Gilberte Beaux prefiere dar las órdenes

Banquera en Francia, petrolera en Guatemala, estanciera en Argentina. La intuición y la astucia de esta mujer de 90 años, que comenzó su carrera como mecanógrafa en un banco, la llevaron a erigir un emporio entre estupefactos tiburones financieros.

POR Renée Kantor

Gilberte Beaux junto a su única hija, Nathalie.

Gilberte Beaux junto a su única hija, Nathalie.

 

Ellas dos, madre e hija, están paradas frente a frente en la intimidad del living de un departamento porteño del barrio de Recoleta. Ambas se toman de las mejillas. La hija se inclina como quien se acurruca frente a un tesoro, le besa la frente y sobre la misma, con su dedo mayor, dibuja una cruz como signo de despedida. Una emoción toma cuerpo. Su madre repite el mismo gesto, que proviene del cristianismo ortodoxo. 

–Cuídese mucho –susurra Gilberte Beaux, la madre.

–La llamaré en cuanto llegue –responde Nathalie Beaux, la hija.

Así se despide madame Beaux de su hija, quien luego de pasar unas semanas en Argentina, junto a su marido, regresa a París. El trato de “usted” es una tradición que tiene cimientos en su infancia. 

–Ahora –explica Gilberte– está un poco fuera de moda, pero así nos tratábamos en nuestras propias familias. Y no es nada desagradable porque establece una pequeña barrera. Cuando uno se enoja es más difícil decirse cosas horribles tratándose de “usted”. Parece ridículo, pero es cierto. 

El “usted” –vous, en francés– funciona entonces como una poción apaciguadora.

Gilberte Beaux, como todos los años a partir de septiembre y hasta que pase el invierno europeo, se instala a mil kilómetros de Buenos Aires, en la provincia de Corrientes. Cerca de la frontera de Paraguay y Brasil está ubicada su estancia, dividida en tres partes: Rincón de Luna, Santa Bárbara y Tres Rincones. Son un total de 65 mil hectáreas (aproximadamente la misma superficie de Singapur) las que ella posee en los Esteros del Iberá, la segunda reserva acuática del mundo. Un espacio modesto si se lo compara con las 180 mil hectáreas (el equivalente de las islas Mauricio) de su vecino Douglas Tompkins, fundador de las marcas The North Face, Esprit y Patagonia, o con las 900 mil (la extensión de Nigeria) de los hermanos Benetton.

–A mi edad puedo decir que no me aburro –afirma. 

Pero a sus 90 años, y bajo esa calma aparente, se disimula una ambición implacable. Antes de rodearse de avestruces, iguanas gigantes, caimanes, monos, ciervos, buitres, jabalíes y roedores tan grandes como terneros, Gilberte Beaux, la banquera virtuosa que nació en París en 1929, año de la Gran Depresión norteamericana, vivió buena parte de sus días zambullida en un mundo poblado de abogados, banqueros y raiders –aquellos especuladores conocidos en la bolsa como “tiburones”de lo más voraces. Lleva su pelo blanco recogido en un rodete, un pantalón oscuro y un suéter color naranja. No es más alta que una criatura de escuela primaria. Tampoco tiene ni la vehemencia de tono ni el frenesí que se observan en quienes circulan en el severo mundo de los negocios. Más bien el aplomo tranquilo de los que no tienen nada que demostrar. Su determinación la extrajo del dolor que la golpeó a los quince años, cuando murió su padre, Paul François Lovisi, un corso de origen paisano que se volvió banquero y promotor.

–Fue la verdadera prueba que tuvo que afrontar mi madre –cuenta su única hija, Nathalie, a través del teléfono, un tiempo después desde España–. Entonces su mundo dio un vuelco. Creo que ella se dijo: “Voy a hacer lo mismo que mi padre”. Quizás hubo algún tipo de revancha para demostrarle que ella era capaz de tener éxito.

En su autobiografía, Una mujer libre, Gilberte Beaux cuenta que, durante sus vacaciones en Marsella, jugaba a la guerra junto a sus primos y a su hermano Francis, dos años menor. Un día, el bando enemigo –los vecinos– gritó: “¡Somos comunistas!”. Ella no sabía el significado de aquella palabra, así que corrió a preguntarle a su padre qué era lo contrario de comunista y él le respondió: “Croix de Feu”. Se trataba de un movimiento de masas de los años treinta que tenía como objetivo crear una sociedad de inspiración nacional cristiana y luchar contra la izquierda, sobre todo contra el partido comunista. “El placer que me procuraban el mando y la batalla me persiguió durante mucho tiempo”, escribió.

Esa pasión por dominar se une al orgullo por sus orígenes aristocráticos. Es bisnieta, por el lado materno, del barón Thierry de Ville d’Avray, un colaborador de Luis XVI que murió en 1792 gritando “¡viva el rey!”, mientras los revolucionarios lo acallaban hundiéndole en la boca una antorcha en llamas. 

–No soy monárquica. Por el momento creo que la democracia es el menos malo de los sistemas. Pero los orígenes monárquicos de mi madre hacen que yo tenga un pequeño costado admirativo hacia lo logrado en aquella época. No hay que olvidar que la monarquía le aportó mucho a Francia. Piense que Francia es cinco veces más pequeña que la Argentina y tenemos una influencia en el mundo entero gracias a este sistema. Esto es así. A ver –Gilberte elige las palabras–, lo fue tanto por la monarquía como por el Imperio y su emperador Napoleón, que le aportaron a nuestro país una visión de mundo y una potencia mucho más importantes que las que le corresponderían por su geografía y población. Creo que Napoleón fue un genio –dice exultante.

“La libertad pertenece a aquellos que la han conquistado”.  “Solo se puede guiar a un pueblo mostrándole un futuro”. “Un jefe es un vendedor de esperanzas”. Estas son algunas de las citas de Napoleón transcritas en su autobiografía. Esta, en cambio, es de su autoría: “Yo prefiero dar órdenes que obedecer”.

¿Es posible establecer un paralelo entre la banquera y el emperador? Ambos se parecen, tal vez, en la irresistible aptitud para ascender, en la ambición y en la capacidad de movilizar fuerzas inauditas para ocupar un territorio o, en el caso de Beaux, engullir empresas a dentelladas, como un tiburón. El panegírico del emperador galo como un hombre invulnerable, aventurero, más poderoso que sus predecesores y al mismo tiempo un self-made man, es el espejo en el que se mira Gilberte Beaux.

 

Gilberte en China, acompañada por Robert Louis-Dreyfus (izquierda)

en el marco de sus giras de negocios.

 

 Gilberte tenía diez años cuando muere su padre. Aprovechando la ausencia de sentido común de su madre, un tío se apropia de su fortuna y los echa del castillo en el que vivían, cerca de Marsella. La traición entreabre abismos en la infancia, cuando lo más cercano se le revela bestial y malvado. El descenso social es drástico: la ropa de cama de lino bordada será intercambiada por un pedazo de pan, su familia pedirá subsidios para vivir, vestirán ropa hecha con tela de muebles y cortinas, y zapatos de suela de cartón. Hacen la cola con otros pobres para recibir la sopa popular. Ella y su hermano menor, Francis, conocen la miseria. Haberlo perdido todo los expuso a que les fuera arrebatado algo tan íntimo como la identidad.

–Fue una época terrible. En primer lugar, por la guerra, y en segundo, porque éramos pobres. Fue muy duro ir todos los días a recibir la sopa popular para poder comer. Estos recuerdos quedan en uno para siempre. A partir de entonces, lo único que quise fue salir de ese lugar. Yo no soy la única. Si se observa con atención, tanto en Europa como en Estados Unidos, muchas personas que han tenido éxito han comenzado desde muy abajo. Cuando uno se encuentra abajo, lo único que quiere es subir. Además, estaba a cargo de mi madre y mi hermano. No tenía otra opción. Las personas que se encuentran en dificultad tienen que salir adelante por sí mismas y los que podemos debemos ayudarles.

Siempre tuvo sentimientos maternales hacia su hermano. Y recuerda a la única persona que los ayudó: la hermana de su padre. 

–Estábamos aislados. ¿Sabe? Cuando las personas son pobres, uno trata de no verlas. Pero cuando comencé a trabajar, todo cambió. Del lado de mi padre, rechacé volver a verlos porque fueron ellos los que nos estafaron y arruinaron, y se quedaron con todo lo que pudieron. 

Aún adolescente, sabía que no había que bajar la guardia. Debía sostener a su madre y a su hermano, y demostrarles que estaba a la altura. Los estudios fueron la escalinata que le permitió el ascenso social. Una tentativa por mantenerse en pie, rearmada frente a un destino que se presentó vertiginoso. 

–Viví algo similar a la épica napoleónica, la fuerza de un clan corso. Recordé lo que mi padre había podido hacer y, con ingenuidad, imaginaba lo que podría hacer yo también para ayudar a mi familia a salir de la pobreza. 

Su mirada es pragmática, y en sus palabras la fatalidad resulta ser solo un destello que alumbra el camino de la supervivencia.

–Antes, en las familias nobles, aprendíamos muchas cosas, pero no a ganar dinero. Yo fui de las primeras en hacerlo, aunque reconozco que no hablar de dinero es algo bueno. En Estados Unidos se habla de dinero todo el tiempo, se volvió casi una enfermedad. Creo que es de mal gusto hacerlo. El dinero es indispensable, pero es solo un medio. Nunca tiene el rol principal –dice, con la sonrisa acerada de quien se sabe a salvo de toda necesidad material.

Gilberte tiene el aspecto de una vecina afable. Las arrugas le rodean las comisuras de los párpados, pero sus ojos muestran un brillo inquieto. De joven quería ser profesora de francés, latín y griego, pero su destino se bifurcó. A los 16 años, para financiar los estudios de medicina de su hermano, la maquinaria se puso en marcha. Aprendió la estenodactilografía, una técnica que permite taquigrafiar y mecanografiar textos, y en poco tiempo consiguió trabajo en un banco. Era el fin de la guerra y la contrataron para un reemplazo de solo dos meses, pero se quedó allí diez años. “Mi segundo nacimiento, mi verdadera libertad”, escribe.

–Comencé a trabajar en un banco suizo que buscaba gente, ya que muchos de sus ejecutivos habían muerto durante la guerra. Querían personas que pudieran ayudar en el banco y aprender, más allá de su sexo.

Para ella, la igualdad de trato entre hombres y mujeres es evidente. Aunque reconoce que:

–Las mujeres siempre tienen que demostrar más que los hombres. Es mi experiencia. La vida está hecha de promociones, y la promoción para las mujeres siempre implicó demostrar que podíamos hacer lo mismo que ellos, pero con la exigencia de ser un poco mejores. El mundo de las finanzas es un mundo exclusivamente masculino, sobre todo en los puestos de mayor responsabilidad.

Recuerda cuando, en sus comienzos, un director de finanzas de un banco se negó a trabajar con ella diciéndole: “No cuestiono sus cualidades, pero no puedo trabajar con una mujer. Una mujer debe quedarse en su casa”. 

–Le dije que si él no quería trabajar conmigo se tenía que ir. Y se fue. 

A Gilberte, para defenderse, le bastaba la potencia de su ambición.

–En general, me he hecho amiga de hombres que al comienzo no querían trabajar conmigo –dice, sin revanchismo ni ironía.

Así, poco a poco, aprendió a aconsejar a los clientes, a utilizar las máquinas donde se inscribían los movimientos de las cuentas, los nombres de las empresas que cotizaban en la bolsa, los de sus accionistas, las operaciones de tesorería y de cambio. Se maravilló al observar la rapidez con la que un financista hacía malabares con las tarifas y se prometió hacer lo mismo si lograba permanecer allí. Rápidamente aprendió a realizar inversiones de dinero en efectivo y a hablar con los brokers.

En su libro, detalla que su jefe tenía la responsabilidad de la compra y venta de monedas y lingotes de oro, actividades que fueron prontamente reguladas por el Estado, ya que permitían lavar activos en el mercado negro. Un día, cuenta, la policía ingresó de improviso y comenzó a inspeccionar todas las oficinas. Entonces, su jefe, en voz baja, le murmuró que tenían algunas monedas de oro no declaradas. Gilberte tomó la bolsa donde estaban guardadas, la puso en su bolsillo y bajó por las escaleras a un piso donde sabía que no iban a ir los oficiales. “Dejé la bolsa en una carpeta y volví a subir con aire inocente ante la mirada desconfiada del comisario. Mi edad y mi sexo hicieron que él no buscara más, y yo estaba feliz de haberle hecho un favor a mi jefe. Sin embargo, significaba un desvío de conducta que no volví a cometer”, escribió en su autobiografía.

Estudió inglés, tomó cursos por la noche en el Institut Technique de Banque, que forma en el mundo de las finanzas, y descubrió su pasión por el trabajo. Lo nuevo es un riesgo portentoso y Gilberte no es alguien que se deje invadir por la emoción ni por la nostalgia. Como Orfeo, que lleva su canto para Eurídice hasta las puertas del infierno con la orden de no darse vuelta, madame Beaux sabe que mirar atrás la encierra en el pasado. 

A veces debía tomar decisiones difíciles, como el día en que un hombre se acercó al banco a solicitar un préstamo para una operación que quería emprender. Gilberte lo escuchó con especial atención, ya que físicamente le recordó a su padre. Pero no tardó en entender que se trataba de lo que en su medio profesional se denomina un born loser, un perdedor, alguien incapaz de tener éxito en los negocios. Supo que su expediente sería rechazado y prefirió decírselo. Gilberte, por lo visto, no es de aceptar el regateo barato de los sentimientos.

–Era muy joven y me acuerdo bien de este hombre. Rápidamente me di cuenta de que no podíamos darle el dinero que reclamaba porque lo perderíamos. Le tuve que decir no, y me dolió mucho el corazón. Pero, ¿sabe?, hay gente que no está hecha para los negocios. La Iglesia lo dice claramente: “Algunos nacen para dirigir, otros para obedecer, otros para inventar”. No todos tenemos las mismas cualidades, y en los negocios uno reconoce que hay quienes no podrán tener éxito, son losers... en los negocios –aclara–, no necesariamente en el plano sentimental.

 

James Goldsmith en Cuixmala, un complejo hotelero creado por él mismo en Jalisco, México.

 

 Sin duda, Gilberte sí es de las que nació para dirigir y navegar entre lobos de apariencia amable y aves que se posan en el tablado de las finanzas dispuestos a obtenerlo todo. Fue el brazo derecho del magnate franco-británico James Michael Goldsmith. Jimmy, como ella lo llama. Jimmy, cuyo ídolo era Ronald Reagan, y quien no veía contradicción entre un capitalismo duro, responsable de su fortuna, y un cierto proteccionismo nacionalista. O entre ser un terrateniente con cientos de hectáreas en América Latina y, a la vez, enarbolar la bandera de la ecología para salvar el planeta. Dinero y redención: una fórmula implacable. En 1967 recibió el título de caballero por “los servicios brindados a la exportación y a la ecología”, y pasó a llamarse sir James. 

–Era un genio, concebía programas que parecían insensatos y a mí me divertía tratar de llevarlos a cabo. No siempre estábamos de acuerdo. Los hombres y las mujeres no razonamos ni actuamos igual. Por ejemplo, cuando queríamos comprar una empresa, éramos muy complementarios. Él aportaba su visión a largo plazo teniendo en cuenta todo lo que podía suceder, y una vez que nos poníamos de acuerdo sobre el objetivo, yo me encargaba de la parte práctica.

Ella no lo consideraba un aventurero, aunque sí formaba parte de los hombres poderosos que la rodeaban y a quienes ella bautizó como sus “soles”. “Hombres repletos de ambición, dotados de grandes cualidades, a veces poco escrupulosos sobre el modo de utilizar los medios para llegar a sus objetivos, dispuestos a aplastar a aquellos que se interpusieran, queriendo siempre ser los primeros en todo”, describe en su libro. Él, a su vez, pintó a Gilberte como alguien que “tiene todo el coraje [guts] del mundo”.

Con Jimmy armaron durante veinte años una pareja de negocios, él con su instinto depredador, ella abriendo el camino para lograr la rentabilidad esperada. Una pareja que hacía pensar en Deep Blue, esa supercomputadora utilizada durante los torneos de ajedrez que memorizaba todas las posiciones para poder calcular, a la velocidad de la luz, y con la ayuda de una persona que movía las fichas, cuál era el mejor paso a dar. El foco de atención de sir James eran las empresas que habían crecido demasiado, aquellas que él consideraba que debían vender sus activos no productivos para concentrar su atención en el alma del negocio. Con este fin, hacía lo que los financistas llaman una oferta hostil: compraba en el mercado las acciones de la empresa, a la que amenazaba con desmembrar. Su primera acción conjunta fue una salvaje OPA (oferta pública de adquisición de partes de una sociedad que cotiza en la bolsa) en 1968 sobre uno de los tesoros de la city, el grupo alimentario Bovril, que pertenecía a la misma familia desde finales del siglo XIX. Esta OPA le valió a Jimmy su apodo de “Goldenballs”.

La multinacional utilizaba jugo de carne para sus productos: las estancias argentinas entregaban la producción a mataderos de su propiedad, que también servían como planta de procesamiento de carne, frigoríficos que perdían en la venta de carne procesada todo lo que ganaban en las estancias. Para pagar las pérdidas de los frigoríficos, las estancias eran vendidas con pago a crédito y sin cobertura contra la inflación. Con esas políticas, en veinte años Bovril había perdido cerca de cuatro quintas partes de sus activos en Argentina: ¡400 mil hectáreas y una cantidad equivalente en cabezas de ganado!

Hubo que esperar hasta septiembre de 1971 para tomar posesión de Bovril. Entonces, Gilberte Beaux tomó las riendas de la empresa y viajó a la Argentina junto a su marido para visitar las estancias de Bovril. Allí comienza otra historia.

 

 

La banquera descubrirá la literatura rusa en 1951 al casarse con Édouard Beaux, nacido en Moscú antes de la Revolución. Durante el primer año de su matrimonio él tradujo Resurrección, la novela de León Tolstói. Ella se convirtió, por amor, al rito ortodoxo. Tenía solo 20 años y él 38. 

–Mi marido, además de ser mayor que yo, era una persona muy particular porque tenía raíces rusas y francesas. El suyo era un carácter difícil, pero al mismo tiempo poseía un gran encanto. Era un hombre que amaba su profesión. Le debo mucho, sobre todo porque me permitió continuar con mi carrera sin ponerle freno nunca. Coleccionaba todos los artículos escritos sobre mí y seguía mis logros. Desgraciadamente lo perdí en 1995 –cuenta, a la vez que su mirada, entristecida y lejana, apunta a la alianza de matrimonio que se aferra a su anular como una parra.

Su esposo había tenido una vida muy penosa. Luego de la Revolución bolchevique, huyó de Rusia junto a sus padres. Estos se separaron, su madre rehizo su vida junto a otro francés de origen ruso, y la custodia de Édouard quedó en manos de su padre, Ernest Beaux, “nariz” de Chanel. Ernest era un hombre duro, violento. Hijo del creador del mítico perfume Chanel n° 5, Édouard pertenecía a una familia de “narices”. Gilberte lo conoció en casa de unos amigos rusos que tenían en común. Édouard fue gravemente herido durante la Segunda Guerra Mundial y le amputaron un pie. Antes de dedicarse, como su célebre padre, al mundo del perfume, sobrevivió dando clases de ruso y haciendo traducciones. Gilberte se sintió fascinada por este hombre “macho, pero lleno de ternura”. En su libro cuenta que “a veces volaban los platos, tanto en sentido literal como figurado, ya que los dos teníamos caracteres muy fuertes que no siempre lograban compatibilizar”.

–Las personas que tienen sangre rusa no son las más fáciles –cuenta–. Rusia es un país enorme que se encuentra entre Europa y Asia. Y cuando convivimos con rusos, no sabemos nunca qué pertenece a Oriente y qué a Occidente. Era el caso de mi marido, que podía cambiar de humor por poca cosa. Era una persona difícil, colérica. Pero cuando uno ama, puede discutir. Nos decíamos lo que nos teníamos que decir y después todo resultaba mejor.

Sobre la relación de sus padres, Nathalie Beaux cuenta: 

–Debido a su trabajo, mi madre podía estar ausente o llegar tarde a casa, y a mi padre le hubiera gustado compartir más con ella. Pero a veces él también se ausentaba y, con el tiempo, ambos encontraron un equilibrio adecuado. Simplemente en ese momento las mujeres que trabajaban tanto como mi madre, con esas responsabilidades, eran raras y, naturalmente, un hombre necesitaba amoldarse a esa realidad para poder manejarla. Tal vez no sea el caso en la sociedad actual, en la que trabajan tanto unas como otros, y la organización del hogar difiere, por ejemplo, de la que había en los años sesenta.

Nathalie, su única hija, resultó ser “una niña encantadora, que nació un domingo para no perturbar mi trabajo”, cuenta Gilberte, para quien el mundo del trabajo parece abarcarlo todo. 

–Al leer su libro –explica Nathalie–, me resultó interesante ver cómo alguien se cuenta a sí mismo. Pero admito que no reconocí a mi madre. Me sorprendió lo poco que en la autobiografía habla de su vida familiar, mientras realza el lugar importantísimo que ocupaba el trabajo. Cuando terminé el libro, no vi lo que yo percibía. Me di cuenta de que, en su relato, la familia ocupaba un segundo lugar. Es una imagen diferente de la que yo tenía en mi corazón. Porque al mismo tiempo, ella, a pesar de su trabajo, siempre estuvo muy presente en mi vida.

 

 

Gilberte y su marido Édouard llegaron a Buenos Aires en los años setenta para poner en orden la rama argentina del grupo agroalimentario Bovril, comprado por Jimmy Goldsmith. En ese entonces, las estancias ganaban dinero, pero los mataderos estaban en pérdidas.

Aprendió español en la escuela Berlitz, con unas dos horas de clase por día, lo que le permitió participar en las negociaciones. Le presentaron a uno de los hombres más ricos del país: Paco Capózzolo, propietario de varias de las estancias de Bovril. Se hicieron muy amigos y él los invitó a pasar una temporada en sus estancias. 

El primero en entusiasmarse por las tierras de la región de Corrientes fue su marido Édouard. Todos los años pasaba allí una parte de sus vacaciones. La extensión del territorio le recordaba a su Rusia natal. Era el edén que lo llevaba a su lugar de origen y en el que, junto a su mujer, creó una escuela donde trabajaban tres maestros y recibían clases entre doce y treinta alumnos. Inspirado tal vez en Tolstói, quien había creado una escuela en su propiedad familiar para educar a los hijos de los campesinos.

Édouard permanecía en la estancia dos o tres meses al año. Durante las noches trabajaba en traducciones mientras Gilberte recorría el mundo con sus negocios. En tanto ella realizaba transacciones en Europa o Nueva York, Édouard soñaba con adquirir una centena de hectáreas. Pero Gilberte argumentó que una estancia dividida era una inversión que no valía la pena. Todo cambió en 1992 cuando Argentina, en plena crisis económica, cambió el peso por el dólar. Paco Capózzolo, quien había hecho fortuna endeudándose por nada gracias a la hiperinflación, quebró. 

–Para reintegrar sus deudas, mi amigo Paco tuvo que ceder la mayor parte de su patrimonio –explica Gilberte. Las estancias que él había comprado a Bovril no estaban aún saldadas.

Para convencer a sir James Goldsmith de conservar y desarrollar las estancias de Corrientes, Gilberte invitó al trader a pasar allí una temporada. Él se desplazaba en un Boeing 727 decorado por el diseñador francés Robert Couturier, equipado con dormitorio y baño completo. Una docena de personas próximas a él y su cuarta mujer, de 17 años, lo acompañaban.

Pero en medio del viaje hacia la estancia, Jimmy, inquieto porque el piloto daba vueltas en el aire sin dar con el dominio, se golpeó la cabeza contra el techo del avión y, sangrando, comenzó a insultarlo como una forma de gritar socorro. Entonces, el avión dio media vuelta y el trader le pidió a Gilberte que se reuniera con él en Buenos Aires. La cita fue en el Hotel Plaza. Allí le anunció que invertir en aquel dominio no le interesaba, y le aseguró que esas tierras no valían nada. De todas formas, Gilberte, en 1987, le compró las tierras por muy poco dinero prestado por amigos. Y le comunicó a su marido que ella le ofrecía no las cien hectáreas de sus sueños, sino la estancia entera. 

–A Édouard le costó un tiempo entender que esas hectáreas eran nuestras. Pero desde entonces, pasó más de seis meses por año allí y tuvo un final de vida feliz, en la calma de esos grandes espacios que yo visitaba cuando podía.

En aquella época, Gilberte se lanzó a una de sus más excéntricas aventuras: el holding financiero Générale Occidentale –que llegó a ser el tercer grupo agroalimentario europeo–, creado por James Goldsmith, puso su mira en las reservas petroleras de Guatemala a través de una de sus sucursales, Basic. Pero aquel petróleo, de una calidad pesada, era demasiado caro para exportarlo. Jimmy dejó de creer en aquel negocio y sus caminos se separaron. El británico decidió liquidar sus bienes en Europa para instalarse en Estados Unidos, mientras que Gilberte mantuvo su fe en el petróleo. “¿Usted realmente piensa que se va a convertir en petrolera?”, la provocó Jimmy. Pero fiel a su carácter, Gilberte se lanzó a la aventura y creó su propio equipo. 

–Mi modo de trabajar es sencillo: explico, me tomo el tiempo. Las cosas deben ser hechas con fe, con alegría. Escuchar, convencer, ver cuando el otro no está de acuerdo. Todos los hombres llevan consigo una fuerza que hay que despertar, no por filantropía. Cuando la gente se siente bien, da lo máximo de sí.

–¿Y si esto no sucede? 

–Es porque la persona no tenía su lugar en el proyecto.

 En ese caso se muestra intratable: se la saca de encima, como quien se sacude una pelusa de los hombros.

Para explotar las reservas petroleras de Guatemala, logró reunir fondos, afrontó a autoridades como el temible expresidente y militar Fernando Romeo Lucas García, sobrellevó las amenazas de muerte y negoció con la guerrilla: “La guerrilla me recibió muy cortésmente y sin armas”, escribió. Pronto, los veinte pozos de petróleo Basic producirían 25 mil barriles por día, la mitad del consumo de Guatemala. Construyó un oleoducto y una pequeña refinería, cuyos residuos fueron transformados en asfalto, y el asfalto en ruta: Basic construyó 500 kilómetros en cinco años. El pueblo de tres mil habitantes donde estaba la refinería pasó a ser una ciudad de más de 60 mil. Después de 18 años de explotación, Gilberte Beaux vendió su parte a la minera canadiense Noranda y obtuvo una suculenta plusvalía para ella, los accionistas y su equipo.

–Me gustan las operaciones en las que cada uno tiene su parte –dice, con esa sinceridad mordaz de una mujer de negocios.

 

 

En 1993, Bernard Tapie, exempresario, exministro de François Mitterrand y expropietario del club de fútbol Olympique de Marsella, solicitó la colaboración de Gilberte Beaux y la hizo su consejera. Ella tenía 60 años. Tapie creció en un barrio humilde de París, fue cantante, piloto de carreras y vendedor antes de consolidarse como millonario, hasta descender al infierno en el que se encuentra hoy: enfermo, con un cáncer galopante y en bancarrota.

A la encarnación del self-made man, exitoso tanto en los negocios como en el deporte, Gilberte lo encuentra carismático y, al tiempo, vulgar, brutal y conmovedor. Entonces Tapie acababa de adquirir el 80% de la empresa Adidas, un negocio redondo una vez deslocalizada su producción en Asia. Pero, absorbido por su carrera política, dejó que Gilberte se encargara de poner en pie la empresa. Ella aceptó, a pesar de que Jimmy la persuadió de no hacerlo, horrorizado por el perfil lujurioso de Tapie. Espantado, justo él, a quien llamaban “billonario loco” o “pachá” antes de ser consagrado lord. Pero los problemas de Tapie comenzaron cuando, para ocupar el puesto de ministro y evitar un conflicto de intereses, le propusieron deshacerse de sus acciones. El arbitraje quedó en manos del Crédit Lyonnais, un banco semipúblico al que luego él acusó de haberle ocultado las plusvalías que había generado la venta. Se inició así una batalla judicial que lo dejó en la ruina y se convirtió en uno de los mayores escándalos político-económicos en la historia reciente de Francia. Pero en 1994, antes de la debacle, Gilberte ya había vendido su 8% de participación en Adidas y había ganado una plusvalía de 20 millones de francos: el equivalente de tres millones de euros actuales.

 

 

 

Poco tiempo después del episodio con Tapie, y de la muerte de su marido en 1995, Gilberte comenzó a venir regularmente a Argentina. Hoy, todo el dinero ganado en el dominio lo reinvierte en él. “Si la población aumenta, el ganado permanecerá rentable”, concluye. En la estancia trabajan setenta empleados, entre los cuales se encuentran unos veinte gauchos que viven allí con sus familias. 

–Extraño a mi marido, que reconstruyó todo conmigo. Aun así, cuando pienso en mi hija, en su familia, y veo a mis dos nietos montar a caballo, sé que el relevo está asegurado. Nuestra hija nos dio solo alegrías desde su nacimiento.

Nathalie desglosa la relación compleja que existe entre la vida doméstica y el mundo del trabajo, y trae de vuelta en su memoria a sus padres, su existencia de seres separados pero, a la vez, con la convicción de haberse amado.

–Ambos tenían un carácter fuerte. Pero mi padre siempre estuvo muy orgulloso de mamá y ambos se apoyaron mutuamente: él la acompañaba cada vez que podía y ella siempre estaba dispuesta a discutir sus traducciones de obras literarias del ruso al francés. También compartían mucho los fines de semana, les gustaba cocinar juntos o ir a descubrir un museo o una sala de ventas. O caminar por el bosque.

Gilberte reconoce que junto a su marido y su hija formaba un trío de solteros felices de vivir juntos.

–Cada uno tenía su propio carácter, y también éramos muy independientes. Cada uno se esforzaba por no invadir la libertad del otro pero, al mismo tiempo, los tres éramos muy felices. Mi marido no se ocupaba de las cosas materiales, pero cuidaba a nuestra hija y la amaba, si bien tenían una relación difícil. Él mismo había sido criado de una manera bastante dura y quería imponerle cosas a su hija. Así que, cuando había problemas, yo estaba allí para tratar de resolverlos

 Desde pequeña, Nathalie quiso ser egiptóloga, igual que su esposo, Nicolas Grimal, también destacado antropólogo e historiador. Nathalie se fascinó con la vida de Moisés, y escribió un libro, Moïse d’Égypte. 

–Moisés vivió en Egipto como un príncipe. Y lo rechazó todo para seguir lo que Dios le pidió que hiciera. Es su fe, su inmensa humildad, su resolución a pesar de todas las dificultades, lo que me impresiona e inspira. También esta pertenencia a Egipto, país al que tanto amo, y la facultad y necesidad de desprenderse de él para seguir su destino con su pueblo. Una elección que no es obvia. Y luego, el amor al desierto del Sinaí y la experiencia en el monte de Dios, donde se siente su presencia. Todo lo que Moisés nos ha transmitido y que ya es una prefiguración de Cristo. Él constituye nuestras raíces y anuncia y urge ya (en la zarza ardiente) la venida de Cristo.

A través del correo electrónico, este fervor místico de Nathalie por Moisés sorprende. Aunque no es muy distinto del que transmite al hablar de su madre. Hay abundantes referencias de ese entrecruzamiento de la saga bíblica y la epopeya de una joven despojada de todo que logra trepar a la cima del poder económico. Ambas épicas abrevan en una misma certeza: Dios y madre hay uno solo. Pero el corazón también se inflama al hablar de su padre.

–Tuve unos padres que me dejaron muy libre en la gestión de mi tiempo y en los estudios. La confianza era absoluta por ambas partes. Y el deseo y la alegría de acompañarme también. Así lo hacía mi padre, que a menudo me traía libros descubiertos al azar en una librería y que pensaba que podían interesarme. También me acompañó en un viaje a Dublín, donde debía estudiar un manuscrito, o cuando trabajaba en el templo de Karnak en Egipto. Él estaba feliz de conocer este mundo conmigo. Se sentaba y tomaba el té con los trabajadores mientras yo terminaba mis dibujos. Luego nos encontrábamos de nuevo.

Lo recuerda como un gran contador de relatos. También rememora los viajes realizados con su madre, como cuando recorrieron Jordania y compartieron hotel “con unos insectos horrendos”, o en Grecia, atravesando una “tormenta de nieve en una isla”.

La vida se presentaba luminosa hasta el día en que un accidente la despojó de lo que creía seguro. De pronto, ya no podía caminar y la percepción del mundo fue, sin duda, un dolor muy intenso. Tenía quince años cuando, durante el verano, un caballo se resbaló sobre un terreno fangoso y la aplastó en su caída. Resultado: las dos caderas rotas y semanas sin poder moverse de la cama. Recuerda que entonces pesaba treinta kilos, y “mi madre me tomaba en sus brazos para bañarme”. Su padre, en cambio, “estuvo mucho menos presente. Sí estuvieron mi madrina y los amigos de mi madre. Luego de mi estadía en el hospital volví a casa y mi padre no estaba. Se había ido a España y, desde allí, me escribía cartas que eran como una ventana abierta al mundo. No estábamos jamás en la posesión uno del otro, sino en el placer del otro. Durante un año caminé con un bastón”, cuenta desde Barcelona, donde pasa unos días de vacaciones.

–Esta dura prueba siempre quedará grabada en mi corazón –admite Gilberte.

El accidente de Nathalie es un fantasma, una sombra doliente. Entonces, como una alpinista que deja de tener los ojos fijos en la próxima cima y decide iniciar el descenso, madame Beaux da cuenta de una certeza tan real como una roca: “El mundo, aunque no lo crea, es mucho más duro que los negocios”. 

ACERCA DEL AUTOR


Renée Kantor

Radicada en Francia, trabaja como periodista independiente. Ha escrito para las revistas Etiqueta Negra y Página 1/2

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