Cuando la realidad sucumbe a la ficción

Estas cuatro historias verídicas, extraídas directamente de periódicos –por más rocambolescas que parezcan–, demuestran a través de sus correspondencias con obras literarias, escritas antes de los hechos, los poderes adivinatorios de la literatura.

POR Joaquín Mattos Omar

Ilustración de Ricardo Núñez

Ilustración de Ricardo Núñez

 

Nunca deja de intrigarme la forma en que la ficción literaria parece desbordar de pronto los límites del apretado territorio de palabras que ocupa en los libros para irrumpir como una poderosa corriente en la realidad objetiva. Tal irrupción cobra forma en ciertos hechos concretos de los que el público llega a enterarse a través de los medios de comunicación sin conocer en absoluto la dimensión (que, por tanto, resulta para él una dimensión desconocida) de la que enigmáticamente proceden. 

Durante los últimos tres lustros he estado registrando en mis cuadernos sucesos noticiosos que, a mi juicio, constituyen claramente intromisiones del mundo imaginario de la literatura en el mundo real. A continuación, expondré con detalles cuatro de ellos a fin de que el lector compruebe que lo que sostengo no es un mero fenómeno casual.

 

El insomnio de Michael Jackson

 

El jueves 25 de junio de 2009, una novedad infausta conturbó el mundo: en Los Ángeles, California, murió Michael Jackson, el llamado Rey del Pop, una figura adorada, con excepciones, en todo el planeta. Al día siguiente, mientras leía las noticias publicadas en la prensa, comprendí que la clave de las extrañas y terribles circunstancias que desembocaron en la muerte del artista de 51 años se hallaba en un cuento de Virgilio Piñera (1912-1979), un cuento inmenso de solo 153 palabras titulado “En el insomnio”. 

Según las informaciones procedentes de Los Ángeles, la noche antes de su deceso el cantante no podía dormir, y Conrad Murray, su médico personal, “le suministró Valium, lorazepam y midazolam a intervalos aunque sin conseguir el efecto deseado, hasta que Jackson le insistió que le inyectara propofol (un anestésico potente), algo a lo que finalmente el médico accedió”. Unas dos horas después de esto, sufrió el paro cardiorrespiratorio que puso fin a sus agitados días.

Es razonable pensar que un insomnio, por muy severo que sea, no puede resistirse a una buena dosis de Valium, como suponemos que fue la que le dio Murray a Jackson. Pero sí: el insomnio de Jackson resistió. Y no solo eso: también se mantuvo incólume a una dosis posterior de lorazepam, lo cual ya era francamente increíble; pero como si fuera poco, todavía no cedió ante el tercer abrazo sedante de una porción de midazolam. ¡Diablos, pero qué clase de insomnio era ese! No puede existir algo así, me dije entonces.

Ahí fue cuando intervino el cuento de Piñera para aclararme que sí era posible. En efecto, el protagonista de este cuento, que tampoco puede conciliar el sueño, recurre así mismo a toda suerte de medios para tratar de lograrlo, pero no le sirve ninguno; luego de muchas horas, acude también a su médico, quien, menos pragmático que el de Jackson, le resulta ineficaz. Finalmente, a las seis de la mañana, el hombre decide tomar una medida definitiva: carga un revólver y se vuela los sesos.

El cuento nos permite comprender que, tras haberse aferrado a tres benzodiacepinas seguidas para combatir su tenaz insomnio, cuando Jackson le ordenó a su médico que le inyectara el propofol lo que le pidió fue que lo matara. Acaso tuvo claro, como el personaje de Piñera, que a esas alturas la muerte era lo único capaz de hacerlo dormir. De ahí que los forenses hayan calificado la suya como un homicidio, aunque, según podemos ver, se trató más bien de una suerte de suicidio asistido.

Claro que el personaje de Piñera no logra conciliar el sueño ni siquiera matándose. El cuento termina así: “El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente”. En aquel momento, yo deseé de todo corazón que Michael Jackson sí se hallara entonces profunda y dulcemente dormido. Porque, para padecer accesos de insomnio tan terribles como el suyo, era un hombre que debía sufrir demasiado.

 

Los curas muertos y el club de los suicidas

 

El jueves 27 de enero de 2011, los colombianos se enteraron de una atrocidad que, en su interpretación inicial, era una más de las que son costumbre en el país: en Bogotá, en la localidad de Kennedy, los sacerdotes Rafael Reátiga y Richard Píffano fueron asesinados la noche del día anterior, víctimas de cinco disparos que impactaron uno a uno en sus respectivas cabezas. Al principio se pensó que era un atraco que había resultado mal. Pero un año después la Fiscalía reveló, para mayor estupor de la opinión pública, que el crimen fue ordenado y pagado por las propias víctimas a los sicarios que lo ejecutaron con toda frialdad.

En este nuevo caso, la conexión entre literatura y realidad era más evidente aún que en el de Jackson, así que me fue fácil establecerla. Incluso, los familiares y feligreses de los dos curas también la intuyeron, si bien la utilizaron para tratar de negar la verdad de los hechos comprobados por la Fiscalía: “¿Quién se va a creer tal cosa? ¡Eso parece de novela!”, decían, indignados, frente a las cámaras de la televisión.

Y, en efecto, era de novela. Para ser exacto, de una novela constituida por tres cuentos de Robert Louis Stevenson, El Club de los Suicidas, incluida en el primer tomo del libro Las nuevas noches árabes, publicado en Londres en 1882. Allí, y concretamente en el cuento o capítulo “Historia del joven de los pasteles de crema”, donde se mezclan el terror con el más fino humor, se cuenta que en la capital inglesa existe clandestinamente un Club de los Suicidas, cuyos miembros, incapaces de eliminarse con sus propias manos, pero necesitados de escaparse con urgencia “a la eternidad sin ceremonias ni escándalos”, pagan cuarenta libras esterlinas para que otros socios los maten, de un modo tal que no parezca un suicidio asistido. Rafael Reátiga y Richard Píffano pagaron quince millones de pesos para ser asesinados y les entregaron a sus victimarios sus celulares, billeteras y otros objetos personales para que el hecho pareciera el resultado de un robo.

Está claro, pues, que los dos sacerdotes de Bogotá fundaron un club de los suicidas efímero, ad hoc, cuyos primeros y últimos socios activos fueron solo cuatro (el de Stevenson consta de por lo menos dieciocho): los dos religiosos y los dos sicarios.

Se equivocó, pues, de medio a medio, el editorial de El Tiempo del 15 de febrero de aquel año, titulado “La historia de los curas muertos”, cuando (repitiendo por enésima ocasión un lugar común cuestionable) aseguró que, con este hecho, “una vez más, la realidad ha demostrado ser más imaginativa que la ficción”. 

No, amigo editorialista, estabas mal informado: lo que este hecho demostró fue que, una vez más, la realidad, cuyo ingenio no pocas veces es inferior a la imaginación literaria (Javier Marías sostiene, a propósito, que “la realidad es mala novelista”), no tuvo más remedio que imitar a la ficción. 

 

El portugués condenado a libertad

 

Un día de diciembre de 1904, en pleno invierno, el diario New York World, propiedad de Joseph Pulitzer, publicó en sus muy leídas páginas un cuento apropiado para aquel período del año: “El policía y el himno”, del gran escritor William Sydney Porter, más conocido como O. Henry. El protagonista del cuento es un vagabundo neoyorquino llamado Soapy.

Pues bien: 107 años después y al otro lado del mundo, en Lisboa, en noviembre de 2011, y también en medio del invierno, un hombre casi tan pobre como el personaje de O. Henry, Carlos Garcia da Mata, ante la inminencia de ser echado por falta de pago de la pensión donde vivía, urdió un plan desesperado para no dormir en la calle: cometer algún delito que le permitiera asegurarse un techo dentro de la cárcel. Y así lo hizo: rompió de una pedrada la vitrina de un almacén en el céntrico barrio La Baixa y esperó la llegada de la policía. Fue, en efecto, detenido, pero solo se hospedó dos días tras las rejas, ya que el juez decidió que su infracción no daba para condenarlo a prisión. El pobre hombre, instigado por las duras perspectivas de la intemperie, optó entonces por incurrir en una falta más grave, así que a la mañana del día siguiente, sin arma y utilizando solo una nota amenazante que le entregó a la cajera, asaltó un banco. Pocos minutos después fue capturado de nuevo por la policía, con el botín de tres mil euros todavía intacto. Garcia da Mata estaba feliz, ahora sí tendría el amparo de un techo, pero fue en realidad su mala suerte la que no lo desamparó: el juez, conocedor de su “perfil inofensivo”, le volvió a negar la prisión; sin embargo, para su final fortuna, lo envió a una institución dedicada a la rehabilitación de reos, O Companheiro, donde halló residencia permanente. 

La historia fue contada el sábado 7 de septiembre de 2013 en el diario El País de Madrid, en un artículo titulado “Antes preso que en la dura calle”. Dos días después, en su columna del diario en línea Zaraobe Digital, el parlamentario socialista vasco Mikel Unzalu comentó la noticia y observó que le parecía “surrealista”. Era, claro, una manera de decir que le parecía una historia de ficción.

No le faltaba razón: su olfato era tan preciso como el de un perro de san Huberto, pues, en efecto, esa historia ya había sucedido en la realidad ficticia. ¿Dónde? Justamente en el excelente cuento de O. Henry, “El policía y el himno”, cuyas 2.058 palabras narran cómo Soapy, el indigente neoyorquino, ante la llegada del invierno decide violar la ley para asegurarse un cálido alojamiento de tres meses en prisión. Uno tras otro, intenta seis procedimientos para lograr su objetivo (incluido el de romper de una pedrada la vitrina de un almacén en la Sexta Avenida y quedarse quieto a la espera de la policía), pero en todos, por distintas razones, fracasa, hasta el punto de llegar a temer con espanto “que algún horrible encantamiento lo hubiera vuelto inmune al arresto”. Sin embargo, y cuando paradójicamente, bajo el poderoso influjo alentador de un himno religioso interpretado por un organista en una vieja iglesia, resuelve salir de su miserable condición y convertirse “otra vez en un hombre”, un policía se le acerca por simple suspicacia y le echa el guante, de modo que a la mañana siguiente un juez lo sentencia a sus anhelados tres meses invernales en la cárcel de Blackwell’s Island (hoy llamada Roosevelt Island, situada en el río del Este), tal como el otro juez enviaría al portugués Garcia da Mata al refugio lisbonense de O Companheiro.

 

La muerte atravesada

 

En la madrugada del sábado 7 de septiembre de 2013, en Barranquilla, John Frank Díaz Pulido y Wilfrido Sierra Farías, dos hombres que conducían sendas motocicletas, murieron degollados, uno después de otro, con una hora de diferencia, por un tensionado cable de acero atravesado en una de las “orejas” del puente de la calle Murillo con la avenida Circunvalar, y con el cual una grúa trataba de desatascar un bus. 

El diario local El Heraldo, al registrar el hecho el domingo 8 de septiembre, calificó como “trágica e insólita” la forma en que estos hombres perdieron la vida; otros medios la llamaron “extraña” (o, con intensidad, “tan extraña”), y El Heraldo mismo, en un seguimiento realizado a la noticia el lunes 9, volvió a referirse a lo sucedido como “insólito”. Como ven, estas palabras nos indican claramente la percepción de que, con este hecho, la realidad se acercó de manera inquietante a sus propios límites, esto es, a la frontera con... la irrealidad.

Tal percepción fue formulada ya de manera más explícita en el editorial de la edición mencionada, al señalarse allí, con respecto al suceso ocurrido (si bien su intención era, por el contrario, racionalizarlo, estableciendo las anomalías humanas que se conjugaron para producirlo), que “a riesgo de incurrir en lugares comunes, habría que definirlo como la crónica de dos muertes anunciadas”.

Ahí lo tenemos: el editorialista asociaba el hecho con una obra de ficción, específicamente con una novela; no importa, repito, que lo hiciera con el propósito de afirmar que las circunstancias que lo causaron habían sido tan crasas y evidentes que prácticamente era imposible que no ocurriera. Pero la novela, por supuesto, no era Crónica de una muerte anunciada, la cual se invocaba allí solo en sentido figurado. No: la novela se llama Ataúdes tallados a mano.

Ataúdes tallados a mano es una estupenda nouvelle de Truman Capote, incluida en su libro Música para camaleones, publicado en 1980. Aunque tiene el subtítulo de “Un relato de no ficción de un crimen americano”, las evidencias (entre ellas, las aportadas por Gerald Clarke, principal biógrafo de Capote) indican que, si bien el autor partió de unos hechos reales, se trata de eso: de una novela, de una historia imaginaria. Cuenta el caso –a la larga no resuelto– de una serie de asesinatos cometidos en “un pueblo en un pequeño estado del oeste” de Estados Unidos. Antes de ser asesinadas, cada una de las víctimas recibe por correo un ataúd en miniatura tallado en madera de bálsamo, que contiene una fotografía suya (lo que, por cierto, convierte tales asesinatos en muertes anunciadas). 

Una de esas víctimas es Clem Anderson, un granjero que siempre se moviliza en un jeep ensamblado por él mismo, que “no tenía techo ni parabrisas, nada que protegiera al conductor” y que, por eso, “no era más que un motor con cuatro ruedas”. Un día, ya al atardecer, cuando va por el estrecho camino que conduce a su casa de campo, el extravagante vehículo se vuelca de pronto y la cabeza del hombre vuela por los aires. ¿Qué ha pasado? Con antelación y tomando medidas muy exactas, el asesino ha atravesado en el camino, tendiéndolo entre un árbol y un poste de teléfono, un “fuerte alambre de acero, afilado como una navaja”, contra el cual se topa Anderson a la altura del cuello, “justo debajo de la barbilla”.

 

***

 

¿Puede alguien dudar que los cuatro sucesos ocurridos entre 2009 y 2013 en Los Ángeles, Lisboa, Bogotá y Barranquilla constituyeron especies de versiones factuales de las cuatro citadas invenciones literarias? ¿Puede alguien dudar que estos cuatro hechos reales no tuvieron un guion propio, sino que fueron adaptaciones de los relatos de Piñera, de O. Henry, de Stevenson y de Capote? 

Ahora bien, ¿de qué se trata todo esto? ¿Envidia o celos (en este caso con resultados lamentables) que el vasto y poderoso universo real, construido con los más sólidos y perennes elementos que quepa concebir (mares, ríos, tierra, fuego, rocas, huesos, metales), experimenta frente al mundo de la creación literaria, edificado solo con las etéreas y mortales palabras humanas? 

 

 

 

 

ACERCA DEL AUTOR


Es columnista de El Heraldo. En 2010 obtuvo el Premio Simón Bolívar. Ha publicado las colecciones de poemas Noticia de un hombre (1988), De esta vida nuestra (1998) y Los escombros de los sueños (2011). Su último libro es En la madriguera del genio. Crónicas y ensayos sobre García Márquez (2015).

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