Underland

60 millones de personas viven bajo tierra hoy en día. Las cuevas que nos han dado abrigo durante eras siguen siendo hogares por herencia cultural, alternativa ecológica, o como puerta de acceso a tesoros minerales. Una fotógrafa viaja de país en país documentando esas formas de habitar el subsuelo.

POR Tamara Merino

Imagen niño en el campo

Fotografías de Tamara Merino

Bastó una llanta pinchada para fijarnos en lo que a simple vista, mientras conducíamos, era imperceptible. Estábamos recorriendo la única carretera que atraviesa como un brochazo de pintura gris el desierto Simpson –el cuarto más grande de Australia–, cuando una de las ruedas de nuestra cámper modelo 85 pasó a mejor vida. Solo éramos nosotros dos, una cámper averiada y la anaranjada arena australiana rodeándolo todo en ese paisaje árido que parecía devorarnos. Aunque en el horizonte no se advertía ninguna casa subterránea, caminamos a través del desierto buscando quién nos pudiera ayudar. Y así, mientras deambulábamos perdidos bajo un sol tremendo, descubrimos lo que parecía un pueblo fantasma, pero era, en realidad, un poblado entero bajo tierra.

Lo primero que encontramos fue un montículo, una cruz y una puerta. Al abrir la puerta vimos una alfombra roja que se desplegaba varios metros hacia abajo. Descendimos por ella hasta que nos topamos con una auténtica iglesia ortodoxa subterránea. Estaba vacía pero había unos ocho o nueve cirios encendidos y un Jesús labrado en la piedra. Aunque no había nadie, la iglesia, con sus velas prendidas y su parafernalia ortodoxa, nos hizo pensar que allí, en ese pueblo deshabitado, debía existir una comunidad. Así que estuvimos caminando por el lugar durante tres, cuatro, cinco días, durmiendo dentro de la cámper que nos sofocaba con unos inusuales 30 grados Celsius en plena madrugada. De hecho, era tal el calor que me alcanzaba a salir sangre en las comisuras de los labios. Finalmente, al sexto día conocimos a Gaby, una mujer alemana que lleva más de diez años viviendo en una de las casas subterráneas, también conocidas como dugouts. Como tengo raíces alemanas, pude congeniar con ella, a tal punto que fui huésped de su hogar durante unos días. 

 

Montículos de tierra formados por las máquinas de perforación empleadas para

extraer petróleo en Coober Pedy, Australia.

 

 Servicio dominical en una iglesia ortodoxa subterránea construida en 1993

por la comunidad serbia que vive en los dugouts australianos.

 

La casa de Gaby era parecida a otras: tenía una cocina, varias habitaciones, baños, electricidad, internet y ventanas, además de unos pequeños lucernarios que arrojaban delgados haces, breves dosis de sol en el día, sin llegar a aumentar el calor adentro. De por sí, una de las razones por las cuales los habitantes de Coober Pedy –el nombre que recibe este pueblo, proveniente del término aborigen kupa-piti, que significa “agujero del hombre blanco”– decidieron construir su hogar bajo tierra fue porque adentro la temperatura disminuye a 23 grados Celsius, lo cual es un verdadero alivio en medio del desierto. La otra razón fue el ópalo. El pueblo también es conocido por ser la capital mundial de esta piedra preciosa, una de las más valoradas en el mundo, la cual se extrae a través de la minería. Jürgen, el esposo de Gaby, mientras me acompañaba a recorrer una de las minas, me contaba que en el pueblo hay gente de más de 47 nacionalidades buscando ópalo. Los primeros en llegar fueron inmigrantes europeos que estaban tan acostumbrados a las trincheras durante la guerra que, al arribar al desierto, lo más lógico fue cavar para hacer sus viviendas, y en ese proceso encontraron el ópalo. Aun así, dugouts y minas están separados, pues estas últimas suelen tener unos treinta metros de profundidad, y los primeros solo unos cuantos.

Quedarme por un par de semanas en Coober Pedy, conociendo mineros y pobladores que hicieron sus vidas en las entrañas del desierto, detonó en mí una inquietud por encontrar otras comunidades contemporáneas que también habitaran bajo tierra. Y en esa búsqueda di con una, al sur de España, mucho más antigua y extensa que la que descubrí en Australia. De hecho, es considerada el asentamiento de cuevas más grande de Europa.

 

Goran busca rastros de ópalo, una de las gemas más valiosas del mundo. 

 

 Colgada en la pared de una casa subterránea, una pintura al óleo retrata la vida

en la superficie de Coober Pedy. 

 

Joe Rossetto, un inmigrante italiano, es dueño de un museo bajo tierra. 

 

 Cada tarde Gabriele Gouellain espera, en la cocina de su casa subterránea,

a que su marido regrese de las minas. 

 

Hace más de cinco siglos, mientras el reino nazarí terminaba de construir la Alhambra, los esclavos africanos que allí trabajaban decidieron instalarse en cuevas a las afueras del palacio, pues tenían prohibido vivir en la zona real. Con el tiempo, estas cuevas fueron el hogar de gitanos y de moros que le huían a la onda expansiva del catolicismo. Se dice que en ellas, atrincherados y bailando en medio de la oscuridad, los gitanos inventaron el flamenco. Federico García Lorca, ese gitano universal, también dedicó a las cuevas unos cuantos versos en su “Poema del cante jondo”: “De la cueva salen / largos sollozos. / (Lo cárdeno / sobre el rojo.) / El gitano evoca / países remotos. / (Torres altas y hombres / misteriosos.) / En la voz entrecortada / van sus ojos. / (Lo negro / sobre el rojo.) / Y la cueva encalada / tiembla en el oro. / (Lo blanco / sobre el rojo)”.

Cuando llegué al sur de España, decidí visitar seis pueblos en Andalucía y una ciudad, Guadix, en cuya arquitectura están presentes aquellas cuevas encaladas de las que hablaba García Lorca. Me interesaron en particular unas que están ubicadas en el cerro del Sacromonte, frente a la Alhambra, las cuales obedecen a una estricta jerarquía: hay una parte baja, donde se asentaron legalmente los herederos de los gitanos y demás habitantes que han podido comprar terrenos allí, y una parte alta, en la que habita ilegalmente una comunidad senegalesa que carece de servicios básicos como electricidad o agua potable. Estas divisiones de estratos se complementan con la excentricidad del diseño interior de sus propias cuevas. Recuerdo especialmente la cueva de Tocuato y su familia, construida a la manera de un corredor gigante, totalmente oscura, húmeda y con peluches gigantes colgados de las paredes, tan atractiva como espeluznante.

Lo cierto es que este viaje a Andalucía fue una parada más en un itinerario –suspendido por la pandemia– que incluirá visitar otras comunidades subterráneas –se sabe que más de 60 millones de personas viven actualmente bajo tierra– en Estados Unidos, Túnez y China. Por lo pronto, he pensado que tanto los dugouts de Coober Pedy como las cuevas de Andalucía, a pesar de ser antípodas en varios sentidos, no son algo nuevo ni diferente, pues desde hace miles de años las cavernas son nuestro refugio de los climas severos o los depredadores. Pero, incluso, son más que eso. Cada mañana, cuando me despertaba en la habitación que Gaby me había preparado para pernoctar, veía el cubrelecho lleno de polvo. Era la roca del techo, que muy levemente se desmoronaba. Y en ese pequeño detalle, en esa ligera capa de polvo que cubría mi cama, sentía la vida propia que tienen estas casas, la presencia de algo que se integra de forma orgánica; como si fueran animales de piedra que están en constante cambio, que palpitan con sus secretos movimientos. O, mejor, como si fueran un útero que me resguardaba. Salir era ser dada a luz. A la intemperie de la luz.

 

Las luces brillan dentro de la cueva donde los bailarines de flamenco actúan todas las noches. Hubo un baile similar, tradición de las bodas gitanas, que fue prohibido en el siglo XVI. 

 

Las cuevas horadan las colinas de Guadix, una ciudad del sur de España que alberga alrededor de dos mil cuevas habitadas como hogares durante generaciones. 

 

Piedad Mezco y Antonio Ortiz nacieron y han vivido toda su vida en las cuevas de Guadix.  

 

Guadix es considerada la capital europea de las cuevas. Sus casas subterráneas –la mayoría habitables– están distribuidas en un área de 200 hectáreas. En total vienen siendo unos 4.500 ciudadanos. Manuel González y Encarna Sánchez son dos de ellos.

ACERCA DEL AUTOR


Tamara Merino

Fotógrafa documental independiente y narradora visual. Su trabajo ha sido publicado en medios como National Geographic, The New York Times y The Washington Post, entre otros.

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