El arrepentimiento

Cuento.

POR Henry Alexander Gómez

El arrepentimiento

Ilustración por Isabella Cortés Tenorio

 

6:30 a.m.

Óscar Andrés oprime el claxon con desespero, lo más enérgico que puede; por mucho que se esfuerce, la bocina no sonará más fuerte y el embotellamiento no acabará más rápido. La carrera once siempre es traicionera. No voy a alcanzar a ajustar el informe antes de la reunión con la junta, piensa. Ligeras gotas de lluvia se deslizan por el parabrisas. 

Una hora después entra al parqueadero donde siempre estaciona su Renault Logan. Desde hace más de dos años trabaja como experto en finanzas en la compañía, pero aún no le han asignado un espacio en el estacionamiento del edificio donde labora. El cupo está lleno, por ello tiene que cruzar a pie, a diario, la Avenida Chile hacia el sur para llegar a su trabajo. Un recio aguacero lava ahora las calles de Bogotá. Abre su paraguas, y en el momento en que camina con torpeza por la mitad de la 72, pasa una buseta a gran velocidad y lo lava de la cintura para abajo. ¡Mierda y mil veces mierda! 

Desliza la tarjeta magnética por el control de acceso, hace mala cara y deja con el saludo en la mano al guarda de seguridad. El ascensor descansa en el piso catorce y demorará unos siete minutos o más antes de que vuelva a la primera planta, por eso prefiere subir corriendo por las escaleras hasta el piso quinto donde queda el departamento de finanzas. Todos se quedan mirándolo, algunos lo saludan y otros hablan sobre el clima y los trancones reprochándole con indirectas su tardanza. Su jefe tiene la oficina cerrada. Menos mal, piensa: otro retraso y este men me mete un memorando. Eso no me convendría si quiero seguir ascendiendo en la compañía y, algún día, ser parte de la junta general, que es la que toma las verdaderas decisiones. Enciende su equipo mientras se seca el pantalón con unos Kleenex que siempre le surte Carolina, su esposa. Piensa que, a pesar de las circunstancias, aún tiene tiempo para ajustar el informe. El lunes trabajó hasta después de la medianoche y ayer hasta las 10 p.m. Está casi listo. Solo debe leerlo una vez más para mirar si no se le escapó algo. Su jefe le pidió el definitivo para las 8 a.m. y una hora después tiene una reunión con la junta. Cuenta con tiempo, por eso se atreve a abrir su correo personal. Cosas sin importancia, un mensaje de una exnovia pidiéndole una asesoría financiera y una notificación que dice: “Wendy Lorena Quintero te mencionó en Facebook”. Intenta entrar a la página pero su jefe abre la puerta de su oficina de forma abrupta, lo saluda con algo de efusividad y le recuerda la reunión de las 9 a.m., lo que quiere decir que necesita el informe para ya. Es mejor sentarse a leer y remitirlo antes de perder el tiempo. A las 8:10 envía el mamotreto. 

En Facebook se topa con una fotografía de Alberto Pava, Wendy Lorena Quintero y Johanna Martín a las afueras del Teatro Metropol. Debajo de la fotografía hay un comentario de Wendy que dice: “Osquitar, nos fallaste de nuevo con el concierto. Dejaste de lado al metal y de paso a tus amigos. Tú ya no tienes caso”. Otra vez un “mierda”, se olvidó del puto concierto de Hypocrisy. ¡Esto no puede estar pasando! De seguro es una broma de Wendy. Hypocrisy es su banda favorita. No pudo haber olvidado el concierto. Desde hacía meses lo esperaba. Recorre las otras fotos del álbum virtual y ve a sus amigos de la universidad con aguardiente y cerveza, emocionados con las canciones del concierto. Allá, al fondo, se ve muy claro el logo de la banda y a Peter Tägtgren con la guitarra. ¿Cómo fue que llegó a este estado? 

Sigue ojeando las fotos hasta que su jefe lo interrumpe de nuevo. “Buena esa, Martínez. Nada que agregar. Esta vez los convenceremos. Las cosas en la compañía van por muy buen camino; con tu informe se revelan buenos augurios”. Se para frente a él y, mientras la oficina entera los observa, le pone la mano en un hombro y le dice de nuevo: “¿Ves cómo yo tenía razón cuando te dije que tenías un futuro brillante en la compañía? Yo nunca me equivoco, soy un verdadero cazatalentos. Vamos a dejar boquiabierta a la junta. Es hora, Martínez. Vamos a acabar con ellos”. 
 

“Crónica de tiempo muerto”

Joaquín Hernández es el nombre de su jefe. Desde el primer momento le cayó bien “el muchacho”, como suele llamar a Óscar. Óscar Andrés apenas era un auxiliar en la compañía. Fue Joaquín quien lo convenció de olvidar su carrera de antropología en la Universidad Nacional para meterse a estudiar un técnico en administración y finanzas en el SENA. “Qué vas a hacer con la antropología, Martínez, con eso no se vive. Vas a terminar por manejar un taxi o de profesor en algún colegio de garaje. Tú tienes mucha inteligencia y la suficiente intuición para los negocios. No quiero que termines leyendo esos libros raros que, a la final, no sirven para nada. Tú eres más que eso. Si te metes a estudiar finanzas, yo te doy un puesto bien pago. Sabes que eres uno más de mis hijos”.  Y su novia, en ese entonces secretaria de otra compañía que funcionaba también en el edificio, lo terminó de convencer. “Mira, Óscar, si te ofrecieron el trabajo es por algo. Después puedes concluir tu carrera y hacer lo que quieras. Yo voy en acenso por acá y pronto seré auxiliar de diseño. Con mi sueldo y con el tuyo podremos pagar la cuota inicial del apartamento que tanto queremos e irnos a vivir juntos. Ya casi termino mi carrera y tú, con el técnico y con un buen puesto, puedes hacer mil cosas”. Óscar Andrés se cortó su larga melena y aplazó sus estudios de antropología. 

A Carolina la conoció en la universidad. Sucedió en un concierto de Lluvia Negra, agrupación de death metal en la que Óscar Andrés tocaba la guitarra. Era una chica con una cara tierna, algo flaca, pero con unos pechos enormes; él aprovechó su condición de músico líder de la banda para conquistarla y ennoviarse con ella esa misma noche. Al principio, tanto los amigos de Óscar como los de Carolina celebraron el romance. Ella casi terminaba diseño gráfico, decía que amaba el thrash y el death, y parecía buena gente. Pero a medida que trascurrieron los meses, se dieron cuenta de que la cosa iba por otro lado. Óscar Andrés, poco a poco, comenzó a alejarse del grupo y ya no se quedaba los viernes en la universidad para ir a tomarse unos tragos. Después, ella le consiguió el trabajo de auxiliar en la compañía, razón por la cual dejó de asistir a algunas clases en la universidad. “Óscar, hermano, ¿qué te pasa?, andas bastante perdido”, le reclamaban sus compañeros. “No, muchachos, sigo siendo el mismo. Es solo que con el trabajo me queda muy poco tiempo para beber y esas cosas. Ustedes saben. Es únicamente por una temporada. Pronto volveré”. 

Por lo menos a los ensayos y a los toques de la banda no dejó de asistir. En los conciertos, Carolina, que ya había sacado las garras, no se le despegaba en ningún momento, salvo cuando Óscar Andrés subía al escenario. Se marchaban apenas él dejaba de tocar. Los demás integrantes de Lluvia Negra también estaban de acuerdo en que algo raro ocurría. Por otro lado, la banda iba por buen camino. A medida que trascurría el tiempo, el número de fans crecía, eran más conocidos en la escena metalera nacional y los conciertos se hacían cada vez más frecuentes. La alegría de todos aumentó cuando les salió un contrato discográfico con un sello de Brasil. Lluvia Negra corría disparada e iba a necesitar más compromiso por parte de cada uno de sus integrantes. Los ensayos se hicieron más intensos y el trabajo se concentró en la hechura y grabación del nuevo disco. Esto, se notaba, le molestaba a Carolina. No tardó en aparecer el anuncio que se temía: el guitarrista Óscar Andrés Martínez se retiraba de Lluvia Negra y dejaba un vacío imposible de llenar en la escena metalera bogotana. 

 

8:50 a.m.

Imprime las cinco copias del informe y va al décimo piso para la reunión con la junta. “Siempre recordaremos el 2019 como el año en que logramos materializar grandes logros en nuestro proceso de crecimiento internacional”. Óscar Andrés no puede dejar de pensar en la presentación de Hypocrisy. Es la cuarta o quinta ocasión en que se pierde un concierto a causa de su trabajo. “Los movimientos de dinero que hacen los clientes del sistema financiero colombiano a través de los distintos canales permitidos, como oficinas, internet, cajeros automáticos y otros, son cada vez más grandes”. Esta vez, sus amigos ni siquiera se tomaron la molestia de llamarlo. Les había fallado muchas veces. Ni por más amigos que fueran iban a aguantarse tanto desatino. No eran ya sus parceros del alma y él no era el mismo de siempre. “Solo en el primer semestre del año las llamadas ‘operaciones monetarias’ que se realizaron por esos canales rondaron los 5.700 billones de pesos”. Estaba solo, sin duda estaba solo. “Esa cifra es casi quince veces más grande que el presupuesto general de la nación esperado para el 2021, de 380,2 billones de pesos”. Solo salía con los amigos o compañeros de Carolina. En la oficina su único “amigo” era el jefe. “En nuestra opinión, las operaciones le ofrecen un nuevo aire al mercado bursátil, que por un buen tiempo estuvo centrado en el sector petrolero”. Iban de rumba a la Zona T, a la calle 82 o al parque de la 93. En dos ocasiones terminó bailando reggaetón con la jefe de su novia. “Simplificamos la operación del negocio y así logramos que, cada vez más, las personas nos estimen y tengan confianza en nosotros”. Su vida era lo que siempre odió y lo que tanto criticó en las letras de las canciones de Lluvia Negra. 

“Martínez, ¡usted es un duro! Yo no habría podido haberlo hecho mejor. Tenemos en nuestras manos a la junta”. Almorzó en Bellini Trattoria con su jefe y la comitiva empresarial para celebrar los buenos augurios de la compañía.  

 

2:30 p.m.

De regreso a la oficina recibe una llamada de Carolina. “Óscar, te tengo un noticiononón. Mi prima Milena nos pidió que seamos sus padrinos de bodas. ¿Te imaginas? ¡Milena se nos casa! La pobre... casi no lo consigue. Es una gran noticia y yo estoy muy contenta, pero ya sabes lo que eso acarrea”. “Te lo pidió a ti, a mí ni siquiera me ha llamado”. “¡Ay, Óscar! No seas sensiblero. Ella te tiene en muy buena estima. El problema es que... tú sabes lo católica que es Milena. Ella y Ricardo van a hacer el curso matrimonial y nosotros, como los padrinos, debemos acompañarlos. Tenemos una cita con el cura para el sábado. Es a las diez. No vayas a hacer planes”. 

¿Qué era lo que sucedía con su vida? De ser guitarrista de death metal se iba a un curso matrimonial, y, para más rabia, de corte católico. No puede permitirlo. El mundo, su mundo, comienza a asfixiarlo. Está encerrado en una pequeña caja de cartón sin orificios para respirar como se debe. 

No logra concentrarse en el siguiente informe, una amargura voraz llena el conjunto que conforma su existencia. Sin poder aguantar más sale súbitamente del edificio. Compra medio litro de aguardiente Antioqueño en una cigarrería, camina tres cuadras hasta llegar a la avenida séptima y toma el primer bus que se le cruza en el camino. ¿Desde hacía cuánto no transgredía el piloto automático que siempre lo llevaba de la oficina a su casa?

Mientras bebe del pico de la botella, el mundo se convierte en un ovillo que se deshace en lo que ha sido su vida. El bus va por la séptima directo al centro de Bogotá. Cada calle, cada cruce, le recuerda un capítulo de su adolescencia y de la universidad. El supermercado Carulla de la 63 lo lleva hasta sus trece años, cuando retacaba y vendía semillas de bonsái por Chapinero. En aquella época cursaba grado noveno y su agrupación favorita era Nirvana; le gustaba vestirse con la ropa al revés, lo más extravagante y desaliñado que pudiera. Incluso él mismo estampó una camiseta en honor a su amado Kurt Cobain. La noticia de su suicidio le llegó por la emisora 88.9. No lo podía creer. “Jueputa”, se dijo, “este men se voló los sesos... y ahora, ¿qué diablos vamos a hacer?”. “Se acabó el puto mundo”. Esa tarde, con su mejor amigo, se bebieron una garrafa y media de Moscato Passito escuchando una y otra vez los casetes grabados del Bleach, del Nevermind y el disco original In Utero que consiguió comprar con lo de la venta de semillas. El guayabo al otro día casi lo mata; vomitó esta vida y la otra. 

Aprendió a tocar guitarra y sus gustos musicales se encaminaron por otro lado. Fue más importante la calidad musical, el desarrollo de la técnica para tocar guitarra y la dificultad para interpretar cada tema. Empezó con Tesla, Metallica, Slayer, Iron Maiden, Deep Purple y Black Sabbath. La avidez y la sed de aventura que el grunge le dio a su adolescencia fue desplazada por la madurez musical de los clásicos. Cada jueves escuchaba con religiosidad el programa de radio El final de los tiempos, donde Lucho Barrera invocaba los sonidos del metal extremo. Por esos tiempos no había internet, las partituras solo se conseguían entre las calles 59 y 56, en las diferentes tiendas que vendían instrumentos musicales y donde muchachos como Óscar pasaban horas soñando con comprar su primera guitarra eléctrica. Para entonces se conformaba con una guitarra acústica que le vendió un amigo por la módica suma de veinte mil pesos. 

 

8:23 p.m.

Acaba de beberse la botella en la barra de un bar de metal a un lado de la calle 19. Pide además varias cervezas. Qué bien se siente con la música que marcó su juventud y que ahora se pierde entre su trabajo y la rutina del matrimonio. Carolina no luce extrañar su vida de metalera. En verdad, nunca le gustó la música, fue una moda para ella, piensa Óscar, mientras vacía las botellas de cerveza. Revisa su celular y encuentra diez llamadas perdidas de su esposa. “Que la vida se vaya al carajo”. Pide “Lack Of Comprehension”, de la agrupación Death, se quita la corbata y canta el tema con todas las fuerzas que le permite su borrachera. 

“Tiempos de guerra, presagio, tormentos y profecías. Millones de seres marchando a la guerra, gritando con horror experiencias atómicas, radioactividad viva, estroncio en los aires. Tiempos de guerra, holocausto tormenta, muerte se acerca. Tiempos de guerra”. Ese fue uno de los primeros covers que sacó con Lluvia Negra, un homenaje que quisieron hacerle a Masacre, legendaria en el metal colombiano. Esos sí que eran buenos tiempos. Cada sábado iban a Subterráneo, en la primero de mayo. No paraban de rockear hasta la madrugada. ¿Cuántas chicas conoció por esos tiempos? “Te quedaste con la peor", le dijo un día Wendy un poco borracha. Luego suena “Roswell 47”, de Hypocrisy, y vuelve a pensar en el concierto que se perdió por culpa del berraco informe. No puede dejar de golpear muy fuerte la barra y termina, casi llorando, dándole besos a una botella de cerveza. “Mi vida es una farsa, una porquería”, le dice al cantinero. La música se hace sórdida y el bar se dilata en un sopor intenso que lo envuelve como una telaraña. A las dos de la mañana, el dueño del bar lo despierta. “Viejo, ya vamos a cerrar, hay que marcharse. Si quiere le pido un taxi”. 

¿Qué horas son?, se pregunta. Qué maricada. ¡Veinticinco llamadas perdidas! Mi esposa me va matar. El taxi lo lleva por la séptima y luego por la 127 rumbo al sector de Niza, donde Carolina le tiene preparado un sermón. 

 

6:30 a.m.

Con una ducha de agua fría espera quitarse algo de la resaca. Carolina no le habla. Hoy se le hizo mucho más tarde que ayer...

 El carro se quedó en el estacionamiento, ya se imagina la cuenta. Toma TransMilenio y busca una silla vacía para dormir por lo menos media hora durante el camino. La cagué hasta el fondo, piensa. Tiene que ajustar las cuentas de la nueva inversión y será un día muy largo. También tiene que inventarse algo para excusarse con su jefe. Con este guayabo va a ser difícil escribir el otro informe, sobre todo porque este tiene que quedar mejor que el anterior, si quiere seguir ascendiendo en la compañía y, algún día, ser parte de la junta general, que es la que toma las verdaderas decisiones. ¡Qué chimba!, se dice: ahora tiene que comprar un traje para el matrimonio de la golfa de Milena. 

ACERCA DEL AUTOR


Magíster en creación literaria de la Universidad Central y licenciado en ciencias sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Ha recibido diferentes distinciones, entre ellas el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia, el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y el Premio Internacional de Poesía José Verón Gormaz de España por el libro Tratado del alba (2016). Otros libros publicados: Memorial del árbol (2013), Segundo Premio Nacional de Poesía Obra Inédita; Diabolus in música (2014), Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía; Georg Trakl en el ocaso (2018); La noche apenas respiraba (2018), mención honorífica Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz y finalista del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura. En el 2021 recibió el Premio Internacional de Cuento Juan Ruiz de Torres por el libro Cuentos para hundir un submarino. Es cofundador y editor de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com).

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