El último masón, boxeo en las catacumbas

O París era una sucesión de fugas

Un joven estudiante de doctorado acepta un trabajo como vigilante de escuela en París y consigue un temible enemigo entre los estudiantes, en medio del terror al fundamentalismo islámico que se esparce por la ciudad. Debajo de ellos, como telón de “fondo” de su relación, discurren las galerías de un inconmensurable cementerio subterráneo.

POR Mauricio Polanco Izquierdo

Ilustraciones de Felipe Camargo

 

1.

La idea de llevar a cabo una inmersión ilegal en las catacumbas me la dio el propietario de mi habitación, monsieur Mirebeau, un viejo masón ateo –cortés casi hasta lo candoroso– que consagraba los últimos años de su jubilación a visitar en barco los puertos fluviales de Europa y a escribir libros sobre el rol desempeñado por la francmasonería en los grandes virajes de la historia de Francia. Y es que antes de que nuestra amistad se disolviera en los peores términos a causa del incendio, los líos con Airbnb y su aseguradora, la frecuentación semanal que sostuvimos a lo largo de dos años me fue de un inmenso provecho. Aunque también me trajo contratiempos.

Por medio de sus relaciones en el Ministerio de Educación Nacional, encontré un empleo como vigilante en el Lycée Alexandre Dumas, un centro educativo que, a pesar de llevar el nombre del afamado escritor y de situarse en uno de los sectores más aburguesados de la ciudad, resultó ser un falso oasis, una especie de vertedero en miniatura donde se arremolinaban las inquinas de la fractura social de Francia. Ahí iba a toparme con Mamadú, mi némesis africana, uno de los miles de hijos marginales no reconocidos de París, un fornido bully senegalés de 16 años con un perfil en absoluto atípico: la suya había sido una infancia de orfanatos y hondas carencias afectivas que más tarde habían dado lugar a un resentimiento social de armas tomar. De modo sucinto, él era una versión recargada, y más sensible a la yihad, del personaje Hubert en el filme El odio de Mathieu Kassovitz (una inmersión en blanco y negro de veinticuatro horas en la vida de una terna interracial –negro, judío y magrebí– de jóvenes amigos marginales en la que se contrasta sin tapujos el glamur del París intramuros con la exclusión y la violencia que viven los habitantes de sus suburbios menos favorecidos).

Así, en la Francia que se volcaba en las matanzas terroristas de estos últimos años, también a mí me esperaba una cuota de violencia: al principio el odio de Mamadú trascendió en nuestros círculos de amigos como una anécdota cargada de matices jocosos y con cierto potencial literario. Sin embargo, a medida que la atmósfera del país se ensombrecía, su matoneo adquirió ribetes siniestros y alcanzó a preocupar a Bárbara, para quien, según su modo europeo de ponderar el peligro, existían razones de sobra para avisar cuanto antes a las autoridades. Y en efecto.

La hostilidad de Mamadú fue un puro crescendo: en razón de mi fenotipo supuestamente amerindio –en Francia vine a enterarme de que yo era indio–, lo primero que hizo al verme fue ponerme un par de apodos demoledores. Con un desdén pretendidamente colonial, delante de quien fuera me llamaba Pocahontas o Pepito (el figurín de una marca de galletas muy conocida que lleva un sombrero de charro mexicano). Y lo que siguió fue la caída en picada de mi autoridad de vigilante. Cada vez que le dirigía la palabra, escupía con asco y se alejaba de mí como si yo fuera un apestado. En los corredores, al sorprenderlo evadido de clase teléfono en mano viendo videos yihadistas, sin mediar palabra levantaba el codo y hacía el amago de darme un revés en la quijada.

–Entiéndete con la petite blanche (la blanquita) de tu madre –me decía.

Cuando culminaba la recreación y los vigilantes teníamos la casi imposible misión de hacer que se formara, yo me cuidaba de acercarme a su cuerpo más de lo debido, aunque sí lo suficiente como para hacerle sentir la presión de avanzar hacia donde lo esperaba el resto de su clase. Al percatarse de mi presencia, su reacción era inigualable: aspiraba el aire entrecortadamente como husmeando una inmundicia, arrugaba la nariz, se ponía la bufanda en la boca y luego se alejaba gritando que yo olía como un puerco enfermo (ese animal que desprecian los musulmanes).

En el comedor, la tensión era máxima: ya me habían puesto en guardia mis colegas, si le volvía la espalda unos pocos segundos, con toda certeza un trozo de salchicha o una pelota de cuscús aterrizaría en mi cráneo.

Tras meses de insultos y provocaciones racistas, la gota que rebosó la copa cayó al mediodía del miércoles 7 de enero de 2015, justo cuando los canales informativos empezaban a saturar al país con las primeras imágenes de la matanza que los hermanos Kouachi acababan de perpetrar contra el equipo de Charlie Hebdo. En cuanto se enteró de lo ocurrido, Mamadú, presa de una alegría infecta, lanzó por los aires sus cubiertos y abandonó el comedor contorsionándose, dando saltos y cabezazos como un carnero desquiciado. Afuera, en el patio, estuvo varios minutos recorriendo el perímetro del terreno de balonmano con los brazos abiertos, zigzagueando y planeando como un ave de rapiña, ovacionando e incitando a sus camaradas a prenderle fuego al liceo mientras gritaba con toda la potencia de sus pulmones:

–Nique la France, allahu akbar!

El destino quiso que, como guardia en la puerta principal, yo fuera testigo de su euforia. Para mi infortunio: el rector del liceo llevaba meses esperando la excusa perfecta para deshacerse del más indeseable de sus alumnos. Y ahí estaba yo, en el lugar indicado, para ser su carne de cañón. El detallado informe disciplinario que me obligó a redactar fue la leña que hacía falta para acabar de encender el odio de Mamadú.

Pero vayamos por partes.

2.

Monsieur Mirebeau era octogenario, de escasa estatura, y a pesar de que ya presentaba los ademanes sosegados y el habla lenta y casi inaudible de la senectud, no tenía enfermedades crónicas ni padecía el tipo de achaques que confinan a los ancianos a la reclusión definitiva. Solo restringía el aguardiente y hacía treinta años que no fumaba ni consumía ningún alimento frito. Aunque era evidente que a su memoria la cercaban cada día nuevos focos de sombra, contaba aún con la suficiente lucidez para no enfrascarse en lapsus sin retorno. Naturalmente, la recordación de su niñez, amplificada por el campanilleo de la muerte, iba en detrimento de su evocación de lo inmediato: recordaba con exactitud el sabor de las sopas de corteza de álamo que su abuela le hacía beber durante las penurias de la Segunda Guerra Mundial, pero olvidaba con regularidad fechas, títulos de libros o autores que habíamos mencionado minutos antes.

Para cuando nos conocimos, ya se le podía considerar un venerable anciano puesto fuera de combate y dominado por el nerviosismo de su mujer. No obstante, había en monsieur Mirebeau algo singular, una fortaleza de carácter que resultaba intrigante. Detrás de sus arrebatos de sobreactuada cortesía, se atisbaba el pábilo todavía llameante de un combate de larga data, una cierta resistencia de las convicciones que al mismo tiempo anunciaban algo más.

¿Era monsieur Mirebeau su propio fósil viviente?

Como tantísimos otros, se trataba de un hombre que albergaba dentro de sí dos seres complementarios, uno público y otro privado: bajo la dermis del investigador y servidor público honorable, se escondía un individuo que despreciaba cualquier forma de organización social de carácter dogmático. Si bien con los años el fulgor de su rebeldía se había atenuado, seguía siendo un altermundialista intransigente, y lo que se veía de él era la máscara apacible bajo la cual se camuflaba el rostro de un hombre derrotado por el apogeo –de ese modo lo llamaba– de la civilización supersticiosa en la era de la tekné.

Al término de una carrera de tres décadas como profesor agrégé 1 de historia en el prestigioso Lycée Charlemagne, a mediados de los años noventa la membrana de su existencia pública se había roto. De ahí había emergido el masón que pacientemente había esperado su turno para entrar en acción, esta vez ya no desde los tumultos del militantismo político (el error fundamental de su juventud, decía), sino desde la solitaria esfera de la actividad intelectual: el proyecto de monsieur Mirebeau era reescribir la historia de la masonería en Francia.

Para ello, en primer lugar se había hecho nombrar director del Instituto de Estudios e Investigaciones Masónicos y redactor en jefe de la revista Chroniques d’Histoire Maçonnique. Luego, en veinte años de intenso trabajo había redactado cuatro gruesos volúmenes: el primero esbozaba una historia general de la francmasonería en el siglo XIX; el segundo giraba en torno al papel desempeñado por las logias durante la ocupación nazi; el tercero, de amplio espectro, recorría los tres siglos de existencia de la masonería gala, y el último desempolvaba la trascendental contribución de las obediencias masónicas a la Comuna de París.

–Libros que con toda certeza –me dijo– no leerán más de cinco personas en el mundo.

–No sea usted pesimista, monsieur Mirebeau –le repliqué con zalamería.

–Todo lo contrario, monsieur –me respondió–, lo cuento a usted y al prologuista –agregó a modo de broma indulgente para taponar su desazón.

Cuando le dije que era un estudiante de literatura general y comparada que se proponía develar los vasos comunicantes entre los relatos autobiográficos de Sándor Márai y Stefan Zweig, no pudo ocultar su sorpresa.

–Vaya –dijo con cierta simpatía despertándosele en los ojos–, con que eso tenemos, ¡un comparatista! ¿No será usted uno de esos burros pretenciosos de los cultural studies?

–En absoluto –le respondí–, lo mío se ciñe a los límites del texto.

–¡Palabra deplorable! –replicó acercándome a la cara una caja de fósforos–. Mire, monsieur, esto también es texto.

–También lo es el contenido de la Biblia –le dije, y se quedó mirándome con un amago de complicidad.

Entonces, para celebrar esa pequeña blasfemia, al cierre de nuestra primera conversación me propuso tres tratos; dos delante de su mujer y otro a espaldas de ella. La razón: madame Mirebeau era una vieja quisquillosa y tacaña a quien no le cabía un ápice de duda de que los atentados, Daesh y todo cuanto estaba ocurriendo en Francia obedecía a una nueva tentativa militar a través de la cual Oriente buscaba poner bajo su yugo a la Europa cristiana. Una antiquísima añoranza, creía ella, que recobraba el aliento tras siglos de espera.

–La última vez –dijo con encono– las hordas otomanas fueron contenidas a las puertas de Viena.

–¿Y? –le respondió monsieur Mirebeau–. Ocurrió hace casi cinco siglos. Nada tiene que ver una cosa con la otra.

–Tú no sabes –le contestó ella con su resentimiento de pieds-noirs2–, yo sí, nací en Argelia, conozco bien a los árabes y su religión intolerante. Quieren esclavizarnos. ¿Han visto cuántas mezquitas, financiadas por el mismo gobierno, se construyen al año en Francia? Es un choque de civilizaciones, no hay duda. Solo los intelectuales flojos, relativistas y apátridas –agregó aludiendo a su marido con desdén– se atreven a minimizar las dimensiones de la invasión que estamos viviendo.

Monsieur Mirebeau, que llevaba años respondiéndole lo mismo, volvió a explicarle con indiferencia que el punto no era el número de mezquitas construidas sino el equilibrio demográfico, traducido en curules, entre una población y la otra. Desde ese punto de vista, arguyó, y pese a que la inflación mediática diera la impresión contraria, el culto musulmán seguía siendo muy minoritario en Francia, un país que, aunque ya no fuera a misa y viera las iglesias como reliquias arquitectónicas, mantenía vínculos indisolubles con la cristiandad.

En ocasiones semejantes, cuando quedaba atrapado en medio del fuego cruzado de sus discusiones, acontecía una suerte de revelación: esas zambullidas vertiginosas y fragmentarias en la historia de Francia me descubrían in allegrissimo el rostro de una sociedad quebrantada y ansiosa que no se saciaba de volver su mirada hacia el pasado. ¿Una especie de huida por la retaguardia?

 

3.

Según los dos primeros tratos, a cambio de hacerles de cuando en cuando la compra, regar las plantas y encargarme de sus gatos cuando estuvieran de viaje, monsieur Mirebeau me ayudaría a conseguir un empleo y a redactar en correcto francés mi tesis de doctorado. Para poner en marcha lo primero, solo hacía falta que removiera un poco la herrumbre de sus contactos burocráticos en el Ministerio de Educación Nacional. Con un par de llamadas, me aseguró, era muy probable que en una semana me resultara un puesto de pion en algún liceo del sector.

–Discúlpeme, monsieur –le pregunté confundido–, ¿ha dicho usted peón?

–Así es. No tiene usted todavía las credenciales para ejercer como docente. Ya sabe, su francés...

–Mi motricidad fina...– traté de explicarle con el mayor tacto posible para no parecer malagradecido.

–¿A qué se refiere?

–Me cuesta incluso enrollar mi propio tabaco –contesté turbado, aunque él seguía sin comprender.

–Surveillant! –intervino madame Mirebeau–, después de la reforma Sarkozy, ahora se llama surveillant.

–¿Vigilante? ¿En un centro educativo? –pregunté desconcertado, pensando que quizá la situación en Francia era peor de lo que ella decía, y enseguida me vi deambular por los pasillos de un colegio, uniformado, portando bastón de mando y radioteléfono.

Imposible. Convertirme en la versión desmejorada de un gendarme, ¡en un subpolicía! Era uno de esos trabajos para los que mi ADN mitocondrial nunca estaría preparado.

Por fortuna, el malentendido era benigno. Lo que antaño se conocía como peón y actualmente como vigilante –en ambos casos un empleo mal remunerado, en principio transitorio, concebido para estudiantes universitarios– era otra de las maravillas burocráticas del Estado de bienestar. Veamos.

En Francia, la democracia es una praxis de mediación permanente que debe extenderse a todas las esferas de la vida social. Para tal efecto, existen miles de instancias que hacen las veces de mediadoras y cuyo objetivo es facilitar el entendimiento entre los ciudadanos y la administración. Así, por ejemplo, en un colegio la mediación entre el rector, los padres y los estudiantes la lleva a cabo un despacho suigéneris, sin equivalente en ningún otro país europeo. Su nombre parece inocuo, casi ridículo, pero sin esto el intrincado engranaje de las instituciones educativas no podría funcionar. La Vie Scolaire3, se llama, y tiene naturalmente una organización jerárquica: el consejero principal de educación (CPE), una especie de coordinador de disciplina, es su cabeza visible y bajo su autoridad opera un equipo de vigilantes a quienes se asigna un variopinto abanico de funciones. Sigamos viendo.

Además de ser el cuerpo de choque contra el estudiantado en cuanto al cumplimiento del reglamento interno, los surveillants reciben llamadas, manejan la correspondencia, custodian evaluaciones importantes, imponen sanciones, inspeccionan los pasillos durante la recreación y los cambios de clase, velan por el orden y el aseo en el comedor escolar, abren y cierran las puertas según los flujos de los grupos que culminan o inician sus jornadas. Son, en últimas, los toderos de la educación nacional francesa, y a pequeña escala encarnan la (¿sana?) demencia de una sociedad que desde muy temprano empieza a injertar en la conciencia de sus ciudadanos el hábito de la autovigilancia. Así, poco sorprende que este haya sido el país de Vigilar y castigar, el potente ensayo de Foucault sobre el nacimiento de la prisión y la sofisticación represiva del aparato carcelario actual. La cárcel contemporánea es ante todo, dice su autor, una empresa de culpabilización: frente a la certidumbre de ser observado por un ojo omnipresente, el reo se intimida y transmuta su rebelión en obediencia.

Visto de esta manera, el trabajo de delación que me proponía monsieur Mirebeau me produjo rechazo. Quién más, pensé, sino un escritor tenía la responsabilidad de mantenerse al margen del poder. Claro, para entonces yo todavía era, como dijo Baudelaire, un niño perdido en una constelación de símbolos; aún no llegaba a la cita en la que la materia viva del mundo me subyugaría.

En cualquier caso, haber renunciado al job de vigilante hubiera sido una sandez: ganarme la vida persiguiendo colegiales me abrió las puertas a un universo urbano estimulante y diverso del que yo apenas tenía noticia. Nuevos colegas, modos del humor desconocidos, acentos difíciles, idiosincrasias divergentes. Ninguna otra estrategia resultó ser más eficaz en mi aprendizaje del francés que el contacto sin mediaciones con la lengua juvenil y callejera. El de mis profesores era fuerte, atrayente por su estructuración, elegancia y dinamismo léxico. Con todo, su argot era un registro más entre tantos, con la respectiva halitosis de aquellos que pretenden ser los únicos constructores del saber.

Lo sabía, pero soberbio, provinciano e inseguro, me negaba a aceptarlo: mientras no entrara en una pelea cuerpo a cuerpo por apropiarme de las muletillas que lubrican toda conversación, en la medida en que no me armara del vocabulario de uso corriente que me permitiera referenciar la realidad sin parecer un estúpido, en fin, de todo cuanto da ductilidad al habla en tiempo real, mi relación con el francés seguiría siendo refractaria.

Estar en Francia sin vivir en Francia. ¿Hasta cuándo?

Hasta que descendí a los bajos fondos del idioma que batía sus alas por fuera del mundillo universitario. Mi relativa apropiación del francés –su conquista total es imposible– despegó gracias a mi empleo como surveillant y al encarnizado hostigamiento de Mamadú.

 

4.

Hace poco, en un programa radial de France Culture, los invitados, un sociólogo, un pedagogo y un psicolingüista, discutían a propósito de una investigación –una de esas que demuestran con un rigor inaudito lo evidente– cuyos resultados acababan de ver la luz. Sin pecar de injusto reduccionismo, el meollo del asunto puede resumirse así: existe una relación directamente proporcional entre las carencias lingüísticas y el control de las pulsiones violentas. Un grupo de científicos había descubierto, o mejor, le recordaba a la sociedad francesa, que entre menos vocabulario tenga un Homo sapiens sapiens a su disposición para representarse el mundo que lo rodea, es decir, entre menos lea y más pobre sea su léxico, con mayor facilidad lo engatusará su instinto de agresión. En últimas, una relación causal entre la falta de instrucción y la brutalidad: la demostración de la luminosidad de la luz. ¿Las evidencias? Pues bien, estas campean, decía uno de los participantes, en los corredores, aulas y patios de recreación de las instituciones educativas en las llamadas zonas sensibles de Francia, nada distinto del archipiélago de guetos metropolitanos en donde al Estado se le ve poco la cara.

Niquer, según el diccionario Trésor de la langue française informatisé, es un verbo transitivo e intransitivo que significa, por un lado, poseer carnalmente a alguien, y por otro, maldecir, hacer daño, engañar, despreciar. Es una palabra comodín cuyo insulto equivalente en castellano vendría siendo “mandar a la mierda”, “culear” o “valer verga”.

En casos patológicos como el de Mamadú, además de ser una muletilla insoportable, también constituía la viga de amarre de su producción discursiva: una especie de logos del analfabetismo. Nique ta race, Nique ta mère, Nique la France, Nique les maths, Je vais te niquer 4, tal era el tipo de frases de uso corriente del que se servía para interactuar con su entorno y expresar su subjetividad.

Ahora bien, el calibre de su vocabulario no desentonaba con la atmósfera deletérea que se respiraba en el Alexandre Dumas, en donde todo inició de la peor manera: como el apelativo literario del liceo de entrada me dio buena espina –luego me enteré de que aquí incluso a los antros pueden bautizarlos Albert Camus o Anatole France–, el día de la firma del contrato no se me ocurrió echar un vistazo a la letra menuda que precisaba la naturaleza de la institución a la que ingresaba. Error garrafal.

Establecimiento regional de enseñanza adaptada, EREA, decía entre paréntesis justo al lado del apellido del autor de Los tres mosqueteros. Solo existen 80 en todo el país, tres en París, y en teoría fueron creados por la ley para acoger a adolescentes con profundas dificultades sociales y escolares. Su objetivo: orientar el desarrollo de proyectos de inserción profesional a través de un acompañamiento pedagógico específico. Majaderías, desde luego. En realidad son una especie de antesala de centro correccional que propone formaciones alternativas en hotelería, turismo y restauración, a muchachos huérfanos, hijos de refugiados, en su inmensa mayoría negros o lo que, por palmaria ignorancia, se denomina árabes: jóvenes librados a su suerte, algunos de ellos ya en líos con la justicia o embaucados por las drogas. Mutatis mutandis, era como si en algún colegio de las profundidades del Distrito de Aguablanca de Cali se fusionaran los dos últimos grados de la educación media con programas del SENA.

¿Qué era yo en medio de toda esa demencia? Una especie de policía raso, sordomudo de nacimiento, al que habían enviado al extranjero a imponer el orden en un albergue de malhechores.

Las mañanas empezaban así: un cuarto de hora antes de abrir las puertas del liceo, a través de la persiana del despacho de la Vie Scolaire, yo descubría a Mamadú ya merodeando en la calle, con una lata de Redbull en la mano, gritando y revoloteando alrededor de los grupúsculos de estudiantes trasnochados que esperaban sin prisa el inicio de la jornada. Viéndolo estrujar, insultar, arrebatar teléfonos y pedir cigarrillos a los transeúntes, yo terminaba mi café intentando dar con la mejor manera de camuflar mi acojonamiento.

Cuando me veía acercarme a la reja, de inmediato corría a mi encuentro, y mientras hacía girar la llave en las cerraduras, del otro lado él resoplaba como un bóvido enfurecido y hacía como que le daba salvajes cornadas a los barrotes para hacerme volar por los aires. Una vez abierto el portón, respondía a mi saludo con un “buenos días, Blanca” (con mi pelo largo y liso a la altura de los hombros era como ponerme vestido de rojo frente al toro de su homofobia). Tras recordarle que no podía entrar fumando ni con bebidas de ningún tipo, me encaraba con los ojos inyectados de sangre, rechistaba, maldecía a Francia, y luego ejecutaba un número que, según le parecía a él, le otorgaba la respetabilidad de un capo siciliano: inclinaba la frente para dejar caer un goterón de saliva espumosa, terminaba su bebida energizante y arrojaba al suelo la lata para enseguida aplastarla con el tacón de sus botas de alpinismo a tan solo unos centímetros de mis empeines. Antes de ingresar, cubría su cráneo anguloso con la capucha felpuda de su chaqueta, se ponía sus gafas tornasoladas, daba una última calada a su colilla, la ungía por el borde con babas, y todavía humeante, la introducía en uno de sus bolsillos hediondos.

Yo, con el gaznate más seco que estopa –como dijo el poeta–, pero contento de que no se atreviera a tocarme, sin falta le respondía conforme al algoritmo de la urbanidad francesa: le daba las gracias y le deseaba una estupenda jornada.

  

5.

El tercer trato lo descubrí poco después en mi buzón de correo. En una nota redactada de su puño y letra, monsieur Mirebeau abría con unas lacónicas excusas, se solidarizaba con mi mala suerte, me rogaba lo disculpara: a él se le salía de las manos, además no tenía noticia de la existencia del Lycée Alexandre Dumas; era un establecimiento nuevo. Enseguida entraba en materia con una cita sacada del tratado sobre la vejez, de Marco Tulio Cicerón:

 

“Igual que los ancianos sabios disfrutan con los jóvenes mejor preparados y son venerados y queridos por la juventud, y la vejez se hace más llevadera, igualmente los jóvenes disfrutan de los consejos de los ancianos y se dejan guiar para adquirir experiencias”.

Pase a verme mañana por la tarde. El trueque se inclina a su favor.

Cordialmente,

M. Mirebeau

 

Para entonces yo ya era consciente de que la precariedad de mi aspecto suscitaba, en algunos casos, un erotismo carroñero. En otros en los que la imposibilidad del canje sexual era latente, despertaba el deseo de brindarme socorro. Sin embargo, con los adultos mayores operaban otros criterios. A partir de ese momento empecé a interrogar mi relación con los viejos, a darme cuenta de que había algo que me hacía sensible a ciertas formas de la senectud, quizá una predisposición natural, una confiabilidad tácita a la que convocaba el conjunto de mis gestos, algo que me hacía lucir ante sus ojos como una suerte de emisario neutral entre ellos y su pasado. Alguien en quien podían depositar una cantidad relativa de confianza.

En un principio sospeché que monsieur Mirebeau se aburría en su apartamento parisino, sus investigaciones no colmaban los inmensos boquetes de su tiempo y soportar los desvaríos de madame Mirebeau era para él un creciente fastidio. Por tanto, me pareció que en el fondo me proponía un llamado de SOS.

Empero, de nuevo erraba. Clásico error juvenil: caricaturizar, subestimar a los viejos. Como el mismo Cicerón anota, cuando la vejez es virtuosa suele ser emprendedora a pesar de la pérdida del ímpetu físico, y cuando la necesidad llama, sabe armarse de vigor para defenderse y urdir planes. A veces, incluso, vive sus últimas horas trayéndose algo entre manos. Y lo que monsieur Mirebeau se traía entre las suyas era dar una última mirada al lugar en donde había florecido su vida intelectual.

Su parte del trato: descontar subrepticiamente cien euros a mi alquiler; la mía: hacerle reportes orales de las discusiones que tenían lugar en las aulas que yo frecuentaba en la Sorbona. ¿Con qué objeto? No lo movía el rencor, la nostalgia ni el entusiasmo senil; tampoco era uno de esos reaccionarios que se proponía condenar la pauperización del pensamiento contemporáneo de su país. No, él ya era inmune a los cambios de época y se encontraba demasiado lejos de las pequeñeces de la vida universitaria.

La curiosidad era su motivación, pero una desprovista de todo candor. En el fondo, espiar como despedida, en eso consistía el interés de monsieur Mirebeau. Ver una última vez para morir. Proyectarse en situaciones y espacios que han quedado atrás, enmarañados en el tiempo, para volver a verse con cuarenta años menos. Rescatar la imagen de cuando se era otro: uno de los nobles embustes de la memoria (sanguijuela de otras memorias).

–Ni libros ni grabaciones –me advirtió.

El truque se inclinaba sin duda a mi favor: por dos horas semanales en las que además de la buena conversación a veces me quedaba a cenar, esa reducción del alquiler me permitiría de cuando en cuando pagarle una noche de copas a Bárbara y, al menos una vez al mes, hacer un viaje de dos o tres noches a alguna ciudad de Francia.

–No intente sorprenderme –volvió a decirme–, nada de florituras, solo el hueso desnudo del asunto.

Durante nuestras pláticas, yo le contaba todo cuanto me parecía digno de referirle mientras él permanecía en silencio asintiendo o frunciendo el ceño. En ocasiones me interrumpía para pedirme reformular frases con injertos del castellano que no tenían sentido. Luego él entraba en acción y con sus preguntas o refutaciones nos enfrascábamos en diálogos edificantes.

Por fortuna, había mucha tela que cortar. Para hacerlo partícipe del estado de conmoción en el que me mantenía la subyugante verbosidad de algunos de mis profesores, una noche le hablé de Teorías y Métodos de la Literatura, un temerario curso magistral en el que madame Rabó hablaba dos horas seguidas con una jovialidad y una elocuencia inalterables mientras sus estudiantes permanecían inmóviles mirando al frente, impenetrables, vaciados, cual atletas intentando resistir su maratón discursiva. A qué tipo de entrenamiento, me pregunté preguntándole a monsieur Mirebeau, debía someterse un funcionario público para alcanzar semejante verborrea. Maravillado y asqueado al mismo tiempo, yo apenas empezaba a intuir cómo siglos de práctica oratoria habían sido necesarios para llegar a acumular el vasto acervo de nociones que servía de pozo (¿séptico?) a tal despliegue de cháchara. “Actitud retórica”, “materialidad de la diégesis”, “economía del relato”, “especificidad narrativa”, “elipsis digresiva”, “¿la historia de la literatura es en sí una taxonomía?”.

–La erudición regurgitada –me respondió con sequedad– en nada contribuye al mejoramiento de la vida humana. Sigamos.

Otra de mis cartas fue hablarle de los datos, obras y autores que yo picoteaba en clase de monsieur Lavos, uno de los gurús más respetados del Departamento de Literatura Comparada, otra locomotora de la palabra, especialista en narrativa italiana, una incontestable autoridad en su materia, a quien no pocos estudiantes –tan masiva era a veces la asistencia a sus cursos– se veían obligados a escuchar de pie. Antropología de la Novela, su seminario, era una cátedra estrechamente ligada con el tema de la representación ficcional de la violencia, esta última entendida como un fenómeno que, en razón de su recurrencia e intensidad, termina convirtiéndose en una práctica cultural. ¿De qué mecanismos se vale cierto tipo de ficción para representar, por ejemplo, la dislocación de un individuo desposeído gradualmente de su libertad por un Estado totalitario? ¿Voz narrativa coral? ¿Superposición de planos narrativos? ¿El narrador como margen, ausencia?

Ese tipo de preguntas interesaban sobremanera a monsieur Lavos. De ahí que entre los pupilos adjuntos a su línea de investigación se contara un grueso número de estudiantes provenientes de sociedades poscoloniales, países ruinosos, democracias de papel con historias recientes marcadas por sangrientas dictaduras, genocidios, guerras civiles y narcotráfico. Entre ellos me encontraba yo, por supuesto, junto a afganos, mexicanos, sudaneses, venezolanos y ruandeses tutsis deseosos de explicar la mística de los verdugos hutus durante el genocidio de 1994. Y así.

Una diversidad sideral y atroz que no tardó en conducirnos hasta Colombia, país no del todo desconocido para monsieur Mirebeau, al cual había consagrado algunas lecturas juveniles durante el auge guerrillero y del que decía tener en claro qué pesos tiraban de los extremos del nudo gordiano de su guerra interna.

Todo comenzó con una alusión de mi parte a Antropología de la inhumanidad. Ensayo sobre el terror en Colombia (Payot, 2004), de María Victoria Uribe, una tesis doctoral con todo lo necesario para despertar el interés de monsieur Lavos –a su juicio, una hoja de ruta destinada a las nuevas generaciones de escritores que se proponían contar los cataclismos de sus países–: bandidismo, estructura ritual de mutilaciones, sistema rural de la clasificación corporal, suspensión temporal de la identidad, animalización como metáfora de la dominación. Notable. Aunque a decir verdad el libro se había quedado orbitando en mi memoria menos por auténtico interés que por la sonoridad taquillera de su título, el cual produjo en monsieur Mirebeau el efecto opuesto.

–¡¿Una antropología de qué cosa?! –preguntó desconcertado.

 Encadenado hasta el final de sus días a una férrea semántica cartesiana, para él el objeto de estudio de una ciencia no podía de ninguna manera situarse más allá del alcance de la misma.

–Es como si la astronomía –dijo protestando– enviara sus satélites ahí donde no hay cosmos.

–Las ciencias se atomizan, la época fabrica nuevos paradigmas –le respondí con el tonito ufano de un escolar que recita su lección sin titubear.

–El único paradigma de esta época, sépalo bien –me respondió con vehemencia–, es la desmesura, la charlatanería cósmica. Sigamos.

Y seguimos.

Fue él quien primero me habló de la existencia de las ciudades siamesas –ambas blancas aunque una de ellas confinada bajo tierra–, de la París monumental y engalanada, tótem inagotable del turismo internacional, que flota en la superficie sin despertar la sospecha de que bajo sus tobillos existe una ciudad de espectros, una París húmeda y laberíntica, subyacente a los túneles del metro, que tiene las entrañas perforadas como un queso gruyère y se extiende a lo largo de una vastísima red de galerías de casi 300 kilómetros: las catacumbas.

 

6.

 

Una noche monsieur Mirebeau me recibió frente a su televisor, muy concentrado en el parloteo de un noticiero. Respondió a mi saludo entre dientes, sin estrecharme la mano. Para entonces yo llevaba varios años sin ver televisión y como obtusamente me había convencido de que las personas como él se entendían solo con medios impresos, me detuve ante el aparato sin poder ocultar mi sorpresa. Él adivinó de inmediato mi reacción, le dio algo de pena aunque no por ello dejó de sonreírme con su habitual cortesía. Luego, para disolver mi extrañeza, me indicó con gestos raudos que me pusiera cómodo, sirviera dos aperitivos y escuchara con atención la información en desarrollo. Ya me explicaría el asunto.

La noticia me hubiera dejado en una indiferencia absoluta si no fuera por lo que monsieur Mirebeau iba a contarme enseguida a propósito de las antiguas canteras del sur de la ciudad, el lugar de donde, entre los siglos XII y XIX, París había extraído el material necesario –cal, piedra, arcilla– para acuñar su gloria arquitectónica.

Junto a varios camaradas, el pasado fin semana un hombre de 45 años había ingresado a uno de los circuitos prohibidos de la catacumbas con sendas provisiones de alcohol y estupefacientes. La idea de este cataphile5 era festejar por lo alto –a pesar de hallarse veinte metros bajo tierra– un ascenso sustancial en una compañía de seguros. Desgraciadamente, el desenlace de su celebración se había cubierto de luto: el susodicho ignoraba que tenía las arterias coronarias taponadas y, en medio de la juerga, había sufrido una crisis cardíaca sin que nada pudieran hacer por él sus embriagados amigos. Obviando los detalles, el rescate de su cadáver se registró como una de esas proezas demasiado inútiles del cuerpo de bomberos.

A monsieur Mirebeau el tema de las antiguas canteras lo apasionaba, atizaba su pasión por lo clandestino. Se sirvió un vaso de armañac puro y, a medida que me daba los detalles, se lo fue bebiendo con la misma mesura con que un boticario dosifica un emplasto a la vez mortal y vivificante.

Me preguntó si recordaba el pasaje de Los miserables (quinta parte, libro tercero) en que Victor Hugo narra el descenso de Jean Valjean, con Marius a cuestas, a las cloacas de París. Un relato extraordinario, me dijo, no tanto por la acción escapista que involucra a ambos personajes, sino por la excelsa descripción del intestino de París, ese precipicio insondable que es su alcantarillado, lugar tenebroso y putrefacto, donde la ciudad se asemeja a “una esponja subterránea con alveolos de piedra”.

–Pues bien, monsieur –me dijo cerrando ambas manos en torno a su vaso de armañac–, su descenso será mayor que el de Hugo, a menos que tema más de lo debido a las profundidades.

En efecto, las catacumbas no son sitio indicado para fóbicos del enclaustramiento o del reino de Tánatos. Veamos.

A finales del siglo XVIII ya a nadie le cabía duda de que el esplendor de la antigua Lutecia descansa sobre carcomidos talones de Aquiles. Eternamente incontenible, la metrópoli había devorado sus entrañas hasta el punto de debilitar sus propios cimientos (40% del subsuelo parisino está hoy perforado). Así, en vista de los hundimientos cada vez más recurrentes de calles enteras, un decreto real prohibió tajantemente la extracción de piedra, y tras este se dio inicio a una serie de trabajos de gran envergadura para acondicionar y así convertir las viejas canteras en lo que es quizá en nuestros días uno de los osarios más tumultuosos de la tierra, provisto con sus capillas y espacios de recogimiento. La razón: los viejos cementerios de París ya no daban abasto, las tumbas abotagadas de muertos centenarios se rehusaban a alojar más cadáveres y habían empezado a escupirle a la ciudad su carroña. Las tumbas se abrían, el hedor campeaba por las plazas de mercado, la amenaza de una epidemia mayor a las del cólera estaba a la vuelta de la esquina. La solución: una mudanza colosal. A principios del siglo XIX, seis millones de muertos, doce millones de omoplatos y fémures, fueron desalojados de sus sepulturas y transportados en carretas hasta las antiguas canteras, su nueva eterna morada. Semejante éxodo, de inauditas proporciones, duró al menos tres décadas; se hacía solo al caer la noche y era escoltado por cofradías religiosas que ponían a arder sahumerios y entonaban cánticos.

–Gran gesta –dijo monsieur Mirebeau tras sorber unas gotas más de licor–, aunque hay algo decididamente estúpido en tan vasto despliegue de energía.

–Las opciones eran pocas –le respondí sin tener certeza de su punto.

–Solo el atolondramiento religioso de una sociedad puede llevarla a ignorar qué hacer con sus muertos.

–¿Desatender una emergencia sanitaria de ese tamaño?

–Monsieur –replicó con ironía–, es usted un buen ciudadano de su época. Esos huesos no iban a irse solos, ¿pero no hubiera sido mucho más útil emplear esos medios en proyectos al servicio de seres de carne y no solo hueso?

–Los vivos de París se vieron beneficiados.

Dio otro sorbo a su armañac y enseguida me pidió que perdiera cuidado, en realidad no era eso de lo que quería hablarme. Lo suyo, me precisó, no era un fetichismo esnobista de la historia de la ciudad. A él le importaba un bledo la osamenta parisiense. Lo que quería hacerme descubrir, aclaró, era la actividad humana que llevaba siglos aconteciendo ahí justamente, bajo nuestros pies, en la madrépora de ese laberinto calizo al que fiesteros, adolescentes descarriados, solitarios consumados, turistas, grafiteros y concertistas acudían a satisfacer una atávica curiosidad por lo abisal y recóndito –atracción que también delectaba a monsieur Mirebeau–.

De ahí su interés por el deceso del oficinista cuyo cadáver había sido rescatado con las fosas nasales atiborradas de cocaína: el fait divers confirmaba que la afición por las catacumbas no cesaba de crecer. Y es que no obstante el decreto ministerial de 1955 que prohíbe y multa con 60 euros el acceso a cualquier otro circuito que no sea el oficial (de tan solo dos kilómetros), en los últimos años el poder multiplicador de internet ha convertido los descensos ilegales a las catacumbas en gruesa tendencia: portales proponen visitas virtuales en alta resolución, blogueros experimentados comparten anécdotas e instruyen a los neófitos, youtubers hacen circular en las redes sociales videos de incursiones arriesgadas que duran varias horas.

Interesante. Empero, el lado oscuro de dicho apogeo es así mismo vox pópuli: además de los casos típicos de individuos extraviados que son rescatados días después en estado de hipotermia, se habla de atracos, agresiones de neonazis y prácticas negras. Por esa razón, el gobierno creó un cuerpo policial especializado, dotado de perros rastreadores y entrenado para actuar bajo tierra, que en teoría conoce mejor que nadie los meandros del subsuelo parisino. Su función es doble: actuar como brigada de socorro y ahuyentar a los infractores. Cataflics, así los apodan, y si ejercieran en Colombia, probablemente se les llamaría catatombos.

–Usted no habrá vivido en esta ciudad –me advirtió monsieur Mirebeau– si nunca pone un pie en ese lugar.

Me sugirió entonces empezar por el osario-museo de la plaza Denfert Rochereau. Se trababa del circuito oficial abierto a todo tipo de público. El ingreso era costoso, las hordas de turistas (500 mil al año) formaban filas de hasta dos horas de espera, pero valía la pena, me dijo, era un buen comienzo porque el Estado había tenido la delicadeza de conservar el toque suntuoso y macabro del estilo romántico original. Estaba además bastante bien acondicionado, y a pesar de la brevedad de su recorrido, la serie de altares, esculturas, máscaras, criptas y sarcófagos no me dejarían indiferente y me permitirían hacerme una idea de lo hueca que es París por debajo. Que me fijara en la espléndida Rotonda de las Tibias, en la Fontana de la Samaritana, en las hileras de cráneos dispuestas como frisos, y sobre todo que no perdiera de vista las placas con pasajes de los Evangelios o frases necrológicas de Racine, Horacio y Lamartine.

Dicho lo anterior, y tras fijarse en su vaso vacío, me pareció que se levantaba para ir en dirección de la estantería de licores. Mi falta de tacto –es lo mismo decir mi deseo de ingerir más licor– quiso entonces anticipar su movimiento y en dos muy solícitas zancadas estuve delante de la botella. Error vulgar: su intención era despedirme. Cuando le propuse servirle un segundo trago (el cuarto para mí), ni siquiera fingió que lo consideraba.

–De ninguna manera, monsieur –dijo risueñamente para perfilar la chanza–, esta noche ceno con mi mujer y su hermana. No querrá usted que se rompa el dique de cordura que hasta hoy me ha impedido envenenarlas.

Hablaríamos la próxima semana, me dijo acompañándome a la puerta mientras la voz de madame Mirebeau lo solicitaba con premura en la cocina.

¿En qué agujero iba a encontrar sosiego con tanto armañac fulgiendo en mis venas? Bárbara dormiría esa noche con Edgardo, y lo peor: a primera hora me esperaba otro encuentro con Mamadú, el infecto. Era entonces cuando París se aprestaba a la fuga.

 

 

Ilustraciones de Felipe Camargo

  

7.

 

Un asunto confuso, le dije una noche a monsieur Mirebeau a propósito del odio de Mamadú: si bien era cierto, como afirmaba monsieur Lavos, que la práctica de la violencia denotaba una falta de recursividad lingüística para sortear un conflicto, no menos cierto era que esta carencia también comportaba una recursividad propia, un lenguaje exclusivamente suyo, una riqueza inherente. Era una suerte de alteridad que operaba con innegable autonomía en la periferia del mundo civilizado. Para la muestra, Mamadú era un botón. Pero precisemos: semejante definición pretendidamente antropológica de la violencia llamaba la atención por el maridaje de su verosimilitud y extrema simpleza. Funcionaba a la perfección en tanto abstracción, pero en el plano práctico presentaba serias excepciones a la regla: si se debía aceptar –me pregunté preguntándole a monsieur Mirebeau– que la violencia era una tara y los violentos eran en el fondo una caterva de destechados culturales, sin avituallamiento léxico, ¿qué opinión debía hacerme de la ingeniosa maldad de Mamadú?

–El gran pecado de las democracias occidentales –me respondió– no es el exceso de libertad, sino la infantil demonización de la violencia. Con todo, monsieur, hay que cuidar cómo se dice este tipo de cosas.

Su atrevimiento, su silvestre arrojo, su despliegue de energía para humillarme y así conseguir que le pusiera las manos encima, en el fondo me parecían desprenderse de una flagrante libertad para imaginar y dar forma a lo negativo. Aunque parezca contradictorio, cuando lo veía en acción o le relataba a Bárbara las vejaciones a las que me sometía, la imagen que de él se consolidaba en mi mente era la de un ser plenamente libre. Porque estaba claro que Mamadú no se autovigilaba ni llevaba el lente del Gran Hermano insertado en su fuero interno; con él, Michel Foucault parecía haberse equivocado.

¿La fascinación del inmolado por su victimario? Sería exagerar. Se trataba sobre todo de la indefensión aunada a la sorpresa demoledora de confrontarme con el racismo en otro país, con otros actores y los roles invertidos.

Así, le dije a monsieur Mirebeau, que la libertad también pudiera presentarse como una especie de fuerza oscura me parecía una paradoja bastante zopenca.

–Típico de su edad –me respondió monsieur Mirebeau conteniendo un bostezo– andarse con vaguedades especulativas. ¿Contradicción? En absoluto, la respuesta está en Victor Hugo.

Entonces me mandó de vuelta a uno de esos pasajes de Los miserables en los que el gran escritor, sumido en uno de sus éxtasis líricos desmesurados, expresa su fe en una evolución teleológica de la humanidad y se permite afirmar cosas de una candidez difícilmente superable: si el siglo XIX fue grande y convulsionado, el siglo XX será feliz, todas las tiranías serán superadas.

El punto era que a Victor Hugo, durante una de sus epifanías excesivas, se le ocurrió decir que el verdadero indicador de la cantidad de libertad de una nación no era su forma de gobierno, el carácter de sus derechos civiles, su poder militar o económico, sino su riqueza imaginativa. Ni más ni menos, arguyó Hugo con grácil verborrea: entre más cosas sea capaz de imaginar un pueblo y más fecundas sean sus artes; entre más sinónimos y antónimos adhiera a su lengua y mayor sea su recursividad simbólica, más libre será.

Apoteósico, lapidario, incorregiblemente francés.

–La libertad es un engendro bicéfalo –concluyó monsieur Mirebeau con ganas de hablar de otra cosa–, es la bestialidad de Mamadú tanto como los arrebatos de Victor Hugo. De ahí la necesidad de la instrucción librepensadora.

¿Se hartaría Mamadú de sus provocaciones, hasta entonces infructuosas, y pasaría, como se dice actualmente en los medios franceses, al acto?

En cualquier caso, la incómoda espera de ese momento me mantuvo un tiempo con los nervios de punta. Bárbara, ya harta de que le hablara tanto del asunto, insistía en que debía avisar a la policía cuanto antes. Mientras cambiaba de empleo, el medio más eficaz para soportarlo era la respiración abdominal y la elevación zen. Por ningún motivo, me advirtió, debía hacerme el bravucón e irme a los puñetazos con Mamadú. No estábamos en Suramérica, me dijo. Mi obligación frente a la ley, si se daba una agresión, era la de ponerme fuera del alcance de sus miembros superiores e inferiores, y si acaso no lo conseguía, hacer uso de la legítima defensa como último recurso. De lo contrario, la justicia sería mucho más severa conmigo. ¿No había leído la letra menuda del contrato? Si me hacía papilla el tabique o me arrancaba algunos dientes, el Estado francés sabría compensar mi lealtad al cargo de peón. En un caso extremo, remató, si los daños llegaban a poner en entredicho mis facultades mentales para desempeñar futuros empleos precarios, podría incluso otorgarme una pensión por invalidez.

¿Tullido pero pensionado a los 30 años? Según iban las cosas, así terminaría mi nonata carrera de escritor.

Una tarde, de guardia en el salón de juegos, creí que había llegado el momento. Cabreado porque acababan de eliminarlo de una ronda de futbolín, Mamadú se negó a desprenderse de los manubrios para ceder su puesto al siguiente jugador, quien a su vez no dio con otro recurso que el de hacerse a ellos a empellones. Tras el forcejeo y los improperios, ambos rodaron por el suelo engarzados de brazos. El coro incitando a la trifulca no se hizo esperar. Por fortuna, los surveillants que estaban cerca alcanzaron a intervenir a tiempo para calmar los ánimos. Cuando se incorporó, con la rabia todavía viva, Mamadú se acomodó la chaqueta y enseguida hizo un paneo en busca de otro grupúsculo adonde ir a sembrar el caos.

Al descubrirme a unos diez metros en el otro extremo de la sala, encajonado contra el recodo de un pilar, el rayo de su maldad creadora prendió en su rostro un destello de dicha. La boca se le arqueó en una sonrisita ladina, me señaló con un índice desafiante, dijo algo en su dialecto wólof –quizá que en este mundo pagan justos por pecadores– y luego avanzó con los puños cerrados y dando unas zancadas feroces hacia donde yo estaba.

–Hola, burro –me dijo cuando se detuvo a un palmo de mis narices.

Entonces, satisfecho de mi mutismo, disparándome en la cara los chorros de su respiración pestilente, empezó a desflemarse.

Los hechos parecían contundentes: alguien completamente ajeno a mi lengua, un muchacho que lo ignoraba todo sobre mí y no tenía ningún motivo para odiarme, se atrevía a llamarme burro sin tener una idea exacta de la carga semántica de dicho vocablo. Burro, un insulto baladí, primario, digno de un párvulo, quizá sacado de una serie mediocre sobre narcotraficantes, me hubiera hecho reír en otras circunstancias. No obstante, en ese instante su luz remota hirió como un sablazo la opacidad de mi memoria lingüística y me puso en comunicación directa con mi existencia colombiana. No hubo ofensa, no podía haberla, pues Mamadú era incapaz de intuir la fuerza escondida en su mensaje. Sin él saberlo, la sacudida me la propinó el otro filo de la palabra: de un modo imprevisible, llamarme burro rendía un informe muy desfavorable acerca de mis ambiciones literarias en Francia. ¿Qué demonios tenía que ver mi deseo de aprender a escribir ficción con las salvajadas de Mamadú? Había perdido el rumbo, o el precio a pagar era demasiado elevado. París era tal vez mi mayor burrada. Y esa repentina toma de conciencia, mientras escuchaba sus senos paranasales resonar con exagerado estrépito, me dejó petrificado.

El careo, empero, concluyó como concluye en Alien 3 la escena en que Sigourney Weaver, la cabeza rasurada y en camiseta esqueleto, se encuentra acorralada contra unos mosaicos blancos a la espera del contacto –que al final no ocurre– con el hocico de la criatura que babea a un centímetro de su mejilla derecha.

¿Por qué esta vez tampoco hubo contacto? Perder el miedo es perder las posibilidades: en una especie de estado de valentía de la indefensión, con el plexo solar dándome picotazos, permanecí inmóvil y esperé.

Esperar. Nada más podía hacer. Quizá por eso, o por otro misterio absurdo, en el último instante Mamadú decidió alterar la trayectoria del escupitajo y el gargajo fue a parar al fondo de una cesta de basura que yacía a nuestros pies. Sin más.

Dos segundos después, alguien de la cuadrilla del futbolín gritó su nombre. Él volvió a clavarme sus ojos hechos trizas por la vasodilatación cannabinoide, se secó los labios con la manga de la chaqueta, y como el cantante de baladas rastreras, antes de irse sentenció:

–Estás con suerte, Pepito, “otra vez será”.

 

 

8.

 

Convencer a Bárbara de llevar a cabo una incursión no autorizada fue sencillo: además del precio de la entrada, el corto recorrido por el circuito oficial, con sus guías antipáticos, el estropicio de los turistas y los excesivos dispositivos de seguridad, nos había parecido una estafa, una simulación insípida de tres cuartos de hora. Teníamos, pues, que realizar nosotros mismos una visita más íntima, trazarnos nuestro propio camino, uno que en verdad nos permitiera sentirnos a nuestras anchas en la inmensidad de las antiguas canteras de París.

Aceptó sin pensarlo dos veces cuando le referí la anécdota del concierto clandestino que el 2 de abril de 1897 había congregado a cien miembros cuidadosamente seleccionados de la intelligentsia parisiense en la Rotonda de las Tibias, un recodo insigne de las catacumbas.

–¿Poesía y música clásica veinte metros bajo tierra? ¡Hostia, tío, qué guay! –dijo un instante antes de ponerse el cigarro entre los labios.

–Por su carácter macabro y subversivo –le dije señalándole la copia digital del periódico sobre la pantalla del computador–, el asunto, que debía pasar inadvertido, ofendió al puritanismo recalcitrante de la época porque uno de los presentes, Edmond Stoullig, cronista del diario Le Figaro, le consagró una nota entusiasta dos días después.

Según su relato, un grupo restringido de notables, entre los que se encontraba el director del Conservatorio de París, quería ofrecer una fiesta insuperable. Para ello, uno de sus miembros más influyentes se encargó de sobornar a un puñado de funcionarios estatales para obtener copias de las llaves y de los mapas oficiales que detallaban las rutas de acceso desde diferentes puntos de la ciudad. Lo demás fue mera carpintería: la élite invitada mantuvo la debida reserva y el descenso de los instrumentos musicales se confió a peones de confianza que fueron bien recompensados. Cuando Le Figaro reveló los pormenores de dicha celebración, el zar anticorrupción de la época quiso elevar la supuesta canallada a categoría de escándalo público. En vano, por supuesto: el suceso tenía más sustancia mediática que penal y el Estado se hizo el de la vista gorda.

Grosso modo, la velada discurrió así: a los invitados, un conglomerado de poetas, médicos, pintores y hombres de ciencia, se les pidió presentarse en el número 92 de la calle Dareau a partir de las once de la noche. Una vez in situ y tras comunicar el respectivo santo y seña, fueron conducidos hasta la cava del inmueble, donde iniciaron el descenso a través de una vertiginosa escalera en forma de caracol. El escenario se encontraba a media hora de marcha a lo largo de un entramado de pasadizos y galerías iluminados por faroles con pantallas en forma de calavera y motivos de ultratumba. La ambientación exudaba un gusto gótico, vampiresco: además de la cantidad inmensurable de huesos circundantes, los anfitriones fueron recibiendo a sus convidados ataviados de antifaces y capas de terciopelo negro que les caían a la altura de los tobillos. Antes de dar apertura al acto principal, teloneros de diversa índole amenizaron la espera con cancioncillas o recitaciones de poemas mortuorios. Con especial agrado registró Stoullig la intervención del célebre anatomista Paul Poirier, quien con su carismática labia deslumbró a los presentes con un cursillo intensivo de craneología.

Para dar satisfactorio cumplimiento al programa de dicha fiesta profana y espiritual, según rezaba la invitación, se hicieron presentes 55 músicos eminentes que interpretaron piezas conformes a la atmósfera del recinto: la “Marcha fúnebre” de Chopin, la “Danza macabra” de Saint-Saëns y la Sinfonía “Heroica” de Beethoven, entre otras, fueron ejecutadas con singular delicia gracias a la inmejorable acústica producida por los millares de cráneos que pusieron sus cavidades taladradas al servicio del espectáculo. Pasadas las dos de la madrugada, la distinguida audiencia regresó a sus domicilios convencida de haberse hecho a un lugar en los anales de la historia parisiense.

–¿Y dices que esas cosas siguen ocurriendo?

–En 2013 un grupo de rap dio un concierto memorable en una cantera al sur de la ciudad.

–¿Hip-hop en las catacumbas? ¡Qué brusco!

–El pasado 31 de octubre –le dije– una banda noruega de black metal celebró Halloween en una galería aledaña al cementerio de Montparnasse. Fue una fiesta negra que generó pérdidas auditivas considerables entre los presentes.

–Bárbaros –dijo con falsa indignación–, atreverse a perturbar el descanso eterno del gran César Vallejo.

–Cuánto no habrá despotricado desde ultratumba –le dije siguiendo su juego– el áspero de Cioran.

Entonces me miró, la miré y nos miramos como solíamos mirarnos cuando una chanza literaria floja nos indicaba exactamente lo que teníamos que hacer.

Tras un coito breve, mecánico pero entusiasmado, nos pusimos a navegar en la red en busca de la información necesaria para llevar a feliz término nuestro descenso al subsuelo de París. Estuvimos varias horas frente al computador mirando reportajes y escudriñando fuentes de toda naturaleza: blogs personales, portales especializados, páginas de divulgación o sitios gubernamentales, entre ellos el de la Inspección de Canteras (IDC), un instituto creado a principios del siglo XIX con el fin de cartografiar las catacumbas y actualmente a cargo de estimar el riesgo de potenciales hundimientos. Una cosa nos llevaba a la otra, la cantidad de datos era avasalladora; desde geómetras, arquitectos, historiadores, sismógrafos hasta minerólogos, parecía que cada oficio tenía algo que decir al respecto. Cómo era posible, le dije a Bárbara dejándome llevar por una especie de lapsus ensoñador, que una ciudad pudiera ser tan rica en relatos. Era increíble.

–¿Estás tonto, cariño? –me dijo entre la mofa y la reprobación–, deja de hablar como un puto turista.

Luego vimos videos de youtubers que compartían sus vivencias subterráneas con la comunidad internacional. En su gran mayoría, desde luego, se trataba de registros fílmicos hechos por principiantes o jovenzuelos pletóricos de narcisismo, aunque en otros casos el material compartido era fabricado por espeleólogos o experimentados alpinistas que no se andaban con bravuconadas ni heroísmos de barrio.

Una escena en particular colmó de júbilo nuestros corazones, tan sedientos de aventura y poesía urbana: al final de una incursión de seis horas, un youtuber de unos 25 años, de cuerpo atlético y demasiado bien afeitado para el gusto de Bárbara, se introduce en un estrechísimo túnel y emprende un ascenso de 90 grados hacia la superficie agarrándose de peldaños en forma de grapa, como si estuviera dentro de un submarino y pasara de un compartimento a otro. Afuera, en la acera, alguien con una cámara registra el momento en que el intrépido aventurero abre una tapa de alcantarilla –que es en realidad una suerte de escotilla pues lleva grabadas las siglas de la IDC– y emerge victorioso por uno de los costados de una glorieta, en ese momento del día, atestada de tráfico y transeúntes apresurados.

La joya: a pesar de las piruetas y el ruido del hombrecillo para convencer a la ciudad de su hazaña, París, anestesiada a media tarde por una deliciosa radiación primaveral, ni siquiera se inmuta. Nadie, en absoluto, se detiene a verlo; los peatones lo evitan y pasan a su lado como si fueran misiles de crucero. No es que lo ignoren; sencillamente no lo pueden ver. La urbe en sí misma es una fuga y no aspira a otra cosa que a elevarse.

Después de esa catarsis del anonimato –como la llamó Bárbara–, dimos con el portal de un bloguero catáfilo, amante de la soledad voluntaria y con una veteranía de veinte años. El tipo, Loïc, nos dio de inmediato buena espina. Tendría al menos 55 años y, según las notas escuetas que subía a su blog, no parecía buscar protagonismos de ninguna clase. Le enviamos un correo diciéndole más o menos quiénes éramos y cuál era nuestro plan. Al cabo de varios intercambios durante la semana que siguió, nos propuso tomarnos un café para conversar más en detalle al respecto. Nos dijo que para él era indispensable tratarnos en persona, olfatear nuestro karma, antes de saber si podría darnos una mano. De aceptar, estaríamos yendo en la dirección de su conveniencia.

–¿Aceptar? –preguntó Bárbara como si le pareciera un sinsentido averiguar qué cosas no aceptaría en ese momento de su vida. Yo, por mi parte, vi de inmediato perfilarse otra de sus aventuras sexuales (que solían producirse como por generación espontánea).

Loïc, por fortuna, era capaz de despertar la misma dosis de lascivia que un espárrago blanco cocido al vapor. Era magro en exceso –a todas luces se veía que tenía carencias proteínicas– y rebosaba de paz interior. El tipo resultó ser una intrigante mezcla de bonzo y militante ecologista, enemigo a muerte del plástico. Era uno de esos ciudadanos comprometidos con su causa que suelen participar en jornadas de limpieza masiva en playas o bosques periurbanos. Alguien enteramente ajeno a nuestros extravíos, en cualquier caso. Con todo, el primer encuentro se dio en tan buenos términos que al final nos propuso un trueque.

Su parte: para empezar, la teoría, un manuscrito en PDF de su autoría con el abecé para entrar y salir con éxito del laberinto donde queríamos meternos. Nociones básicas de espeleología. Luego, en un par de semanas, el terreno: tres caminatas guiadas, de duración creciente, antes de librarnos a nuestra suerte. Nuestra parte: ayudarle a limpiar las catacumbas, su lugar sacro para la meditación. Durante dichas expediciones Bárbara y yo iríamos recogiendo los desperdicios –colillas, botellas de vino y latas de cerveza– dejados por los juerguistas que se atrevían a profanar, según Loïc, el espacio bajo tierra más espiritual del planeta. Recoger la basura de otros, nos dijo, no era una actividad placentera, pero si aceptábamos y cada uno de nosotros se comprometía a recolectar al menos treinta litros de desechos, él cumpliría con su parte. El viaje sería inolvidable. Nos daba su palabra y un par de días para pensarlo.

Antes de despedirnos, nos entregó una lista con el material requerido para novatos como nosotros: casco, guantes, botas de alpinismo, rodilleras, gas pimienta, navaja suiza, reservas de agua, brújula, linternas, baterías de repuesto, fósforos, lápiz y papel, ropa impermeable, compresas, solución desinfectante y barras energizantes de cereal. Por último, manta térmica, hebillas para arnés, silbato y chalecos reflectores.

Mientras conseguíamos todo aquello, nos aconsejaba ir leyendo el Atlas du Paris souterrain (Parigramme, 2001), un libro con unos mapas y unas fotografías extraordinarias. Imprescindible.

–Verán por qué estamos en la meca del senderismo urbano –nos dijo juntando las palmas de las manos a la altura del pecho y enseguida se internó en el túnel del metro sin despedirse.

Desde arriba, Bárbara y yo nos quedamos viéndolo descender junto a la ventisca que a esa hora de la noche penetraba los entresijos de la ciudad como un estilete. ¿Qué no hubiéramos aceptado en ese momento de nuestras vidas?

 

9.

 

Philibert Aspairt, santo patrono de los catáfilos, fue hasta el día de su desaparición el portero de una de las canteras aledañas a la abadía benedictina del barrio Val-de-Grâce. Su función era permitir el acceso a los obreros que extraían la roca, evitar el latrocinio de material o herramientas, y al final de la jornada verificar que no quedara nadie adentro antes de dejar todo bajo llave. Debió de ser un sujeto valiente, ambicioso, bebedor y proclive a dar crédito a fabulaciones ociosas. Según la leyenda, el 3 de noviembre de 1793 tomó la fatal decisión de internarse sin compañía y mal equipado en el dédalo de las catacumbas. ¿Por qué razones? Por un lado, la hipótesis más creíble sostiene que en pleno apogeo del Terror, con Robespierre ordenando decapitaciones a diestra y siniestra, Philibert Aspairt partió en busca del tesoro de la Orden de los Cartujos, un suculento botín que meses atrás la Revolución había arrebatado a dicha orden religiosa. Contra todo pronóstico, las habladurías de su gremio lo convencieron de que todo el oro se encontraba a unos pocos metros de sus narices, sin custodia, camuflado entre calotas, aunque no por mucho tiempo, solo mientras los revolucionarios hallaban otra caleta más recóndita.

La otra versión de los hechos supone que Aspairt ya para entonces encarnaba un bosquejo premoderno del obrero alienado que desprecia en demasía su empleo y se da con frecuencia a la bebida. Así, lo que llevó a la muerte al influenciable vigilante no fue el lucro sino el exquisito brebaje de malta que bajo tierra –la última cervecería de las catacumbas dejó de operar en los años setenta– hacían fermentar los monjes de la abadía de Val-de-Grâce. Procurarse unos cuantos litros de excelsa cerveza, eso y no otra cosa, intentó Aspairt. ¿Alcoholismo o bellaquería? ¿Calumnia o realidad? Difícil zanjar el asunto; todo puede ser verdad. Ahora bien, en lo que sí coinciden ambas versiones es en el pueril desenlace de la historia: Aspairt se quedó sin antorcha, y extraviado en medio de las tinieblas, quizá ebrio, deambuló durante horas clamando socorro hasta desplomarse.

Once años después, un equipo de ingenieros de la IDC que llevaba a cabo un monitoreo de fallas se topó con su esqueleto. Por fortuna, pudo comprobarse que se trataba de él gracias al manojo de llaves que todavía estaba atado al cinto de su vestimenta. En 1810, la Inspección de Canteras y la Alcaldía de París, en presencia de su viuda, rindieron un tributo a la osadía y, supongo también, a la estupidez de Philibert Aspairt: un mausoleo en mármol gris, con peldaños y pedestales ornados, así como con una inscripción que da cuenta de su infortunio, fue instalado en el mismo lugar donde se hallaron sus huesos. Actualmente, detenerse frente a su tumba para encender un cirio, dejar flores o arrojar monedas constituye una parada de culto en las travesías de los catáfilos bien informados.

Al igual que Aspairt, Bárbara y yo estábamos a punto de partir al encuentro de algo que no habíamos perdido pero que deseábamos asir con fruición: en principio, una forma de vida semejante a la literatura posexotista de Antoine Volodine –ese escritor de múltiples seudónimos, enemigo de las identidades narrativas fosilizadas–, es decir, un modo de existir congruente con una especie de narrativa desterrada, extranjera, originada allende y siempre en dirección hacia otra parte, como un cursor humilde y voluntarioso que rebota incesantemente contra los bordes del mundo. Eso añorábamos.

Quien busca encuentra, sí, aunque a veces una cosa por otra.

Toparnos con Mamadú en las catacumbas, por más improbable que hubiera podido parecernos, no fue en el fondo una genuina sorpresa. Yo era además soldado avisado: custodiado por tres gendarmes, el día de su expulsión definitiva del Lycée Alexandre Dumas, Mamadú se había acercado con la suficiente cautela para hacerme saber en voz muy baja que entre él y yo todavía no se había dicho la última palabra. Me haría pagar por el informe disciplinario que muy seguramente iba a condenarlo a varios meses de reclusión en un establecimiento penitenciario para menores. Si algún día volvía a verme, en la terraza de un café, en una sala de lectura, en plena calle o en un parque, en donde fuera, prometía degollarme ipso facto como a un puerco infiel. Lo juraba por Alá.

 

10.

Era nuestra primera incursión, y mientras nos adentrábamos en el laberinto, Loïc venía dándonos cátedra con su elocuencia tarda y sustanciosa. Él, decía, había sido afortunado: en su primer viaje a las catacumbas se topó con un grupo de catáfilos afables que lo llevaron a dar un paseo iniciático. Con el tiempo terminaron cruzándose cada tanto bajo tierra y así alcanzaron a construir cierto grado de amistad, aunque más tarde Loïc había tomado distancia porque lo suyo no eran las cofradías ni las expediciones festivas, sino la soledad. Cada cual, nos dijo, descubría el tipo de paseo más acorde con su carácter. Ya veríamos, allí abajo la percepción del tiempo y el espacio se transformaba de una manera dramática; una inmersión prevista para durar una hora fácilmente podía extenderse a cuatro. Mantenerse en estado de alerta constante era quizá la norma de seguridad más importante; también lo era procurarse un mapa fiable. Las aventuras improvisadas, de último minuto, nos advirtió, seguro nos costarían caro. Trampas de todo tipo se encontraban diseminadas a lo largo de un recorrido que en absoluto había sido acondicionado para un paseo recreacional. Ello no era como salir a dar una caminata en un parque. Debíamos recordarlo siempre, lo que hacíamos no era razonable desde ningún punto de vista. Por otro lado, la prudencia debía guiarnos siempre, por nuestra propia integridad y porque sería irresponsable movilizar a los servicios de rescate durante horas tan solo porque dos tortolitos como nosotros andaban al acecho de sensaciones extremas. Ya París tenía demasiados problemas en la superficie con sus matanzas como para que le diéramos líos adicionales en sus entrañas.

Además del suelo, era también indispensable fijarse en las losas superiores, las zonas inundadas, los desniveles resbaladizos, las piedras inestables y las fosas en caída libre, esas en particular nos darían problemas. La lista era larga: esguinces, dedos cercenados, fracturas de tobillo, costillas astilladas. Muchos accidentes domésticos –nos dijo con ironía– había visto Loïc en su largos años de catáfilo. Todo cuanto nos rodeaba era potencialmente peligroso, no debíamos olvidarlo. Lo peor: a esa profundidad ni siquiera un teléfono satelital captaba señal, a nadie podríamos solicitar un rescate. De ahí la importancia de siempre informar a un tercero, precisarle la hora, el punto de ingreso y salida, el itinerario a seguir, y establecer con él un lapso máximo de tiempo para un retorno en condiciones normales.

Mientras íbamos llenando nuestras talegas de desperdicios, Bárbara y yo lo escuchábamos atentamente, conscientes de que su objetivo era el de instruirnos lo mejor posible y hacernos entrar en confianza con el terreno. No obstante, algunas de sus frases, pronunciadas con ambigua frialdad, a veces nos parecían desconcertantes, como si para él todo se tratara de un juego psicótico. Antes de iniciar el descenso, Bárbara me lo había advertido: Loïc era una de esas personas dementes que parecen inexorablemente equilibradas hasta el segundo antes de explotar. Era un chalado de esos que solo se encontraban en Francia.

El silencio y la oscuridad total –continuó Loïc– no eran propicios para claustrofóbicos ni personas con sistemas nerviosos blandos. La topografía accidentada de las catacumbas tampoco convenía a enclenques o individuos físicamente deficientes (tras oírlo, Bárbara se alteró y me apretó la mano). Nosotros, por fortuna, éramos jóvenes, teníamos nuestros reflejos intactos, estábamos en perfecta forma. Ahora bien –agregó–, era imposible prever cada detalle, dificultades inesperadas podían surgir. No todos los catáfilos eran gente cordial, de espíritu abierto. Allí abajo no se debía bajar la guardia porque aquel seguía siendo, pese a sus muertos, un inframundo frecuentado por hombres y mujeres, y no el nicho de una sociedad utópica sin odios de clase. Un descuido podía traducirse en un atraco o en algo peor. De todo había en esa villa del Señor. Por eso era necesario mantener los ojos bien abiertos para evaluar lo más rápido posible la peligrosidad de quien quiera que se cruzara en nuestro camino. Así, y con el gas pimienta siempre a mano, mantendríamos a raya a los malhechores (Bárbara me hizo una mueca de desacuerdo dándome a entender que Loïc exageraba para atemorizarnos).

Nos detuvimos unos minutos en la galería conocida, por su suelo arenoso, como La Playa. Ahí nos esperaba un curioso descubrimiento: en los años ochenta, a alguien con no poco talento, nos dijo Loïc, se le había ocurrido realizar una reproducción gigantesca de la célebre estampa japonesa La gran ola de Kanagawa, pintada en 1830 por Katsushika Hokusai. Dan –así se hacía llamar su autor, grafitero subterráneo– había decidido estirar las dimensiones iniciales del dibujo (25 cm × 37 cm) hasta componer un fresco de alrededor de tres metros de largo por dos de alto. Buen pulso, una minuciosa transposición sobre cuadrículas y potentes reflectores, eso le había bastado a Dan para concluir su trabajo.

Retomamos la marcha y al notar que Bárbara seguía estupefacta sacando fotografías, Loïc le dijo que ya vería galerías mucho más amplias con impresionantes y originales muestras de lo que en el argot de las catacumbas se denominaba cata-arte, todo un concepto innovador, de vanguardia: una especie de museo en bruto, en el que no existían curadores, burocracia, publicidad ni intermediarios, solo las obras abandonadas a su suerte, fundidas con la oscuridad a la espera de que un foco de luz volviera a posarse frente a ellas. La contemplación artística como resultado de una voluntad que transgrede y se bate por conquistar su objeto. De eso, en suma, se trataba, nos explicó Loïc y enseguida volvió a ponerse un poco críptico.

Dijo que aun si bajar a las catacumbas implicaba riesgos mayores, nada en el mundo lo haría desistir de su vieja costumbre de sumergirse en ese espacio que correspondía como ningún otro a su personalidad de solitario. En absoluto le molestaría morir en las mismas condiciones de Philibert Aspairt. Ya no era como hacía veinte años. Cada vez más peregrinos ruidosos e indecentes se aventuraban ahí, pero eso carecía de importancia porque él conocía sobradamente bien la vasta red de las antiguas canteras y tal cosa le permitía perderse en circuitos adonde nadie sabía llegar. Ahí encontraba el equilibrio que requería su alma, en ese espacio recargaba energías, sus células se revitalizaban, era su otro mundo, no sabía bien cómo explicarlo, era otra manera de vivir el presente evadiéndose precisamente de él. París era una ciudad que invitaba todo el tiempo a huir –nos dijo–, la gente, aunque no pareciera, estaba siempre en fuga y al mismo tiempo buscaba el encuentro con algo. Era extenuante, a él le hubiera encantado nacer en Nepal.

Escuchamos la algarabía a unos veinte metros de la sala donde se estaban dando los combates. El ruido de tantas voces nos pareció de inmediato una amenaza. Nos detuvimos, Bárbara volvió a alterarse, me agarró la mano con fuerza, apretujó su cuerpo contra el mío, y fue inevitable: una rauda espiral de miedo nos envolvió a ambos. Loïc, en cambio, tenso aunque impasible, se puso un índice en medio de la boca, nos indicó permanecer detrás, apagó la luz blanca de su casco y encendió la roja, más tenue. Al verlo, nosotros hicimos instintivamente lo mismo. Entonces, con los gestos propios de un animal perfectamente adaptado a su medio, familiarizado con sus predadores, se adelantó unos metros mientras iba sopesando el peligro. Bárbara y yo nos quedamos viéndolo alejarse con incredulidad, como si se tratara de otro parisino en fuga.

Era la sala Cannabis –nos susurró al cabo de unos segundos–, debíamos tranquilizarnos, él sabía de qué se trababa. El riesgo era nulo. Ya veríamos, nos vendría en gracia. Entonces nos ordenó que avanzáramos. Y nosotros, casi a nuestro pesar, avanzamos.

–¡Hostia puta, están boxeando! –gritó Bárbara en cuanto pusimos un pie adentro de la galería.

–Los conozco, son senegaleses –dijo Loïc con tono aprobatorio–, organizan campeonatos varias veces al año.

Entonces lo vi, a unos quince metros, en medio del improvisado cuadrilátero de farolas fluorescentes, rodeado de otros combatientes tan fornidos como él. Después de varios meses volví a ver a Mamadú. Volví a verlo, esta vez jadeante, con el codo empinado, descargándose en las fauces el contenido de una bebida energizante mientras el pecho se le inflaba y contraía como un fuelle a todo dar. Sobre su piel lisa y parda, las gotas de sudor diseminadas lucían como una constelación de espejos diminutos. Y las pronunciadas cuencas que separaban los músculos del abdomen y la caja torácica le otorgaban un aspecto espeluznante: parecía un artrópodo erguido haciendo gala de su exoesqueleto. Sí, no había duda, era de nuevo el coloso Mamadú.

Mi primera reacción fue activar mi curada vocación para el ridículo. Me pareció que una suerte de amalgama metafísica inasible acababa de producir nuestro reencuentro. Entonces pensé en Sándor Márai, mi proveedor de fábulas existenciales en momentos cumbre. En algún recodo de sus diarios, el autor húngaro dice que los seres humanos, aunque ignoren exactamente para qué, siempre están preparándose para algo. Así, dice, el ruido de la vida tal vez no sea más que una serie de preparativos subrepticios contra aquello que ya antes nos ha sido revelado pero que escapa al dominio de la conciencia y las palabras.

¿Había estado preparándome todo este tiempo para las catacumbas y Mamadú?

Por esa infantil sabiduría del autoengaño que yo llevaba años practicando, me pareció que cruzarme con él en una de las miles de galerías de las catacumbas, con guantes de boxeo, bañado en sudor y recobrando el aliento antes de dar inicio el siguiente asalto, era el resultado de todo cuanto había estado sucediendo durante esos últimos meses: Loïc, monsieur Mirebeau y mis andanzas con Bárbara. Patético.

A meros embustes se reducía mi nuevo momento de falsa lucidez. Si bien Mamadú había jurado cortarme el cuello, el hecho de cruzarnos en ese lugar era absolutamente fortuito, no había en él un ápice de predestinación. Podía llamarlo como se me antojara, mala suerte o grosera casualidad, lo cierto era que el cómputo de la estadística lo explicaba perfectamente: cada vez más personas, de todas las calañas y orígenes, descendían ilegalmente a las catacumbas movidas por los fines más diversos. La prueba reina: un torneo de pesos pesados subsaharianos.

 

 

11.

 

Entonces él también me vio. Un mano se alzó entre la multitud de brazos que caldeaban el retorno a la acción, e hizo sonar una campanilla dorada. Mamadú terminó su lata de Redbull, luego la aplastó con el talón, y al bajar la frente, su mirada cayó como un tiro de mortero a la altura de la entrada, justo donde nos encontrábamos nosotros, indecisos e intimidados por el almizcle a transpiración y testosterona de ese espectáculo de machos cabríos.

Su mirada se fijó en la mía con animal satisfacción.

¿Qué aspecto adquiere el tiempo cuando se decide nuestra suerte? Ninguno. Los que cambiamos somos nosotros. En los momentos decisivos, cuando la realidad está a punto de eyectarnos hacia otras dimensiones de la existencia, en ese tipo de instantes es nuestra visión de las cosas, y no el tiempo, la que se altera. Los poros de nuestra percepción se dilatan por completo para absorber la mayor cantidad de información posible acerca de lo que sucederá luego.

¿Qué iba a acontecer en los próximos cinco segundos? Mi masa encefálica lo supo al instante: huiríamos. Pero antes vino el miedo. Bárbara, al sentir la crispación de mi cuerpo, supo de inmediato que se trataba de él.

–Hostia, puta –dijo volviéndose hacia la salida–, el negro que te quiere matar.

Luego vino otra cosa, algo que no pertenecía al orden de las emociones ni al del razonamiento lógico. Fue algo diferente, una suerte de material híbrido resultante de una interconexión intempestiva entre la memoria y los intestinos: una condensación fulminante entre la idea que uno se ha formado de los hechos y los hechos en sí mismos. No fue, como procede cierta cinematografía barata al representar situaciones extremas, el despliegue de una serie de diapositivas que corre en sentido contrario al tiempo cronológico. No. Fue un fogonazo límpido. Cada cosa cobró sentido y resplandeció en su respectivo lugar: las noches de cine, sexo o natación con Bárbara, las teorías paranoicas de madame Mirebeau respecto a los planes del islam en Francia, mis conversaciones con monsieur Mirebeau, el empleo en el Alexandre Dumas, mi añoranza impracticable de convertirme en escritor, todo formó una unidad de sentido que me precipitó de vuelta a la realidad.

–Nique ta race, Pepito –gritó Mamadú y enseguida elevó sus dos puños en señal de sumiso agradecimiento a Alá, su dios punitivo que moraba mucho más arriba de las bóvedas mohosas de las catacumbas. Luego dejó caer un escupitajo en medio de sus pies, resopló como un bisonte y avanzó hacia nosotros abriéndose paso a empellones entre los demás púgiles.

–Oh là là –dijo Loïc visiblemente alarmado–, a este sí que no lo conozco.

Y enseguida, con una calma glacial y un sentido del humor que me tomaría años descifrar, dijo algo que nunca olvidaría:

–Huyamos, si queremos preservar la vida.

Entonces, sin mediar palabra y antes de que fuera demasiado tarde, emprendimos la huida. Se nos aceleró el tiempo.

No muy lejos de ahí, dijo Loïc ya a la cabeza del grupo y en marcha rápida, había un entramado de pasadizos traslapados, imposibles de sortear para un novato, que nos salvarían de las garras del senegalés. Si seguíamos al pie de la letra sus indicaciones, quizá algún día tendríamos ocasión de narrar esa escapada a nuestros nietos. Eso, precisó con su sorna zen, si antes no nos mataba un virus pandémico.

En un recorrido que daba la impresión de obedecer a un designio ciego y caprichoso, fuimos a diestra y siniestra, contorneamos rotondas, pisoteamos huesos, atravesamos pabellones desiertos, penetramos en pasadizos estrechos, franqueamos muros en ruinas y dinteles a baja altura, sorteamos escombros, y así, a medida que continuábamos internándonos en los vericuetos de las catacumbas y fluctuábamos entre sus recovecos como lucecillas de las profundidades más remotas, los gritos de Mamadú se fueron extinguiendo.

Loïc tenía razón: cuando se pasea por ellas con la debida intensidad, las catacumbas distorsionan la percepción del espacio-tiempo. Y también la de sí mismo. Una especie de locura abisal se apodera de quienes ahí abajo creen haber encontrado lo que han venido rastreando desde la superficie de la ciudad.

En medio de las penumbras, todo me pareció incontestablemente real: supe que huía no solo para preservar la vida sino que el escapismo era el modo más natural en que mi vida podía diseminarse por el mundo. Vino entonces el placer fulgurante de la huida, la risotada triunfal interna que el espíritu guarda solo para sí: mientras continuara huyendo quizá algún día conseguiría ya no hablarle a mi descendencia de las antiguas canteras parisinas, sino dejar de ser el escritorzuelo de relatos incorpóreos que tanto me incomodaba. Para ello, bien lo sabía, tendría que permanecer inmerso en una ciudad brutal e indescifrable que por un período indeterminado seguiría siendo una inagotable sucesión de fugas.

 

 

__

 

1.      Título que se confiere tras aprobar l’agrégation, un concurso estatal en el que se deben superar varias pruebas orales y escritas para obtener un nombramiento como profesor de nivel superior. Tanto su antigüedad –creado en el reinado de Luis XV– como su dificultad son legendarias. Además del prestigio, los profesores agrégés trabajan menos y ganan más porque son, en principio, investigadores.

2.      Pies negros. A partir de 1958, con esta etiqueta se empezó a designar peyorativamente a los franceses originarios de Argelia que, tras la Independencia de este país, se repatriaron a Francia.

3.      La Vida Escolar

4.      En su orden: a la mierda tu raza, tu madre, Francia, las matemáticas, te voy a reventar.

5.      Así se llama a los que tienen por costumbre descender a las catacumbas. Los llamaremos “catáfilos” en español.

ACERCA DEL AUTOR


Mauricio Polanco Izquierdo

Es licenciado en lenguas extranjeras de la Universidad del Valle y tiene una maestría en literatura comparada de la Sorbona. Publica sus escritos en El Malpensante con cierta periodicidad.

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