Cinco postales para Frank Báez

 

El brote viral, hace exactamente un año, trajo horas amargas y muchos descubrimos en las palabras amigas el mejor bálsamo. Un poeta cartagenero le escribió a otro dominicano sobre cómo continuar “la fiesta” rodeados como estaban por la crisis sanitaria y las aguas del Caribe.

POR Rómulo Bustos Aguirre

Cinco postales para Frank Báez

Ilustración de Amalia Restrepo

 

EL BARRILETE O LA CAÑA DE PESCAR

 

...y los comensales pasen a ocupar el centro de la mesa,

el privilegiado lugar de los comidos.

He aquí la justa furia del cordero.

 

Martha Madrid, que ha escuchado el poema mío –“La cena meritoria”, en circulación por redes–, me pregunta apocalíptica por WhatsApp si no creo que, tal como van las cosas, no estamos ya bajo “la furia del cordero”.

Miro a través de la celosía, que ahora tiene algo de barrotes de prisión.

Desde Múnich, Díaz-Jiménez acaba de contarme que los niños de ciertas aldeas de Indonesia y de la isla de Guam elevan sus barriletes no para jugar, sino como mortíferas cañas de pescar. Cazan, al vuelo, enormes murciélagos, que luego van a parar a alguna deliciosa cazuela. La carnada pende de la cola de los barriletes: trozos de frutas.

Imagino el anzuelo destrozando la boca del animal. Imagino los dedos de los niños cobrando o soltando con destreza el sedal para enganchar ese extraño pez del aire, el zorro volador.

Le contesto a Martha que sí, pero que quizás sea más preciso hablar de la furia del Pteropus mariannus. Ella no entiende. Yo tampoco acabo de entender, amigo Báez.

Díaz-Jiménez aún no supera los estragos de los llamados “coletazos”. Anoche tuvo un ataque de pánico. Pero Samuel Serrano, en Madrid, solo padeció un resfriadinho –como diría Bolsonaro–, que no logró estropearle su viaje de verano a Galicia.

Un par de cuadras más allá, un vendedor de limones empuja una carretilla. El pregón se alcanza a escuchar. Las calles solas parecen reverberar. Un poco más acá, una pareja de venezolanos deambula por la avenida con sus aparejos de limpieza colgando de la mano. Esperan el milagro de la aparición de vehículos.

“La maldita circunstancia del covid por todas partes”, parodio el tajante verso inicial de “La isla en peso”, de Virgilio Piñera.

Te escribo esta postal desde la Isla Encallada, como gustaba nombrar a Cartagena de Indias nuestro amigo Alberto Abello. La Cangrejera, prefería llamarla Roberto Burgos, con lúcida ironía. Ciudad Inmóvil, escupe rabiosamente Efraim Medina.

Hoy es 25 de julio, el día sin tiempo de los mayas. Día propicio para amistarse con los animales. ¿O será que ya no hay vuelta atrás para el animal humano y estamos al borde de la extinción, como el Pteropus mariannus, y por ese desopilante sentido del humor de la naturaleza se invertirá el juego y el predador acabará cazado por la presa? ¿Como un insólito uroboros, una viruta de vida se tragará al soberbio mamífero colocado en la cima de la cadena alimentaria?

Así como en el pasado los teólogos de Bizancio discutían sobre el sexo de los ángeles mientras los muros de Constantinopla se derrumbaban, los nuevos teólogos de la ciencia se preguntan si el virus es un organismo vivo o no. La naturaleza no se ocupa de bizantinismos, por supuesto. Sabe, pero calla. A fin de cuentas el silencio es el lenguaje del misterio.

Espero que esta postal no encalle en algún pliegue del no tiempo, Báez.

 

Isla Encallada, 25 de julio de 2020.

 

 

 

* * *

 

MADRE CUMPLE CIEN AÑOS

 

La madre atiza el día y suelta los olores.

En la mesa como las cuatro patas de un animal manso

las hojas del bijao abren su fruta humeante.

Desayuna el mundo.

 

Madre cumplirá cien años el próximo 15 de marzo. Estamos a un mes y aún no ha entrado en escena el desorden que traerá consigo la apocalíptica viruta. Madre está muy ilusionada con el festejo. Ocho hijos, veintiséis nietos, treinta y dos bisnietos, ocho tataranietos. No es para menos. Vendrán los hijos que están esparcidos por el país con sus familias. El tercero de ellos, de Panamá, de donde es oriunda, y la menor vendrá desde el sur de Italia, donde reside desde hace poco menos de un año. Canta con frecuencia. Siempre ha cantado la madre. La recuerdo enhebrando tangos y boleros mientras lavaba la ropa de sus ocho hijos en la batea. El festejo familiar se realizará en un centro de eventos cercano. Los más pequeños cantarán un número coral. Yo leeré algunos de mis poemas que giran alrededor de la figura materna y la casa familiar en la ya lejana Santa Catalina de Alejandría. La hermana menor entonará un par de canciones acompañada al piano. La perplejidad ante lo que ya ha comenzado a ocurrir en el mundo empieza a romper costuras con la alarmante información que me da mi hermana de que tendría que hacer escala en Milán y luego en Madrid, ciudades que ya son focos de la pandemia. La fiesta se cae como fichas de dominó. Mi hermana y Pier Paolo, con sentido común, desisten del viaje. Se impone hacer un círculo de seguridad alrededor de la madre. A regañadientes, los panameños aceptan aplazar el viaje. También quienes vienen de otras ciudades. Hasta ese momento nadie parece tener claro lo que está ocurriendo, ni sus implicaciones. Todo se reduce, pues, a los familiares residentes en Cartagena. Pero, ¿cómo se manejarían los rituales de saludo y distancia adecuada con tantos muchachos moviéndose por ahí? Finalmente, la concurrencia son la hermana mayor y cinco nietos que habitan en cercanías. Madre apaga las velas acompañada, a tres metros de distancia, por el mínimo círculo familiar; alguno en la terraza, la puerta de entrada entreabierta. Madre aún no comprende lo que ha pasado. No sabe exactamente si ya cumplió sus cien años o todavía no. A veces se confunde y vuelve a contar los días que faltan para el 15 de marzo. Mientras tanto sigue cantando “panameña, panameña, vida mía...”.

 

Isla Encallada, 29 de julio de 2020.

 

 

 

* * *

 

LA OTRA FIESTA

 

 Mientras esa pieza del álbum siga girando

día tras día,

convirtiendo en música cada ruido de mi cuerpo,

dando de beber en un mismo cuenco

a los oscuros animales

que se disputan mi alma,

no merecerá el mundo el fin del mundo.

 

Desde esa fecha hasta ahora se han celebrado once cumpleaños familiares en pantalla. Y maratónicamente yo he realizado otros tantos encuentros virtuales, o más, en torno a la poesía, en donde resulta inevitable la pregunta: ¿qué puede hacer la poesía por el hombre en estas impredecibles circunstancias? Y yo respondo: “Lo que ha hecho y sigue haciendo mi madre: cantar. Lo que ha hecho siempre la poesía: cantar. Así lo entendió Orfeo, por eso cogió su acordeón y bajó al infierno cantando. Y aún sigue allí, es decir, aquí, porque –ya lo decía Montejo– nosotros somos el infierno”.

Mi madre cantó cuando, una vez llegados a la ciudad –en un deus ex machina al revés–, mi padre se esfumó de la escena. Nunca dejó de cantar tangos y boleros mientras hacía los oficios de la casa. A mi modo, yo la acompañaba también cantando. La vecina me decía “el traganíquel”. Como ahora, cuando cada tarde, luego de desocuparme de los asuntos con mis estudiantes de la universidad, nos ponemos a recordar y a cantar canciones de su juventud. Solo que antes yo colgaba de su brazo, ahora ella cuelga del mío.

Cuando de modo desconcertante comenzaron a aparecer en la tarima de los medios las declaraciones de Byung-Chul Han, Slavoj Žižek o Paul Beatriz Preciado, experimenté un gozoso estupor. Pero todo esto fue una bengala. Pronto retornaron a primer plano la pasarela política, el glamour de las stars ahora con mascarillas de marca, aconsejando quedarse en casa desde lujosos yates y mansiones.

Inventar una fiesta fue una reacción defensiva. Una infinita fiesta en solitario donde yo era el picotero, la canción, el bailante y la pista de baile. La canción para iniciar esa fiesta no podía ser otra: “Dile a Catalina”, en la imposible interpretación de Bebo Valdés y Cachao. Se desgrana el piano de Bebo como una mazorca de luz. El arduo contrabajo de Cachao derrama su presencia sacramental. ¿Es Cachao realmente o Juan Sebastián Bach digitando el teclado del Caribe?

Yo amago algunos pasos de baile.

Mi madre acompaña con palmas y ríe.

–Lo que dirían tus alumnos si te vieran.

Mientras realizaba, con más buena voluntad que habilidad, las ocupaciones domésticas, se iban deslizando cada día esas piezas lejanas que había escuchado de muchacho o niño en barriadas populares de la Cartagena. Recordé la primera vez que escuché la música endiablada de la ciudad. Venía desde el picó de alguno de los pretiles altos de las Veinticuatro Accesorias. Todas las tardes de viernes, sábado y domingo. Rítmica y endiablada. Después supe que era la salsa. Allí contemplé por primera vez a la muchacha que baila bajo el sol de las cuatro, extática en mitad de la calle con los pies descalzos y los ojos cerrados. Bertica, se llama. “¿Por qué cierras los ojos cuando bailas?”, me atreví una vez a preguntarle. Sonaba la increíble “Descarga Chihuahua”, ¿cómo olvidarlo? Mucho más tarde, Bertica se iría a vivir a un poema mío. Y allí sigue espumando su música entre las páginas.

 

Isla Encallada, 2 de agosto de 2020.

 

 

 

* * *

 

UN RECUERDO DE LA HERMANA MAYOR

 

Mi hermana –siempre compasiva,

siempre benévola– cree /

que la poesía está más cerca de esa

extraña pelota de colores /

que todas las focas del mundo llevan sobre el hocico.

 

Así, mientras por WhatsApp me llegaban en cascada efímeros videos y coronamemes, yo les regalaba, de vuelta, a los amigos, instantes de prodigio –absolutos, inmunes al tiempo– de la música del Caribe: lanovenasinfoníaantillana o “Descarga caliente” de Julio Gutiérrez, para De Dios; los pedigüeños surtidores de “ Cuatro Pesos”, para Machado; el asombroso serpenteo melódico de “La mulatona”, para Báez; la delicada urdimbre de “Fiesta de negritos”, para Pilar, y el rotundo y sensual evangelio de “Aquí hay un hombre gozando”, para Efraim Medina.

Algunos amigos se sumaron a la fiesta enviándome sus preferencias. Me recordaban el olvido en que estaba dejando el violín. Me hacían otras sugerencias. Me reclamaban la ausencia de Benny Moré o El Gran Combo. Fon reviró con “Sonido bestial”. Jursich me reveló al simpático y bífido Pérez Prado de “Venezuela Twist”...

De pronto descubrí que estaba tornando a jugar mi juego favorito de la infancia: el juego de la fiesta. Marcábamos con tiza el territorio festivo. Distribuíamos los roles: danzantes, dueño de la fiesta, picotero. El mío era inamovible: yo era el picó, el encargado de cantar, de producir la música. El picotero maniobraba la imaginaria aguja, ponía el disco y yo cantaba e imitaba los sonidos de los instrumentos. Los danzantes podían pedir complacencias e intercambiar pareja, los mirones podían entrar a la fiesta pidiendo un barato.

Solo había dos picós en el pueblo: el de Joche y el de Alta Fidelidad. Tenían diferentes repertorios. Lo primero que debía decidir el picotero era si yo era el picó de Joche o el de Alta. Se trataba de otra música, más amarrada al ojo de agua vernáculo, lo que aquí fluía: el movimiento juguetón de la guaracha, el gozo montuno de Los Corraleros de Majagual, el desvertebramiento jazzístico y la jubilosa plegaria corporal del porro.

Misterios gozosos de la música.

El juego de la memoria busca vuelo, raíz. Se desplaza más abajo, a lo que acaso sea mi primer recuerdo.

La hermana mayor me tiene en su regazo. En la radio suena alguna canción. La música me invade y comienza a brotar de mi boca. El borboteo infantil sigue el compás de la canción. “Mamá, mamá: el niño está cantando”. Yo primero canté y luego hablé. Primero bailé y luego caminé. Eso cuenta la saga familiar.

En verdad, es un recuerdo de la hermana mayor. Un recuerdo custodiado por la hermana mayor. Confiado a mí con el encargo de que no lo olvidara. Guardarlo como un talismán. Como un conjuro, para cuando la vida... Y eso he hecho, Báez, en estas postales: no olvidarlo.

Misterios dolorosos de la música.

“Aprendemos el agua de la sed / [...] y la paz del recuento de las batallas”.

Eso dijiste trágica, dulcemente, Emily.

Sufrir el sufrimiento para transmutarlo en música. He aquí el misterio de la poesía. Sufrir para luego poder expulsar muy desde adentro, como un vómito, el voluntarioso “quiero es cantar”, del personaje de Roberto.

Solo Satán puede cantar el Reino, restituirlo, porque lo ha perdido. Solo Orfeo después de su catábasis. Solo de la ruina puede surgir la más hospitalaria alegría. Solo después de superar la esquizofrenia de creerse el Todo, el fragmento desgajado puede cantar su completud. La necesaria amistad con el Todo, el humilde aprendizaje de saber hacer parte. Porque la naturaleza no tiene puertas, como declara la piedra parlante de Szymborska; es el hombre quien construye las puertas. Luego corre los cerrojos y queda afuera, penando el pobrecito.

“Quiero es cantar”.

Aún ignoro si soy el picó de Joche o el de Alta.

 

Isla Encallada, 5 de agosto de 2020.

 

 

 

* * *

 

BAILAR CON LAS TROMPETAS DEL APOCALIPSIS

 

¿Has visto alguna vez esas parejas

de bailarines extáticos /

suspendidos en la música  fuerte

de los picós de barriada /,

tan juntos y como clavados unos en otros

que parece que se estuvieran amando de pie?

 

“Tu Fiesta –me había comentado mi amigo, el historiador Javier Ortiz Cassiani, luego de haber escuchado las alucinantes trompetas de otro mundo del Negro Vivar en “A la loma de Belén”, que le acababa de enviar– es una comprobación del sentido antiapocalíptico de la cultura Caribe que propone Benítez Rojo...”, y me recordó la famosa cita contenida en el libro La isla que se repite, imagen salvífera desplegada como un insólito as bajo la manga de la imaginación ante el huracán atómico que se cernía entonces sobre la isla –en ese momento candente de guerra fría– y amenazaba con borrarla del mapa:

 

Dos negras viejas pasaron “de cierta manera” bajo mi balcón [...] había un polvillo dorado y antiguo entre sus piernas nudosas, un olor de albahaca y yerbabuena en sus vestidos, una sabiduría doméstica, casi culinaria en sus gestos y en su cháchara. Entonces supe que no habría apocalipsis. Esto es: las espadas y los arcángeles y las trompetas y las bestias y la ruptura del séptimo sello no iban a ocurrir por la sencilla razón de que el Caribe no es un mundo apocalíptico.

 

 

No pretenderé convertir en dogma o fórmula esta epifanía de Benítez Rojo. Pero, sin duda, irradia en esta imagen un fondo de verdad. Ese fondo antiapocalíptico es el guarrú de la historia del Caribe sometido a tantas tragedias desde sus orígenes. Guarrú o lo que yo suelo nombrar como el remanente órfico, el sedimento poético de nuestra cultura popular, capaz de exorcizar en risa o en baile cualquier violencia.

Una semana más tarde, Javier publicó una columna a propósito del covid-19, cuyo título he hurtado para marcar esta última postal. Aquí retorna la epifanía, dramática, hermosamente reescrita en clave de pandemia, ya no en La Habana sino en la fatua Cartagena de Nuestra Perpetua Señora de la Esclavitud:

 

Un hombre negro, alto y delgado rompió el silencio de una mañana [...] con un pregón afinado, pero sin muchas pretensiones: ofrecía diez limones por 2.000 pesos. [...] No perdía el ritmo. Uno podía medirle el tiempo entre un pregón y otro [...], entonces supe que pedirles que se reinventen a los que toda la vida la miseria los ha obligado a reinventarse a diario es una completa estupidez. Cuando las trompetas del apocalipsis suenen, harán lo que deben hacer: bailar.

 

No otra cosa es lo que ha estado haciendo el pobrerío cartagenero al soplo de sus orishas desde que se desató la pesadilla. La pesadilla no tanto del covid sino del desamparo social que este desvela. Ponerles ritmo a sus menesterosos pregones, música a la indigencia, baile a la indiferencia, a la vampirización endémica de nuestras élites. Eso que algunos perversamente han dado en llamar “indisciplina social”. Este ha sido el único antivirus de siempre. Este y haber tomado suficientes dosis de guarapo en el mercado de Bazurto. Guarapo, raspao y huevos de iguana en el más pestilente y mojado de los “mercados mojados” del mundo.

 

Isla Encallada, 7 de agosto de 2020.

 

Estas cartas son parte del libro Latinoamérica cuenta 2020, publicado por SURA, en asocio con la editorial Tragaluz, colección anual que inició con un tomo dedicado a Argentina, en 2017, y siguió con uno dedicado a México, en 2018, y otro a Colombia, en 2019. El año pasado reunió voces de todos los países en que SURA está presente.

ACERCA DEL AUTOR


Rómulo Bustos Aguirre

Una de las voces más relevantes de la poesía colombiana contemporánea del último siglo. Ha sido ganador del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura en dos oportunidades (1993 y 2019). Autor de más de ocho libros de poesía y una decena de antologías.

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