Cartapacio

Ilustraciones de Cigarra Entinta

Cada una de estas notas es el germen de un gran texto. El autor de esta bitácora, escarbador de profesión, las ofrece para otros curiosos que, como él, quisieran escribirlos.

POR Orlando Echeverri Benedetti

  1. El 6 de marzo de 1890, Eugene Schieffelin fue al Parque Central de Nueva York y liberó sesenta estorninos europeos con la intención de que el continente americano se regocijara con el pájaro más común en la obra de Shakespeare. Más tarde hizo lo mismo con otras especies. El acontecimiento se cita habitualmente para explicar una de las invasiones aviares más grandes e incorregibles en los Estados Unidos.
2. Niklas Luhmann lo dijo así: si acaso, la verdad es un bien supremo de la ciencia.
3. Tu hogar, decía Naguib Mahfuz, no está donde naciste; tu hogar está donde se agotan tus ansias de escapar.
4. “He recibido, señor, vuestro nuevo libro contra el género humano; os lo agradezco. Nunca se ha utilizado tanto ingenio en querer convertirnos en animales; dan ganas de andar a cuatro patas”, le escribió Voltaire a Rousseau después de leer El contrato social.
5. “Leck mir den Arsch fein recht schön sauber”, que traduce: “Lámeme el culo bien hasta dejarlo limpio”, es un canon para tres voces en si bemol mayor, K. 233/382d, que compuso Wolfgang Amadeus Mozart durante 1782, en Viena.
6. Los libros que se asolean en las estanterías de la calle (especialmente en el trópico) adquieren con el correr del tiempo el mismo olor que suelta la crin de los caballos. Aquí estoy, leyendo a Kawabata (Círculo de Lectores, 1969, comprado en la torre del Reloj, donde el sol pegaba oblicuo), y cuando hundo la nariz en el libro es como asomarse en un establo. Al final de este libro, por cierto, hay un breve pero bellísimo texto de Isabel Serra, donde se explican el origen, las etapas y reglas del cha-no-yu o ceremonia del té.
7. Arthur Rimbaud medía 1,77; Victor Hugo 1,78; Julio Cortázar 1,93; Walt Whitman 1,82; Virginia Woolf 1,70; Edgar Allan Poe 1,73; Ernest Hemingway 1,83; Scott Fitzgerald 1,74; William Faulkner 1,65; Mark Twain 1,74; Gabriel García Márquez 1,68.
8. Existe en La Haya un hospital llamado Levenseindekliniek, también conocido como “la clínica del fin de la vida”. El hospital recibe hace años solicitudes de personas que desean practicarse la eutanasia. En julio de 2017 fue tal el volumen de estas solicitudes, que debieron incorporar cuatro nuevos empleados administrativos al hospital.
9. Cuando el emperador Gaozu sentaba las bases de la dinastía Han, un preso que arrastraban a prisión le gritó que si lograba escapar herviría vivo a su padre. Gaozu se dio vuelta y le respondió que cuando lo hiciera le convidara a una taza de esa sopa.
10.  Harold Bloom describió así a Hans Christian Andersen: “Alcanzó un extraordinario arte literario, pero nunca logró tener una casa propia ni cultivar un amor verdadero”. La frase siempre me ha sonado a epitafio, y me gusta que incluso en su núcleo desolador conserve cierto sentido del humor. El caso es que hoy me acordé de la frase de Bloom porque leía sobre una discusión entre Dickens y Andersen. El escritor danés, que estaba en el Reino Unido promocionando un libro, le había anunciado a Dickens que pensaba visitarlo unos días. Pronto esos días se convirtieron en semanas y las semanas en un mes. Andersen era un huésped difícil, bipolar y escandaloso cuando aparecían reseñas negativas de sus libros. En las mañanas se quejaba de que no hubiera en la casa ninguna sirvienta que lo afeitara. Dickens, que estaba contemplando divorciarse en ese entonces y quería estar solo, no hallaba ninguna forma de echarlo. Al final no le quedó más remedio que aguantarse la larga estadía de su amigo. Y cuando Andersen finalmente se largó, Dickens resolvió no invitarlo nunca más. Tampoco respondió ni una sola de las cartas que Andersen le escribió a continuación. Como reza el refrán inglés: “Guests, like fish, go bad after three days”.
11. Además, Andersen tenía la costumbre de ir a burdeles para contratar prostitutas a las que nunca se atrevía a tocar.
12. EUNUCOS

a. Hay tres famosos eunucos de la antigua China. A Cai Lun se le atribuye la invención del papel; Li Lianying forjó su leyenda a través de conspiraciones sangrientas y criminales; Zheng He fue un viajero corpulento que exploró los mares para su imperio. El origen de los eunucos estuvo relacionado con el cuidado del harén. Atender a las concubinas del emperador requería una confiabilidad absoluta, y esta solo era posible eliminando la hombría de los sirvientes. El emperador tenía una suerte de currículum vítae escrito en una tablilla de jade, donde se detallaban las habilidades de cada una de sus concubinas. Si requería la compañía de alguna de ellas, entregaba la tablilla a uno de sus eunucos con el fin de que este la buscara en los baños. Debía desnudarla y comprobar que no portara veneno o armas con las que pudiera herir al Tiznan o Hijo del Cielo. Finalmente, el eunuco la cubría con una tela de oro para conducirla al cuarto real y allí se consumaba el encuentro.

 

b. Para convertirse en eunuco había que visitar al barbero del emperador. El barbero se limitaba a practicar el corte de los testículos y el pene, pero no garantizaba que el futuro eunuco fuera seleccionado para los servicios de la corte. Cuando eran castrados antes de la pubertad, a los eunucos se les denominaba tong jing, que significaba “eunucos puros”. Gozaban del favor de las damas de la corte y se los describió como llorones, caprichosos, temperamentales y con voces agudas como de mujeres. No era extraño que algunos miembros de la corte tuvieran relaciones sexuales con los eunucos, a quienes ya no se les consideraba hombres. El método de castración cumplía con ciertos pasos. Cuando un aspirante visitaba al barbero debía desnudarse frente a él con las manos en la espalda. El barbero agarraba conjuntamente el pene y los testículos, y luego los ataba fuertemente con una venda, formando así un embutido. Retorcía el paquete para calcular la intensidad que sería necesaria para el corte, que se efectuaba con un cuchillo corvo. Llegado a este punto, el barbero preguntaba al paciente si estaba seguro de su decisión. Si el futuro eunuco era mayor de edad, debía responder por sí mismo; si era menor, entonces la respuesta correspondía a la familia. Cuando la respuesta era afirmativa, el barbero cercenaba los genitales de un solo tajo. Acto seguido aplicaba baños de aceites y sales para restañar la herida y luego imbricaba una pequeña cuña de metal, generalmente de estaño, en el orificio uretral. Tras la castración, el eunuco debía esforzarse por caminar despacio, evitar movimientos bruscos y no consumir líquidos por varios días. Al cabo de un tiempo, se le retiraba el tabique de estaño. El éxito del rústico procedimiento se definía cuando el paciente iba a orinar: si lo conseguía, ya estaba en capacidad de empezar a gestionar un empleo para servir en la corte del emperador. En caso contrario, una atroz agonía lo esperaba.

 

c. Los genitales mutilados eran con frecuencia reclamados por sus propietarios. En estos casos, el barbero entregaba el material orgánico sin mayor inconveniente. Pero si el despojo no era reclamado, el barbero anotaba cuidadosamente la fecha de la extirpación y el nombre de su dueño. Esta conducta era de vital importancia administrativa, porque si el eunuco era aceptado en el palacio imperial, al hacer carrera y lograr un eventual ascenso, la tradición lo obligaba a enseñar en un rito los restos de lo que en otros tiempos fueron sus genitales. En efecto, era común ver revolotear a eunucos por los aposentos del barbero, presurosos por recuperar lo que dejaron abandonado. El barbero los esperaba siempre dispuesto, porque sabía que, por recuperar sus genitales, los eunucos estaban listos para pagar una suma considerable

ACERCA DEL AUTOR


Orlando Echeverri Benedetti

Escritor y periodista colombiano. Trabajó para El Universal y ha publicado en reconocidos medios. En 2014 ganó el Concurso Nacional de Novela que otorga Idartes con la obra Sin freno por la senda equivocada. Es también autor de la novela Criacuervo.

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