Novela sin fondo

Fondoblanco de Alejandro Arciniegas Alzate

POR Luis Fernando Afanador

© Icono Editorial

 

Al final de esta “novela” el protagonista conduce ebrio a 250 kilómetros por hora. Todo parece indicar que se va a morir. Debo reconocer que sentí un gran alivio, no por su muerte, que me era indiferente, sino porque había llegado a su fin una lectura agobiante.

Aunque le tuve infinita paciencia, aunque hasta la última frase esperé un giro, un cambio cualitativo, una frase memorable o divertida, algo que justificara el premio editorial que había obtenido1, ese momento nunca llegó. Y lo digo con cierto pesar: a nadie le gusta leer una obra malograda, ni siquiera a los críticos, así haya gente que crea semejante insensatez.
 
Escribí “novela” entre comillas, luego es pertinente empezar a desovillar el enredo por ahí. Fondoblanco, pese a que la contracarátula lo resalte en amarillo y rojo encendidos –los colores de alerta en materia de tránsito– no es una novela. Pienso que ya va siendo hora de levantar la voz para decir a los cuatro vientos que si bien el género novela es impuro y no tiene reglas fijas, como lo demostró el maestro Mijaíl Bajtín, no cualquier texto llega a serlo por la mera decisión de un autor y un editor. La historia de la novela, que empezó en algún lugar cierto de Castilla, es grande y respetable, una tradición incuestionable pese a que los editores modernos hayan decidido prostituirla con el pretexto de que es el único género literario que apetece al público.
 
Sin embargo, el gran público y la novela comercial se encuentran también en un nivel imposible de alcanzar para Fondoblanco: carece de trama, de estructura, de tensión narrativa, de personajes definidos. Los bestsellers, hay que reconocerlo, tienen a veces más méritos que ciertas obras disfrazadas de experimentales. ¿De qué trata entonces Fondoblanco, cuál es su asunto? No es fácil enunciarlo, no cabe en una frase. Sin embargo, para salir un poco de estas arenas movedizas, digamos que son las asociaciones libres de un consumidor de bazuco y, eventualmente, de sus amigos y un narrador en tercera y en segunda persona. “Mientras caminaba por la carrera Séptima, con esa sensación de ser una ficha de parqués que alguien empuja a primeros golpes de unos dados arbitrarios, y los peatones están puestos ahí para ser los instrumentos diabólicos de mi marcha (¿qué horas son?, ¿dónde está el Norte?)... caminé tres horas, unas cien cuadras. Es increíble el paso veloz que uno alcanza especialmente cuando no se dirige a ninguna parte”. Como puede observarse, está mal redactada, mal escrita. Siendo abogados del diablo, podríamos decir que se trata de algo deliberado, de una intención de recrear el lenguaje de un drogadicto, a la luz del cual hay que perdonar los errores de construcción: “Imagínese usted ser, por ejemplo, Brad Pitt”.
 
¿Los “basuqeros” tienen problemas de sintaxis? Como me dijo alguna vez un amigo marihuanero: “Depende de la traba, no es igual la traba de un carnicero que la de un músico”. Parafraseando a mi amigo: depende del bazuquero. Y un bazuquero que cita a Brad Pitt, que todo el tiempo menciona libros, películas, cuadros famosos, que es bilingüe, debería hablar mejor. Y, valga la aclaración, no lo digo como un defensor del idioma sino como un defensor de la novela: el personaje debe hablar de acuerdo con su condición social, debe ser coherente. Por supuesto que la voz del personaje es una invención, un simulacro: los novelistas no usan grabadora. Los campesinos de Jalisco no hablan como en las novelas de Juan Rulfo, pero gracias a su eficaz trabajo de estilización se vuelve verosímil, el lector se lo cree. Por eso Borges dijo alguna vez que dar con la voz es dar con el personaje. Y la incorrecta voz de Chaz, el protagonista de Fondoblanco,no solo no convence sino que nos da las pistas para descubrir las imposturas de esta narración.
 
Recapitulemos. Chaz habla mal pero es un intelectual que cree estar escribiendo una anti-novela, una obra de vanguardia; Chaz desprecia la trama, quiere hacer un relato desordenado que se sostenga a punta de reflexiones pero apenas es capaz de elaborar aforismos que harían enrojecer de vergüenza a los habitantes de El Cartucho: “¿Qué es lo que tiene el agua de especial para que nos bañemos todos los días?”. Este Heráclito inconstante pasa de la jerga de la calle, de la ramplonería machista, al existencialismo cursi, que aquí tiene carta de ciudadanía: “Un pensamiento: ¿Por qué no cae arsénico del grifo?”.
 
El eclecticismo no es un privilegio exclusivo de los personajes. La narración compite fuertemente para superarlo. Fondoblanco empieza con un ensayo sobre el bazuco que parece escrito por un psicólogo de una entidad oficial; continúa con monólogos salpicados de tercera persona para, oh sorpresa, desembocar en un guión cinematográfico –muy sintomática esa tardía llamada al orden– y después, el eterno retorno de lo mismo con Mariana, un personaje femenino invitado. ¿Enciclopedia de estilos a la manera del viejo Ulises de James Joy­ce? No me parece; yo creo que más que un propósito deliberado o una intención estética, es un indicio de la falta de pericia –y de propósito– en el manejo del material narrativo que refleja algo todavía más grave: una confusión ideológica que desdibuja el sentido de la obra.
 
Fondoblanco quiere mostrar el mundo alrededor de los consumidores de bazuco. La tesis es que éstos son algo así como los parias de la droga, los que tienen menos glamour social, intelectual y artístico. Quien cae en las redes de la base de coca queda desahuciado socialmente y, a diferencia de la cocaína, de la marihuana y otras drogas prestigiosas, adolece de un corpus de escritores, pintores y músicos que le hayan dado una expresión, un imaginario estético. ¿Pretende Alejandro Arciniegas Alzate convertirse en el precursor de la novela del bazuco? Al comienzo hay un piadoso llamado de atención para que nos compadezcamos del ostracismo de los bazuqueros; al final, hay un cierto tufillo de apología sutil de esta droga y a partir de ahí, una crítica al establecimiento, al mundo burgués de hombres de corbata y mujeres perfumadas. Una postura muy simplista y de adolescente rebelde que no pretendo discutir porque no es artísticamente relevante y porque no me interesa la literatura de nicho. ¿Existe la novela del bazuco? Me imagino desde ya las tesis y los seminarios en las facultades de literatura. En fin, la conclusión obligada es: para eso no es necesario escribir una novela; con un artículo o una crónica periodística hubiera sido suficiente. Claro que, en este último caso, quedaría en evidencia algo que sospechamos todo el tiempo: que el autor mira los toros desde la barrera, que no se ha sumergido a fondo en aquel vicio, que no lo padece, no lo siente, no lo desgarra. Apenas tiene una buena información. Su filiación es intelectual y su propósito es el de epatarnos. “Épate le bourgeois”, qué decadente y decimonónico hacer eso. Definitivamente, le falta la fuerza y la desesperación y el horror que tienen las buenas novelas sobre las drogas. Con esa sola verdad hubiera tenido un interesante valor testimonial que compensaría sus enormes debilidades formales. Habría tenido por lo menos la piedad del lector. “Y pienso Chaz, ¡qué mal estás!”.
 
¿Qué dice la novela que no se pueda decir de otra manera? ¿Cuál es su especificidad? Esta pregunta de Kundera sigue siendo pertinente. Así suene anacrónico y ridículo en la época de la lista de los libros más vendidos, hay que insistir en ese debate. Demasiadas novelas históricas, novelas de tesis, novelas de entretenimiento y de no ficción; pocas novelas que sean solamente novelas, a secas, sin vergüenzas, sin disfraces y sin rótulos. Como la novela vende –supuestamente: una pésima novela a la larga resulta peor negocio que un buen libro de cuentos o de poesía– se reclutan periodistas, historiadores, poetas, cuentistas, psicólogos, presentadores de televisión, ex presidentes y en general cualquier poseedor de una mínima fama para hacer parte del nada exclusivo club de los novelistas. Que una editorial con criterio eminentemente comercial fomente el equívoco, vaya y venga, es lo predecible, pero que una editorial considerada independiente lo haga y además sea premiada por hacerlo es, por decir lo menos, desafortunado. Amerita una discusión. Hasta el fondo: sea blanco o negro.

 

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1. Fondoblanco obtuvo el primer Premio de Estímulo a Editoriales Independientes en la Primera Convocatoria de Literaturas Regionales, organizado por el Ministerio de Cultura y el Cerlalc.

ACERCA DEL AUTOR


Luis Fernando Afanador

Abogado con maestría en literatura.Codirigió el programa Librovia de la Alcaldía Mayor de Bogotá y fue editor de Semana Libros. Poemas suyos han aparecido en diversas antologías y en 1996 fue finalista en el Premio Nacional de Poesia.

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