"Debo mi invención a la libertad que tuve", una entrevista con Beatriz González

Con el fin de sumarse a la celebración del cumpleaños número 90 de la artista colombiana Beatriz González, El Malpensante publica un adelanto de la conversación que Rocio Arias Hofman, periodista y editora anual de La Malpensante Moda, sostuvo con González, quizá la pintora viva más importante del país. Este fragmento de la entrevista, un esbozo de la infancia de Beatriz y algunas pinceladas sobre sus años formativos, es publicado con el apoyo del Banco de la República y su colección de arte, que alberga 58 obras de la artista bumanguesa. 

POR Rocio Arias Hofman

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Fragmentos de una conversación de la maestra Beatriz González con Rocio Arias Hofman, editora general de La Malpensante Moda 2022.

 

Usted tuvo mucha suerte de niña, porque normalmente se condiciona el ojo de los niños rápido para decirles que las caras no se pintan de verde esmeralda sino de blanco.

Eso fue muy raro. Lo único feo fue que se me dañó la letra. Mi hermano tiene una letra bellísima. Nosotros somos tres: Jorge, Lucila y Beatriz. Jorge es el mayor, Lucila después y yo soy la menor. Y él tenía una letra dibujada –o tiene, está muy mayor ya–. Yo la tenía igual, pero llegaron las monjas con la letra Palmer y me dijeron que mi letra era egoísta y que debía utilizar la Palmer inclinada. Se me quedó inclinada [risas]. Pero en el colegio tuve mucho apoyo, ¿sabes?

 

Pero nadie condicionó a la niña en la casa.

No. Mi papá me decía: “la niña que es artista venga a ver el atardecer conmigo”. Teníamos un balcón y mirábamos el atardecer.

 

¿La llamaba así desde que era muy chiquita?

“La niña que es artista”, sí. También hubo una cosa muy interesante en el colegio. Un día una monja nos puso una tarea: “Cojan el carboncillo, el esfumino y pinten esta mandarina”. Puso la mandarina ahí. Yo pinté la mandarina y cuando la monja la vio, la cogió y dijo: “¡Una artista! ¡Una artista!”. Quinto de primaria.

 

¿Ese recuerdo que tiene del color verde esmeralda de niña es parecido al que tiene ahora?

Sí, lo uso mucho. Es el color que más gasto. Verde, por ejemplo, sigue siendo el cuerpo. Salió de la caja de colores.

 

Es decir, un color puede llegar a apasionarlo a uno tanto que simplemente lo asocia con lo que más le gusta.

Claro que yo uso todos los colores. El amarillo lo uso mucho, fíjate en el cementerio. Es amarillo. El amarillo me gusta. Yo no rechazo los colores, excepto el azul de Prusia. Me parece horrible [risas]. No rechazo colores porque me parece que cada color tiene una función, cada color sirve para expresar algo. Pero sí tengo condenado al blanco, que lo uso solamente para aclarar. Creo que solamente hay un cuadro mío en que tengo un pedacito blanco. Todo se vuelve una armonía de colores, ¿no?

 

 

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Foto: Rocio Arias Hofman

 

Dicen que tuvo una incidencia muy grande en usted la Catedral de Bucaramanga.

Sí, desde el balcón de mi casa se veía la cúpula. El padre de Trillos era el que manejaba la iglesia en esa época; no teníamos obispos en Bucaramanga. Eran unos triángulos amarillos y unas bandas verdes, pero en la mitad había un hueco y ese hueco era vinotinto. Entonces, amarillo, verde y vinotinto. Le dijeron al cura que le había quedado una guacamaya. Él decía: “Guacamaya o no guacamaya, les dejé la cúpula”. Lo más bonito era que por dentro la Iglesia imitaba árboles con los mismos tres colores. Los muebles eran imitando mármol. Y las columnas y todo: imitando mármol.

 

Alta precisión de color.

Un inglés vino, creo que era el novio de la princesa Ana. Decía que lo que más le gustaba de Bucaramanga eran los mármoles de la Sagrada Familia. Todas las bancas cubiertas. Yo creo que las pintó o el maestro Acuña u otro pintor santandereano del norte. Ellos pintaron la iglesia entre los dos. Y toda la iglesia, las bancas, en un momento se decidió que las iglesias deberían ser blancas, pero no del todo. No se han borrado del todo las columnas; creo que todavía simulan mármol.

 

O sea que el uso posterior del mármol falso en la aplicación pictórica de su mueble viene de ahí.

Sí, pero yo creo que ellos debían saber pintar al fresco. Porque eso está muy bien hecho, el mármol.

 

La guacamaya, los mármoles… de seguro los renacentistas italianos estarán revolcándose en su tumba al saber en qué derivó la conversación sobre el color [risas].

A mí me gustó mucho estudiar el Renacimiento y pensé que podía servirme para pintar, pero no. Yo tenía muy marcadas las divisiones. Una cosa es la historia del arte y otra el oficio. Una cosa era lo que yo estaba aprendiendo con Marta Traba, una gran maestra. Marta, en sus clases, hablaba de libros y contaba los libros divinamente. Cuando llegó al Renacimiento en Italia, lo contaba como nadie. Por ejemplo, relataba el momento en que entró el “Niño de oro”, algo que inventó Leonardo Da Vinci para que los Medici celebraran por allá el Año Nuevo. Teníamos que leer como 40 libros. Empezábamos con la Ilíada, después la Divina comedia, el Quijote. Las humanidades en los Andes eran maravillosas. Por eso yo, cuando creé una historia para guías, los obligué a leer porque tengo el recuerdo de que llegué a Bucaramanga y no había leído la filosofía del arte. Entonces Marta se sabía de memoria textos de gente como Boehringer, pero ella no nos hacía leer, sino que nos contaba muy bien los libros.

 

Pero los incitó a leer.

Cuando salí de la universidad, antes de que me graduara, el decano, que era Carlos Dupuy, me dijo: “Beatriz, te necesitamos aquí –porque yo fui muy buena alumna–, quédate aquí para que dirijas el curso de no sé qué”. Le dije: “No, no, no. Me voy a Bucaramanga a saber qué sé”. Eso ha sido para mí lo más grande que se me ha ocurrido en la vida. Porque en Bucaramanga tenía una casa muy grande, mi papá me hizo un estudio y ahí me puse sola a ver qué sabía. Además, mi papá tenía un amigo alemán dueño de un almacén; importaba vajillas, cosas muy finas, y daba un café delicioso en su local. Un día le dijo: “Su hija estudió arte”, y mi papá: “Claro, se acaba de graduar”. Entonces: “Dele este regalo” y me obsequió unas cajas importadas de colores al óleo. Es que había que conseguir las herramientas y los colores, que son carísimos. Y resulta que me dio unas cajas ya mareadas, que tenían el aceite saliéndose de todo; no sé cómo no me intoxiqué cogiendo esos tubos, pero tenía todos los colores del mundo para trabajar. ¿Te imaginas eso? Yo podía decir: “Quiero azul, quiero rojo, quiero no sé qué”. Todos los colores.

 

Usted ha sido una mujer muy libre desde niña. Libre y con herramientas.

Estás dando en el clavo. Yo digo muchas veces que debo mi invención a la libertad que tuve. ¿Por qué? Porque cualquier otra se mete en la escuela a hacer y no tiene la libertad de inventar. Entonces mi papá iba y no decía nada, pero me costeó los estudios, me consiguió los colores, me dio absoluta libertad. Nadie me estaba preguntando si eso tan tremendo que yo estaba pintando era feo o por qué no seguía a la academia; todo eso es la libertad que yo tenía de trabajar. Y luego, Urbano Ripoll, mi marido. Viví esa libertad cuando me casé con él, el mismo año de mi primera exposición en el Museo de Arte Moderno como artista joven, cuando él era muy pobre y trabajaba mucho. Es muy buen arquitecto, pero no tenía recursos. Nunca me pidió que vendiera un cuadro. Entonces, ¿qué sucede? Yo inventaba todas las locuras y la gente se aterraba. No tenía ningún éxito, no solo por las formas, sino por los colores. A la gente no le gustaban esos colores anaranjados, amarillos, todo eso que usaba yo, la Sagrada Familia, las Guacamayas. Eso fue muy importante para mí, porque tuve absoluta libertad.

 

Este texto, publicado en el marco de una alianza entre El Malpensante y el Banco de la República, se suma a las generosas participaciones y aportes que por tantos años ha ofrecido Beatriz González al Comité de Arte de esta institución. Hoy, el BanRep posee la mayor colección de obras de la artista. Lea la entrevista completa en nuestro número 246.

 

 

 

 

 

 

 

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ACERCA DEL AUTOR


Rocio Arias Hofman

Fundadora de SillaVerde, compañía especializada en investigación y publicación de contenidos sobre el ecosistema moda con énfasis en tradición artesanal y sostenibilidad. Creadora y docente del curso “El fenómeno de la moda, escribir con propósito”. Consultora diseño contemporáneo y artesanía. Profesora Análisis de Moda, Facultad de Creación (Universidad del Rosario) y empresaria plataformas de moda y arte. Destina varios meses al año para concebir, dirigir y gestionar tanto temas editoriales como participación de marcas aliadas para La Malpensante Moda.