Andrea Abreu y el niño mordisquión en un mundo de espanto

Desprovista de su manto de inocencia, la infancia puede revelar aquello que se ignora cuando se idealiza: el erotismo y la crueldad. En esta charla, la autora de Panza de burro, una de las novelas más celebradas de los últimos años en Hispanoamérica, cuenta por qué quiso ensuciar su lenguaje para explorar los recovecos del pasado. 

 

POR Brian Lara

 Andrea Abreu y el niño mordisquión en un mundo de espanto

Me acuerdo de una historia que siempre me contaba mi padre: su tío estaba volviendo a la casa con la noche cerrada, cruzando el monte, y se encontró con un niño muy muy pequeñito, un bebé, arriba del pinocho. Mi tío abuelo le dijo: “Qué niño tan chiquito”. Entonces el niño se levantó y le respondió: “Chiquito, pero mordisquión”. 

Andrea Abreu cuenta historias de este tipo como si viera llover. No hay forma de saber si esta que su papá le contaba cada tanto prefiguró su escritura, pero vale la pena tomar ese camino. El niño pequeño, muy muy pequeñito, probablemente una dulzura, que abre la boca y enseña los dientes antes de conjurar el espanto, se mueve a sus anchas por las páginas de lo que ella ha publicado hasta ahora. A sus 27 años ha escrito un libro de poemas, un fanzine y una novela. El primero, Mujer sin párpados, va sobre el insomnio; el segundo, Primavera que sangra, sobre la menstruación, y la novela, Panza de burro, que ha sido publicada en más de treinta países, sobre esa faceta de la infancia que sucede cuando los adultos salen de la habitación y cierran la puerta tras de sí. De los tres textos queda la sensación incómoda de que el niño pequeñito nos ha dicho sus palabras, “chiquito pero mordisquión”: algo de espanto, de confusión, de extrañeza, de no-hay-forma-de-que-esto-sea-así. 

–Esa historia me tenía atemorizada –continúa–. Vivía en pánico pensando en los dientes del niño. Muchos años después descubrí que es un cuento popular canario, pero yo siempre pensé que eso era medio verdad y que le había pasado a mi tío abuelo. 

Habla rápido, una palabra tras otra tras otra tras otra, con una voz dulce y cargada de una música triste, como de mar nublado. Tal vez por eso su mirada también es algo dura. Nació en Tenerife, en Canarias, pero la de su escritura es una isla tapada por nubes largas. La panza de burro es precisamente ese cielo encapotado sobre el mar. Alguna vez dijo que esa presencia perpetua de nubes grises provocaba en las personas de su entorno, ella incluida, una tendencia a la autorreflexión y al autoescrutinio, a desarrollar un mundo interior amplio y, por lo general, melancólico. “Incluso muchas veces triste y deprimente”, agregó entonces. 

Ni su novela ni sus poemas van sobre noches cerradas caminando por el monte. Van sobre lo que pasa cuando llueve junto al mar. Puedo verla asomándose a la ventana para reconocer que las cosas son otra cosa cuando el cielo se ennegrece. Le gusta lo que ve: el mar deformado por la lluvia y el viento, los rostros empantanados de sus vecinos, las pieles viscosas de los perros que escampan a medias bajo el alero de un portón. Un calor espeso lo cubre todo. Un olor denso. Muy lejos quedó la llovizna ligera que cae sobre dos enamorados hermosos que se susurran promesas de amor. Ella mira y narra la lluvia grotesca de todos los días, la que nos moja a muchos de nosotros. Es ahí donde siente que palpita algo interesante. 

–Supongo que me cansé de las novelas con narradoras burguesas en las que no hay espacio para la pobreza y la fealdad, para las paredes con pintura descascarada o la tierra y la peste –dice–. Me interesa generar nuevas maneras de nombrar la belleza más allá de las tradicionales, porque las tradicionales suelen ser poco diversas.

–La historia del niño mordisquión, como muchos otros cuentos populares, está contenida en esa cáscara, ¿no? La fealdad y el horror los envuelven. 

–Yo crecí escuchando historias de miedo que se contaban como anécdotas. Nunca tenía claro si eran mentira o verdad y tampoco me preocupaba demasiado. Siempre me he sentido muy apegada a una visión un poco mágica de la vida; supongo que porque eso es lo que mamé en mi casa. De pequeña me pasaba que tenía mucho insomnio; vivía aterrorizada por la noche. Pensaba en todas esas brujas y fantasmas y cosas extrañas que mi padre me contaba. Me obsesionaban y creía que estaban por fuera de la ventana, detrás de las paredes de mi cuarto.

 

Andrea Abreu fotografiada para la promoción de la traducción al inglés de Panza de burro (2022).

Andrea Abreu fotografiada para la promoción de la traducción al inglés de Panza de burro (2022).

De Panza de burro se dijo durante un tiempo que nada de lo que se narraba allí era verdad, porque nadie en la isla habla como los personajes de la novela. Por ejemplo, no había forma de que una abuela dijera sobre su nieta palabras de este tipo: 

 

Para estar flaca hay que comer de un plato más pequeño, decía, y para estar flaca hay que comer menos papas fritas, y una papa frita es como comerse dos papas guisadas, y lo que tienen que hacer esas cachoputas es dejar de comer tanta golosina, y lo que le voy a dar a esa niña es un rebencazo pa que deje de comer mierdas, y yo tengo a la niña a dieta porque ya se está poniendo cachorrona, y si la dejo se me desbarata, y come y come gomitas y se engorda como una bestia, y comicomi y después le da cagalera y se pasa tres días en el cuartobaño como los abobitos, y comicomi después la siento arrojando, la cabrona se arroja toda y con cagalera, y come y caga y arroja y luego se manda los fortasé como si fueran gomita, y come y caga y caga y caga y arroja la muy animalita y cuando se istriñe que parece que no le cabe una paja pol culo se pone los supositorios pa cagar otra vez. 

 

En ese entonces de incredulidad, lo interesante del libro no fue para muchos la historia de esta niña que come y caga, sino las palabras con las cuales se dice que come y caga y vuelve a cagar. Andrea Abreu recuerda que cuando les mostró el manuscrito a algunas personas cercanas la reacción fue incómoda. En la isla no se habla así. Pero con las historias no hay verdad: se cree o no se cree en el niño pequeñito del monte. Lo mismo con la literatura. 

Con el paso del tiempo, los lectores comenzaron a notar que a lo mejor en Canarias sí había personas que decían “fisquito”, “comicomi”, “istriñe”, “miniña”, “presinarse”, “mal diojo”, entre otras palabras que los puristas de la lengua siguen buscando hoy en el drae. Supongo que salían a comprar las papas de la comida y se encontraban con que una vecina hablaba con esta música, con tanta aliteración, con tanta palabra rara. Y entonces dijeron que la escritura de Andrea Abreu era una escritura oral. De hecho, afirmaron que era el simulacro de una escritura oral de la isla. “Como si se hubieran quedado con la cáscara de la manzana y se hubieran olvidado del centro de la manzana”, dijo Andrea alguna vez al respecto. 

En Panza de burro la historia se sostiene sobre la relación que construyen la narradora, shit, y su mejor amiga, Isora. Ambas tienen unos diez años y pasan los días mirando a lo lejos el lugar donde intuyen el mar, soñando con llegar hasta él. “Cierra los ojos, shit, imagínate que estamos en la playa de San Marcos, shit”, le dice una a la otra mientras sumergen los pies en un canal sucio que arrastra sedimento, en una de las escenas más lindas del libro. Es la historia de la relación entre ambas, mediada por la admiración, la envidia, el deseo y mucha de la crueldad natural de la infancia. Isora es esa amiga un poco más madura y con más calle que todos hemos conocido, admirado y detestado alguna vez. 

–Usted lo dijo en otro lado: “Siempre pensamos que dos niñas detrás de una puerta cerrada están jugando a las barbies y están tomando té” –le digo a Andrea Abreu–. Poco después del tema de la oralidad, algunos criticaron el libro por presentar niñas que son crueles entre ellas y con los animales, o que tienen problemas con la comida, o que cagan en cajas por malicia, o que exploran su cuerpo desde la sexualidad. 

–Claro. Que una niña se masturbe se percibe como una monstruosidad. Se considera una cosa que no debería ocurrir. Sin embargo, la gente adulta hace chistes a los niños varones sobre el hecho de que empiecen a masturbarse a una determinada edad. 

–¿Y cómo repercute esa idea angelical de la infancia en la relación que se construye con el cuerpo?

–Muchas chicas llegan a la edad adulta sintiendo vergüenza y rechazo hacia la autoexploración. A veces nunca llegan (llegamos) a desprendernos de ella. Creo que hay una obsesión por controlar el deseo, ya sea desde el asunto de la sexualidad o desde el de la comida, y sobre todo por controlar el deseo de las niñas y de las mujeres. Dentro de la novela intenté incorporar una idea que siempre me ha preocupado: continuamente el mundo adulto intenta restringir a las niñas, limitarlas, anular su hambre y su sexualidad, domesticarlas para así poder controlarlas y generar adultas sumisas y complacientes.

–¿Es ahí donde aparecen esas otras formas de nombrar la belleza de la que hablaba antes? 

–Por ejemplo, a la hora de plantear el deseo de la protagonista hacia Isora, de una niña canaria de monte hacia otra niña, me veo en la necesidad de extrañar el lenguaje y ensuciarlo.

–¿Y cómo fue su propia infancia cuando estaba detrás de la puerta y no era vista por los adultos? 

–Supongo que como la de muchas niñas: una mezcla de juegos y crueldad. 

 

***

 

Andrea Abreu creció en una casa sin libros, salvo uno de cuentos clásicos y una enciclopedia de gente famosa. Las historias circulaban oralmente en su familia, alrededor de la mesa, en los trayectos fuera de casa y en las noches antes de la cama. Llegó a los libros en la universidad, a los 18 años, cuando comenzó a estudiar periodismo. “Pero con el correr de los años me di cuenta de que no hace falta que llegue temprano para que llegue de alguna manera”, dijo en una ocasión. Lo suyo era más bien jugar en la calle, escuchar música en un mp3 y ver televisión. Una infancia muy de los 2000: mucho merengue, mucha bachata, mucho reguetón, mucho Messenger, algo de videojuegos y algo de televisión por cable, desde telenovelas venezolanas hasta Pokémon. 

En Panza de burro, shit e Isora llevan un cuaderno en el que apuntan las letras de las canciones de Aventura, el grupo de bachata, para aprender las verdades sobre la vida: “1 bss signifika amistad sex y amor n kualkier parte dl mundo n importa la relijion”. De ahí pueden pasar divinamente al Messenger a hacer sexting con tipos mayores, y luego a burlarse de un perro, y luego a comer hasta que la panza se les hinche y sientan placer al cagar, y luego de vuelta a la casa a jugar a las muñecas. En una noche cerrada en el monte uno podría encontrarlas y decir: “Qué niñas tan chiquitas”. Andrea Abreu reconoce que cuando uno mira atrás, a la infancia, se da cuenta de que siempre estuvo marcada por una atmósfera ominosa e incluso cruel. De niños no entrábamos a caminar por el monte porque ya estábamos en él. 

–No creo que se pueda eliminar la crueldad, ni en la infancia ni en la vida –dice–. Pero quiero dejar claro que mi intención no es ni hacer bella la crueldad ni idealizarla. Creo que precisamente es todo lo contrario a lo que quiero. Lo que intenté hacer en la novela fue construir una historia compleja y ambigua, como lo es la vida misma de las personas, en la que hubiera sitio para la belleza y la crueldad. 

–¿Cómo entiende esa belleza?

–Justo eso, la flor que nace entre la mierda. Me parece que es la capacidad que tienen las personas para reírse en el entierro de una persona a la que quieren.

Claro, suena trillado: la flor entre la mierda. Sin embargo, el asunto es más complejo cuando uno ve la imagen de estos niños mordisquiones. La frase tiene sentido para una autora que escribe sobre lo que hacemos cuando cerramos la puerta: cada quien tiene su rareza en esa habitación. Cuando nos muestran los dientes, el espanto aparece y por ahí mismo la belleza de la revelación: ver las cosas como son. 

En Primavera que sangra, el libro sobre la menstruación, hay un pájaro que trae ramas, palos y pelos hasta el alféizar de una ventana. La narradora menstrúa. El pájaro descarga el material y se va por más. Un día trae uno de sus hijos muertos, un pájaro húmedo y encogido, imberbe y más pequeño que un garbanzo. El pájaro lanza el pichón muerto contra el cristal y luego se queda ahí. “Y yo lo observé”, dice la narradora, “y yo sentí cómo su corazón descendía por mi cuerpo y miré mis bragas”. La flor en la mierda no es solamente la imagen de la flor entre la mierda; también es su sonido. Su palabra, mejor dicho. Andrea Abreu juega a construir con el lenguaje ese algo que brille a lo lejos en medio de la noche o de la lluvia o de la mierda o de la sangre. Su interés no es buscar belleza en la crueldad, como si la crueldad fuera bella. El que busque algo en la crueldad encontrará sobre todo dolor. Lo que le interesa es construir espacios de belleza allí donde solo hay monte, lluvia, mierda o sangre. Ver que el monte, la lluvia, la mierda y la sangre, cuando se hacen visibles y enseñan sus dientes, dejan algo de su espanto y rareza en nosotros. 

 

ACERCA DEL AUTOR


Periodista graduado en estudios literarios y administración de empresas de la Universidad Pontificia Javeriana. Actualmente está terminando una maestría en filosofía en la Universidad de los Andes. Ha escrito para Bacánika, Bienestar Colsanitas y Arcadia