Márai, Syrtes, 2012), desde su accidental descubrimiento por un librero italiano, pasando por el boom editorial desatado en la Feria del Libro de Fráncfort de 1999, en 2012 ya se habían vendido más de treinta millones de sus libros en todo el mundo. Una cifra que se corresponde con una excepcional efervescencia de homenajes y traducciones en decenas de lenguas. ¿Cómo explicarlo si se trata de un escritor que en 1989, año de su suicidio, murió siendo un desconocido? En el fondo, muchos otros escritores, provenientes de su misma región, tuvieron destinos mucho más trágicos que el suyo, lo cual otorga, digamos, un valor agregado a sus obras. Actualmente, Márai es más leído que Kertész, sobreviviente al exterminio nazi y Nobel de Literatura. Hay quienes sostienen que este último se lee precisamente por eso, por ser judío y haber sobrevivido. Pero Márai no conoció campos de concentración ni era hebreo. Entonces, ¿dónde está el truco? Un destino trágico no es garantía de una obra inmortal. Debe necesariamente haber algo más. Posiblemente la magia consista en la estrecha relación que guardan vida y obra.

Esto no presenta problemas excepto por la innecesaria y, a mi juicio, pretenciosa alusión a Kertész, un autor tan escasamente conocido en las letras hispanas. Sobra, al igual que la referencia bibliográfica en francés (publicamos solamente en castellano, ¿a quién quieres impresionar?). Te ruego suprimas ambas cosas. Después de una tercera lectura encuentro que el remate del párrafo adquiere un tono de ensayo que no es coherente con nuestro rasero editorial. Tampoco veo por qué inmiscuir al lector en cuestiones litero-raciales. Se presta a confusión. Por último, la palabra “truco” se me antoja truculenta. Te daré más noticias luego, por ahora sigo a la espera de las observaciones del segundo lector, y de lo que tú mismo vayas agregando al perfil. No olvides zambullirte en el Danubio, le hará bien a tu imaginación.

Cordialmente,

G.

Malnacido, oigo repetir sin tregua a mi ego, y mientras me voy poniendo en guardia contra el provinciano purismo del revisor, me interno por calles de funestas fachadas que parecen tapizadas con arena volcánica. Los vestigios de la arquitectura soviética, en ciertas porciones de la ciudad, conservan todavía intacta su opacidad y adustez de antaño.

3.

Calle Károly, Pest. Espero en el vestíbulo. De modo que –estoy diciéndome para mitigar la ansiedad– hay un Márai húngaro y otro internacional. Curiosamente –prosigo en mi cogitación–, en Hungría es más apreciado el ensayista que el novelista. Y el primero no existe todavía para Occidente.

–¿Señor P.?... ¡Ah, pero usted es indio! –dice Arany mientras se acerca para estrecharme la mano. Su mirada trasluce una rara felicidad y al mismo tiempo una especie de desconfianza atávica. Como si, al observarme, sus ojos descubriesen la reliquia de un pariente milenario que se hubiera extraviado en alguna migración por las estepas de Mongolia.

La visita empieza mal: Arany decide tratarme como al dignatario de una comunidad exótica. Me toma cinco minutos convencerlo de que no hablo ninguna lengua amazónica, que no poseo conocimientos sobre plantas medicinales y que no pertenezco a ninguna etnia en vía de extinción. Incapaz de la menor pose de autoexotismo, poco o nada significa enterarme de que toda mi vida he sido un indio sin saberlo. Solo quiero entender por qué no compartimos el mismo escritor, por qué Márai es uno para los húngaros y otro para los que descubren su obra del otro lado del océano.

Solo cuando le recuerdo que investigo sobre la recepción de Márai en Hispanoamérica, abandona su delirio colonial.

–Excúseme –dice al notar mi malestar y me pide que lo siga.

Mientras nos dirigimos a la sala de las colecciones especiales, reservada exclusivamente a investigadores, noto que el personal del museo me mira con extrañeza.

–No haga caso –me sugiere–. Mitad orientales, mitad occidentales... Conoce el pasaje, supongo.

Tras verme asentir, agrega con afable indulgencia:

–Somos un pueblo nómada extraviado en el centro de Europa... –parece satisfecho de que rompamos el hielo con rapidez. Sin darme tiempo a replicar, concluye su frase– aislado de su cosmopolitismo por culpa de nuestro idioma, ¡una lengua-prisión!

Todavía dominado por la inseguridad y la confusión de los primeros minutos, apenas consigo decirle que acaba de emplear un llamativo artilugio metafórico, aunque se trate probablemente de una exageración.

Fabriqué en France –dice regalándome un guiño de incipiente camaradería.

Entramos a la sala y al instante siento que su densidad me envuelve. Entonces las veo surgir de su inmovilidad: centenares de reliquias guarnecidas en escaparates de madera tallada, separadas del mundo por delgados cristales y bisagras doradas. Están ahí como meros objetos, pero también manifestándose con toda la fuerza de su muda realidad: ellas atestiguan la entereza de su suicidio, de su carácter. Todo es Márai. Siento su gravidez impregnada en los objetos, en cada recodo; este silencio, el de sus novelas, el de los instantes que preceden a una confesión o a una rendición de cuentas que han madurado durante años en los fiordos de un alma, y que al final nada significan porque el tiempo no solo les ha borrado los contornos, sino que les ha despojado también de toda importancia.

Espléndido. Por fin estoy aquí, me felicito. Con los bríos que me confiere mi creciente confianza, le digo a Arany que aunque su pueblo esté predestinado al aislamiento y a la soledad, como el mismo Márai creía, una rigurosa búsqueda de lo universal lo caracterizó a él tanto como a los escritores con los que estaba emparentado. Y que dicha búsqueda compensa sobradamente el inconveniente de su nacionalidad.

Espera los segundos suficientes para ocultar que le tiene sin cuidado lo que acabo de decirle, y entonces vuelve al ataque: resulta que uno de sus colegas, en busca de grandilocuencia, le ha conferido recientemente a Sándor Márai el título de Erasmo de los Balcanes.

–Incluso 25 años después de su muerte –dice barriendo con un movimiento de la mano la amplitud de la sala–, Márai sigue viajando con estos objetos. Este bastón, este encendedor, estas solapas gastadas, casi todo lo que ve aquí en esta sala fue enviado desde Estados Unidos después de haber pasado largas temporadas en Nápoles y Nueva York. Puede parecerle un lugar común, pero pocos escritores han viajado tanto como él –dice con artificiosa convicción.

En efecto, además de un flagrante lugar común, es una instrumentalización abusiva. Pero callo.

Recorro las vitrinas relucientes y saltan a la vista curiosidades redactadas en numerosas lenguas. Patterns from a Globetrotting Hungarian’s Life es el título del catálogo de una exposición realizada en 2004 por el Centro Cultural Húngaro de Londres. En la portada, una fotografía de Márai de pie al borde del mar, con su sobretodo encima, capturado en una pose transitoria, disponiéndose a partir. Sostiene con ambas manos los anteojos a la altura del vientre. Cierto fastidio de premura insatisfecha se dibuja en su mirada. A sus espaldas, la vastedad del océano está a punto absorberlo.

Una vida en imágenes (2005) es la biografía escrita por Ernö Zeltner, ilustrada con fotografías de época. Una imagen atrae mi atención: San Diego, California, 1986. Lola, la primera lectora de sus manuscritos y con quien estuvo casado por más de cincuenta años, ya ha muerto. Márai, encorvado pero impecable en su vestimenta, se mantiene en pie junto a János, su hijo adoptivo. El hermetismo de los labios apeñuscados forma una recta inexpresiva, pero los pliegues verticales que surcan las mejillas le confieren una cierta bondad de morsa, una bondad asqueada. Enfrenta el lente con dureza, pero no con aquella propia de su carácter, sino con la de la vejez, a la que suele subyacer cierta soberbia. El momentum de su rostro ha quedado congelado en el instante en que su expresión está a punto de convertirse en hastío o en indiferencia. Ni siquiera puede decirse que se le vea agotado. Lo único que parece comunicar su serenidad es que sigue ahí, detrás de una línea de sombra que lo separa del resto de los seres humanos, y desde donde espera la muerte.

Majaderías psicologizantes, me impugnará poco después G. pidiéndome por favor retirar ese fragmento por tratarse de una excesiva y muy personal proyección de la vejez del escritor: ¿Engañar a nuestros lectores, subestimarlos?, me corrige al tiempo que hace gala de mordaz camaradería: pueden ser mañosos, descreídos, perezosos, pero su frivolidad no va en detrimento de su astucia. Cuidado con eso. Un saludo, G.

Prosigo. No muy lejos, encuentro un libro voluminoso en el que se ordena su vida como si se tratara de las fluctuaciones creativas de un pintor. Hay un período alemán, uno parisino, otro aquincense y, a partir del exilio definitivo del 48, uno napolitano y uno norteamericano. Al final, se dedica un capítulo entero a sus escapadas a Londres, Damasco y Tijuana.

–Un trotamundos... ¿de qué huiría? –pregunto con cierta desfachatez, como si no dirigiera la pregunta a nadie. Mi voz empieza a sonar menos insegura.

–Verá –dice Arany lanzándose de lleno a la regurgitación–, nacido en un imperio multinacional y criado en una ciudad cosmopolita, viajar para él nunca fue una excentricidad. Su educación se fundó sobre el mito de que Europa era una patria espiritual formada por personas disciplinadas y cultas, en su mayoría burguesas –lo dice aclarándose la voz– que creían en la razón... En fin, ya conoce usted ese relato, eso era hacia 1900.

Siguiéndole el paso, oigo su palabreo casi soñoliento sobre las catástrofes de las guerras mundiales y las ruinas del universo espiritual europeo. Trasboca casi con desdén lo que ya han mencionado biógrafos, reseñas y periódicos: escritor burgués, opositor de los regímenes totalitarios, despreciado por los soviéticos, cuarenta años de exilio, soledad consumada, olvido. Luego, ejecutando los ademanes típicos de una visita guiada, Arany habla de la nostalgia y del sentimiento de pérdida que habitan su obra; de su búsqueda de lo irrecuperable, de su apego a la lengua materna, bastión y último vestigio de la patria perdida.

“Búsqueda de lo irrecuperable”, de dónde habrá sacado esa. Intuyo que por ahí puede encaminarse el perfil. Pero enseguida advierto que ninguno de los datos suministrados es divertido o ingenioso. La segunda mitad de la vida de Sándor Márai estuvo manchada por el rencor y la amargura del destierro: los bolcheviques se apropiaron de su país (cosa que a muchos les sucedió). Pero además de eso, siendo quien era –el respetado portavoz de un viejo orden–, el nuevo régimen le prohibió incluso conservar la libertad de callar. ¿Puede haber peor humillación?

Una anécdota en absoluto banal: poco antes de abandonar Hungría definitivamente, Márai visita por última vez a su editor. Este le informa que la editorial acaba de ser nacionalizada y que el partido le ha dado la orden de no imprimir más sus libros por considerarlos literatura nociva. Descienden juntos al sótano de la imprenta y Márai descubre en un rincón la cuarentena de títulos que hasta entonces constituyen el trabajo de tres décadas. Atenazado por la perplejidad, a los 48 años, por primera vez se encuentra cara a cara con la obra de su vida. ¿Qué he querido decir durante todo este tiempo a través de tanto papel y tanta tinta?, se pregunta al tiempo que lo invade una sensación de rechazo. “Es todo lo que he logrado conservar, debes llevártelo o me meteré en líos”, le pide su editor.

El momento es conmovedor: el autor comprende que su obra no verá más la luz en su país natal, que sus lectores dejarán de tener acceso a ella en su lengua original y, en consecuencia, se extinguirá.

Horas después, intentaré desesperadamente convencer a G. de que pocos escritores han vivido algo así, de que es verdaderamente estremecedor que un autor se vea obligado a despedirse definitivamente de su obra, porque al perder a sus destinatarios originales –le explico en tono de súplica– la obra se pierde para sí misma. No hay necesidad de ponerse sentimental, me replica G. escupiendo sobre mi anécdota y advirtiéndome de paso que ha empezado a leer la biografía de Zeltner.

 

Créeme P., estas cosas ya no conmueven al lector de hoy. Ignoro por qué, pero aunque sea verdad todo lo que sucedió a ese gran escritor, hay algo inverosímil y forzado en su dramatismo. A mí me parece demasiado infestada de catolicismo dicha experiencia. Enfócate mejor en su lado dandi, cuéntanos de su rutina decadente en Budapest, del fumador compulsivo, háblanos de ese individuo que leía periódicos y jugaba al tenis por las mañanas; preséntanos a ese Márai que por las tardes nadaba un kilómetro antes de tomar un masaje relajante en el balneario termal de Széchenyi. Muéstranos a ese hombre que solo en las noches, después de vivir su vida entre cafés y tertulias, consagraba algo de tiempo a la escritura. Es eso lo que quiero leer.

Ánimo,

G.

 

Arany se aleja para atender una llamada. Continúo mi visita. Ver los originales del último volumen de sus diarios (1984-1989) me resulta casi tan conmovedor como su misma lectura. Están abiertos en la última entrada, escrita a mano el 15 de enero de 1989: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”.

Lucidez suprema hasta el último instante. Envidiable. Pero, ¿y el otro Márai, el mal novelista, el que vine a buscar? Es que presentado así no puede suscitar inquina alguna. Tampoco mayor simpatía. G. no aceptará nunca un perfil como este, pienso sintiendo una raja helada abrirse bajo mi esternón. Es una figura entrañable, un abuelo con muchos sesos y cojones, un sobreviviente de principios, un alma herida. Una víctima más del siglo que le correspondió vivir. A fin de cuentas, solo generalidades de solapa, las del autor que se reseña en Salamandra o en Albin Michel. Hasta ahora ni un solo rasgo que lo haga sobresalir en la oscuridad del pabellón de los escritores que murieron olvidados. Punto para G.

Arany está de vuelta. Bien, me digo, basta de protocolos, ahora algo provocador. Y tras un denso silencio, me atrevo:

–Márai es una especie de héroe nacional que representa a su pueblo, pero que en nada se parece a él.

–¿Qué ha dicho?

El rechinamiento de mis muelas se oye en toda la sala. Trato de enmendar mi torpeza:

–En Francia y en Hispanoamérica adoramos sus novelas, pero los húngaros las desprecian.

–La cuestión no es tan trascendental como cree –me dice, contento de que me haya atrevido a tal provocación.

–Sarkadi lo detesta –agrego un poco más de pólvora.

–Verá, cuando Kertész obtuvo el Nobel, los nacionalistas se negaron a celebrar porque era judío. Y hay quienes censuran a Márai por ser burgués. A ambos escritores los condena, en el fondo, un sentimiento análogo. Y a mí me tienen sin cuidado los prejuicios literarios de los húngaros.

Hace una pausa, saca de su maletín un cuadernillo en papel rústico, y dice:

–Hay también en este país mentes brillantes corroídas por resentimientos de clase que terminan escribiendo cosas como esta.

–¿Lukács contra Márai?

–Léalo, tiene su interés. Pertenece, digamos, a su pasado militante.

János Sarkadi, leo dentro de unos paréntesis rojos. Y al lado: Apuntes para la preservación de una verdadera literatura proletaria en Hungría.

–Llámeme mañana –dice mientras desliza su tarjeta sobre el cuadernillo–: le mostraré algo. Ahora le ruego me disculpe, doy una conferencia en cinco minutos.

Nos damos un sincero apretón de manos, le agradezco su tiempo y él me agradece el que dedico a las letras de su país.

–Lo dejo con el camarada Sarkadi –dice regalándome un último guiño de gratuita complicidad.

Tal vez nunca vuelva a encontrarme tan cerca de Sándor Márai, así que decido permanecer a solas unos minutos más para absorber las radiaciones que emanan de toda la parafernalia apostada en torno al gran escritor. En vano, porque tan pronto como Arany cruza el umbral, una de las curadoras se planta en la puerta para invitarme a salir con un gesto firme y amable al que no puedo oponer resistencia. Antes de maldecirla, de súbito comprendo que este fetichismo adolescente y esta cercanía artificiosa no me revelan al Márai que me urge hallar. Entonces me acerco al libro de visitantes y, con afectada solemnidad, escribo que todo me parece fenomenal, muy digno de la melancolía distintiva de Hungría. Agradezco y firmo como investigador suscrito al Instituto Interandino de Altos Estudios en Literaturas y Poéticas Cocaleras. Sin más.

Afuera, me entero de que la conferencia de Arany versa sobre la influencia de la cosmogonía imperial turca en los novelistas húngaros del siglo XVIII. Sonrío y le devuelvo el guiño observando con complacencia la fachada del museo. El “gracias” que se escapa de mis labios se confunde con la filosa brisa que desciende del monte Gellért. Entonces deambulo por el desolado Pest de mediados de invierno. El Danubio no es azul, parece una gran losa grisácea sobre la que se reflejan las espesas luces amarillas del Parlamento y el Castillo de Buda. Nunca estuve tan solo en Europa como lo estuve en Budapest. La densidad de ciertas ciudades europeas me abre en el corazón hondos boquetes de zozobra.

4.

De vuelta al hostal, malas noticias. G., envalentonado por los datos de Zeltner, se ha tomado la molestia de darme el ejemplo de una buena entrada.

Estimado P., te propongo una pista:

Nació el 11 de abril de 1900 en lo que hoy podemos considerar dos territorios diferentes. En el primero se situaba Kassa, una ciudad húngara que desde el siglo xii se había desarrollado bajo la tutela de las dinastías Árpád y Habsburgo; en el otro se encuentra actualmente Košice, el segundo centro urbano de la República de Eslovaquia, el cual estableció su independencia tras la desintegración del Imperio austrohúngaro y la desaparición de Checoslovaquia. ¿Estamos hablando entonces de un escritor de origen magiar con raíces eslovacas y parcialmente checo? Esto, sin contar la germanofilia que predominaba en su familia. Ahora bien, si una cosa es una cosa... ¿cómo pudo Márai adosarse, sin haberlas solicitado, tres nacionalidades diferentes? Los cataclismos de la guerra, dirás con tu tonito académico. Pero no, se trata sencillamente de la mala suerte, mi estimado P.  Y una muy mala, por cierto. Escúchame bien: lucidez postindustrial, no hay más, déjate guiar por ella. Porque, ¿de qué otra manera puede interpretarse ese ligero inconveniente, quiero decir, el de haber nacido en el lugar menos indicado cuando tiendes a ser conservador y a aferrarte más de la cuenta a tu tierra y a tu lengua? Ahí tienes ya el título del perfil: “La insufrible fortuna de Sándor Márai” o “Las tribulaciones de una identidad tripartita”.

El olfato, P., para rastrear el lado trivial –porque siempre hay uno– de los grandes destinos, eso justamente es lo que le falta a tu texto. Atención: en un pasaje de su autobiografía el susodicho da cuenta del dolor que experimentó al ser tratado como extranjero en su propia ciudad natal, es decir, al intentar ingresar a Košice cuando hacía más de veinte años que no ponía un pie en Kassa. Las autoridades le exigían un pasaporte checoslovaco y para obtenerlo era menester haber prestado el servicio militar en dicho país. Márai tenía ya más de cuarenta años, ¿te lo imaginas haciendo flexiones de pecho a esa edad? Le tocó resignarse a seguir viviendo con el deseo insatisfecho de visitar por última vez la casa donde nació y de pasearse por el barrio de su infancia. ¡Oh infortunio! ¿Lo ves? Así hay que dirigirse al lector, con un ingenio divertissant, hacer uso de una ironía refrescante, de un lenguaje que tenga su propia dinámica e imponga ritmos y diálogos inteligentes, mas no pedantes, al lector. En el caso de Márai, hay que descubrir cómo burlarse dignamente de sus miserias. No sé si vas a entenderme. Empiezo a perder paciencia.

Buena suerte,

G.

5.

Bajo al restaurante y ordeno medio litro de pálinka con pepinillos y ajos en vinagre. Tengo aún la cabeza invadida de malos pensamientos, ganas de abandonarlo todo. Me propongo recuperar el ánimo con este exquisito aguardiente de pera mientras examino el documento que me entregó Arany. Entonces leo: Sarkadi reviste el rencor de su prosa con una vehemencia melodiosa. Capoteo el texto, hago naturalmente justicia a su tono panfletario, y a partir del tercero empiezo a saltar párrafos indiscriminadamente. Me detengo aquí:

Camaradas, cae el Muro y solo entonces Francia y Alemania se dan cuenta de que los europeos periféricos, sus parientes lejanos: checos, húngaros, polacos –pueblos a los que repetidamente han traicionado a lo largo de la Historia y a quienes toleran a regañadientes en sus territorios–, sí, ¡nosotros!... solo entonces comprenden que también somos inteligentes y que también poseemos literaturas.

Así que hay dos Sarkadis, uno oriental y otro occidental, uno húngaro y otro francés. Enseguida intento calcular el doble lavado de cerebro que debió de haber sufrido entre este panfleto y su beca parisina. Fenomenal, ya tendremos tiempo de conversar. Entonces bebo, mastico, bebo y leo. No muy lejos, doy con la perla de su razonamiento:

Por eso, camaradas, os invito a descreer del éxito importado de ciertos escritores burgueses. Os propongo ignorar la impostura de su notoriedad, mero constructo de las potencias occidentales decadentes que favorecen, gracias a sus maquinarias editoriales corrompidas por la ley del mercado, a quien mejores ventas prometa. Ya lo demostró certeramente Lukács: Sándor Márai, ¡una vergüenza nacional!, un burgués indolente que nada hizo por su pueblo. ¿Su éxito actual? Nada más que una moda editorial pasajera, impulsada por la culpabilidad que los europeos occidentales sienten por sus primos lejanos del este. ¡Cuántos escritores, camaradas, mucho más nobles y profundos no posee nuestra patria!

Sarkadi, musito sacudiendo la cabeza... Sarkadi. De inmediato lo imagino en su insignificante despacho parisino catalogando obras que nadie leerá. ¿Qué le diré cuando vuelva a verlo?

De repente, un jolgorio de voces ebrias que se aproxima desde atrás no me da tiempo a decidirme por la compasión o la burla. Aunque me propongo ignorar el bullicio, el impacto de tres manotazos en el hombro me saca de mi cavilación. Cuando me pongo de pie para encarar al sujeto, está apuntando con su índice derecho hacia mi cara, y en el momento en que nuestras miradas se compenetran, suelta una estruendosa carcajada que interrumpe abruptamente para entregarse a la ejecución de un burdo acto teatral. El vértigo de la acción me deja inmóvil.

Extraviado en su alucinación etílica, el mentecato se pone a ulular dándose raudas palmaditas en la boca con la punta de los dedos. Imita con vulgar torpeza el estereotipo hollywoodense de una danza nativoamericana. Aúlla y gesticula como un demente dando saltitos con una pierna y luego con la otra, al estilo de los indios en los westerns. Por instantes, su voz delata gruñidos de animal asustado. Está a un trago de perder completamente el equilibrio.

Un alarido de guerra. ¿Pero qué guerra me declara? El silencio se apodera del restaurante. Es un hombre joven, conserva todavía frescos los rasgos de la adolescencia. Muy rubio, de ojos azules y finos rasgos caucásicos, su rostro se asemeja al de un lince boreal. Por fortuna, no es un jobbik. Va bien vestido, con un traje cortado a la moda. Parece oficinista de un despacho de abogados, ambicioso, despegando en su carrera. No irradia la hostilidad del marginal. Es solo un filisteo más de la globalización, que ha bebido demasiado y se encuentra fuera de sí. Y ha visto por primera vez a un amerindio.

De golpe, frente a él, una imagen: se ha decidido el sitio de Budapest, los bolcheviques empiezan a ocupar las posiciones abandonadas por los nazis. Márai se refugia en una casa de campo a media hora de la capital. La mañana del día después de Navidad de 1944 se topa con el primer soldado, un bielorruso de pómulos prominentes. Este, exhausto, sin bajar de su caballo y apuntándole con su ametralladora, le pregunta dos veces en una lengua incomprensible: “¿Quién eres?”. Al oír la palabra pisatiel, en el rostro “alarmantemente ajeno” del soldado se enciende una chispa de furia compasiva. Baja el arma y le ordena volver a casa. Márai no habla ruso, pero sabe que una de las pocas palabras que es capaz de pronunciar en dicha lengua, “escritor”, ejerce un efecto mágico sobre los soviéticos. Disuasivo, en este caso. En la Unión Soviética los escritores eran figuras veneradas.

Años después, Márai evoca esta anécdota en ¡Tierra, tierra! para introducir una extensa disertación sobre lo que él mismo denomina “Homo sovieticus” y la insuperable alteridad que lo separaba de este tipo de sapiens (con este párrafo ya estás arruinando el ritmo del texto, subrayará G. horas después, impaciente, acosándome con la miopía audaz de su intelecto, y preguntándome de dónde saco esas locuciones latinas pretenciosas que nadie comprenderá. Alteridad, ¿qué es eso? A ver, ¿y a quién le importa que sea extensa la disertación?). Sin poderlo saber en ese instante, nos dice Márai, la llegada de aquel soldado representaba el encuentro de dos civilizaciones. En el fondo, arguye, ese “¿quién eres?” era su punto de convergencia. El soldado y el escritor, aunque lo ignoraban, eran vehículos del mismo interrogante. Márai siempre creyó que una nueva fuerza del este tocaba a la puerta de Occidente para aniquilar su modo de vida. Llevaba años viviendo su propia guerra fría.

Cuando termina su sainete, el imitador de indios adquiere un rictus macabro y decide acercarse. Por fortuna, solo alcanza a dar dos pasos tambaleantes antes de que sus camaradas lo sujeten para arrastrarlo de vuelta a su mesa. Mientras se bate por liberarse, sus ojos siguen observándome con el fulgor de un odio animal, primario. Retorciéndose, deja escapar tres silabas que no puedo comprender, pero cuyo sentido capto con nitidez. A pesar de no conocer un ápice de su lengua, sé que me está haciendo la misma pregunta: “¿Quién eres?”.

¿Y quién soy yo? Sándor Márai, quisiera responderle, ignoro por qué. Pero de nada serviría. Repite una y otra vez su frase con idéntica insistencia rabiosa. Escucho sus ladridos ahogados por el alcohol y siento también una brasa de furia compasiva encenderse en mis ojos. Sereno, articulando cada silaba con lentitud, le respondo: “Soy un indio, ¿quién eres tú?”.

Sin embargo, esta vez no hay palabra milagrosa que valga. Recibe mi respuesta como un golpe y da un último retorcijón. El Homo caucasicus se sumerge en una muda aflicción mientras sus acompañantes lo instalan atropelladamente en un taburete. Trazo un ademán pacífico con la mano, excusándolos, y el mismo gesto me devuelven del otro lado del salón. Vuelvo entonces a mis ajos y a mi botella de pálinka. El barman viene a verme para asegurarse de que todo esté bien. Lo despacho pidiéndole otro medio litro del mismo aguardiente. Una justa soberbia me impide mirar alrededor.

6.

Hacia el mediodía, despierto fustigado por un intenso ardor en el tubo digestivo. Siento las tripas despejadas como si me las hubiera lavado un tsunami de aguarrás. Llegan las observaciones sobre lo que redacté, presa de la ebriedad. G. es ahora el soberano de mi texto y no ha titubeado para volver a darse un suculento festín:

P., de entre toda la basura que me enviaste anoche, solo se salvan los siguientes retazos. Encuentra la manera de unirlos. Aunque, francamente, la comparación con Balzac me parece un desacierto porque su vida y su obra también son indisociables. Por último, me tomé el atrevimiento, por el bien de todos, de suprimir las frases que más trastabillan. Explota al máximo tu cita con Arany.

No desfallezcas,

G.

Me tumbo en el sofá y descubro el producto de mi inspiración hecho trizas:

[...] una marcada consistencia entre vida y obra [...] tomemos a Balzac. En su caso, no es injusto afirmar que entre la una y la otra existe un abismo que las opone. Honorato fue un arribista de la monarquía. Bien se sabe que movió cielo y tierra para incrustar un “de” nobiliario entre su nombre de pila y su apellido. Fue mundano, egoísta, exuberante, carnal, dotado de un gran talento para mentir [...].

[...] cuán poco se parece la obra a su creador, cuán poco se refleja lo uno en lo otro. Muy poco tienen en común La comedia humana –una crítica a la sociedad de su época que se entregaba al perverso dominio de las relaciones dinero-poder– y el hombre de carne y hueso que empuñó la pluma para darle forma. ¿Una vida inhumana que engendró una obra universalmente humana? (Necios juegos de palabras, P., cuidado con el fair play ficcional.)

Con Márai sucede lo opuesto. Su vida y su obra son dos espejos puestos uno delante del otro. Ambas se alimentan, y el hombre que fue Sándor Márai trabajó cuidadosamente, desde la literatura y la vida, para edificar una perfecta simetría entre ambas. En este escritor se encuentra algo conmovedor que es develado constantemente por su relación consigo mismo, con su ficción y con el mundo que le correspondió vivir [...].

[...] la literatura representaba para él una forma real de llevar una existencia ideal (esta es bárbara, P., se me aguaron los ojos. La dejo solamente para que veas de lo que eres capaz) y esta es una de las claves para comprender su figura. En él hay una permanente búsqueda de consistencia entre el acto y la palabra [...] (de ahí en adelante el texto se va por el desbarrancadero con la aburridísima alusión a El último encuentro).

 

Sí, P., ya lo sabemos, Konrád y Henrik llevan ya horas conversando a la luz de los candelabros para aclarar todo antes de morir. Sin embargo, la verdad, esperada por Henrik por más de cuarenta años, aún no ve la luz. Ha formulado todas sus preguntas, ha rescatado del olvido los detalles y las tensiones que circundaron su amistad. ¡Todo es tan emocionante, P.! Konrád, empero, el traidor que debe rendir cuentas, se niega a contestar. Suspenso, señoras y señores... y de repente, ¿qué ocurre? La gran cita, el ladrillo, pero no el que completa la muralla del texto, sino el que descalabra al lector. Sí, P., por supuesto, siempre se responde con la vida entera a las preguntas esenciales (suena el gong): ¿quién eres?, ¿qué has querido de verdad?, ¿qué has sabido de verdad?... Se puede mentir, poco importa. Lo importante es que uno al final responde con su vida entera. ¡Por Dios, P.! ¿Se tiene que ser tan rígido y sobreactuar tanto?¡Estiércol de teatralidad kitsch! Eso no vende.

Todavía con dolorosas palpitaciones en la cabeza, bajo a la calle por un café y, en cuanto estoy de vuelta, me pongo a escribir con la equívoca pero feliz certeza de que en dichos insultos vienen camufladas las respuestas:

Durante los últimos años de su vida, directores de cine, prestigiosos diarios de Budapest, casas editoriales de renombre, la misma Asociación de Escritores de Hungría, periodistas, todos lo instaban a volver del exilio. Pero los ruegos no conseguían convencer al anciano escritor radicado en San Diego, California, quien solo esperaba pacientemente la muerte y, entre tanto, consagraba sus últimas reservas de lucidez para despotricar de la literatura industrializada. Le prometían recibimientos rimbombantes, miles de dólares, cátedras y bustos.

–¿Monumentos? Para lo único que sirven es para que los meen los perros –le respondió en una ocasión a un periodista imprudente.

Muchos intelectuales regresaron a casa después de décadas de destierro. A principios de los ochenta, el régimen soviético se ablandaba y todo indicaba que los rusos permitirían a la sociedad húngara una transición pacífica hacia la democracia. Los comunistas se mostraban condescendientes y los expatriados ya no eran considerados traidores de la patria. Pero no lo creía así Márai, más obstinado que nunca. Vivió los años finales de su vida convencido de que aquello que sus colegas llamaban “casa” había dejado de existir hacía más de cuatro décadas. El país se había bolchevizado por completo. Sabía que, además de convertirse en un idiota útil para el partido, volver a esa Hungría equivaldría a un nuevo exilio. No quedaba un solo miembro de su familia con vida, ni compañeros de profesión ni amigos. Todos sus enemigos habían desaparecido también. “Si volviera a Budapest no encontraría con quien enfadarme”, escribió en su diario de 1988, poco antes de matarse. Por eso prefirió desvanecerse en el olvido, muy lejos de su venerada lengua materna. Desde 1948, su postura fue siempre la misma: mientras no cesara la ocupación y no hubiera elecciones democráticas con observadores internacionales, jamás regresaría ni autorizaría la publicación de una sola de sus líneas. Así, exploró las honduras de la soledad como pocos, y cuando entendió que pronto sería incapaz de valerse por sí mismo, puso fin a su vida sin sentimentalismos ni tratos de última hora con el mundo. Se extinguió consumado en el respeto innegociable a sus valores y convicciones más profundas.

7.

Barrio de Krisztina, Buda. Avanzo a paso firme sobre la calle Tábor mientras trato de quitarme de encima, con copiosos chorros de pálinka, el mal sabor que me ha dejado el desplante de Arany. No hay rastros del sol, la negra muralla de nubarrones progresa rampante en su descenso a tierra. El cielo aplasta a Budapest como una prensa colosal y la compresión que ejerce sobre mi psiquis me machaca los nervios. Clima de mierda, día de espanto, me enardezco. Gotitas congeladas, cual alfileres, empiezan a impactar contra mi cráneo. El invierno será siempre esta experiencia humillante, me torturo al tiempo que batallo contra la fatiga ocular y sorbo mi aguardiente. Era de esperarse, Arany jamás respondería a mi llamada. Su tarjeta no fue más que la postiza cordialidad del burócrata académico. Sarkadi tenía razón.

A pocos metros del cruce con la calle Mikó, ruinas. Una señal de prevención me cierra el paso sobre la acera, cintas de plástico rodean un voluminoso arrume de ladrillos negruzcos, carcomidos por la humedad. Bajo a la calle, apresuro el paso sorteando los detritos de fango y concreto. Al llegar a la esquina descubro maquinaria pesada, artefactos de obrero apostados alrededor de la bocacalle. Temo lo peor: el gobierno de Orbán demolerá el antiguo inmueble donde Sándor Márai vivió los mejores años de su vida; nada quedará de su casa (ya antes derribada por las bombas soviéticas y alemanas) y en su lugar construirán, en un gesto de vulgar demagogia, viviendas de interés social. El suelo se abre bajo mis pies, colapsa la vivienda, se hunde mi perfil. Y el alcohol baja como un fogonazo límpido por mi garganta.

Giro hacia la calle Mikó buscando la placa en lo alto de la fachada. Por fortuna, sigue ahí indicando el intenso período de glorias y desdichas (1931 a 1945) durante el cual escribió casi de un tajo las novelas que se leen actualmente en Occidente. En un breve instante pasan delante de mis ojos los cientos de imágenes y episodios de la vida de Sándor Márai que me he ido construyendo a lo largo de estos años de atentas lecturas. Observo la placa con detenimiento, intento descifrar el texto, pero mi incipiente húngaro no me lleva muy lejos.

Una oscura inercia me conduce de vuelta hacia la pila de ladrillos que reposa a la entrada de la calle Tábor. De la imagen de los adoquines deshechos, que parecen formar los restos de una pirámide, se desprende un anhelo comunicante. La última bocanada de pálinka baja con dificultad, siento su borboteo ardiente estancado en la boca del estómago. Con cada paso, aumenta la sensación de que voy regido por un macabro algoritmo de distanciamiento: las cosas que componen mi existencia se están separando constantemente unas de otras. Dilación, expansión de zonas vacías. A un paso de los escombros, me quedo mirando las gotas reventar contra la piedra y comprendo que el momento es triste y real.

De golpe, la imagen se cristaliza con nitidez: la fotografía fue tomada por el célebre reumatólogo János Kunszt exactamente en este mismo sitio, una mañana de marzo de 1945, poco después de que acabara el sitio de Budapest. La vi ayer en el museo, ampliada y restaurada digitalmente. La perspectiva es idéntica: el montón de ladrillos, dominando el primer plano, parece que se fuera a desplomar sobre el observador al siguiente parpadeo. En segundo plano, a unos cuatro metros, se distinguen dos hombres, ambos con el semblante sosegado y el rostro vuelto hacia la calle Tábor (hacia donde miro ahora) observando la hilera de edificios devastados que compone el fondo de la escena.

La similitud es desconcertante y al mismo tiempo premonitoria: esa misma mañana, Sándor Márai vuelve a casa junto a Lola. Siguen la estela dejada por los soldados rusos que avanzan hacia la capital. La ciudad es difícilmente reconocible. Una gran destrucción campea por doquier; la mayor parte de los edificios ha desaparecido, la orientación es ardua, incluso en el barrio donde él ha vivido los últimos veinte años de su vida. Millares de mujeres, niños y ancianos, heridos, doblegados por el hambre, acaban de abandonar sus refugios en busca de sus domicilios. Budapest, molida por el fuego, empieza a volver en sí. El puente de las Cadenas yace sumergido sobre el lecho del Danubio; la metralla de la Historia ha amputado ambas alas a la majestuosa águila de bronce que antaño vigilaba los jardines del Palacio Real; por entre las losas resquebrajadas de la cúpula del Parlamento todavía las llamas dan saltos repentinos. Márai tiene la impresión de caminar entre “ruinas arqueológicas”. Al llegar a la intersección de las calles Tábor y Mikó, al igual que Kunszt, apenas con unas horas de diferencia, se topa con el mismo montículo de ladrillos a la entrada de su casa. Se detiene enfrente, lo contempla con gravedad, y enseguida vuelve la mirada hacia donde debería encontrarse su residencia. La visión consigue apenas alterar la expresión de fatiga que domina su rostro.

Como casi todas las de este barrio, su casa se ha convertido en un agujero que alberga un revoltijo de hierros retorcidos y papeles incinerados. Es poco lo que ha sobrevivido a las bombas. Escala como mejor puede la escombrera y, una vez en la primera planta, enfila con lentitud hacia su antiguo lugar de trabajo. De los seis mil volúmenes de su biblioteca, solo es rescatable un ejemplar de poco valor (El libro de los cuidados de los perros en el hogar burgués), junto al que reposa intacto un retrato de Gorki y Tolstói en Yasnaia Poliana. Echa mano a ambas cosas y las incrusta con indiferencia en el bolsillo de su abrigo. Invadido por una extraña serenidad, observa casi con agradecimiento –le tomará años comprenderlo– las ruinas de su vida. Sondea tanto como puede sus reacciones, decide ignorar los detalles, su serenidad empieza a sorprenderlo; no repara realmente en los destrozos sino en él mismo, intuye que debe volver la vista hacia su interior, está plenamente consciente de la importancia del momento, de la transformación que está comenzando a ocurrirle. Luego, tras unos instantes de inmovilidad, retira su mirada del vacío, se aclara la garganta, arroja su colilla al suelo y la aplasta contra el carbonizado parqué. Expele el humo y, sin miramiento alguno, deja todo atrás.

Comunica el balance de las pérdidas a Lola, quien se ha quedado abajo esperándolo, conmocionada, junto a los ladrillos.

–Solo han quedado en pie los muros estructurales –le dice.                               

Ella inclina la frente conteniendo el llanto y, minada por el dolor, da un paso hacia él. Él, en cambio, conserva la compostura, la recibe contra sí, echa de nuevo un vistazo a los adoquines, y siente los sollozos reverberar contra su esternón mientras estrecha a Lola con fuerza.

–Vamos –le dice al acabo de un minuto.

No hay alaridos, ni lágrimas, ni siquiera un resquicio de venganza asoma en el corazón de Sándor Márai. Juntos emprenden la retirada por la calle Tábor hacia el castillo de Buda. Deben ahora encontrar un lugar donde vivir. Por el camino expresa su solidaridad a sus vecinos burgueses sobrevivientes, que lloran sus pérdidas y maldicen la barbarie de la guerra mientras se aprestan a defenderse de la amenaza comunista. A medida que marcha, se da cuenta de que no comparte ese mismo sentimiento a pesar de que, como ellos, lo ha perdido casi todo. Una pasión distinta bulle en su corazón.

Más adelante, se detienen frente al que había sido el domicilio de su antiguo vecino, Dezsó´ Kosztolányi, el escritor húngaro cuya pluma consideraba sencillamente perfecta. Las llamas todavía consumen el mobiliario. ¿Se encontrará a salvo su obra?, se pregunta con un dejo de esperanza, aunque en el fondo la imagina ardiendo. Una honda inhalación ensancha su pecho.

–Por fin ha sucedido –dice para sí, a media voz, disponiéndose a retomar la marcha, con el ánimo disuelto en una inusitada levedad.

Lola se arrellana contra su cuerpo solicitando refugio. Ha escuchado la frase, pero no puede comprender su sentido. Prefiere guardar silencio. Veinticinco años después sabrá, gracias a una de sus más sorprendentes confesiones, que en aquel momento el hombre de su vida era presa de un “curioso e inmenso alivio”.

8.

Noche cerrada en Budapest. La llovizna se ha convertido en un chubasco que sopla inclemente y sacude caprichosamente las ramas de los castaños. El agua se filtra por las costuras de mis zapatos y empieza a entumecerme la punta de los dedos. Inmóvil, dando rienda suelta a divagaciones y escenificaciones en torno a una vida que no me pertenece, siento ascender desde mis tobillos una creciente sensación de debilidad. El licor y la falta de luminosidad cobran su parte.

De repente, un potente resoplido interrumpe mi contemplación de los adoquines. Me vuelvo hacia la calle Mikó y veo al fondo el follaje estremecido de los robles que protegen la plaza donde yace el busto de Sándor Márai. El vendaval penetra en la plaza por ráfagas irregulares y luego sube estrepitosamente por la espesura de los árboles produciendo una reverberación gutural.

A medida que me acerco, oigo una suerte de palmoteo arrítmico que se destaca entre el barullo y el chirrido de las hojas que cepillan el asfalto. Doy dos pasos dentro de la plaza: el busto del gran escritor burgués, embadurnado de fango y follaje, es azotado por un ribete con los colores de la bandera de Hungría. La hilera de gallardetes, que en días menos aciagos tienen la función de recordarle al pueblo magiar el legado de ese gran espíritu, solo obedece a la voluntad de la tempestad y fustiga inclementemente la cara inerme de Sándor Márai.

Me dejo caer sobre uno de los bancos. Entonces vuelvo a fijarme en la testa de bronce que me recuerda, por lo estrecha, los perfiles lánguidos, filosos y malignos de Daumier. Lo que le está sucediendo es de un mal gusto execrable, concluyo vencido, dejando caer la cabeza hacia atrás. Y frente a la negrura del cielo, mis parpados colapsan al instante.

–¿Por qué has venido hasta aquí? –susurra la voz, altiva, surgiendo del silencio al que ha dado lugar la cesación de la lluvia.

–¿Qué fue lo que en verdad te ocurrió aquí aquella mañana de 1945?

–Nada de lo que pueda ufanarme –responde, ahora neutra y distante.

–¿Quién eres?

–Márai Grosschmid Sándor Károly.

–Debo terminar tu perfil –le digo tiritando.

–Antes debes enterarte –responde con calma dando paso a su melodiosa dicción:

 

Un instante de falsa lucidez, nada más que eso ocurrió. Aquella mañana de marzo, los adoquines amontonados a dos metros de la entrada de mi domicilio contenían un mensaje que iba directo a mi vida, a la existencia aburguesada que había llevado hasta entonces. Lo comprendí de inmediato en cuanto los vi; de su materialidad emanaba una fuerza singular, una suerte de trueno que retumbó en mis entrañas, sin dejarme tiempo para reaccionar.

Sin saber cómo habían llegado ahí, supe que eran una señal inconfundible de la historia, un comunicado perentorio para anunciarme que algo de mi existencia personal se extinguía junto a todo lo que acababa de desaparecer de Budapest. Esos ladrillos, abrasados por el fuego y la furia de la guerra, constituían una síntesis de todo cuanto había sucedido conmigo, con Hungría y con Europa durante los últimos veinte años. Esa mañana de marzo, me encontré de pie frente a la destrucción de mi propia casa y me sentí libre, leve, vencedor de una prolongada batalla en la cual había estado a punto de perecer; en medio de la devastación que reinaba en Budapest, ciudad en la que me había convertido en un autor de éxito, donde mis opiniones contaban para un cierto sector culto de la población. Sí, Budapest, esa capital europea por la que sentía un cariño que no he llegado a sentir nunca por otra ciudad, esa mañana luminosa acababa de ser liberada, y yo, como ella, me sentía aligerado de una parte de mí mismo que había arrastrado por años; me sentía inmensamente aliviado porque creía que un segmento de mi propia persona, uno que me hería y me avergonzaba, y del que me había sido hasta entonces imposible desprenderme, se había hecho polvo.

Todo ello, sin embargo, no era más que un espejismo. Con rapidez –pues nada me convenía más–, me convencí de que la destrucción dejada por ambos ejércitos fascistas había corrido el manto que ocultaba una verdad que hasta ese momento yo me había negado a ver. Una verdad sobre mi propia existencia burguesa: en ese instante se cerraba una etapa de mi biografía en la que todas mi actitudes y actos no habían sido más que una simulación, una caricatura del verdadero burgués que había sido, por ejemplo, mi padre, así como la mayoría de las figuras masculinas que me acompañaron durante mi infancia en Kassa: hombres honorables, cultos, orgullosos, cosmopolitas, solitarios, creativos, disciplinados. Una versión degradada del verdadero hombre urbano humanista, en eso me había convertido; en un vividor decadente, un dandi indolente, un obseso trotamundos, un neurótico rastreador de vivencias, un citadino flemático que escribía novelas, ensayos y columnas de opinión como si participase en una maratón. Gracias a la guerra, creí que esa tergiversación personal, esa especie de contradictio in adjecto que bifurcaba mi personalidad, desaparecería y que, en consecuencia, a partir de esa mañana de marzo de 1945 podría reconquistar mi verdadera identidad.

Dejé atrás mi residencia de la calle Mikó convencido de que bajo sus ruinas se pudría esa caricatura amorfa en que me había convertido. Fue un instante memorable, hermoso, como cuando se miente con pleno desahogo y entera honestidad. Entonces todavía ignoraba que el hombre jamás consigue desembarazarse por completo de la ambigüedad y confusión que crea en torno a su propia persona; que le es imposible escapar a esa celada psicológica porque dicha ambivalencia también reúne átomos genuinos y veraces sobre él mismo. De este modo, la caricatura que vemos reflejada en los espejos del mundo somos nosotros mismos e igualmente ese otro que por años nos hemos propuesto silenciar.

El efecto apaciguador de ese falso momento de lucidez no tardó en disiparse. Entonces todo quedó al descubierto, la mentira se hizo insostenible. Pronto me vi obligado a aceptar que ese doble deforme que se había mimetizado en mi psiquis era verdadero, yo mismo lo había creado, me pertenecía. En efecto, me había faltado el coraje, pero sobre todo la madurez necesaria para aceptar que uno no solamente es quien cree ser, sino también, indefectiblemente, su propia caricatura. Esta última no es halagadora ni amena; por el contrario, es áspera, despiadada y rencorosa. Por eso, aunque de nada sirva, preferimos volverle la espalda. Así lo comprendería más tarde. Tras la decepción, entendí que no hubo liberación alguna porque en realidad no había nada que liberar; mi fuero interno no estaba sometido a ninguna contradicción entre sus partes, pues yo no era ni lo uno ni lo otro por separado. Luego supe que lo verdaderamente importante era sellar un pacto definitivo entre ambos actores e integrarlos a mi existencia tratando de establecer entre ellos una mínima armonía para que su coexistencia cesase de causarme vergüenza y dolor... Solo de ese modo puedes completar mi perfil.

Despierto hostigado por un uniformado que hunde su bastón de mando en mi costillar derecho. A su lado, otro gendarme me pide con un gesto poco amigable mi identificación. Me pongo de pie y entrego solícito lo que me piden. Respondo a sus preguntas, consigo explicarles el motivo de mi presencia ahí, en el barrio de Krisztina, frente al monumento que rememora la vida de uno de sus más distinguidos habitantes. Ambos me observan con desconfianza, niegan malencarados y me indican que me largue de inmediato arguyendo que ese no es un barrio para pordioseros de países subdesarrollados.

Al pasar delante del busto, noto que el ribete descansa serenamente sobre los hombros de Sándor Márai, quien a su vez ha recuperado el rictus de solemnidad original. Sé que nunca más volveré a verlo y en dicha aceptación nada hay de caricaturesco ni de trascendental. El momento es justo y real al mismo tiempo. Regreso por la calle Tábor con el paso ligero: un incomprensible alivio despunta en medio de la resaca.

9.

De vuelta a París, el desmoronamiento. Comenta G. en su última respuesta, con una mordacidad a la que ya no pone límites:

“Se extinguió consumado en el respeto innegociable a sus valores y convicciones más profundas”. ¡Qué maravilla esta última frase, mi estimado P.! Una caída de telón digna de un culebrón venezolano, como para matar de un ataque catártico a más de un ama de casa. Tu perfil no alcanza a ser ni siquiera una falsa caricatura del hombre que fue Sándor Márai. No se requiere de un momento de verdadera lucidez –debo admitir que tu grandilocuencia vacía a veces tiene cierto encanto– para darse cuenta de que el perfil está plagado de imprecisiones y fallas de enfoque (así lo señala el segundo lector) y que no hace otra cosa que deformar la buena cara que ya se ha forjado este autor en el mercado mundial del libro. Ambos, por lo demás, coincidimos en que las lagunas biográficas son múltiples. Creemos que el naufragio de tu perfil se hace manifiesto en el momento en que decides explotar desproporcionadamente un momento de la vida del susodicho –clave, sí; un giro drástico, sí, pero al fin y al cabo un momento que, por lo demás, confundes con una anécdota– y dejas de lado las otras dos mitades de su vida, te ciegas a muchos otros elementos de interés. ¿Qué hay del Márai napolitano, el de los años setenta, el húngaro en Nueva York, un universo al que consideraba “no apto para seres humanos”? ¿Y el de los años veinte en Alemania, el joven hundido hasta el cuello en el alcohol y los estupefacientes, el Márai periodista que tomó prestado el alemán como lengua de expresión?¿Dónde está el cronista itinerante de 19 años que abría sus crónicas in medias res, ese escritor en formación, atormentado y solitario, que recorría Berlín con un revólver en el cinto? ¿No hay en todo lo anterior suficiente material para extraer de él una bella anécdota? Eso es justamente lo que acá, sorprendidos, nos preguntamos todos.

 

Remata su frase con sorna regocijada y continúa:

 

Grave, opina mi colega, haber desechado al Márai francés, provinciano, empobrecido y desorientado en París, empleado por un tiempo en una carnicería del mercado de Châtelet para lavar tripas de cordero. Imperdonable olvidar al mozo escritor que frecuentaba por las noches Montparnasse para observar de lejos a la pandilla de Hemingway y a otros escritores como Ezra Pound, a los que admiraba por intrépidos y degenerados. Cómo pasar por alto al pueblerino que erraba por las calles aledañas a la plaza Vendôme al acecho de escritores consagrados o maldecidos por el exilio; al desempleado que pasaba tardes enteras en el café del Ritz leyendo los diarios del mundo, ese mismo muchacho melancólico que recuperaba las esperanzas al ver a Unamuno atravesar la plaza con su dignidad prehistórica, en dirección de la calle Saint-Honoré. Y ni hablar, mi estimado P., de su obra ensayística y dramática, aspectos esenciales de los que infortunadamente no haces ninguna mención. ¿Cómo pasar por alto, por ejemplo, el juicio ético (además del literario) que abre Coetzee en su contra? Bien sabrás que este último ve una actitud imperdonablemente cínica en un Márai que, en lugar de lamentar la falta de imaginación y energía creativa de la burguesía europea frente a los problemas del siglo XX, se reprocha no haber disfrutado más de la vida ni haber explotado a fondo los medios de que disponía para ser feliz. ¿Por qué no tomar la defensa de un Márai convertido por la pluma de un académico pedante en una figura odiosa, un individualista despreciable, un hombre que renuncia a la acción? Servido en bandeja de plata, P., y así y todo, lo dejaste pasar.

Nunca te pedimos un perfil romántico; te solicitamos, al contrario, una visión cínica, posmoderna, de su existencia, y no una interpretación idealizada, llena de sensiblerías ingenuas de estudiante de pregrado. Nosotros publicamos –aunque no valga la pena ya recordártelo– artículos para lectores duchos, curtidos, incrédulos, si así lo quieres; opiniones de sujetos que no pueden entender la literatura de otro modo que como a una suerte de musa a la que, por su insuperable vanidad, es inevitable maltratar. Frivolidades, eso publicamos, pero frivolidades significantes y bien escritas, al fin y al cabo. Y no palabrerías de novato, de lector cándido que añora, por sobre todas las cosas, mostrarle al mundo el tamaño de su admiración. Nos hablas de un hombre que por años creyó que era algo que no quería ser, que lo llevó a cuestas por décadas; pero al cabo del tiempo, con la purificación del exilio, se dio cuenta de que en el fondo sí quería ser ese otro, porque ese otro era precisamente él mismo. Dímelo tú mismo, P.: ¿eso quién te lo va a creer? Peor: ¿qué gracia puede tener? Queríamos que hicieras vivir a Sándor Márai el fin de la historia y no que hicieras vivir al lector su propia historicidad (la del escritor). En fin, para dejarnos de rodeos, tu artículo no va. Ya hemos perdido suficiente tiempo contigo, ese texto no cuajó. Ya encontraremos a alguien capaz de hacernos ese perfil lúdico e ingenioso. Abortado.

Éxitos,

G.

10.

Sobre el andén de la entrada del Centro de Estudios Interuniversitarios Húngaros de París III, todo el rencor se desvanece súbitamente. Ruinas, de nuevo. Con motivo de una reestructuración administrativa, se lee en el decreto firmado por el decano de Letras, los despachos, la biblioteca y todas las demás dependencias del centro se han integrado al Departamento Central de Estudios Orientales de la Sorbona (departamento que, según se explica más adelante, abrirá sus puertas hacia finales de 2020). Esfumada su beca, Sarkadi ha regresado a Budapest. Vuelvo la mirada hacia el documento que llevo en la mano, sus apuntes para la preservación de la literatura proletaria húngara. Observo el panfleto unos segundos –sintiendo el vértigo expandirse en paralelo a la sensación de libertad que crece en mi interior– y luego lo arrojo a un bote de basura del que emerge un penetrante vaho de tabaco. La sensación se hace inequívoca mientras contemplo la torre de la Gran Mezquita, los techos rígidos, sus arabescos y el equilibrio algebraico de su belleza. Se hace polvo la caricatura. Apuro entonces el paso por la calle Censier y, al penetrar en el Jardin Botanique, comprendo que he empezado a vivir el final de la historia: por fin ha llegado el momento de narrar el periplo de un antiperfil que nunca fue.

 

ACERCA DEL AUTOR


Mauricio Polanco Izquierdo

Es licenciado en lenguas extranjeras de la Universidad del Valle y tiene una maestría en literatura comparada de la Sorbona. Publica sus escritos en El Malpensante con cierta periodicidad.

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