Colombia es un país feliz… tan feliz como el bobo del pueblo

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POR Adelaida Vengoechea

El Malpensante 227

 

Bien lo dijo una vez –y con una dosis grandiosa de sabiduría mundana– el comediante y cantautor uruguayo Leo Maslíah: “No se sabe si es por tradición o por meros misterios estadísticos que todo pueblo tiene un bobo andando suelto, un bobo al que las personas con capacidades normales tratan con un afecto especial, ya sea festejándole sus bobadas, siguiéndole la corriente o contemplándolo con cierta lástima”. Maslíah lo cuenta en su recital “El bobo del pueblo”, disponible en YouTube.

A un par de horas al noroeste de Medellín, en la calurosa y colonial Santa Fe de Antioquia de los años noventa, el bobo del pueblo era un señor de mediana edad que se acercaba a la gente en la plaza principal, sonriendo con los ojitos achinados y la boca a medio torcer, al tiempo que abría y cerraba las dos manos, amenazando agarrarle a todos la cara. La gente se burlaba y lo molestaba, pero también lo querían. Acostumbraban hacerle un par de preguntas y él respondía cualquier bobada, aumentándole los decibeles a su risa babosa, y exagerando a su vez el tic de las manos. Sin embargo, a los cinco minutos el bobo ya cansaba. Las monedas que le daban para quitárselo de encima nunca eran suficientes (o no sabía su valor, o era en realidad un genio que se hacía más el bobo para obtener mejores ganancias), y a veces terminaban hasta echándole agua para alejarlo. Entonces se iba ese pobre bobo riéndose, como si tanta ignominia fuera parte de su propio paisaje.

 

Y así se la pasó el pobre atembado, andando siempre de mesa en mesa, con la misma sonrisa, con el mismo tic y con la misma bobada, todos los días de todas las semanas por muchísimos años.

 

Maslíah continúa su interesante análisis argumentando que al bobo a veces también lo tratan mal, aunque afortunadamente para él no siempre se dé cuenta; de hecho, cree que lo tratan bien, o piensa las cosas en términos diferentes, o no piensa. Por eso el bobo de Santa Fe de Antioquia se reía hasta cuando le echaban agua. Como dice Maslíah, el bobo siempre se ve contento, aparenta estar contento o simplemente se contenta con lo que haya, pues sabe que no hay motivo para esperar algo más amable –o cualquier cosa en absoluto–. El bobo es feliz, aunque lo maltraten.

 

En enero se dieron a conocer los resultados de una encuesta que acostumbra realizar la asociación mundial WIN, una empresa especializada en investigaciones de mercados y de opinión, que anualmente mide por países el índice de felicidad de las personas mayores de 31 años a partir de una pregunta muy básica a la que solo es posible contestar con alguna de las siguientes cinco opciones: “En términos generales, ¿en su vida, usted se siente personalmente ‘muy feliz’, ‘feliz’, ‘ni feliz ni infeliz’, ‘infeliz’ o ‘muy infeliz’?”.

 

Los resultados no fueron muy sorprendentes para los colombianos, que ya llevamos –con orgullo de bobo– varios años en el podio de este particular campeonato. Colombia obtuvo esta vez medalla de bronce al ubicarse en el tercer puesto ostentando un maravilloso puntaje de 77% de felicidad, superado apenas por Kazajistán, que lo aventajó en un solo punto porcentual, y por Kirguistán, que se llevó la medalla de oro con un sorprendente 85% de ciudadanos felices.

 

Sin embargo, los índices de crecimiento social no son tan alentadores como la felicidad de nuestros compatriotas. El año pasado, el actual gobierno colombiano se jactó de que el país experimentaba un aumento del PIB per cápita, en un porcentaje que ya no vale la pena recordar porque, aprovechando la bobada de los habitantes, obvió advertir que fue gracias al desmesurado crecimiento del muy selecto sector bancario, mientras que, por ahí derecho, también hubo un triste incremento en la tan mellada brecha de desigualdad. Con un 1% del total de la población que acapara la mitad de los ingresos del país, Colombia ocupa el primer puesto en desigualdad según el Índice de Desarrollo Regional para Latinoamérica; el puesto 83, entre 187 países, en el índice de desarrollo humano del Programa de Desarrollo Humano de Naciones Unidas; y con absoluta vergüenza viene ocupando por varios años consecutivos el sexto puesto en el índice mundial de ignorancia, según la firma británica Ipsos MORI. Todo lo expuesto en este párrafo me hace concluir que, de cierta manera, una de las premisas de mi admirado comediante uruguayo se le puede endilgar a la gente de mi tierra: Colombia es un país feliz, tan feliz como el bobo de Santa Fe de Antioquia que deja que lo maltraten. Y eso que he decidido no mencionar la cantidad de homicidios y masacres de líderes sociales durante los últimos años –por respeto a las víctimas y sus familiares–, porque si hablamos de mirar para el otro lado cuando nos referimos a esta clase de maltrato, ahí sí a Colombia no le gana ni el más bobo.

 

Al final de su exposición, Maslíah realiza un minucioso análisis de cómo la propia voluntad de superación del bobo hace que él mismo termine sirviendo muy bien a las exigencias de la comunidad, es decir, a las necesidades de la gente que supuestamente tiene comportamiento normal. “Y es así como los bobos comienzan a desempeñar funciones creyendo que son empleados de tal o cual tendero, tallerista o repartición municipal, o que tienen un emprendimiento propio. Y no es que se los haga trabajar por nada. Se les da algo, y en los casos de bobos en que se necesita tener encargos con apariencia de jerarquía o importancia, la remuneración llega a ser muy buena, pero el bobo que la recibe nunca termina de sospechar nada”.

 

No resulta sorprendente entonces que en Colombia existan puestos inexplicables para complacerle la bobada bien sea a un gobierno en particular o a la población en general. Y es así como los impuestos, en vez de invertirse en educación –a ver si salimos de esta permanente ignorancia–, se malgastan inventando puestos de bobos para que desempeñen funciones inútiles pero bien remuneradas, eso sí, para que nunca sospechen. Un viceministro de Creatividad parece ser muy necesario en un país que se informa a través de memes y cadenas de tías de WhatsApp (a quienes, por cierto, me les quito el sombrero porque han mejorado bastante las presentaciones de PowerPoint con Piolines). Un gerente de un metro que todavía no existe. Un gerente de covid-19 que existe pero que no ha servido para nada. Un comisionado contra la corrupción elegido por el ministerio que se encarga de definir y ejecutar la política económica y fiscal del Estado, que por cierto es indudablemente uno de los Estados más corruptos del mundo. Un presidente que presenta un talk show diario con el pretexto de informar sobre la situación respecto a la pandemia, y aprovecha el espacio para entrevistar a personalidades que disfrutan, se aprovechan o se compadecen de la bobada. O un presentador frustrado a quien lo obligan algunas veces a actuar como presidente.

 

Nunca vi al bobo de Santa Fe de Antioquia aburrido. Y para combatir las críticas que seguro recibiré, acepto con humildad mi dosis de retraso. No ha de ser de lumbreras sentarse a escribir estas bobadas. Pero eso sí, soy muy feliz. Como el 77% de los colombianos.

ACERCA DEL AUTOR


Adelaida Vengoechea

Estudió su carrera en la Universidad Eafit y es especialista en negocios internacionales. Ha trabajado en la industria del turismo.

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