La fascinante y rocambolesca historia de Sebastián Iradier, los palomistas y una melodía que ha dado la vuelta al mundo

“La paloma”, una pegadiza habanera que lleva sonando más de 150 años, se toca en las bodas de Zanzíbar y en los entierros de Rumania. Ha sido interpretada hasta por un coro de campanilleros ciegos. En los karaokes de Indochina, la cantan como lo hacía Julio Iglesias en los años ochenta. En Rusia, es muy popular entre los estudiantes de domra. Y hay quien dice que refleja “todo lo que pasa en la vida”. Esta es la historia de una composición exitosa que condenó a su autor al olvido.

POR Álex Ayala Ugarte

Álvaro González de Langarica con una parte de los discos que pertenecían a su padre. © Álex Ayala Ugarte

 

 

A mediados de la década de los cuarenta, Coco Schumann, un músico berlinés de ojos diáfanos y manos hercúleas, el hijo de una peluquera judía y de un tapicero evangélico convertido al judaísmo, solía tocar diferentes ritmos en Auschwitz para entretener a los guardias de las SS, evitar el pánico de los demás prisioneros y salvar su propio pellejo, mientras otros judíos, más débiles y desafortunados que él, se dirigían a las cámaras de gas como vacas que intuyen que acabarán en el matadero. Para Schumann, que había llegado a Auschwitz procedente del campo de concentración checo de Theresienstadt, donde formó parte de los Ghetto Swingers –un grupo de jazz liderado por prisioneros, pero usado por los nazis para tratar de lavar su imagen y negar el exterminio–, era muy doloroso enfrentar los malos recuerdos. Entre los restos que dejaron en los campos las víctimas del Holocausto había dedales, relojes, pedazos de cuero de zapatos viejos, colgantes, encendedores, amuletos, llaves, cubiertos. Objetos que podrían formar parte de una habitación cualquiera, pero que resultan estremecedores en cuanto nos enteramos de que son las huellas tangibles de una purga siniestra. La música fue uno de los pocos bálsamos para los prisioneros durante el encierro. El rastro sonoro de aquellos días, sin embargo, se siente ahora como si fuera un eco disperso. Antes de morir a los 93 años –en 2018–, Schumann recordaba a veces que los oficiales del campo obligaban a los músicos cautivos a interpretar “La paloma”, una mítica habanera escrita por el compositor vasco Sebastián Iradier en la segunda mitad del siglo XIX. El jazzista alemán, que pedía que lo identificaran como un músico que estuvo recluido en un campo de concentración y no como un sobreviviente de un campo de concentración que hacía música, describía la melodía de Iradier como una composición hermosa pero que, emocionalmente, no le acariciaba el alma. Quizás porque, mientras la interpretaba, le costaba mirar a otros prisioneros que estaban a punto de enfrentar la muerte. O quizás porque le obligaron a utilizar los instrumentos de otros músicos que no sobrevivieron.

“¿Tiene culpa la canción de que los nazis abusaran de ella?”, se preguntaba Schumann años después de la guerra, en un documental de 2008 sobre la habanera, de la directora alemana Sigrid Faltin. En otros lugares, “La paloma”de Iradier se ha convertido en la tonada que algunos tararean de oídas mientras lavan los platos sucios de la cocina o pasean al perro. O en la melodía que otros resucitan en las sobremesas cuando se agotan las conversaciones. O en un cántico reivindicativo. “Lo importante no es lo que tocas, sino cómo lo tocas”, decía Schumann, parafraseando a Louis Armstrong, mientras la cámara lo filmaba. “De canción de amor a canción protesta. De modesta habanera a Gran Señora del pop”, dice la web que promueve la película de Faltin.

 

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En el desván de Álvaro González de Langarica, “La paloma” es una colección de recortes y vinilos que nos llevan de viaje a otros países.

–Se ha hecho hasta una versión en una lengua afgana: el farsi –me cuenta Álvaro un martes por la mañana, mientras ojea un archivador con elepés y discos dobles y sencillos relacionados con la habanera.

En uno de ellos, vemos a una joven Sara Montiel –la intérprete de películas como El último cuplé y de canciones icónicas como “Fumando espero”– con los labios pintados y las cejas perfiladas. Otra carátula muestra un barco atrapado en una botella. El tema de Iradier también aparece en una recopilación de tangos y en una selección de rancheras.

González de Langarica vive en una calle céntrica de Vitoria, la ciudad española donde está enterrado el compositor. Es el presidente de la Asociación Palomista Iradier de Álava, que reúne a artistas, historiadores, jubilados y otros palomistas que se han unido para reivindicar al músico. Y también es el custodio de una parte muy importante de la herencia de su padre, Primitivo González de Langarica, un vendedor de lámparas de espíritu detectivesco que, al morir, no dejó una estela de luz, sino sonora: más de mil discos con versiones de “La paloma” que Álvaro mira desde hace rato como hipnotizado. La colección comenzó a engordar en los años setenta, tras un debate entre amigos relacionado con la canción más versionada de la historia. La mayoría optó por “Noche de paz”, el célebre villancico austríaco traducido a unos trescientos idiomas. Primitivo se decantó por “La paloma” y aprovechó el disenso como una excusa para multiplicar sus escapadas a rastros, plazas y mercadillos en busca de nuevas versiones de la habanera.

“La paloma” ha sido interpretada por artistas como Bing Crosby, Charlie Parker, Artie Shaw, Chubby Checker, Nana Mouskouri, Caterina Valente o Paco de Lucía. “La cantó en griego Elvira de Hidalgo, profesora de la conocidísima Maria Callas, y ha formado parte del repertorio de Pavarotti y de otras grandes voces del bel canto”, recuerda el hijo de Primitivo. Hay versiones flamencas y a ritmo de blues, y con arreglos para que suene como música folk o tecno. La han tocado con bandurria, armónica, arpa y clarinete. En Rusia, es una de las piezas preferidas por los estudiantes de conservatorio que se examinan en domra. La han grabado en la mayor parte de idiomas europeos. Hay versiones hasta en árabe. Y hay países donde la tocan con sus instrumentos nativos.

Kalle Laar, un artista sonoro y DJ afincado en Múnich, ha identificado unas dos mil versiones de la habanera y tiene una que fue interpretada por un coro de haitianos ciegos –se trata de un coro sui géneris que no canta, sino que ha sustituido la fuerza de los timbres vocales por el sonido tembloroso de unas campanillas–. Según este palomista alemán de media melena y gestos medidos que ha compilado seis discos con versiones escogidas de “La paloma”, esta era la canción que sonaba en las emisoras de radio de la CBS el 30 de octubre de 1938, justo antes de que Orson Welles, el polémico actor y director de cine estadounidense, azuzara el miedo de sus compatriotas durante la emisión de La guerra de los mundos –la dramatización de una supuesta invasión extraterrestre que decenas de miles de radioescuchas tomaron en serio, colapsando carreteras y teléfonos–. El DJ alemán recuerda, además, que la habanera es una de las melodías principales de Große Freiheit Nr. 7 –una película de 1944 ambientada en un cabaré que fue prohibida por Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda nazi–. Y está convencido de que “La paloma” es la composición “más interpretada” de la historia.

El famoso libro Guinness World Records, sin embargo, lo contradice: en él, se asegura que el tema más versionado es “Yesterday”, la balada melancólica de los Beatles que ha sido traducida incluso al esperanto. La habanera de Iradier no es ni siquiera una de las melodías más reproducidas, como “Amazing Grace”, de John Newton, un pastor anglicano que fue tratante de esclavos antes de componer el himno que empuja a miles de feligreses a cantar en la iglesia cada domingo.

La paloma ha sobrevivido porque casi todos los países que la asimilaron la consideran suya –explica Álvaro González de Langarica–. Porque basta con que alguien la silbe para que otros la reconozcan. Se trata de una canción que ha sabido reinventarse. Que es la expresión de muchos sentimientos y en distintos lugares –añade luego, mientras me muestra algunas portadas de discos con versiones de la habanera donde se ven paisajes sudamericanos, europeos y hasta tropicales, y también carátulas donde hay divas y roqueros.

Y a continuación recuerda que una conocida coral que ya no canta en los funerales hizo una excepción con su padre, Primitivo, y cantó “La paloma” en el suyo como reconocimiento.

 

 

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A pesar de que no existe ninguna prueba de la presencia de Sebastián Iradier en Cuba, hay muchos cubanos que consideran que “La paloma”tiene pedigrí caribeño. Porque menciona la isla en los primeros compases. Porque en su letra hay palabras como “guachinanga” o “chinita”. Porque es posible reconocer en ella el ritmo característico de los isleños. Y porque en La Habana hay un museo que conserva un antiguo disco de hierro con la melodía. Un disco que José Martí, el poeta y héroe de la Independencia, le regaló a su esposa, Carmen Zayas Bazán. Para los cubanos, la composición de Iradier es nostálgica y evocadora, y habla de las añoranzas y las despedidas. “Si a tu ventana llega una paloma, trátala con cariño que es mi persona”, dice su estrofa más difundida.

En México, la habanera se popularizó entre 1864 y 1867 –durante el mandato de los emperadores Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica–, y no tardó en convertirse en una melodía omnipresente tanto en los salones de baile como en los teatros. En los años treinta, la película Juárez nos hizo creer, erróneamente, que el emperador Maximiliano pidió escucharla antes de que lo fusilaran, cuando lo cierto es que la canción acabó siendo utilizada como un arma arrojadiza por sus detractores, que modificaron la letra para ridiculizarlo: “Si a tu ventana llega un burro flaco, trátalo con desprecio que es un austríaco”, canturreaban. Con el tiempo, y tras nuevos cambios de letra, “La paloma” ha pasado a ser revolucionaria. Y además, se ha convertido en una suerte de símbolo para algunos sectores de izquierda gracias a una versión con aires antiimperialistas de Eugenia León, la intérprete que ha revitalizado la música mexicana.

En Hawái, supuestamente, la introdujeron los vaqueros mexicanos que llegaron con sus guitarras durante la dinastía de los Kamehameha para enseñar a los ganaderos locales a trabajar con reses de raza californiana. Allí, “La paloma” se adaptó enseguida a la cadenciosa guitarra hawaiana o lap steel guitar. En 1961, voló alto gracias a “No More”, la versión que cantó Elvis Presley en una playa idílica para la película Blue Hawaii. Y los lugareños llevan décadas considerándola una tonada tradicional de la isla.

En Rumania es la expresión de la añoranza y de la tristeza. La música del adiós. Una canción que se canta en los entierros con una banda de viento. En el documental de Sigrid Faltin, hay una escena en un pueblo de cielo plomizo donde Katharina Hellstern, una de sus residentes, comenta que conoce la melodía desde que era niña. Mientras la graban en su casa y en un cementerio, Katharina recuerda que, en la época de Ceau?escu, cuando se iba la luz, recurrían a la música para tranquilizarse. “Cuando estábamos sentados y en penumbras, cantábamos. Y entre las canciones que repetíamos, estaba ‘La paloma’ ”, cuenta con voz de recogimiento. “Por su madre reza la pobre niña abandonada”, dice, en este caso, la letra. Hellstern la tiene apuntada en un viejo cuaderno que perteneció a sus padres y que aún guarda. En un cuaderno que muestra a la cámara con cierta nostalgia.

En otros lugares de Europa, la canción ha sido protagonista incluso en los conflictos bélicos. Dicen que durante la Segunda Guerra Mundial la cantaban los dos bandos desde sus trincheras. Y en Alemania, poco a poco se fue convirtiendo en una melodía vinculada a los marineros. Según Peter Fläschner, un acordeonista de Hamburgo que también aparece en el documental de Faltin, Iradier reflejó en un solo tema “todo lo que pasa en la vida”. En los barcos que ofrecen paseos por el río Elba, donde Fläschner suele trabajar con su instrumento, muchos se conmueven y bailan al escuchar “La paloma”. Al igual que en Zanzíbar, un archipiélago de Tanzania donde se canta en suajili durante los casamientos y donde consideran que “el espectáculo” no termina hasta que alguien la toca.

–En los karaokes de Indochina, “La paloma” es un tema que la gente interpreta como Julio Iglesias en los años ochenta –dice Álvaro González de Langarica–. Pero a pesar de arreglos como el del gran Francisco Tárrega, que hizo una versión para adaptarla a música de cámara, son pocos los que la identifican como canción española. Y son todavía menos los que conocen que la compuso un vasco.

Paradójicamente, a su padre, Primitivo, que recopiló palomas incluso en afrikáans –la lengua que hablan los descendientes de los colonos neerlandeses que se instalaron en países como Sudáfrica y Namibia–, le costó encontrar una versión en euskera. Quizás porque Iradier tuvo que pasar varias décadas sepultado –y ninguneado– antes de ser tomado en cuenta en su propia tierra.

 

Partitura de “La paloma”, del coleccionista Primitivo Gonza?lez de Langarica. © Álex Ayala Ugarte

 

 

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Se sabe que Sebastián Iradier nació el 20 de enero de 1809 en Lanciego, una antigua villa de puertas macizas y suelos vinícolas de la Rioja Alavesa. A los 16 años obtuvo una plaza de organista en la iglesia de San Miguel Arcángel de Vitoria, la capital de la provincia, que por aquel entonces contaba con alrededor de diez mil habitantes. También trabajó como organista en Salvatierra, un pueblo a 24 kilómetros de Vitoria. Y después se fue a Madrid para perfeccionar sus estudios y labrarse un camino algo más citadino. Allí se relacionó con escritores, músicos extranjeros que estaban de paso y algunos políticos importantes, y fue maestro de solfeo para canto en el Real Conservatorio de Música y profesor de las hijas de la condesa de Montijo: Francisca, que luego se convertiría en duquesa de Alba, y Eugenia, que llegaría a ser emperatriz de Francia. Se sabe, además, que en la capital española abrió un almacén de pianos en la calle del Príncipe, y que montó una litografía e imprenta en la calle de Peligros para compartir y distribuir obras como“Pelar la pava”,“La serenata”,“Café caliente”,“Si será amor”o“El contrabandista”. Allá, posiblemente también distribuyó “El arreglito”, la habanera que Georges Bizet le plagió en Francia para utilizarla en la ópera Carmen.

En el libro La sonrisa de Iradier, Pío Baroja –uno de los escritores más prolíficos de la Generación del 98– lo definió como un dandy despreocupado y voluble que “no pretendía ni moralizar ni ser académico”. Dijo de él que era elegante, esbelto, de cara larga y nariz bien perfilada. Que era una figura atractiva, “en gran parte por su obscuridad”. Que, al igual que la cigarra, pasó cantando el verano sin reunir provisiones para el invierno. Que a veces actuaba como un príncipe y a veces como un vivalavirgen. Que antes de ser aceptado en Salvatierra como sacristán y organista tuvo que demostrar sus habilidades con el tañido a discreción, el tañido forzado y el acompañamiento. Que, probablemente, alguna vez tocó en el órgano cachuchas y boleros –pero disfrazando el ritmo–. Que solía meterse en jaleos. Y que las chicas lo conocían como “Sebastianito”.

Baroja también destacó que Iradier fue testigo en Madrid de una época marcada por cierta inestabilidad, y por los revanchismos y pronunciamientos militares. Que el dinero que ganaba lo gastaba tan pronto como llegaba. Que en sus canciones reflejaba la manera de expresarse de las personas normales: “A las cuatro me levanto, a las cinco el chocolate, a las seis lío el petate y a las siete a trabajar”, dice, por ejemplo, la letra de “La cigarrera”. Que conoció el París brillante donde todo era una fiesta. Que estuvo en ciudades como Nueva York, Boston, Filadelfia y Nueva Orleans, y en países como México. Que los yanquis se derretían al conocer que a veces se codeaba con la aristocracia en el palacio de las Tullerías. Que en Nueva York dio clases de canto y guitarra a hijas de comerciantes ricos. Que también estuvo en Londres. Que se desposó dos veces. Que su hija Matilde se casó con un inglés que se enamoró perdidamente de ella. Y que su hijo Pablo era médico.

Al final de la biografía, Baroja contaba que, en 1864, el músico vivía como un bohemio en un hotel parisino del barrio de Montmartre. Que, por aquel entonces, le hacía planchar las camisas a una vecina. Que solía comprar cuellos y corbatas blancas para lucir presentable en las casas donde le invitaban. Que, a menudo, comía en tabernas. Y que la gloria no le preocupaba mucho o al menos no tal y como la entendían otros colegas. Se conformaba, según Baroja, con unos aplausos en un salón, una copa de champán o la sonrisa de unas bellas damas –la verdadera gloria, para él, era eso–. El novelista también recordaba que el compositor retornó a Vitoria debido a una enfermedad en los ojos. Y decía que “La paloma” le parecía una composición con mucho carácter, pero con una letra “absurda” y “extravagante”.

“¿Qué le pasó a nuestro buen Iradier con la linda guachinanga, cuando le llama su chinita con tanto cariño?”, pregunta con ironía en su libro. “No sabemos si el músico, ya talludito, tuvo una aventura tropical o si fue todo jarabe de pico”.

 

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Iradier, al igual que otros compositores, fue víctima de cotilleos y especulaciones durante años. De Händel se decía que trabajaba mejor ebrio. De Haydn, que era bajo y debilucho porque estuvo desnutrido cuando era niño. De Ravel, que escribió su Concierto para la mano izquierda para un amigo pianista manco con el que luego casi se pelea. De Schubert, que debió enfrentar el tobogán anímico propio de los bipolares. Y de Iradier, que se marchó de Salvatierra para escapar de la ira de un marido engañado.

Sabin Salaberri, un músico vasco de voz enfática, como la de un profeta, piensa que la salida de Iradier del pueblo se debió a la primera guerra carlista y no a un lío de faldas, como sugirió Baroja en su día. “La situación era complicada. Salvatierra era carlista, Sebastián liberal y alguna represalia temería”, supuso en una conferencia para conmemorar los 150 años del fallecimiento del creador de “La paloma”. En la conferencia, además, se refirió a Baroja como un escritor con bastante inventiva y dijo que en La sonrisa de Iradier hay varios datos erróneos y otros que no son del todo correctos.

El historiador madrileño Álvaro Fernández Rodas, que lleva años reuniendo documentación en torno a la vida del compositor, también considera que el libro del escritor vasco tiene algunos ingredientes más propios de una novela que de una biografía. Dice, por ejemplo, que no existen evidencias incuestionables de un supuesto viaje de Iradier a La Habana. Que el hijo de Sebastián era músico y no médico, como sostenía Baroja. Y que Iradier tampoco visitó ciudades como Nueva York o Ciudad de México. Al compositor, eso sí, lo reconoce como el gran promotor de la habanera en Europa –que, como género, estaba muy influenciada por la contradanza cubana, pero también por los intercambios musicales que había entre la isla y España–. Y aporta algunos datos extras que no han sido muy difundidos: Iradier, al parecer, tenía problemas gástricos, y pasó sus últimos días en compañía de su hermano Benito.

La publicista Maribel Larrañaga, que ha impulsado el rodaje de un documental que pretende acercar la figura de Iradier a las nuevas generaciones, lo define como “un músico pop de otra época” por su sentido de la oportunidad y su don de gentes.

–Lo criticaron mucho porque, tras un inicio clásico, se enfocó en otra clase de música y compuso temas relacionados con Andalucía, los toros, la muerte –me explica un soleado martes de julio, frente a un antiguo parque de Vitoria que el compositor, seguramente, recorrió decenas de veces.

Iradier dejó obras con títulos que eran un poco como la vida misma –“El matón”, “El carpintero”, “El miriñaque”, “La calesera”, “No quiero amores”, “El cataplum”, “La pollería”– y, según Larrañaga, supo conectar muy bien con el público.

Para Blanca Sedano, una grafóloga y conferencista que ha analizado varias de sus firmas –legibles y decrecientes, con pequeños detalles en forma de arpón o de gancho–, Iradier era una persona observadora que siempre iba de frente. Un hombre ensoñador, cariñoso y enamoradizo. De trato encantador y con un discurso envolvente.

–Ambicionaba el reconocimiento tanto para él como para sus composiciones –puntualiza. Con un legado caracterizado por la variedad que inspiraría, después, a decenas de músicos.

Su obra ha sobrevivido con tan buena salud que la Organización Nacional de Ciegos Españoles (ONCE) se decantó hace años por “La paloma” para que sonara en algunos de los relojes que venden en sus oficinas. Él, sin embargo, acabó eclipsado por esta pieza, la más difundida de su repertorio. Y en el cementerio, cuando lo enterraron en 1865, no lo inscribieron como el gran autor de canciones populares que había sido, sino bajo el oficio por el que destacó a los 16 años, es decir, como un simple organista.

 

 

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La historia del entierro de Sebastián Iradier en el cementerio vitoriano de Santa Isabel también es la historia de un largo olvido. Según los registros oficiales, el músico fue enterrado dos veces. Primero, en el nicho número 118 de la calle San Roque, que pertenecía a su hermano Benito y que hoy pertenece a la familia Díaz de Guereñu. Y en 1929, supuestamente, en el número 18 de la calle San Marcos, en el panteón de la familia de su sobrino nieto Teodoro, fundador de los Exploradores de España, una organización inspirada en los boy scouts. Álvaro González de Langarica y otros palomistas, sin embargo, dudan de la exhumación del compositor en los años veinte.

–En los archivos, hay constancia de que se realizó un traslado. Eso es cierto –me dice Álvaro uno de los días que nos juntamos para hablar de sus discos–. Pero parece ser que removieron otros restos en lugar de los suyos.

Hoy, en el mausoleo de la familia de Teodoro Iradier, hay una reja cerrada con una cadena, algunas enredaderas, un frontis con una inscripción, un puñado de nichos con las letras en altorrelieve y un ramo de flores mustias. Además, desde finales de 2015, hay una placa en homenaje a Sebastián Iradier –que colocaron los integrantes de la Asociación Palomista– donde lo presentan, en cuatro idiomas, como un “ilustre compositor”. Antes de esa fecha, no había nada a la vista que lo identificara.

Vitoria ha sido más generosa con otros Iradier con logros igual de sonoros, pero en diferentes áreas. A Manuel Iradier, el explorador africanista que se obsesionó con Guinea Ecuatorial en el siglo XIX, le erigieron una estatua, le dedicaron una calle larga y muy transitada y, además, hay una coral que lleva su nombre porque surgió en el seno de un grupo de excursionistas. Una de las calles más representativas del centro de la ciudad debe su nombre a Eduardo Dato Iradier, un prestigioso político que llegó a presidir el Consejo de Ministros durante el período de la Restauración. Y hay un Iradier arquitecto llamado Pantaleón que también tiene cierto renombre porque construyó la antigua plaza de toros y el edificio donde sesiona el Parlamento Vasco. A Sebastián Iradier, entre tanto, lo han recordado únicamente con un par de placas en el paseo de los Arquillos y con una pequeña plaza del Casco Viejo que no ha servido para rescatar del ostracismo al compositor. Cuando uno pregunta a los paseant sobre la autoría de “La paloma”, aún hay gente que confunde a Sebastián con su pariente explorador o que es incapaz de dar una respuesta. Da la sensación de que no hubiera existido nunca.

Su paloma, en cambio, no ha dejado de reivindicarse en los más de 150 años que lleva sonando. La hemos visto impresa en el cuento “Cuando salí de La Habana, válgame Dios”, del escritor José Emilio Pacheco. Y en el libro El crimen del padre Amaro, de José Maria Eça de Queirós, donde la mencionan como “vieja canción mexicana”. Y en la novela Chiquita, de Antonio Orlando Rodríguez, Premio Alfaguara de 2008, donde es esencial para la protagonista: una cantante y bailarina cubana que mide apenas 26 pulgadas. Y en las memorias del escritor y guionista español Jorge Semprún, que cuenta cómo le perdonó la vida a un soldado alemán que bebía agua en un río, tras escucharle cantándola. La canción también se ha convertido en banda sonora y gracias a eso la hemos disfrutado en La vida privada de don Juan, La marca del zorrillo, La casa de los espíritus y otras películas. Y Kepa Agirre, un obrero jubilado y guitarrista autodidacta que suele tocar coplas, rancheras vascas y canciones de los Beatles, la eligió como tema de apertura para distraer a los vecinos de su barrio en los días de confinamiento que llegaron con la epidemia de coronavirus. La Paloma, además, era el nombre del avión que llevaba a Cuba la ayuda humanitaria de la ONG Músicos Sin Fronteras, y la canción que tocaban con un organillo algunos soldados lisiados del antiguo Imperio austrohúngaro para pedir limosna. Y en Vitoria es una calle con casas de color ladrillo y la melodía que reproduce el carillón del Ayuntamiento en la Plaza Nueva a las doce del mediodía. Cada vez que suena allí, en sus altavoces, las palomas de verdad dejan de picotear las migajas del empedrado y agitan las alas como si no hubiera más tiempo que ese –o como si una fiesta se terminara–. Y casi siempre hay alguna persona que se para a escucharla.

 

Sebastián Iradier, compositor vasco, autor de “La paloma”. © Álex Ayala Ugarte.



ACERCA DEL AUTOR


Álex Ayala Ugarte

Fue director del dominical de La Razón, editor de Pulso y fundador de Pie Izquierdo. Premio Nacional de Periodismo de Bolivia (2008). Ha publicado cuatro libros: Los mercaderes del Che, La vida de las cosas, Rigor mortis y Ser payaso es cosa seria.

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