Adiós, niño malo
Para despedir y homenajear al recién finado Willie Colón, una mujer recuerda la vez en que, lejos de casa, arrojada a latitudes porteñas, supo curar una tusa de los mil demonios con los aguardientes redentores que destilaba el trombón del enfant terrible del Bronx
POR Lina Tono
Foto usada para la cubierta de A Man & His Music: The Player, compilación de la obra de Willie Colón lanzada en 2007 por Fania Records. © Fania records
La letra de “Mi sueño” de Willie Colón –esa lista de peticiones que un borracho sofisticado le hace a quien ama– no guarda mucha relación con el despecho que yo tenía en la primavera de 2007.
Me había ido a vivir a Buenos Aires para estudiar una especialización y una tarde, que parecía solo otra más de polen, migraña, facturitas dulces y alergias, la llamada de mi mejor amiga desde Bogotá sumó un dolor nuevo a todos esos malestares: el de corazón. La voz nasal y brutalmente honesta de L al otro lado del teléfono me notificó que en una transacción sobre la que no había recibido previo aviso, con decisiones y movimientos rápidos, me habían reemplazado por otra mujer después de una larga relación.
Así no más. Sin cierre ni despedida.
Yo, que a los 22 años aún tenía tan buena vista, no lo vi venir.
En 2007 uno de mis hábitos más frecuentes –además de salir de fiesta tres veces por semana y lidiar con la extrañeza de vivir lejos de Bogotá– era descargar música para organizarla y almacenarla en mi iPod blanco; sin lugar a dudas, mi objeto más preciado por esos días. Las canciones que guardaba ahí venían recomendadas, más que todo, por mis amigos de la universidad, un parche cuyos gustos se movían en un amplio espectro: reggae, dub, electrónica francesa, algo de drum & bass, trip hop y uno que otro hit del reguetón que se oía a principios del milenio.
Había una selección cuidadosamente curada de todo aquello en mi iPod. Y también había salsa en cantidades. ¿Por qué? Mi historia con el género cae en el cliché: oí salsa en la radio, en la calle, en los cabezotes de las novelas toda mi vida (y cómo no, si nací y me crié en Colombia). Pero me enamoré primero del jazz latino por los discos que tenía mi papá en la casa y me obsesioné con unos cuantos: los de Mongo Santamaría, Poncho Sánchez, Michel Camilo, Tito Puente y Cal Tjader. Luego entré a la universidad, me puse a leer a Andrés Caicedo y me explotó la cabeza con ¡Que viva la música!
Como supongo que les pasó a tantas otras lectoras adolescentes, encontré en la protagonista del libro un referente sobre cómo escapar, así fuera por momentos, de la aburrición de haber crecido en el norte aséptico y privilegiado de Bogotá. María del Carmen, o La Mona, era un ejemplo de cómo dejarme atravesar por la fuerza de la salsa para untarme de toda la calle y el veneno que siempre me faltó.
Aunque nunca llegué a los extremos a los que La Mona se atrevió, y la calle y el veneno me siguen faltando, sí me convertí en una adolescente que oía salsa con una devoción que rara vez logré profesarle a otra cosa. Si Richie Ray me gritaba: “Lo atara la araché” por entre los audífonos mientras atravesaba la ciudad en bus hacia la universidad, yo le entendía. Todo lo que fuera salsa lo investigaba, lo buscaba obsesivamente y lo guardaba en mi iPod. Por supuesto, también lo bailaba.
En marzo de 2007, la noticia de que me quedé sin novio y de que fui la última en enterarse me cortó el cuerpo en dos mitades: la primera, un amasijo de carne y mocos despojado de cualquier intención de aliviarse, quedó tirada sobre el suelo de la sala en mi apartamento compartido del microcentro. La otra mitad de mí logró sostenerse de pie gracias a una rabia enérgica y vengativa: a mí nadie me va a dañar los únicos diez meses que voy a vivir en Argentina, decía mientras expulsaba espuma blanca por la boca y arrastraba a la fuerza a mi otra mitad derrotada por toda la avenida Santa Fe.
Lo que recorría la calle Marcelo T. de Alvear a diario, aquello que se sumergía en la estación de Tribunales hacia las 5 p.m. para agarrar el subte e ir a estudiar en las noches, era una criatura podrida de despecho que tenía que aprender a sanar por sí misma. Pero a los 22 ese era un trabajo difícil. Con tan poquitos años yo qué iba a saber quién era, ni qué quería. Mucho menos iba a saber qué necesitaba de una relación amorosa. Las únicas labores que se me daban bien eran caminar sin rumbo por Belgrano y Palermo, fumar una marihuana paraguaya inmunda y creer que entendía algo de los libros de Bolaño y Proust que me empecinaba en leer.
Uno que no me quedaba grande era El libro de la salsa. Crónica de la música del Caribe urbano. Mis papás me lo habían regalado en un formato enorme y pesado (que aún reposa sobre la mesa de mi sala veinte años después), pero luego me compré la versión de bolsillo. Ese fue el único libro que empaqué en la maleta cuando viajé a Buenos Aires. Llevármelo al lejano sur era como trastear conmigo un poquito de seguridad. Llegar con algo conocido a donde todo me sería extraño. Era un agarradero para que el vértigo de dejar la casa materna por primera vez no me diera tan duro.
En ese libro, el periodista y escritor venezolano César Miguel Rondón hace una tarea juiciosa: cuenta la historia de cómo nació en Nueva York el fenómeno musical que hoy conocemos como “salsa”, un movimiento cultural antecedido por esa ola de son cubano y ritmos afrocaribeños que alcanzaron la cima del éxito en los años cincuenta con artistas como Benny Moré, Celia Cruz y Arsenio Rodríguez, pero que, en medio de un contexto político y social marcado por la migración, el conflicto entre Estados Unidos y Cuba, y la explosión comercial del rock & roll, terminaron por amalgamarse en las esquinas del Bronx y de Harlem para tomar una nueva forma cargada de resistencia.
La salsa era una expresión del ser latino en Nueva York y eso traía consigo un rastro histórico de dolor, discriminación y marginalidad, pero también un ímpetu nuevo e incontenible por mantener vivo el fuego, la memoria corporal de tierras y ancestros tropicales, y por relatar al mundo la historia de un Caribe atrapado a la fuerza en la sordidez de la Big Apple.
Uno de los grandes, si no el representante más importante de ese movimiento salsoso que explotó sin piedad y arrasó con el mercado latino en la década de los setenta, fue Willie Colón. A Willie, que nació y creció en Nueva York, lo apodaban “El niño malo del Bronx” y él explica por qué en una entrevista que le concedió a Leonardo Padura en 1991. “Para mucha gente sigo siendo ‘el malo’, pero es que en realidad lo fui. En mi barrio, si quería conservar la trompeta que me compró la abuela, tenía que defenderla... Así y todo me la robaron dos veces. Creo que por eso me pasé al trombón: es más grande y más difícil de llevárselo”, cuenta Colón en esa entrevista que Padura incluyó en Los rostros de la salsa, un libro de 1997 que el sello Tusquets publicó en versión ampliada para Colombia en 2019.
Siquiera se quedó con el trombón.
A Willie Colón también le decían “El Malo” porque en sus primeros discos la narrativa que imperaba, desde las letras de sus canciones hasta el estilo de su ropa, era la del malandrismo. Willie, que comenzó su carrera con solo 15 años, aparece en las portadas de sus primeros discos posando de gánster latino, apuntando el trombón como un arma amenazante bajo títulos como “Lo mato”, “Cosa nuestra”, “Crime Pays”, “The Hustler”, “Asalto navideño” o “El juicio”. Si la calle en los barrios latinos de Nueva York era dura, El Malo había aparecido para contárselo al mundo con ráfagas de trombón.
De hecho, cuando el sello Fania sacó al mercado en 2007 su colección de compilados con versiones remasterizadas de grandes clásicos de la salsa, bautizó los discos de Lavoe y de Blades como La voz y El poeta del pueblo, mientras que al de Willie Colón lo llamaron The Player y eligieron una de aquellas fotos suyas de jovencito, disfrazado de matón elegante y con el trombón en el lugar donde iría una escopeta.
En 2007, la música era otra cosa en Argentina. En esa época el fenómeno del reguetón no había explotado tanto en el sur. En ciertas discotecas (boliches, como les dicen allá) ya sonaban temas de Daddy Yankee y Don Omar, pero eran sonidos aún exóticos y escasos para los porteños. Y la salsa ni se diga. No había rastro de ella sino en un bar de “ritmos latinos” al que a veces íbamos con mis amigas colombianas, movidas por la nostalgia. Extrañábamos el trópico y poder mover el cuerpo con algo distinto a “Just Can’t Get Enough” de Depeche Mode, que parecía ser la piedra angular de la noche porteña.
En los boliches de los barrios acomodados se bailaba, más que todo, música ochentera. Pero en la calle y en las villas la reina indiscutible era la cumbia villera, que a veces tomaba letras prestadas de viejos vallenatos colombianos. Con su golpe machacado y sintetizadores estrafalarios, sonaba como lo más latino que podían hacer los argentinos, además de nacer en el Cono Sur. En 2007, en Buenos Aires, el Caribe todavía era un reino lejano.
En medio de ese jodido despecho, la mitad de mí que insistía en gozarse el viaje a como diera lugar tuvo que aferrarse con aún más fuerza al iPod cargado de canciones conocidas. Esa cajita blanca guardaba el corazón que yo tenía en Bogotá. Era el que estaba bueno, al que no le habían clavado una puñalada trapera, el que tenía cerca a la mamá, al papá, al hermano y a los cerros Orientales. En Buenos Aires no había salsa ni montañas que abrazaran a los despechados.
“Yo quiero ser pacificado por el aguardiente de tu amor profundo” no se relaciona por ningún lado con la traición amorosa. “Qué bueno es ser fotografiado más por las retinas de tus ojos lindos”, nada que ver con que me hubieran cambiado por otra. Pero la voz de Willie traduciendo del portugués, a la maldita sea, esas palabras de la versión original (“Disritmia” de Martinho da Vila), y esa línea de bajo tan arrastrada como la mitad moribunda de mi cuerpo, comenzaron a tener una relación muy estrecha con la posibilidad de sentirme mejor.
Con la llegada del invierno empecé a escuchar varias veces al día “Mi sueño”, la canción de Willie Colón que hace parte de Fantasmas, un disco repleto de hits publicado en 1981. En Buenos Aires hacía un frío diferente, que nunca había sentido en Bogotá. Estaba más sola que nunca y necesitaba calor.
“Dale una transfusión de sangre a este corazón, que es tan vagabundo”, ¿de qué me hablas, Willie? ¿Por qué me miras tan espectral, perdido entre el cielo nublado de esa carátula, con tus ojos caídos que parecen más tristes que los míos? Tal vez la línea de esos cuatro o seis violines que le dan un aire sublime a la grabación me acunaba el alma cada vez que la escuchaba. “Borrando la palabra ‘pena’ en el diccionario de la vida mía”. ¿Cómo fuiste a traducir eso así, niño malo? La letra original en portugués no habla de diccionarios ni de palabras borradas. Tal vez la voz de Willie, con esa tesitura que podría ser de tenor, me estaba sugiriendo elegir, las próximas veces, a tipos con más agudeza y más brillo. “Mas dejo de hacer mis dengos prendiendo velas pa mis letanías”, ni puta idea, señor, pero el solo de cuatro puertorriqueño que Yomo Toro se faja coincidencialmente en el minuto cuatro lograba devolverme siempre a tierra firme en medio del terremoto emocional.
Mientras la temperatura se acercaba a los cero grados y Buenos Aires se hacía más tosca, más polar, más patagónica, la cadencia de esa canción me abrigaba una y otra vez con una calidez que no distaba del calor de hogar. “Mi sueño” me otorgó una certeza: si es posible que Willie haya escrito arreglos así, pensaba, también será posible que yo escriba mi propio arreglo.
Durante esos meses también escuché con insistencia otros temas compuestos o interpretados por Willie Colón que, sin resultarme tan terapéuticos como “Mi sueño”, de todas formas me ayudaban a escapar del inframundo de mis guayabos y penas varias. “Chinacubana” (que nunca he sabido si es una obra maestra de la salsa o la banda sonora de un parade latino-asiático en Magic Kingdom); “Panameña”, “Demasiado corazón” y “Quiero saber” (una versión salsera de la original, escrita por los Gipsy Kings en 1987) se sumaban a una larga lista de temas con su nombre que ocupaban una cantidad considerable de espacio en mi iPod.
La noticia de la muerte de Willie Colón me agarró en una situación compleja: comprando almuerzo para llevar en Fulanitos, un restaurante de comida valluna en el norte de Bogotá. Ya con 41 años y el corazón recuperado, gracias a esa sobredosis de “Mi sueño”, al tiempo que pasa y a la vida –que matonea, pero compensa–, se me escurrieron las lágrimas cuando leí el titular en mi celular. Con una bolsa de papel enorme y llena de chuletas de cerdo apanadas, arroz blanco encebollado y ensalada para compartir con mi esposo y mis dos niños, caminé un rato por el barrio recordando la vida en Buenos Aires y cómo la música de Willie Colón me acompañó sin reparos y me hizo sentir mejor.
Es al final esa incondicionalidad de la música y la amplitud que regala sin pedir nada a cambio. La función espiritual que tiene y el sacerdocio que ejerció Willie en toda esta historia me removieron la tripa. Fui una idiota llorando por un niño malo, otra vez.
Dejé la bolsa con el almuerzo sobre un murito y saqué mis audífonos de la cartera. Ya no tengo iPod, pero le di play a “Mi sueño” en mi celular. Veinte años después yo no soy la misma persona, pero la canción y lo que me produce siguen igual.
Hasta siempre, niño malo del Bronx. Gracias por serlo tanto.
ACERCA DEL AUTOR
(Cereté, Córdoba, 1984). Periodista, magíster en periodismo y comunicadora para el cambio social. Sus textos periodísticos han sido publicados en revistas como El Malpensante, SoHo, Fucsia y ViCE Colombia. En 2019 publicó Ropa interior (Planeta), su primer libro de ficción.