El café arhuaco

¿Hasta qué punto el provecho económico de un producto exótico y místico, ansiado por miles de consumidores extranjeros, puede transgredir la cosmovisión de un pueblo indígena? Un líder de la comunidad arhuaca se lo pregunta frente a un cronista que recorre los cultivos de café de la Sierra Nevada.

POR Carlos Ospina Marulanda

Dos mujeres arhuacas cosechan café en las huertas familiares de la empresa indígena Amas la Tierra.

Dos mujeres arhuacas cosechan café en las huertas familiares de la empresa indígena Amas la Tierra. © cortesía café amas la sierra

 

A Wílber,

en Nabusímake, Sierra Nevada.

 

Caminamos más de cinco horas desde la casa de Iván. El terreno se inclina y los músculos de las piernas arden. Queman fibras que creía inexistentes. Salimos de la casa atravesando un bosque de pinos traídos hace siglos por los monjes capuchinos para secar estos pantanos de la Sierra Nevada de Santa Marta. Hoy –en 2018– el agua sobra y los monjes ya no están. Dejamos el bosque y subimos una loma sin caminos trazados, que combina un terreno pedregoso con plantaciones de café y plátano. Nuestro guía nos indica qué familia es dueña de qué árbol, aunque nunca cruzamos una cerca. Gallinas, cerdos, vacas y caballos deambulan libres; ya vendrán sus dueños a recuperarlos cuando los necesiten.

Las nubes se han disipado y frente a nosotros se planta la inmensidad de la sierra. A la izquierda, el pico más alto de ese nudo montañoso, el Cristóbal Colón: no subiremos, serían otros dos días de viaje para alcanzarlo y no tenemos tiempo. En la punta se observan rocas grises, secas, en donde hubo nieve y hoy solo queda el frío. Este pico rocoso está rodeado por otros tantos filos que pintan de un centenar de verdes el paisaje de una montaña que es a su vez muchas. Cada tanto, los ojos alcanzan un tejado de paja ahumada, el hogar del arhuaco. Siempre habrá uno habitando la siguiente ladera, allá donde no llegan ni la vista ni las piernas.

Avanzamos.

–¿A cuánto estamos? –le pregunto a nuestro guía. 

–A medio tabaco –responde Iván, después de preguntarme si fumo.

Descendemos y el valle se extiende por entre las montañas, a unos 1.900 metros de altura. Lo atraviesa el río Fundación, que baja de la sierra buscando el Atlántico y que llegará a Santa Marta en un par de días. Alcanzamos el río y caminamos sobre un puente de madera que un río Fundación crecido –hablo de otras épocas– no dejaría en pie.

Nos cruzamos con indígenas arhuacos que saludan en su lengua; pocos lo hacen en español y aquellos que parecen ya acostumbrados a la presencia del turista apenas sonríen. Los que nos encontramos andan por la dirección que les marca el día, sin la prisa del tiempo o de su ausencia. Fluyen con un caminar que refleja calma, serenidad; esa misma que se respira en el aire, la que se oye en el cauce del río, la que escapa del verdor de las laderas, del silbido de los pájaros, y del humo que nace de las cocinas tradicionales y se eleva pesado a través de los tejados. Los arhuacos escapan del afán de ese mundo tan nuestro, tan moderno, tan desgastante.

La capital espiritual de los arhuacos, Nabusímake, resguardo cuyo nombre en iku quiere decir “por donde sale el sol”, no tiene servicio de electricidad ni acueducto, y apenas se ven unas pocas pipetas de gas traídas desde Pueblo Bello, Cesar, en camionetas 4x4 que atraviesan diariamente el Amansaguapos, una de las vías, si es que se le puede llamar así, más peligrosas del país. Tampoco hay alcantarillado y las cocinas funcionan con la leña que los más jóvenes deben ir a buscar para que las mujeres cocinen y pasen sus días. 

A las seis de la tarde, puntual, se va el sol y la oscuridad se toma el resguardo, arrojando un silencio profundo que solo invita al sueño. Pasarán doce horas hasta el amanecer y el café con panela. Ahora caminamos por Nabusímake en busca de la historia del origen de su café. Pero quizás estamos buscando al mamo, como se les conoce a los líderes espirituales del lugar, o el salto, una cascada de pocos metros que termina en un lago de agua helada, o quizá simplemente avanzamos. El aire que envuelve al resguardo está aún indefinido. Faltan palabras. Se siente, está ahí, rueda, fluye, pero no tiene nombre. Cruzamos el río. Le pregunto a Iván cuánto nos queda de camino.

–Estamos a un tabaco –se ríe.

Así fumara, nunca podría descifrar las distancias que recorremos.

***

Eran las nueve de la mañana de un día de diciembre de 2000 y en Fráncfort todavía no amanecía. La ciudad era consumida por el frío. El aeropuerto, que había permanecido cerrado durante cinco horas por una intensa nevada, abría sus pistas. Un airbus A340-300, cansado de crear espirales en el aire, recibía por fin la autorización para aterrizar: era un vuelo de Lufthansa proveniente de Bogotá y en él venía Wílber, un indígena arhuaco que salía por primera vez del país y no tenía idea de lo que sentirían sus huesos cuando se filtrara el invierno por las puertas del avión.

–¿Cómo?, ¿las nueve de la mañana y nada que amanece? –preguntaba Wílber sorprendido. 

Wílber creció en Nabusímake, allí donde las estaciones se reducen a si hay temporada de lluvias o una sequía intensa. Las temperaturas más frías no serán nunca inferiores a los siete u ocho grados y siempre sale el sol a la misma hora, cada día del año. Wílber apenas comprendía que había dejado el trópico atrás y que la tierra es mágica, diferente y cambiante según el rincón en donde se esté. Las puertas del avión se abrieron. Había llegado preparado. En Bogotá tuvo que comprar una amplia chaqueta de plumas, un jean azul, zapatos de cuero, guantes y un gorro que cubría su abundante pelo crespo; pero, a pesar de su armadura, sentía que el frío le invadía el cuerpo por entre la piel. Claro, llevaba también la mochila terciada para cargar su pasaporte colombiano en lugar de hojas de coca. La manta tejida en lana de oveja iba en la maleta. Incluso así, el frío casi lo hizo meterse de nuevo en el avión. Si no hubiera sido porque otros pasajeros salían detrás de él y le impedían el paso, Wílber se habría devuelto en ese mismo instante para la sierra. 

Fráncort fue su primera parada. Iría también a Canadá y a Japón. Desde Santa Marta logró que socios y aliados le financiaran algunas visitas a ferias y subastas en los países compradores de cafés especiales. Iba a la búsqueda de consumidores del café orgánico que en ese momento producían él y otros indígenas en las tierras altas de la Sierra Nevada. No debía ser muy complicado. Ese café, además de colombiano, especial, orgánico y suave, tenía algo que ni el interior del país ni otra tierra del mundo podían ofrecer: la mística de ser cosechado en un resguardo indígena por arhuacos que sembraban al tiempo su cultura y su tradición. Wílber sabría aprovechar su mito de origen. 

En Fráncfort vendió café en una subasta a precios que nunca hubiera imaginado, ¡cien veces más de lo que le ofrecía el comercio en Pueblo Bello! En Canadá consiguió clientes que se comprometieron a comprar un contenedor lleno de café en cuanto lo tuviera listo. Con los japoneses habló por teléfono y quedaron en visitarlo al año siguiente; querían hacer negocios. Hizo un sinnúmero de contactos. Su visita, a pesar del clima helado en el hemisferio norte durante la época navideña, había sido un éxito. Fue el café, o quizá su sonrisa que contrastaba con la depresión invernal europea, o ambas cosas. Así volvía a la sierra, motivado, dispuesto a trabajar. Creía haber encontrado una alternativa de producción para que el resguardo creciera y la calidad de vida de los indígenas diera un salto hacia delante. Claro, la respuesta estaba en el café orgánico con el toque místico de la sierra: su estrategia no podía fallar. El futuro estaba por delante y él tenía los clientes en el bolsillo. Ahora solo debía volver y trabajar de la mano con sus pares, los indígenas, y convencerlos de que este era el camino, un camino de café.

Wílber Mestre junto a un niño de la comunidad arhuaca.

Wílber Mestre junto a un niño de la comunidad arhuaca. © ana maría gómez

 

***

De Valledupar salimos a las cinco de la mañana en una camioneta que nos llevó hasta Pueblo Bello. Al resguardo nos subió una 4x4 modificada especialmente para la trocha. Vimos una piedra enorme atravesada en la mitad de la vía, igual de grande a la camioneta en la que íbamos. Estábamos convencidos de que no podríamos pasar por allí, pero cruzamos y tras derrapar en el barro, alzamos la vista nuevamente: frente a nosotros otra piedra, más grande que la anterior. El sudor me corría por la espalda; íbamos trece, incluido un bebé arhuaco al que el camino no le perturbó el sueño ni por un segundo. Apenas llegando, abrió el ojo, tendría hambre. Dos horas y media de recorrido. ¿Cómo se pondría esto cuando llovía? No en vano su nombre: el Amansaguapos.

–Se quedan donde Iván, ¿no? –nos preguntó el conductor.

–Sí –respondí.

–Es por El Pantano –nos dijo.

–Sí, supongo, es la primera vez que venimos.

En El Pantano, vereda de Nabusímake que en otra época fue intransitable, nos estaba esperando Iván junto a su pequeña nieta. Nos recibió en compañía de su familia, como si nos conociéramos de toda la vida.

A Iván lo habíamos contactado a través de una amiga que conocimos visitando cafetales del interior del país y que había trabajado por un tiempo en la sierra. Queríamos contar la historia del café de los indígenas de esta montaña enorme que se alza al pie del mar Caribe y, apenas conseguimos el número de Iván, no dudamos ni un segundo en llamarlo. Era la historia del famoso café de los arhuacos. Bastó una llamada: anotamos la fecha y las indicaciones para llegar hasta el resguardo, y detectamos su acento traído de Valledupar.

Ese día visitamos su finca, un terreno de no más de dos hectáreas que perteneció a su suegro. Ahora está dividido entre su esposa y los hermanos de ella; comienza al borde de una montaña y se extiende hasta la cima de esta, allá arriba, adonde fuimos con uno de sus hijos y desde donde pudimos observar la infinitud del resguardo. A las cinco y media de la tarde, cuando ya se comenzaba a ir el sol, María, su esposa, nos sirvió la cena. Comimos y a las seis nos fuimos todos a dormir. Es la rutina de aquellos lugares en los que la electricidad es un lujo que sus habitantes aún no se pueden dar, y cuando anochece lo único que queda por hacer es acostarse.

Así pasamos la primera noche, en un cuarto completamente negro y frío, en una cama doble con cobijas que nada tenían que ver las unas con las otras. A la madrugada, un café con panela; una mochila terciada, llena de naranjas, y los zapatos preparados para seguirle el ritmo de la marcha a Iván. Intentarlo, al menos.

En la recolección del café se retiran los granos que aún no están en su punto. Se les reconoce porque no son color uva.

En la recolección del café se retiran los granos que aún no están en su punto. Se les reconoce porque no son color uva. © cortesía café amas la sierra

 

***

Caminamos más de cinco horas. Iván no da muestras de cansancio a pesar de la gripa que carga hace tres días. Mi camisa no soporta una sola gota más de sudor. Entiendo la razón para la exagerada cantidad de naranjas que pesan en las mochilas. Cruzamos el pueblito, en el que los capuchinos dejaron una iglesia que ahora sirve de cárcel, y en donde hay también una casa enorme, la cual adoptaron los arhuacos como lugar de reunión, centro de toma de decisiones importantes. Es la casa de gobierno, en la que también viven los guardias encargados de cuidar el resguardo; un lugar sagrado, custodiado por un muro de piedra que apenas deja entrever la arquitectura tradicional arhuaca, como si fuera un secreto, y claro, no está permitida la entrada. La rodeamos, avanzamos algunos minutos más por el mismo camino y nos detenemos frente a una construcción tradicional.

–Aquí los quería traer –nos dice Iván–. Se nos acabó el tabaco. Ustedes vinieron a hablar de café, pues aquí les van a hablar de café.

El lugar parece inhabitado. Recorremos la casa y allí, sentado en lo que se asemeja a un establo al que hace mucho tiempo no le traen ganado, trabaja un indígena, machete en mano, cortando caña para alimentar a las gallinas.

–Compadre, cómo le va –saluda a Iván al mismo tiempo que le da un machetazo certero al palo de caña que sostiene entre la mano y el pie.

–Bien, Wílber, aquí le traigo un par de personajes que vienen de Bogotá y que quieren hablar con usted.

–Claro, sigan y agarren unas naranjas, ya estoy con ustedes –responde con una sonrisa.

Miro a Iván y con sudor en la frente le digo:

–Un tabaco, ¿no?

 Ríe de nuevo y se pone en marcha. ¿Cuánto más pretende caminar?

 Al fondo una radio intenta, sin éxito, sintonizar algunos boleros viejos. Ya es mediodía y el sol seco quema la piel. Nos sentamos en una larga banca de madera frente a la casa, a la sombra de un naranjo. Un alivio después de más de cinco horas de caminata.

 Imelda Castaño muestra con su mano granos de café que, aunque parecen maduros, aún no deben cosecharse.

Imelda Castaño muestra con su mano granos de café que, aunque parecen maduros, aún no deben cosecharse. © cortesía café amas la sierra

 

***

–Jóvenes, si eso es lo que vinieron a escuchar, pues aquí les voy a echar el cuento del café en Nabusímake –son las palabras de Wílber al acercarse hacia el tronco donde nos hemos sentado. 

Está pelando una naranja y no deja de sonreír. Comienza su discurso sentándose en el tronco.

–Esta no era una zona originalmente cafetera. Aquí en el resguardo no había café. Hacía mucho frío. Es más, se la considera como una zona marginal alta. Pero los indígenas, al tener que conseguir dinero para su sustento, empezaron a bajar a Pueblo Bello para trabajar en las plantaciones cafeteras de los terratenientes de aquellas tierras. El indígena, curioso, empezó a traer los granos de café al resguardo y a sembrar la planta en estas tierras. Era el café común, el árbol de arábigo, enorme. Los palos se empezaron a ver por aquí y por allá, y como esos dan tanto fruto, hubo un auge tremendo; todos querían intentar su cosecha. Una de las primeras indígenas que lo intentó, hace ya más de veinte años, que además era ingeniera agrónoma, empezó a sacar el café de la sierra y a venderlo en otros países con la etiqueta de café orgánico del resguardo. Claro, eso le da un misticismo especial que no tiene ningún otro café. Fue la precursora y a mí me sonó mucho la idea. Pensaba que era algo nuevo, que estábamos innovando: al final entendí que era lo mismo que hacíamos con todos nuestros productos y que solo le estábamos poniendo el apellido “orgánico”. Pero se vendía.

Continúa, ahora de pie y paseándose frente a nosotros como un profesor de cátedra que recorre el salón con su discurso.

–Y me sonó tanto el asunto que me dediqué a estudiar el tema del comercio del café: las cuentas me daban. Me fui para Santa Marta, hablé con comerciantes de café, busqué inversionistas y conseguí alguna financiación. Se popularizó, pues, el café orgánico de la Sierra Nevada. Era como un café mágico. Pero yo, dentro de este afán de vender café, siempre tuve muy claro que lo que quería era formar una cooperativa, por ponerle un nombre, y que los indígenas le trabajáramos a este negocio como comunidad. Así me fui hasta Alemania –de donde no se me va a olvidar nunca el frío–, Canadá, Nicaragua, y hasta conseguí unos socios japoneses. Les voy a dar el secreto: es una mezcla de lo que me ha enseñado el mamo y este inglés tan pulido que tengo yo para hacer negocios. 

Se detiene un segundo para terminar su naranja y arrojar la cáscara al claro que acumula leña detrás de la casa. Espanta la siesta de un perro que, renegando, se acomoda junto a otro árbol. 

–Así que con varios compañeros buscamos las certificadoras. Teníamos los clientes, teníamos los socios y, como suele ocurrir, nos olvidamos de lo orgánico. Nos enfocamos en hacer negocios y se nos olvidó la conciencia ambiental. Nos olvidamos de la naturaleza, de los pájaros, de los arroyos, y nos pusimos a sacar cuentas de cuánta plata íbamos a ganar.

Sigue su caminar catedrático, pero la expresión en el rostro cambia, y la sonrisa, por un momento, lo abandona.

–Y se empezaron a crear marcas. Cada uno conseguía su cliente, su negocio. La idea de lo comunitario desapareció. En ese instante, me di cuenta de que el trabajo ya no era lo que yo soñaba y que el camino escogido se había deformado. Me empecé a preguntar por el rol que jugaba el café en nuestra cultura; me desligué un poco del negocio, necesitaba pensar. Así que me fui por un tiempo adonde un mamo, uno de nuestros líderes espirituales, a buscar consejo. Desde que volví, nunca más sembré café.

Al fin, se sienta apoyando los brazos sobre las piernas con un gesto cansado. 

–Entendí que la comida define la cultura. Entendí que define también los valores y las costumbres. La comida, en gran parte, cuenta lo que somos como pueblo. Está en la preparación de la tierra para el cultivo, la cosecha, la recolección, la cocina y la cocción de los alimentos. Pero sobre todo entendí que el café se estaba convirtiendo en un obstáculo para la preservación de nuestra soberanía alimentaria. El café se limitó al tema económico, pero dígame una cosa, joven, ¿dónde se ha tomado usted una sopa de café? Se pierde poder de decisión sobre lo que se come, cuando la alimentación depende de lo que el tendero pueda o quiera vender, o lo que el bolsillo pueda comprar; cuando se produce un solo producto. A esto hay que sumarle que el productor, en la cadena comercial del café, es el que menos gana. Abandonamos nuestra comida, nuestra cultura, por el beneficio económico. El café no cabía dentro de nuestra concepción del universo: este tiene un orden ancestral que debe ser respetado, así como se debe respetar el cauce de un río o el lugar en el que crece un árbol. El café no es propio de estas tierras del resguardo. Al traerlo, íbamos en contra de nuestra concepción y nuestro respeto por el universo.

–Y entonces, Wílber –le pregunto–, ¿cuál es su percepción del futuro inmediato frente a estas contradicciones entre el café y la cultura arhuaca en el resguardo?

Apenas levantando la mirada, responde tajante.

–Tengo preocupación. Si nuestra cultura se va a acabar, y parece que así será, espero que no seamos nosotros los que le demos el empujón para que se extinga. Es lo mínimo. Pero vean el tema de las mochilas, ya no se respeta ni la originalidad y se hacen a la medida de lo que el extranjero solicita. Esto a los mamos les da mucho miedo: el sistema económico nos absorbe.

Iván regresa de su caminata –¿habrá descansado?– y Wílber se pone de pie, esta vez como acompañándonos hasta el camino por el que habíamos entrado a su casa. Camina erguido, pero muy despacio. 

–Yo, por mi parte, jóvenes, sigo buscando una alternativa que equilibre la balanza. Porque no se nos puede olvidar que estas son también tierras donde hay mucha pobreza, y si el indígena ve en el café una alternativa, va a ir tras ella. Hay que darle otras opciones. He pensado en frutas de tierra fría, por ejemplo, que llegan a la costa desde el interior, estando nosotros tan cerca. En últimas, lo que necesitamos es que no se pierda la cultura: necesitamos algo que la fortalezca, esa debe ser la finalidad. Si tan solo hubiéramos hecho lo del café en comunidad, otra sería la historia. Sí soñé con sembrar café, pero ese sueño hace rato fue abandonado.

Se hace tarde y debemos volver a El Pantano. Iván llena nuevamente nuestras mochilas de naranjas. Me pregunto de dónde las habrá sacado. Tenemos claro el camino de regreso, aunque las fuerzas ya no son las mismas. A Wílber le agradecemos por la historia, por el tiempo, presente y pasado, y por las palabras. Nos encontraríamos nuevamente para volver a hablar de café. A nosotros nos espera el vuelo a Bogotá y para eso debemos estar al otro día en Valledupar, no sin antes bajar por el Amansaguapos. En Nabusímake se queda el indígena arhuaco que recorrió el mundo con un sueño, un sueño que ya no es. Que dejó de ser. Salimos del resguardo con el sinsabor de haber encontrado la historia de un café orgánico que va en contravía de la cultura arhuaca, permeándola grano a grano. Wílber, eso sí, casi nunca dejó de sonreír. 

ACERCA DEL AUTOR


Carlos Ospina Marulanda

Profesional en gobierno y relaciones internacionales de la Universidad Externado. Magíster en demografía y desarrollo y en creación literaria. Ha trabajado como guionista y escritor para distintas oenegés nacionales e internacionales, así como para Unicef y la Agencia de Cooperación Alemana. En 2018 publicó el libro de crónicas El andariego. Relatos cafeteros. En 2020 ganó el Concurso de Relatos Alianza por la Solidaridad (Madrid). Actualmente es el director y editor de la editorial independiente Zaíno.

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