Violencia

Un escritor recuenta los hitos de su historia personal con el sino que les ha tocado a tantos colombianos.

POR Javier Zamudio

Violencia

Ilustración @_tom_deason

 

Se despide el año 1988. La gente se encierra en su casa. Esta noche no se verán los abrazos. No habrá galletas, uvas o vino. Igual, no te importa, no sabes de eso. Apenas tienes cinco años. Tu mamá grita. Tu padre camina de la sala al patio. Tu hermano se esconde debajo de la silla. Lo recuerdas a pesar de que han pasado 32 años, porque algo así no puede olvidarse. Estás lleno de fantasmas y ese es uno grande y terrorífico. El grito de tu madre hace que tu mano se sacuda: trata de alejarte de la ventana. Su pelo parece un nido a punto de caer de un árbol. No comprendes lo que ocurre. Una muchacha, no mayor que tu madre, carga en su regazo la cabeza de un hombre. Acaban de matarlo. 

¿Qué significa para ti crecer en Colombia? Muchas cosas, por supuesto: despertar frente a una geografía montañosa, bañada de colores deslumbrantes, como si estuvieras presenciando un nacimiento recurrente. No solo contemplar los muertos apilados en la calle y en la televisión.

Es 1998, tienes quince años. Vives en casa de tu abuela, en un barrio que se destaca: no porque allí nazcan los mejores futbolistas, sino porque en sus calles se forman los sicarios que pronto pasarán a engrosar las filas del narcotráfico. Has tenido que dejar la casa de tu madre: un muchacho de tu edad, al que no quisiste darle dinero, quiere matarte. Sentiste el cañón de su revólver en la cabeza. Te salvaste porque estabas buscando un cuaderno en casa de una de tus compañeras de clase y ella le rogó a ese muchacho que no te matara frente a su puerta. No tuviste tiempo de agradecerle. 

Naciste en Cali en una época dividida con líneas de polvo blancas y otras de un líquido terracota. Sabes lo que se dice sobre tu ciudad. Las palabras le hacen justicia. Hace unos meses mataron a alguien dentro un carro aparcado frente a la casa de tu abuela. Entraste corriendo después de que se oyeron los disparos. El muerto quedó con las manos sobre el volante. Lo viste desde el balcón donde te sientas a leer a Nietzsche o a contemplar las cúspides de los Farallones.

Esperas a tu tío para salir a correr. Él pasa por el cuarto y te avisa que es hora. Abre la puerta y la cierra de inmediato. Hay una mujer muerta frente a la casa. No saldrán a correr. Un rato después llega la policía. 

Ha llegado el año 1999. Desde hace algún tiempo te gusta el alcohol. Solo con él logras calmar la ansiedad y la depresión. Tienes 16 años. Lees con voracidad. Vas a tu colegio pero no entras a clase, te devuelves a casa a leer. No te interesa lo que dirá tu abuela. Cuando puedes, compras licor y lo escondes. Bebes en casa, en las madrugadas, sentado en la cama. El alcohol y los libros: tu vida se resume en eso.

Es 2001, tienes 18 años, entras a la universidad. Tu vida solitaria adquiere un sentido distinto. Hay más gente descompuesta, herederos de un país violento. El licor y la lectura continúan siendo tus rutinas. Ahora las compartes. Compras la primera botella a las nueve de la mañana en un almacén cerca de la universidad, y bebes mientras lees o cuando vas a clase. Bebes de lunes a lunes.

Tienes 20 años, lo que significa que corre el año 2003. Estás en silencio. Escuchas el rumor del agua mientras tienes la boca llena de tierra. Si te descuidas, terminarás con moscas entre tus dientes. Las botas están sobre el piso de madera que sirve de refugio. Un hombre armado te busca. Te arrepientes de haber aceptado la invitación a este viaje. Al cerrar los ojos, puedes ver el rostro enjuto y los ojos amarillos de la pequeña niña que moría de leucemia en una de las casas del puerto. El hombre armado pregunta por ti. No le gustan los extraños. No debieron llevarte sin pedir permiso. Alguien le dice que no hay tal persona, es un rumor. Eres un rumor. 

No solo recuerdas a la niña, también está en tu memoria esa otra noche. Te llevaron a esa casa y te dijeron que no salieras. 

–A los extraños los pican y los tiran al mar –te advirtieron. 

Sales de tu escondite. Eres un muchacho universitario, solo has venido con deseos de conocer y ayudar. Te reúnes con la gente. Te gusta el olor de la selva, contemplar el río. Te has reconciliado otra vez con el viaje.

Ha pasado un año desde que estuviste en la selva del Pacífico nariñense y te invitan a una fiesta de quince. No te interesan esas cosas, pero sientes afecto por la persona que te invitó. Llamémosle E. Le dices que sí a E y viajas a esa ciudad cuyo nombre no quieres pronunciar. Pobreza en todas partes. Hace un año inició la desmovilización paramilitar. Alguien te ha dicho que “la cosa está tranquila”.

Es pasada la una de la madrugada cuando alguien se lleva tu teléfono, tu dinero, y quedas frío en esa noche calurosa. Entras a la fiesta y, a pesar de la palidez natural, alguien nota el susto en tu cara. Te preguntan qué ha pasado. Explicas. Te piden que describas a la persona que te ha robado. Te esmeras por seguir el juego. Luego ves a un hombre sacar un revólver y salir acompañado por otras personas. Esto te ha dejado peor. Quieres irte, volver a casa, pero estás muy lejos. Le dices a E, pero ella trata de calmarte. Se irán cuando aclare. 

Ha pasado un año. Tu alcoholismo ha empeorado. Ya llamas las cosas por su nombre: A L C O H O L I S M O. Estás en casa de C. Alguien te advirtió de lo que había allá pero no le creíste. Fuiste porque te dijeron que C era un tipo culto, que hablaba de libros y gastaba licor. 

El primo de C llega en una camioneta, acompañado de dos guardaespaldas. C te presenta como escritor, cosa que no eres porque no has publicado nada. El primo de C coloca dos pistolas sobre la mesa de centro y te pregunta cuál es tu autor favorito. No dices nada.

–¿Has leído a Paulo Coelho? 

–Sí –respondes aterrorizado. 

–Es el mejor escritor del mundo, ¿no te parece?

Miras las pistolas sobre la mesa y la cara de los guardaespaldas. Respondes que sí. 

Corre el año 2009, aprendes a vivir sin consumir licor. Tienes miedo de salir. Eres profesor en un barrio marginal donde han reubicado a desplazados, paramilitares desmovilizados y desertores de la guerrilla. Un proyecto impulsado por el entonces presidente Álvaro Uribe, según has leído en la prensa. El colegio tiene tres puertas para que los niños salgan a zonas seguras. Si un niño que debe salir por la puerta 2 cruza la puerta 3, lo matan. Ha pasado. Hace un par de días hubo una balacera. Te tiraste al piso. Los estudiantes se reían. Te señalaban y se reían. 

Es un día tranquilo. Terminas tu clase y llevas a los niños al comedor. No suelen comer en casa, de modo que deben almorzar en el colegio. Tu grupo está silencioso y agradeces por ello. Son de tercero de primaria. Muchos de ellos tienen cicatrices de balazos y puñaladas que exhiben como trofeos de guerra. 

Estás cansado. Algo en tu interior está desajustado. Te sientas y los miras comer. A medida que terminan de almorzar, se ponen de pie y buscan la puerta. Esperas hasta que el comedor queda vacío. No es hora de irse, hay trabajo por hacer. Tu salida es a las tres de la tarde. El director te dice que puedes almorzar. Buscas tu almuerzo y regresas al comedor. Los otros profesores se ubican en una de las mesas, comen y ríen. Te llaman y, aunque no deseas sentarte con ellos, cedes a sus gestos de amabilidad. Entonces escuchas disparos: han matado a un taxista. El carro sigue moviéndose unos metros hasta estrellarse con una casa. Luego, una turba enardecida corre hacia él para despojarlo de todo. Puedes verlo porque hay agujeros en las paredes del colegio. De manera laboriosa desvalijan el carro, le quitan la ropa al conductor y luego se dispersan sonrientes, victoriosos. El cuerpo queda sobre la acera como un trapo viejo.

El año 2009 no parece terminar. No sales de casa. El miedo te habita. Abandonas la docencia para escribir y traducir a tiempo completo. No puedes sacar de tu cabeza el deseo de morir.

Pero luego sales, logras salir. Estás en la Patagonia. Ha pasado un año desde que dejaste el colegio. Es de noche. Caminas en dirección al lugar donde vives. Te parece que alguien te persigue. No te has fijado, pero ahora corres. La temperatura es de -10 °C, pero no sientes frío. Tienes miedo. Corres tan rápido como puedes para llegar a casa. Te fuiste de Colombia, pero continúa acechándote. 

Han pasado diez años. Tu vida ha dado muchos giros. Has logrado sanar un poco. Has vuelto a caminar sin miedo. Claro, no has salido ileso. Nadie lo ha conseguido. Eres una cifra más, desfigurada por la violencia. 

ACERCA DEL AUTOR


Javier Zamudio

Autor de Hemingway en Santa Marta (2015), Espiar a los felices (2016) y El hotel de los difíciles (2018). Ha colaborado con El Malpensante, Rio Grande Review, El Espectador, Literal Magazine, Revista Corónica, el Huffington Post, etc. Sus cuentos han sido traducidos al inglés y el italiano. Finalista en el Premio Nacional de Cuento La Cueva (2018). Obtuvo el tercer puesto en el Premio Nacional de Periodismo Digital, en la categoría de crítica (2019).

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