Mataron al poeta

El 23 de enero, Luigi Ovalles, de 24 años, fue alcanzado por un disparo durante una manifestación contra el régimen de Nicolás Maduro. Tras la pista de un poeta talentoso y su enigmática muerte.

POR Magnus Boding Hansen

Mataron al poeta

Luigi Ovalles tenía 24 años el día de su muerte. • © Michelle Caracas.

 

San Cristóbal, Venezuela

Nunca antes había asistido a una manifestación y aquel miércoles tampoco lo deseaba. Pero cuando un desfile de niños, ancianos y vecinos alegres, envueltos en banderas, pasaron por delante de su ventana la mañana del 23 de enero, Luigi Ángel Guerrero Ovalles, un joven de pelo ondulado, cambió de idea. “Me voy al centro a echar un vistazo”, le dijo a su novia por teléfono. Ella le respondió: “Ten cuidado”. Y su madre le dio una mandarina antes de salir de casa.

Pocas horas después estaba tirado en el suelo del centro de la ciudad, muerto por un disparo que entró por el hombro izquierdo y le atravesó los pulmones y el corazón.

¿Quién mató a Luigi? ¿Y por qué?

“Sigo sin entenderlo. Era un chico normal, sin enemigos”, me cuenta María Gabriela Rivero Báez, su novia, en una agradable casa de San Cristóbal del Táchira, una ciudad entre montañas ocultas por la niebla al oeste de Venezuela, cerca de la frontera con Colombia. El viento entra silbando por una grieta del ancho ventanal.

“Luigi estaba en contra de la sociedad y opinaba que el mundo era injusto, pero detestaba la violencia, era espiritual y sensible, y se dedicaba a escribir poemas”, dice la tímida mujer con flequillo. Me cuenta que se enamoró de Luigi en la universidad. Recuerda que el día en que lo mataron, los vecinos volvieron a casa hacia la una de la tarde y que, como a las cuatro no había tenido noticias de Luigi, buscó en Twitter y se encontró con que al teclear su nombre aparecían publicaciones en las que decían que estaba muerto. “Entonces el tiempo empezó a volverse lento, no podía parar de llorar. Me sigue atormentando que aún no se haya resuelto el asesinato”.

He venido hasta San Cristóbal para encontrar pistas.

Esta región es famosa por el contrabando de gasolina y la agricultura, y además por encabezar las protestas más crudas contra el presidente Nicolás Maduro entre 2018 y 2019. Desde su elección en 2013, el sucesor de Chávez abolió subrepticiamente la democracia, la economía del país se ha ido al traste y su gobierno lleva años de persecución política a la oposición. Las crisis recurrentes lanzaban a las personas a manifestarse en las calles, y esas imágenes quedaban registradas en los celulares, igual que las tomas de jóvenes manifestantes muriendo en vivo y en directo. Pero eso ya no es así. Ahora le confiscan las cámaras y celulares a la gente, los testigos son amenazados o desaparecen, y son pocas las personas que se atreven a hablar. Como resultado, las familias de los fallecidos en las manifestaciones lloran, discuten, se rinden a la impotencia, a la incertidumbre y a la lucha diaria en un país atormentado por apagones que duran días, en el que la media de asesinatos es la más alta del mundo y la inflación, según las primeras proyecciones del Fondo Monetario Internacional para este año, iba camino a alcanzar el 10 millones por ciento, aunque para este momento se ha reducido a un nada desdeñable 200 mil por ciento.

Pero la madre de Luigi no se resigna.

 

Oficiales de las FAES en el lugar del crimen.

 

Tras el asesinato de su hijo, Julieta Ovalles se mudó a la casa de la familia de María Gabriela, la novia de Luigi. Ahí, desde un luminoso salón, lleva a cabo su propia investigación a pesar de las anónimas amenazas de muerte que recibe. Su tía, que es chavista y apoya al gobierno, le ha contado que, según “ellos”, antes de morir, Luigi iba en moto con un arma, que lo mataron asesinos cubanos a sueldo y que también pueden ir por ella.

“Eso solo lo dicen para amenazarme por encargo del gobierno”, resopla Julieta, una mujer delgada, con una cinta negra en el pelo, una expresión facial compungida y una inquebrantable fe en Dios. Ha dejado su trabajo como funcionaria pública en la oficina de regulación de precios para invertir todo su tiempo en la investigación. “Obviamente no puedo trabajar para el gobierno que ha matado a mi hijo”, explica. Está delante de su computadora portátil, ordenando todos los videos que ha logrado reunir del día del asesinato de Luigi. En muchos se escuchan disparos y gritos.

En uno de esos videos aparece Luigi, aparentemente muerto, apretado entre dos hombres que van en una moto a toda velocidad, al parecer, camino al hospital. Mientras vemos la grabación, Maduro habla sin parar por el transistor de la cocina. “Voy a cerrar la frontera”, asegura en voz alta, como acostumbra a hacer, y califica de “intento de golpe de Estado imperialista” el esfuerzo de la oposición por conseguir que entre ayuda humanitaria al país.

Ha pasado un tiempo desde este anuncio, las fronteras fueron cerradas, y luego abiertas, y aún no se sabe quién mató a Luigi Ovalles.

Un par de meses antes del asesinato, Luigi mandó un texto a un concurso de poesía para debutantes. Su poema, titulado “El sistema”, es un ataque al poder, a toda clase de ideología, a la “falsedad”. Termina así:

 

Me quieren adicto

A veces mudo

Si grito me violentan

Los gritos no hacen ecos en los mudos

Analfabetos de la justicia

Corazones color verde

¿Esperanza?

 

Su mejor amigo, Omar Bravo Cárdenas, me lee el poema. Estamos sentados en un banco del jardín de la universidad en la que Luigi acababa de terminar el cuarto año de comunicación social. Omar es tatuador, lleva perilla, y solía andar con Luigi para arriba y para abajo. Ha hablado con toda la gente que lo acompañaba el día de su asesinato, y por eso tiene claro lo siguiente: en cierto momento, Luigi pasó por delante de los escombros de Cotatur, la agencia turística quemada durante las protestas de 2014. Estaba con José, Marco y Daniel, compañeros de la universidad. De allí, se fue solo al centro. A mediodía se encontró con sus amigos Ignacio y Cristian. Alrededor de la una de la tarde le dispararon, según el expediente oficial de la Policía, que consta de 157 páginas. Allí se afirma, además, que la causa de la muerte fue un disparo con una escopeta que le atravesó el hombro izquierdo, los pulmones y el corazón.

“¿Pero qué hacía Luigi en el centro?”, se pregunta Omar Bravo. “No era propio de él estar donde la lucha era más violenta. Era poeta de protesta, pero odiaba los conflictos, el gas lacrimógeno y a los líderes estudiantiles. Una vez hablamos sobre el significado de la vida y dijo que era estar con los amigos o con la familia, y llevar una vida modesta y tranquila”.

 

En enero de 2019 fallecieron más de 40 civiles durante las manifestaciones en contra del gobierno de Nicolás Maduro.  • © Kamila Stepien.

 

Luigi dejó el instituto a mitad del último año porque era obligatorio llevar el pelo corto y eso era algo que, según el chico, no podían decidir por él. Así que pasó un año “matando tigritos”, o sea haciendo pequeños trabajos, rebuscándosela. Trabajó lavando platos, inflando castillos, fue camarero y estuvo de albañil en diversas obras. Un año después, decidió terminar el instituto y fue a la universidad, donde leyó a poetas de protesta de Perú, Chile y Venezuela, y escuchó a raperos críticos del sistema como el chileno Portavoz y el venezolano Canserbero –que se volvió esquizofrénico y se tiró desde un décimo piso en Maracay en 2015–. En la universidad, Luigi vio películas de cine independiente y leyó a Jorge Luis Borges, así como Rayuela, el clásico de Julio Cortázar que estaba abierto en su mesa de noche cuando murió. De niño fue admirador de Hugo Chávez y su revolución socialista, pero quedó decepcionado por la corrupción mucho antes de que el carismático presidente muriera de cáncer en 2013 y Maduro y los chavistas lo aclamasen como si fuera una especie de santo. Luigi solía decirle a Omar que ninguno de los sistemas que gobernaban el mundo funcionaba.

“Estaba insatisfecho con muchas cosas, pero no estaba furioso ni era combativo, así que, ¿qué hacía en el centro?”, vuelve a preguntar Omar. “¿Qué estaba haciendo allá?”. Jesús Montoya, el poeta más conocido de la generación de Luigi, tiene una teoría: “Quizá sin quererlo se vio atrapado en una confrontación”, especula el joven de 25 años. “Es fácil que suceda eso cuando los uniformados bloquean una calle mientras las milicias de los colectivos leales al gobierno rodean un edificio y nos disparan a los manifestantes”.

Montoya emigró hace un año a Brasil, al estado de São Paulo, pero ha venido a visitar a la familia y, como en 2017, ha participado en todas las protestas de este año.

Su madre nos sirve café dulce en una porcelana delicada. Los poemarios de Montoya, por los que ha recibido varios premios, están sobre una mesa de cristal. Mi favorito, Hay un sitio detrás de los incendios (2017), trata sobre la violencia, el miedo y los sueños rotos en una San Cristóbal que a él le cuesta reconocer: “La ciudad hospitalaria, como llamaban antes a mi ciudad, se ha vuelto inhabitable. El miedo nos ha mandado al ‘insilio’, un exilio interior en el que a todos nos asusta salir a la calle”.

La crisis en Venezuela, me explica Montoya, también ha creado distancia entre los poetas. “Nadie puede ser parte real de un movimiento, ya que no podemos visitarnos si no hay dinero, autobuses, ni siquiera gasolina. Estamos solos, cada uno en su isla, en cuartos oscuros sin internet. Cuesta mucho publicar poemas en este país. La poesía sufre aunque seamos un país de poetas. La crisis se ve en nuestros poemas. Escribimos sobre lo cercano y de cómo las cosas cambian por el hambre, la violencia y el éxodo. Pero aunque escribamos sobre los mismos temas, no estamos juntos. La crisis ha creado un realismo social raramente individual”.

Los poemas de Montoya también contienen la especial intensidad de la bella Venezuela, que en algunos lugares ha sobrevivido a la crisis y, en otros, nace de ella; una Venezuela de la que yo me he enamorado. Lean el principio de “La motocicleta negra de mi padre”, de 2017, uno de sus mejores poemas:

 

La vida va quedando atrás cuando mi padre y yo atravesamos como una bala el trópico /

en su motocicleta negra,

acuciantes rayos de sol se funden en la marcha y la brisa pasa fuerte /

alrededor de este potro negro de metal, parece que el tiempo se detiene /

que intacto queda a las tres de la tarde de un desolado primero de enero. /

 

Montoya reconoce esa intensidad de la que hablo, así como la sensación de aislamiento en los poemas de Luigi: “Crean imágenes de tránsito, de un espacio colectivo que se ve avasallado”, me dice.

 

A día de hoy no es claro quién disparó la bala que asesinó a Ovalles.

 

¿Quizá esta punzante insatisfacción le hizo a Luigi adherirse impulsivamente a los valientes que estaban en la primera línea de la guerra ciudadana aquel lúgubre miércoles de enero? ¿O simplemente se vio atrapado entre la multitud? Tras varias semanas de indagación, encuentro a alguien que puede responder a estas preguntas. “Fue una mezcla”, opina Candy Colegial, de 25 años, que estuvo con Luigi en los últimos cuarenta minutos de su vida. Conversamos en la tienda de carcasas para celulares en la que trabaja desde febrero, cuando se graduó de periodista. Yo la encuentro gracias a una cadena de personas que estuvieron ese día en las manifestaciones, y que la pudieron identificar y conducirme a ella.

“Vi cómo le disparaban a Luigi”, dice, y agrega que no le ha contado ni a la Policía ni a la madre de Luigi lo que vio aquel día porque nadie le ha preguntado nada.

Estamos solos en una tienda y, aun así, habla en voz baja.

Colegial no conocía a Luigi, pero se fijó en él cuando coincidieron en el mismo grupo durante la marcha. Las balas, me dice, comenzaron a volar alrededor de las doce. “[Luigi] parecía estar solo y no lanzó piedras ni se tapó el rostro. Tenía una calma muy especial, llevaba una camiseta verde fluorescente y parecía un ángel o un niño. Se veía curioso y estaba pendiente de ayudar al grupo, aunque nadie se ocupaba de él”.

Candy me enseña videos de la manifestación. Hay gases lacrimógenos, gritos y confusión. La mayoría están grabados en las calles estrechas del centro, cerca de la avenida séptima, en frente de la torre verde del banco Banesco. Se ven agentes de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) y a colectivos encapuchados disparando. Las FAES son una nueva fuerza especial de la Policía, creada en 2016, que Maduro saca a la calle cada vez más a menudo, cuando los soldados ordinarios se niegan a atacar a los manifestantes, y que están detrás de una serie de ejecuciones de opositores al gobierno documentadas por Reuters y el New York Times.

“Hay un momento en que, por culpa del gas lacrimógeno, bajo la cámara para taparme los ojos. Cuando levanto la vista, veo a Luigi tirado en el suelo”, recuerda Colegial.

No vio salir la bala del cañón, pero no tiene dudas: “O le dispararon las FAES o alguien de los colectivos que colaboran con estas. Había cerca de quince hombres en el grupo que tuvimos enfrente casi una hora. Uno de ellos le disparó a Luigi”.

Me dirijo a la esquina que, según Colegial, fue el escenario del crimen. En un carrito callejero venden guayaba, piña, melón y papaya. Hay unos agujeros de bala en la pared detrás del carrito, y en el quiosco de hojalata frente al que cayó Luigi. Unos vendedores informales me miran nerviosos mientras fotografío el lugar. Vuelvo a la semana siguiente y luego a la siguiente. Visito varias veces el lugar con el fin de encontrar nuevos testigos, pero la mayoría de gente no quiere o no puede ayudar.

 

El joven poeta disfrutaba subir a La Z, montaña desde la que se puede observar la ciudad de San Cristóbal (2018).

 

“Hablar con usted es meterse en problemas”, me dice un hombre ubicado a una cuadra de la esquina del crimen, ante el edificio de viviendas donde, según los vecinos, la gente estuvo grabando durante las protestas. El hombre ni siquiera acepta apuntar mi número de teléfono.

Igual recorro el lugar en busca de otros indicios. “La cámara de vigilancia graba hacia otro ángulo”, afirma el encargado de la tienda de bisutería Los Ángeles. “Nuestra cámara se estropeó antes de Navidad”, dice un empleado de Montecristo, un almacén de ropa de caballero. “En mis cintas no hay nada de nada”, me interrumpe una mujer en la puerta de la Papelería Moderna.

Pero hay otra gente que sí quiere ayudar, bien sea porque tiene hijos o porque siente pena por la madre del muerto.

La antigua propietaria de la panadería La Fortuna, por ejemplo, me dice haber oído rumores de que la Policía o los colectivos de encapuchados mataron a Luigi, pero que ella no vio nada. En los oscuros y desiertos pasillos de Ciudad Centro, un centro comercial de la zona, un guardia con manos ásperas me aparta a un lado. Me confiesa que en el sótano del edificio hay grabaciones de cámaras de seguridad, y que la gente está hablando de eso. También me da nombres de personas que posiblemente vieron y quizás grabaron la confrontación. Uno de ellos, el propietario de El Palacio del Fashion, una peluquería y salón de masajes, dice que pasó por el lugar del crimen solo hasta las cuatro y media de la tarde. Para entonces las cosas estaban más tranquilas, aunque le extrañó que hubiera tantos policías y militares en los alrededores.

Eduar Alfonso Duante, que vive en el edificio de la esquina en donde le dispararon a Luigi, me dice: “Las FAES se comportaban como perros locos. El ejército disparaba granadas lacrimógenas, pero las FAES tiraban a matar”, dice en un rincón tranquilo de la panadería en la que nos reunimos. Agrega que oyó disparos secos, como los de las armas que llevaban las FAES ese día. Explica que fue agente de la Policía y que por eso sabe de armas. Llama por teléfono a su madre, que estaba en casa cuando se produjeron los disparos, y pone el altavoz. “Era cerca de la una de la tarde”, dice ella y reproduce el ruido: “Pa, pa, pa, pa. Pero no vi quién disparó porque me asusté y me metí debajo de la cama”.

También Carlos Franceschini, camarógrafo de la cadena local TRT, estuvo grabando en el lugar de los hechos antes y después del asesinato. No cree haber visto a Luigi, pero dice que los responsables de su asesinato deben ser “colectivos y policías o militares que dispararon contra los manifestantes”, tal y como lo demuestran sus videos.

En una grabación temblorosa que me muestra la madre de Luigi se ve un numeroso grupo de gente tratando de ayudar a su hijo una vez fue herido. Lo levantan y lo montan en una motocicleta. Un hombre con el rostro cubierto se sienta detrás de él para que no se caiga. La moto arranca a toda velocidad en dirección al Hospital Central de San Cristóbal. Sé que entrevistaron al conductor de la moto a la entrada de ese hospital. Dijo que los responsables del ataque fueron las FAES, o la policía local, o los colectivos pro gobierno, porque eran los que estaban disparando cuando cayó Luigi. Poco después, este testigo desapareció y al día de hoy nadie sabe en dónde se encuentra.

“Para mí está demostrado: el Estado mató a mi hijo”, me dice llorando la madre de Luigi Ovalles después de haber hecho otra ronda por el centro sin haber conseguido ninguna grabación de las cámaras de seguridad. “Y si la gente no tuviera tanto miedo de ayudar, quizá podría demostrarlo. La Policía está encubriendo el asesinato”.

 

Michelle Caracas, exnovia de Luigi, frecuentaba este paraje con él.

 

A través de una fuente fidedigna, me entero de que el investigador jefe Yohan Rojas, del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), también sospecha de las FAES. Pero no acepta hablar conmigo. “No me atrevo”, me escribe por WhatsApp. El expediente policial, al que obtengo acceso, demuestra que están boicoteando su investigación. Le ha pedido tanto a la Guardia Nacional como a las FAES y a la policía local que le envíen listas con los nombres de las personas que trabajaron ese día y qué armas llevaban. Todos le contestan que nadie estuvo trabajando ahí ese día.

Christian Alberto Morales Zambrano, coronel del Ejército, le mandó a Rojas “un cordial saludo Revolucionario, Socialista, Bolivariano, Anti-Imperialista y Profundamente Chavista” en el que también afirmaba que no había tenido ningún soldado en la zona del asesinato, a pesar de que en las grabaciones se ven innumerables efectivos. El investigador le preguntó, a vuelta de correo, por qué entonces el Ejército le había mandado un informe con nueve nombres de soldados que fueron heridos en la zona aquel día, ante lo cual no recibió respuesta. Resulta que Morales ha sido señalado de liderar un grupo de soldados corruptos que sistemáticamente monta operativos en las carreteras para robar y extorsionar a la gente. Aparte de esas sospechas, el coronel entró a principios de marzo en la lista de sancionados por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, por bloquear la entrada de ayuda humanitaria a Venezuela el 23 de febrero de este año.

Tras el asesinato de Luigi, aparecieron en Instagram y Twitter los nombres de varios agentes a los que señalan como culpables, sin que nadie pueda aportar pruebas más concretas que su palabra. Uno de los señalados es el agente de las FAES, Andrés Bernardo Carvallo Pérez, a quien se le ve vigilando con el arma desenfundada, en una foto en la que también aparece la tienda china Super Lucky, que está a media calle de donde tuvo lugar el asesinato. Candy Colegial lo reconoce como parte del grupo de quince hombres que les dispararon. Da la casualidad de que tengo una amiga en la ciudad que también es amiga de la novia de Carvallo. Le pido que le pregunte al agente si quiere hablar conmigo. Carvallo rechaza la propuesta diciendo que “eso solo puede causarme problemas”. Y manda a decir que él no mató a Luigi.

Tres semanas después del asesinato, voy a un recital de poesía en Caracas, a un día de viaje de San Cristóbal, por carreteras llenas de baches, carteles publicitarios oxidados, ciudades medio vacías y campos devastados. El recital es en la Librería Alejandría, lugar de reunión de poetas, bohemios y estudiantes de literatura. Hay un transexual, hombres con piedras negras en las orejas y mujeres guapas con pantalones vaqueros de talle alto. Un chico gordo lee a Hamlet con una asombrosa entonación. Otro recita el poema “Mi novia Ítala come flores”, de Miguel James, publicado en 1988. En Venezuela se le llama “comeflor” a la gente que sueña con un mundo sin discordia ni maldad.

El místico Miguel James nació en Trinidad, pero se fue a Venezuela cuando era niño. “El poeta desaparecido”, así lo llama el recitador. Un periodista escribió que se fue a Trinidad y que probablemente esté viviendo en un pueblecito de pescadores, pero no se sabe con total certeza. Su poema “Mi novia Ítala come flores” es espléndido, salvaje, ingenuo, furioso y bello, y comienza así:

 

Mi novia apareció temblando en una librería

Me mostró papeles de calles solas y putas tasajeadas

Me regaló dijes piedras y conchas marinas

Un grabado antiguo de caballos desatados

Mi novia venía del sol y parecía gitana

Contó historias extrañas de almas parecidas

Mi novia tenía un vestido azul

Se enamoró de mí y mis sandalias...

 

Después del acto, bajo la oscuridad de la tarde, hablo con los poetas jóvenes fuera del local; algunos están fumándose un cigarro. La mayoría tiene trabajos ocasionales y escribe en su tiempo libre. Muchos de los asistentes se van, aprovechando que todavía hay autobuses, antes de que las calles fantasmales se vuelvan demasiado peligrosas.

Casi ninguno ha oído hablar de Luigi Ovalles, pero quedan conmovidos por su muerte y tras leer el poema que les muestro, “El sistema”. “Leer a Luigi Ovalles es entender la inocencia en una voz joven y asediada”, reflexiona la poeta Débora Ochoa Pastrán. “Sus sencillos poemas buscan un sentido en el caos. Conquistó un espacio que es imposible quitarle porque es un espacio interior”.

 

Marcha convocada por el autoproclamado presidente interino Juan Guaidó, quien le pidió al Ejército unirse a él (Caracas, febrero 12 de 2019). • © Kamila Stepien.

 

El lugar favorito de Luigi era La Z, la montaña que reina sobre San Cristóbal, llamada así por la zeta que forma el camino entre helechos que lleva a la cima. Allí subía a pie para meditar y hacer ejercicio. Mientras subo la montaña un mes después del asesinato, con Michelle Caracas, estudiante de medicina de 22 años, ella me cuenta que venía aquí con Luigi cuando eran novios, hace año y medio: “El asesinato de mi mejor amigo Luigi mató mi última esperanza de futuro”. Opina que es una malvada coincidencia que muriera el mismo día en que el líder de la oposición, Juan Guaidó, se autoproclamó presidente, dando con ello esperanzas de tiempos mejores. Esa esperanza parecía haberla destruido Maduro hasta que el 30 de abril pasado se logró liberar al famoso opositor Leopoldo López y hacer cambiar de bando a varios militares. Sin embargo, Maduro todavía sigue en Miraflores. “En Venezuela mañana siempre es todo peor”, resume Caracas. En marzo se rompieron las tuberías en su calle, ya que el suministro de agua corriente se ha averiado.

En la cima de La Z empieza a llorar. Michelle se sienta en una piedra con vista a la ciudad y se tapa la cara. El cielo está blanco por el humo: desde hace un año los camiones de la basura tampoco funcionan, así que la gente quema sus desechos en los arcenes de las carreteras. Michelle solía sentarse a hablar y a comer con Luigi en la piedra que me señala. Una vez él le dijo que todo ocurre por un motivo y ella estuvo de acuerdo. “Pero su muerte parece ser en vano”, dice. Comenzamos el camino de descenso. “Ya se ha convertido en una cifra de las estadísticas, en otro joven más asesinado por su propio gobierno. Nos matan con balas, nos castigan con miedo, y algún día quedaremos vacíos por dentro”. 

ACERCA DEL AUTOR


Magnus Boding Hansen

Corresponsal en Latinoamérica del semanario danés "Weekendavisen". Es periodista freelance especializado en crimen y conflicto para medios como la BBC, "El País" y "The New Humanitarian".

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