Actúa natural

En el marco de los Encuentros 2020, la Dirección de Audiovisuales, Cine y Medios Interactivos del Ministerio de Cultura de Colombia presentó el Encuentro de Crítica e Investigación, un espacio de formación abierto a los interesados en el ejercicio de la crítica y la escritura sobre cine y el campo audiovisual. Aquí la propuesta de uno de sus participantes.

POR Mauro L. Rivera Muñoz

© Kala azar (2020)

© Kala azar (2020)

© Kala azar (2020)

 

En su ensayo “¿Por qué mirar a los animales?”, el crítico de arte John Berger analiza cómo la relación de la humanidad con los animales, en la que estos últimos han sido reducidos mayoritariamente al rol de mascotas o materia prima para el consumo, ha generado casi una desaparición de los animales no humanos de la vida pública. Es por esto, afirma Berger, que empieza a hacerse manifiesta una necesidad por exhibirlos en espacios como el zoológico o el circo, o a representarlos a través de juguetes e imágenes que van desde el dibujo enciclopédico a la más reciente animación digital. 

 

Desde luego, en el afán por traer al presente lo que se hace cada vez más remoto, el cine se ha convertido en un vehículo ideal para acercar o revelar aquellas imágenes ausentes. Así lo evidencia la historia misma del séptimo arte, en la que los animales, como piezas museísticas, aparecieron desde un principio en los primeros cortometrajes de los hermanos Lumière, quienes los filmaron en zoológicos. Más adelante, una vez iniciado el siglo XX, los animales se convirtieron en una de las principales fuentes de entretenimiento cinematográfico cuando la industria fílmica empezó a reclutar chimpancés, perros, gatos y gorilas para antropomorfizarlos e incluso los usaron como mascotas de sus compañías tal como el famoso león de la MGM. 

 

La ciencia también adoptó al cine como una herramienta para entender los comportamientos del reino animal e incluso para llegar a las faunas ocultas en el fondo del mar o a nivel microscópico. No obstante, gran parte de estas representaciones se han basado en categorías estrictamente humanas que al final terminan perpetuando la brecha de desigualdad entre los humanos y los demás animales. 

 

Explorando estas distancias e intentando subvertir, a través de la representación, la forma en que coexistimos con otras especies, la guionista y directora griega Janis Rafa, luego de una importante y premiada trayectoria como artista visual, presenta su primer largometraje: Kala azar, una película de 2020, ambientada en la ruralidad griega. 

 

En la historia, Pinelopi Tsilika y Dimitris Lalos interpretan a una joven pareja que  trabaja para una compañía funeraria recogiendo cadáveres de mascotas para cremarlos y, posteriormente, regresar sus cenizas a los propietarios. En las noches, la pareja aprovechará clandestinamente el incinerador para darle una dignidad post mortem a los cuerpos de animales atropellados o abandonados que encuentran en sus recorridos. En paralelo, la película abre espacios para contar otras historias, como la de una mujer mayor que convive con varios perros y les provee un trato más que generoso, al punto de bañarse con ellos, o la del dueño de un galpón de pollos y un inmigrante que trabaja para él, que dan un particular trato a sus animales. 

 

(Re)descubriendo las cercanías 

 

Kala azar es también el término en hindi con el que se conoce a la leishmaniosis visceral, una enfermedad infecciosa que se encuentra presente en los perros y que también afecta a los humanos, atacando principalmente el bazo y el hígado. Con una altísima tasa de mortalidad, esta enfermedad transmisible a través de insectos demuestra la intensa cercanía que aún mantenemos con los otros animales, a pesar de la marginación a la que se le ha sometido desde hace más de dos siglos. De la misma forma, los personajes del filme se verán afectados por otro tipo de infecciones que configurarán su comportamiento y su relacionamiento con los demás. Ejemplo de ello es la relación central de la película entre los dos jóvenes, la cual posee cierto carácter salvaje pues, más que dialogar, se expresan a través de ruidos, impulsos y su propia corporeidad. 

 

Esta idea se verá fortalecida por las cualidades audiovisuales de la película. De un lado, la cámara adoptará la mirada de los animales no solo a través de la altura desde donde se graba, sino también en la cualidad táctil que adquiere al fijarse en las manos, el aseo de los espacios y sujetos, la forma en que tratan sus heridas y el contacto con los fluidos naturales; imágenes que al final subvertirán la antropomorfización que siempre se le endosa a los animales. De otro lado, la dimensión sonora profundizará la cercanía a la animalia gracias a una inmersión en una selva de ladridos, zumbidos y cloqueos; recursos que soportarán el inevitable deseo de los personajes por renunciar a las distancias impuestas entre hombre y animal. 

 

Así como usa esta sensorialidad como herramienta narrativa, la directora Janis Rafa lo hará con la cualidad confusa del tiempo, que intenta imitar el instintivo comportamiento animal por saciar necesidades e impulsos de inmediato, sin reflexiones de un pasado o un futuro. Al salirse de estas lógicas, Rafa le impedirá al espectador crear interpretaciones que podrían alejar a la película de su prometedor objetivo.

 

De esta forma, Kala azar se presenta como un interesante ejercicio que plantea posibilidades para materializar una relación menos jerarquizada de la representación de lo animal no humano en el cine. Sin embargo, estas intenciones se verán algo opacadas por la poca libertad que se le otorga a los animales en pantalla, ya que no hay momentos, aparte del magnífico plano final en el galpón, que permitan a los animales ser, sino que aún se mantendrán como servidores para un propósito, en este caso, acercarse a la experiencia silvestre. Por otra parte, la exploración visual también se queda corta al no permitirle a la cámara un comportamiento animal, pues, si bien está ubicada más cerca del suelo, no se deja guiar por un “instinto”. ¿Se podría pensar en una cámara más animal? Quizá las películas Space Dogs (Elsa Kremser y Levin Peter, 2019) o Los Reyes (Iván Osnovikoff y Bettina Perut, 2018) puedan dar la respuesta. 

 

Ahora bien, una película que en años recientes no solo dejó permear lo salvaje, sino que, por la forma en que lo presentó, alcanzó una dimensión casi sobrenatural, es Zama (Lucrecia Martel, 2017), cuya inolvidable escena de la llama profundizó el sentimiento de frustración y desmoronamiento emocional del protagonista, pues con esta irrupción logró materializar algo tan difícil de representar como la indiferencia del universo ante las preocupaciones humanas. Esta magnífica secuencia, desde luego, no se produce solamente por lo azarosa que resulta la actuación de la llama frente a la cámara, sino por la forma en que la directora y su equipo, a través del montaje, el diseño sonoro y la puesta en escena logran esta sensación inefable. 

 

A continuación el video ensayo del texto: 

 

 

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ACERCA DEL AUTOR


Participante del Encuentro de Crítica e Investigación 2020. Creador del blog CINEsfuerzo (http//:cinesfuerzo.wordpress.com).

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