Ménage à trois

 “Un ménage à trois es la realización del acto sexual en el que participan tres personas, un trío, pudiendo ser cualquier combinación de las que sean posibles: una pareja casada con un amante de alguno de los miembros de la pareja; tres personas que acuerdan tener esa experiencia, etcétera. Esto es pues, el sexo grupal que involucra a sólo tres participantes, por lo que normalmente no se considera una orgía...”

POR Sandro Romero Rey

© Stephane Cardinale

 

Han pasado muchos años, ya sé que demasiados, pero la muerte no ha golpeado todavía a mi puerta. Así que tengo el derecho de escaparme de mi patria rodeada de bandidos para irme a gozar, por primera vez, con los Policías. En la Feria del Libro de Guadalajara condecoraban a Álvaro Mutis, y Gabriel García Márquez confirmaba que el autor de Maqroll el Gaviero era el mejor de los amigos posibles. Yo, mientras tanto, respiraba a cuentagotas para poder ver por fin en vivo a Sting, Stewart Copeland y Andy Summers sin morirme del arrepentimiento. Un amigo en Bogotá se despidió de mí diciéndome: eso ya es el colmo del anacronismo. Una alumna me llamó aparte para preguntarme, en un susurro: ¿quién es The Police? Mi prima que vive en México me compró las boletas y me dijo: le compro las boletas, pero yo voy con usted. Pero, prima. Se jodió, mijito. Y no voy sola. Voy con cinco amigos más. Grrrr. Gruñí y refunfuñé, pero la suerte ya estaba echada. Hice de tripas corazón y, antes de sumergirme en la maratón literaria de Guadalajara-en-un-llano, me sumergí en el México-en-una-laguna del Foro Sol, donde acuatizarían los Policías. Sí. Quién iba a pensarlo. Pero lo mismo había dicho con los Stones, con Bo Diddley, con Chuck Berry, con Clapton, con Elton, hasta con Yehudi Menuhin. La ventaja que tienen los músicos es que no se mueren sino después de que uno los ve. Bueno, los que no se murieron en la época en la que morirse era fácil. Evité las explicaciones y aguanté la respiración en la región más transparente del aire.

Y no más preámbulos.

Hasta que el reloj dijo nueve y cuarto. Las luces se apagaron, sonaron acordes de Bob Marley en el aire (“Get Up, Stand Up”), como rindiéndole homenaje al papá de todo este asunto, se encendió una luz discreta en el escenario y los señores Sting, Andy Summers y Stewart Copeland nos recordaron sin afanes a qué habíamos venido a este mundo. El sonido era discreto, sin mayores artificios, encajonado en una mezcla de malos humos primitivos. Qué solos se veían los tres polices en la inmensidad del Foro Sol, ante la inminencia de los cincuenta mil espectadores que íbamos a ver su resurrección. A mi lado, uno de los amigos de mi prima se sabía todas las canciones, verso a verso. Era mucho menor que yo, pero insistía en gritar “¡quién iba a pensar que iba a ver a The Police en vivo!” y yo gritaba lo mismo. Sting de manga corta, Summers con su guitarra roja, Stewart Copeland de gafas, muy parecido a Robert Redford, como si fuese el papá del Stewart Copeland de hace veinticinco años. Sí. Quién iba a pensarlo. En pleno 2007, se ponen de moda los viejos tríos. El ménage à trois de la nostalgia. El mismo 24 de noviembre, a miles de kilómetros de distancia, en el Parque Simón Bolívar de Bogotá, Soda Stereo confirmaba su resurrección de eternos inmortales latinoamericanos. Yo no estaba allí, pero no sufría, porque a Soda lo había visto muchas veces, aunque me hubiera gustado volver a ver a Cerati y su pandilla, Samalea me había prometido boletos al backstage para que saludara a su cómplice, pero yo estaba lejos, testigo por primera vez de los primeros padres de Soda, los inmarcesibles Policías del reggae y de la new wave de finales de los setenta. Un trío saca otro trío.

Cuando saltaron a escena los dos ingleses y el norteamericano, pensé en escribir un cuento en el que dos enamorados, uno en el df y otro en Bogotá, uno en el concierto de The Police y otro en el de Soda, se dedicaban canciones a través del teléfono celular. Una bonita historia de amor con muchos fondos musicales. Pero no había forma de teclear en aquel momento. Como en las violaciones, había que relajarse y gozar. No quedaba más remedio. Sin ningún saludo, The Police comenzó con “Message in a Bottle”:

Just a castaway
An island lost at sea...

... el clásico de Regatta de Blanc y, por supuesto, un viaje en la máquina del tiempo, viejos recuerdos del rock de nuestra adolescencia, cuando Londres quedaba lejos, muy lejos, la televisión aún tenía sus últimos destellos en blanco y negro y todos pensábamos que la juventud era un territorio que no se iba a acabar nunca.

 I’ll send an S.O.S. to the world
I’ll send an S.O.S. to the world
I hope that someone gets my
I hope that someone gets my
I hope that someone gets my
Message in a bottle
Message in a bottle...

... cuál era el mensaje ahora escondido en la botella, quién iba a saberlo, las letras de las canciones son ahora ritmos para acompañar las melodías de la memoria, yo estaba un tanto indignado con la amplificación del sonido y no pude emocionarme como Dios manda con la primera canción. El tema sonó en seco, sin pantallas de video, como si fuera The Police en el Londres intransigente de finales de los setenta. Cuando terminaron y el aplauso cerrado sonó más a saludo que a complacencia, me preocupé al tan sólo sospechar que mi capacidad de asombro otra vez se hubiese cerrado. “Dioses”, pensé. “¿Y si de pronto ya nunca más volviese a ser el mismo? ¿Y si de repente no fuese feliz en el concierto de The Police, sino que estuviese condenado a que la vida fuese un eterno dolor de muelas?”. Las sospechas crecieron cuando se lanzaron al segundo tema y se encendieron las cuatro pantallas de video. Nada más ni nada menos que con “Synchronicity II” y, horror de horrores, el video no estaba sincronizado con el sonido. Imperdonable para una megabanda de rock, en pleno 2007, cuando uno ya ha visto la perfección en otras tierras menos sofisticadas. “Synchronicity” desincronizada, sin lip sync. Así, el asunto era a otro precio y, por supuesto, si había un distanciamiento entre la imagen y el sonido, había también un abismo entre el cuerpo y el alma. Nada que ver. Pero cerré el pico. Me tragué mis sutilezas para mis adentros y vinimos a otra cosa, mariposa. “Syncronicity II” es un tema larguísimo, lleno de arabescos sonoros, epopeya de tres impecables intérpretes, de un bajista que aúlla en sus agudísimas descargas vocales, de una guitarra sin complejos, concentradísimo Summers, verano de la Fender Telecaster, contundentes azotes de Mr. Copeland, también conocido como Klark Kent (sic) en otras latitudes, Supermán de los cueros y los platillos.

Al terminar “Synchronicity II” respiré profundo y me di cuenta de que el dolor de muelas había desaparecido. “No lo invoquemos”, pensé. “Y menos cuando acaba de asomar la luna entre la lluvia”. Sí. Vino “Walking on the Moon”, de nuevo los aromas locos de 1980.

Some may say
I’m wishing my days away

 © Cortesía Sandro Romero Rey

 

Otra vez, quién iba a pensarlo, nadie puede imaginar lo que el destino nos depara, 27 años después, cuando el pelo se ha caído y nos hemos dejado seducir por los huecos fatales del pánico. Pero qué le vamos a hacer. He decidido no avergonzarme nunca más de la tristeza, porque de ella está hecho el territorio sagrado de los que quedamos vivos. Sólo tres temas, santo dios, y ya estamos tan lejos de casa. El tema número cuatro fueron dos temas, en realidad: “Voices Inside My Head” y la incisiva “When the World Is Running Down, You Make the Best of What’s Still Around”, es decir, la flor y nata de Zenyatta Mondatta de 1981, quizás el álbum que disparó la masiva popularidad de The Police, cuando comenzaba la odiada década y se inventaban mtv. Cómo pasaba el tiempo cuando el tiempo no había pasado. En este momento, yo ya estaba acostumbrado a las desincronizaciones y me había dedicado a pensar y gozar, como se hace en los conciertos de la máquina del tiempo. A lo que vinimos. Acto seguido, señoras y señores, “Don’t Stand so Close to Me”, con sus coqueteítos perversos:

Young teacher, the subject
of schoolgirl fantasy
She wants him so badly
Knows what she wants to be...

Bueno, y me reí para mis adentros, me reí acordándome del video de aquella canción ahora tan lejano, de los tres hermosos rubios bailoteando en un salón de clases, creo, gritando this girl is half his age..., cuando, señores policías, esos críos tenían casi la misma edad de las pequeñuelas a las que les cantaban. Ahora sí que el asunto se hubiera complicado con Sting, el hombre más hermoso del mundo, bordeando los sesenta años. Después vino, creo, aunque la memoria suele no fallar, “Driven to Tears”, del mismo álbum, como para que la revisión sonara exhaustiva y se completase con el broche de oro de un solo majestuoso de Andy Summers, sólo él sabe hacer sus solos. Aplausos cerrados, disponibilidad abierta. “Hole in My Life”, del legendario Outlandos d’Amour del lejanísimo 1978. Y, para completar el recuerdo, siguieron con “Truth Hits Everybody”, que nos enseñó sin contemplaciones de dónde vienen los primeros pasos de los tres impecables y gigantescos caballeros. “Tres idiotas que dicen do do do y cincuenta mil imbéciles les responden da da da, algo deben de tener”, me susurra mi vecino de concierto y yo le sonrío, aprobando el comentario. Por supuesto que algo tienen. Nadie viaja desde la peligrosísima Colombia, escapando del horror, sólo para llorar durante dos horas con las herméticas canciones de los tres idiotas, que de idiotas no les queda ni la i. Y no nos perdamos. Siguieron con el primer tema de la noche consagrado al álbum Ghost in the Machine: la feliz “Every Little Thing She Does Is Magic” que todos bailamos en una sola pata, fantasmas en la barcarola del hashish. Pero no duró mucho la dicha, porque me atacaron por la espalda, los malditos. Se me había olvidado que si algo adoraba yo de The Police era la divina “Wrapped Around Your Finger”. Y con “Wrapped Around Your Finger” siguieron, los muy miserables, sin vaselina ni escafandra.

You consider me the young apprentice
Caught between the Scylla and Charibdes
Hypnotized by you if I should linger
Staring at the ring around your finger.

Stewart Copeland se puso de pie y alternó con sus gruesos palos para el bombo, con un xilófono discreto y sublime. Yo no pude llorar, porque se me agotaron los lagrimales oyendo noticias de Colombia. Pero era feliz, qué vergüenza. Lo único que lamenté fue no haber visto a The Police en la década del ochenta, cuando hicieron el célebre video de las velas infinitas, con Sting bailando en cámara lenta, sin que nunca se saliese del sincro. Ah, viejas alegrías de años huidos.

Creo que ya podía darme por bien servido, pero esto apenas iba por la mitad. Y la segunda parte se inauguró con la ya citada “De Do Do Do De Da Da Da”, que no tiene pierde, pero que a mí no me traía muy buenos recuerdos, aunque les suena perfecta, quién dice que no, ellos son los mejores en estos asuntos. Acto seguido, los caballeros de la felicidad atacaron con su “Invisible Sun”, impecable. Y, sin contemplaciones, con sonidos primitivos y felices, se lanzaron a la sencilla genialidad de “Walking In Your Footsteps”, que corrigió como por encanto el problema de la sincronización y, por un momento, se me olvidó que estaba en el df y llegué a estar convencido de que estaba en el cielo. “Can’t Stand Losing You” fue el tema siguiente, y ya nos preparábamos para los asaltos finales, sin siquiera arrepentirnos. Éramos un público totalmente capturado por los Policías del rock.

Una señora indígena, con su marido, delante de mí, lanzó un grito y comenzó a bailar como una histérica, cuando The Police interpretó “Roxanne”. La señora no cabía dentro de su cuerpo, se sabía la letra palabra por palabra, y se inventó una batería en el hombro sin emociones de su esposo. ¿De qué se acordaba la señora indígena? Vaya uno a saberlo, viejas noches de pasión secreta, idilios sin nombre, trabajos con fondo musical. “Roxanne” es “Roxanne” y sonó salvaje, concluyente, obra maestra. Sin pedir permiso, Sting siguió saludando en su español inventado y se fueron al fondo de la piscina con “King of Pain”, que pensé era un tema que me habían dedicado: It’s my destiny to be the king of pain, una especie de versión sublime de “sufrir me tocó a mí en esta vida” que me cayó como anillo al dedo, wrapped around my finger. El rey del dolor. Por supuesto que el final estaba próximo, pero no hay final de un concierto de The Police sin “So Lonely”, que allí estuvo y, ánimas benditas, “Every Breath You Take”, que es el sueño de todos los que estamos enamorados de Sting, de Summers y de Copeland. Allí el ángel de la perfección tomo su turno y nos indicó que ya era tiempo de volver a casa.

Pero uno guarda una secreta esperanza. Y Andy Summers la atrapó al vuelo. El bajista y el baterista abandonaron el escenario, pero el guitarrista se quedó en la mitad, con su instrumento amarrado al cuello, como si le hubieran cerrado la puerta y no lo dejaran salir. Atravesado, Summers se rasgó las vestiduras y nos escupió el riff inicial de “Next to You”, el primer tema del primer álbum de la banda. Lo primero será lo último. Y la canción, punketa, agresiva, mórbida, traviesa, cerró con broche de oro las dos horas intensas del regreso de The Police a nuestras almas, ahora de cuerpo presente, Sting frente a mí, Andy Summers frente a los cincuenta mil mexicanos, Stewart Copeland frente a Sting, frente a Summers, el orgasmo del ménage à trois, la dicha de la Santísima Trinidad del rock diciéndole adiós a la vida, porque mañana seguirá Monterrey y después la muerte.

Después, la realidad, las luces de neón, las aglomeraciones, las camisetas negras, México rodeado de luces fosforescentes y destellos de colores. Mañana las noticias, el imperio de la muerte, el rigor de las palabras, las polémicas rotas. ¿Quién iba a pensar que un manojo de canciones podían dar­le respiración boca a boca a un oyente que ya no cree en nada? El rock ha muerto, los setenta han muerto, los ochenta por supuesto, las modas se acaban, sólo resta la necesidad urgente de hablar del cataclismo, del horror de la vida cotidiana. Por supuesto que me hundo, sumiso, en el cataclismo. No me queda más remedio. Pero cuando alguien aplaude, cuando alguien bosteza o me olvido de que pronto avanzará la noche, tarareo para mis adentros una canción contundente de The Police y siento que valió la pena llevarle la contraria al mundo, así fuera en silencio, un ratico, para que el espíritu no termine de descuadernarse.

ACERCA DEL AUTOR


Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó El miedo a la oscuridad.

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