El centro queda en el este: testimonios de amor por Corea del Sur

Aunque el país peninsular queda a 9.300 millas de tierras colombianas, su influencia ha crecido tanto en los últimos años que, incluso acá, miles de personas se desviven por su cultura. Cuatro mujeres -una estudiante de colegio, una productora de eventos, una profesora de coreano y una archivista- relatan su enamoramiento.

POR Christopher Tibble Lloreda

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Ilustraciones de Laura V. Álvarez

 

하나

 

Son las dos de la tarde y los estudiantes del Jaime Garzón se precipitan hacia la entrada del colegio como un cardumen en desbandada. Los uniformes azules se agrupan y se esquivan, se retuercen y se empujan, en medio de un desorden de voces que, tomadas en conjunto, se asemejan a un chisporroteo incomprensible. Afuera, unos esperan a otros para hacer juntos la caminata a sus casas o a la estación de Transmilenio del Portal Américas, a unas pocas cuadras. El cielo promete una tarde plomiza para la localidad de Kennedy, en el suroccidente de Bogotá.

A medida que la entrada se desocupa de estudiantes, distingo la figura de María Fernanda Bernal. Mafe, como prefiere que le digan, tiene 16 años y mide 1,52. Su cabello es oscuro y lo tiene recogido. Usa un tapabocas sin arrugas, el borde superior acomodado pulcramente bajo el marco de sus gafas. Cuando nos saludamos, inclina su cuerpo hacia adelante en una leve reverencia. Se trata, me dice, de una de las muchas costumbres que ha adquirido desde que descubrió, por medio de internet, la cultura de Corea del Sur.

Su primer encuentro con el país asiático ocurrió hace seis años. Mafe, entonces de diez, se encontraba en su casa mirando videos de música en YouTube. Entre las pestañas de recomendaciones aparecieron las caras en miniatura de siete muchachos. A la derecha de la imagen, unos caracteres coreanos y unas palabras en inglés: [MV] BTS (방탄소년단)_FIRE (불타오르네).. Mafe hizo clic. El video inicia con Suga, uno de los tres raperos de BTS, saltando una reja para saludar a una figura encapuchada que se prende en fuego al contacto de su mano. La imagen, un homenaje a la portada del álbum de Pink Floyd, Wish You Were Here, da paso al estallido musical: una sirena, aguda y afilada, empieza a aullar como si un edificio estuviera en llamas.

–Me pareció completamente diferente –me dice Mafe, la espalda recta, sentada en un salón de clases adonde nos dirigimos para hablar sobre Corea del Sur–. No es como la música de acá. Me gustó lo visual, las explosiones.

En el video de cinco minutos, los integrantes de BTS brincan, cantan, rapean y ejecutan coreografías en perfecta sincronía, al tiempo que recorren una bodega llena de objetos en proceso de incineración. Como muchos de los éxitos del k-pop, se trata de una canción refulgente, estruendosa, que no deja de rugir hasta extinguirse. El video le sigue el ritmo: su edición es tan rápida como el cuchillo de un cocinero picando una cebolla.

Aunque ya tiene más de 725 millones de reproducciones en YouTube, “Fire” ni siquiera entra en el top cinco de los videoclips más vistos del grupo en la plataforma. Porque BTS no es una boy-band cualquiera. Es para los surcoreanos lo que fue Shakespeare para los ingleses del siglo XVIII: un producto de exportación cuya importancia trasciende las tarimas y los círculos de aficionados. Sus siete integrantes –Jin, Suga, J-Hope, RM, Jimin, V, Jungkook– tienen pasaportes diplomáticos y acompañan al presidente de su país a las Naciones Unidas. El alud de premios y récords de la banda es tan grande que, de incluirlo acá, sepultaría al resto del artículo. En este momento son, junto a las cuatro cantantes de Blackpink, el rostro del fenómeno global del k-pop y, por extensión, del hallyu, la “ola coreana” que en años recientes ha crecido hasta convertirse en un tsunami cultural, abalanzándose sobre el planeta entero a punta de canciones, series, películas y cosméticos.

Mafe hoy no tiene un “bias”, el término que se usa para señalar al miembro preferido de un grupo.

–Una vez ellos dijeron una frase muy bonita –me explica–: “Somos un grupo y deben amarnos a los siete por igual”.

Como buena army (así se autodenominan los seguidores de BTS), ella los apoya a diario: les suma reproducciones a sus videos y a los streamings que realizan en la app BeeLive, y vota por ellos cada vez que reciben una nominación. No es, sin embargo, dogmática: hace parte de otros fandoms (grupos de fans) del k-pop:

–También soy blink de Blackpink, once de Twice y moa de Tomorrow X Together. Del resto sí soy oyente casual.

El interés de Mafe por la música surcoreana pronto se tradujo en un interés por el país. En el conjunto cerrado donde vive con su madre, en el barrio El Porvenir, se internó en el bosque virtual de internet y fraguó allí una nueva identidad.

–Mi mamá a veces se preocupa –me dice–, pero yo le explico que es la cultura que escogí, son las costumbres que me llaman la atención.

Mafe admira de Corea del Sur el respeto por los mayores, el acatamiento a las jerarquías, la seguridad de poder ir a un parque a las once de la noche. En el centro de su admiración también palpita un cuestionamiento a Colombia.

–Allá sí respetan los horarios y los niños aprenden etiqueta desde pequeños. Allá una construcción dura un mes, acá puede durar tres años.

En los últimos años, Mafe ha integrado rasgos de la cultura surcoreana en su vida cotidiana. Deja sus zapatos a la entrada de la casa. Se sienta en el piso en vez de hacerlo en el sofá. Se tapa la boca con la mano cada vez que se ríe. Saluda con reverencias. También estudia el idioma en YouTube, en un canal que se llama Habla Coreano, porque quiere estudiar una licenciatura en idiomas en la Universidad Nacional de Seúl cuando se gradúe del colegio.

En el salón de clase, abre su cuaderno para mostrarme sus planas. Me explica con acuidad algunos matices:

–Es que allá las vocales son diferentes. Están la A, la I, la O y la U, pero hay otra O y otra U, que suenan totalmente distinto. Y hay dos tipos de E, tres tipos de P, de K, y todas se pronuncian diferente, con mucho aire, poco aire o sin aire. Entonces, si tú pronuncias mal alguna letra, puede que estés diciendo otra palabra.

Me dice que su palabra preferida es 우자, que significa “universo” en español. Cuando le pregunto por qué, responde:

–Porque es la palabra más bonita que conozco para expresar la idea del amor.

 

 

 

La chaqueta de jean de Maira Romero parece el árbol de Navidad de una familia ecléctica. En su franja superior cuelga una docena de pines. Conviven aguacates con un huevo frito, el espíritu Kaonashi de la película El viaje de Chihiro, el bigote de la aplicación Rappi y un útero del que brota una rosa oscura con una cinta ondulante que dice “grow a pair”. En el costado izquierdo del cuello de la chaqueta sonríe un koala de trazo asiático, cercado por el nombre de un club ambientalista: Club Salvemos el Amazonas. Este último pin tiene un significado especial para Maira: ella lo mandó a hacer durante las quemas amazónicas de 2019.

–Es de un proyecto que saqué con unos chicos ilustradores de Hallyu Colombia –me dice cuando nos vemos en un Starbucks en el norte de Bogotá–. Con lo que vendimos hicimos una donación a una fundación para ayudar a resembrar el Amazonas.

Maira, de 34 años, fundó Hallyu Colombia en 2010 con unas amigas, para difundir el k-pop en el país. En ese entonces pocos colombianos habían escuchado del género, o de música surcoreana en general: todavía faltaban dos años para que PSY sacara “Gangnam Style” y la humanidad se pusiera de acuerdo para hacer el baile equino de la canción. Maira se adelantó a la mayoría gracias a un videojuego en línea llamado Ragnarok Online.

Un día de 2008, mientras navegaba en un foro de jugadores, vio un personaje atractivo en una foto de perfil. Decidió escribirle al usuario: “Oye, disculpa, ¿de qué juego es ese personaje?”. A los pocos minutos recibió la respuesta: “No es un personaje, es una persona real”. Era un cantante: Kim Jae-joong, de la banda de k-pop TVXQ. En el mensaje estaba el hipervínculo a una canción de ellos llamada "믿어요 (“I Believe”).

–Yo amo las baladas en cualquier idioma –me dice Maira–, pero esa me recontramarcó. Y el tipo del video, superwhat the fuck. Quedé como wow.

TVXQ no era una banda pionera del k-pop, sino un ejemplo más de un fenómeno musical que nació de forma inesperada el 12 de abril de 1992. Ese día, tres raperos –Seo Taiji, Yang Hyun-suk y Lee Juno– participaron en un concurso de talento televisivo en Seúl. Su canción, “Nan Arayo (I Know)”, era una especie de tributo coreano al gangsta rap de Compton con el ingrediente adicional de unas guitarras eléctricas que parecen sacadas de un álbum de Metallica. El jurado la detestó. El público se enloqueció. La canción resonó en un país que venía de abrirle la puerta a la democracia y en el que los televisores, de la noche a la mañana, habían inundado el 99% de los hogares. La industria musical surcoreana tomó nota y no tardó en abrir las fábricas de idols, como se conocen allá a los integrantes de los grupos de k-pop.

En la actualidad, tres compañías dominan el mapa de este género: SM Entertainment, JYP Entertainment y YG Entertainment. La primera fue fundada en 1995 por Lee Soo-man, un cantante de folk que desde joven se sintió atraído por la música de los trovadores estadounidenses y las primeras bandas de rock surcoreano, como recuerda el escritor John Seabrook en un reportaje para el New Yorker. Durante la dictadura de Chun Doo-hwan en los años ochenta, una época en que la policía solía arrestar músicos y clausurar toques, Lee emigró a Estados Unidos, donde estudió una maestría en ingeniería computacional. Allá, como miles de compatriotas expatriados, se metió de lleno en el mundo de MTV y del rap. Al regresar a Corea del Sur, a finales de esa década, llegó tarareando “My Prerogative”, de Bobby Brown, y con una nueva idea para la industria musical: la “tecnología cultural”, según la cual un artista no nace, sino que se hace. Su idea, pronto, se volvería el plan maestro del k-pop.

Según varios artículos, el recorrido para hacer parte de una agrupación de este tipo en Corea del Sur es escarpado y brutal. Solo uno de diez aspirantes llega a debutar como parte de una banda. La mayoría entra al sistema en los primeros años de la adolescencia. Se van a vivir a los dormitorios de las compañías y durante años llevan una existencia monacal: no pueden tomar, fumar, ponerse un tatuaje. En el documental Light Up The Sky, de Netflix, las cuatro idols de Blackpink cuentan sus años como trainees (aprendices). A lo largo de un lustro practicaron canto y baile durante catorce horas al día, y solo se les permitía una jornada de descanso cada dos semanas. De esta manera el sistema produce una serie de bandas pulcras y dóciles, sin margen de improvisación y con el apoyo de un ecosistema de productores, escritores, community managers y publicistas que se encargan de pulir y difundir sus contenidos.

–Corea es un país superconsumista –me dice Maira–. Mira.

De su maleta saca una caja de cartón cuadrada, del tamaño de un paquete grande de barriletes. En la cubierta, que brilla por un laminado especial, se ve un reguero de flores sobre un fondo rojo y lila. En la mitad, una mujer mira de frente a la cámara.

–Ella es IU, una cantante –me explica Maira–. Y este es su último álbum, LILAC.

En el interior de la caja, dispuestos con la precisión de un rompecabezas armado, hay stickers, un photobook, otro libro con las letras de las canciones, el cedé y unas photocards, que son de edición limitada. La calidad del producto es tan alta que en YouTube existen videos de aficionados desempacando el álbum. Uno de ellos tiene 100.000 reproducciones.

Maira conoce de primera mano el poder del marketing coreano. En su casa tiene más de cien álbumes como el de IU. Por las mañanas solo se aplica maquillaje de ese país.

–¡Es top! –me dice.

Tiene bases, delineadores, pestañina, sombras y rubores de Corea del Sur. La chaqueta de jean de los pines la compró en Seúl, adonde fue por primera vez en 2014 y se quedó tres meses. En ese entonces, Maira trabajaba con una empresa surcoreana de producción de contenidos. En el viaje estudió un diplomado para extranjeros en la Universidad de Kimpo y participó en una feria de canales de televisión.

La experiencia laboral la quebró:

–Fue traumatizante –me cuenta, agrandando los ojos detrás de sus gafas de marco rosado–. A mí me gusta trabajar, pero tenía 27 meets diarios. Las jornadas eran de siete de la mañana a una de la mañana. Me dio una enfermedad muy frecuente en Asia: estrés laboral. Me tuvieron que internar en un hospital y darme antibióticos porque me salieron unas bolas gigantes en la piel.

Hoy en día Maira prefiere tener una relación a distancia con Corea del Sur. Volvería “ochocientas veces más”, pero no quisiera trabajar de nuevo allá.

–Es una cultura muy diferente a la nuestra –me dice.

En la actualidad, además de hacer asesorías para restaurantes, organiza para la Embajada surcoreana la versión colombiana del concurso de canto y baile K-pop World Festival. Y sigue al frente de Hallyu Colombia, una comunidad que hoy tiene miles de seguidores y para la cual trabajan 28 personas pro bono. Me confiesa que está agotada. No ha sabido comunicarse fluidamente con una generación más joven que vive muy pendiente de su salud mental; de hecho, ha tenido que contratar psicólogos para aprender del tema. El ritmo de las redes también la agobia.

–Toca estar pendiente de los trends. En especial de TikTok, tu vida en cinco segundos –me explica.

–¿Por qué crees que miles de colombianos se desviven por la cultura surcoreana? –le pregunto al final de nuestra charla.

Antes de contestar, me cuenta un poco de su vida. Me relata que nació en Carmen de Bolívar, a media hora de los Montes de María, donde su padre militar estaba de servicio. Unos años después, la familia se mudó al Putumayo y en ese departamento pasó su infancia. A Bogotá llegó adolescente para estudiar en la universidad. De su recorrido por el país surge para ella una conclusión:

–Colombia, desafortunadamente, no tiene una identidad arraigada. Corea, en cambio, sí. Por eso nos identificamos con su cultura, para sentir que pertenecemos a algo.

 

 

 

La caleña Sonia Villamil todavía recuerda sus días como integrante de la Iglesia Coreana Unida Presbiteriana de Bogotá. Todos los domingos, durante un año, se dirigió a la casa color pastel en el barrio La Castellana, que tiene una modesta cruz en la parte más alta de la fachada y el nombre en coreano sobre la puerta: 한인연합장로교회. El culto era diferente al que ella estaba acostumbrada en otras iglesias cristianas de Colombia. En el auditorio principal había bancas de madera, como en los templos católicos, y se rezaba el padrenuestro. Otra novedad eran los almuerzos: después de orar, la comunidad entera –unas setenta personas– preparaba platos típicos coreanos, como bibimbap o kimchi jjigae, un estofado rojo de cerdo o tofu a base de col asiática extrafermentada.

Sonia había logrado entrar a pesar de que la iglesia tenía como regla general no aceptar colombianos. A veces sentía el recelo de ciertas personas, nunca se integró del todo, pero se trataba de una oportunidad que no pensaba desaprovechar. Para ella el objetivo era claro: mejorar su coreano.

–Escuchar el culto en ese idioma fue muy útil para mí –me dice–. Aprender el vocabulario bíblico.

Esto no era para Sonia un pasatiempo cualquiera. Durante el resto de la semana estudiaba tres horas al día en el Instituto Sejong, el equivalente surcoreano de la Alianza Francesa o el Goethe-Institut. Allí había llegado becada después de aprender las bases del idioma mientras cursaba un pregrado en zootecnia en la Universidad Nacional sede Medellín. Desde ese entonces, ella ya intuía que no se dedicaría a la producción pecuaria y a los bovinos, sino a las reglas de la gramática y la sintaxis de un idioma que hablan ochenta millones de personas al otro lado del mundo.

El coreano llegó a la vida de Sonia por medio del programa de televisión Los chicos son mejores que las flores, una adaptación transmitida en 2009 de un manga japonés sobre la vida sentimental de una adolescente. En el dorama –como se conocen las series surcoreanas–, Geum Jan Di, la hija de un tintorero, entra a una escuela de élite en Seúl después de salvarle la vida a uno de sus estudiantes y termina siendo el objeto de amor de dos compañeros de clase. Más que por la trama o los personajes, que ya conocía porque había visto el original, Sonia se sintió atraída por el idioma. Fue como un relámpago:

–Me cautivó el corazón –me asegura–. Me sonó muy tierno. Muy cute. En especial las terminaciones en “io”. En ese momento supe que quería hablar como ellos.

Hoy, a sus 31 años, Sonia se desenvuelve con fluidez en coreano, y se lo enseña a otros. Nos vemos para hablar de su vida en Dulcinea, un café vintage en el barrio Miraflores, en Cali. La luz del sol se riega sobre la ciudad y los pájaros gorjean en el parque del Triángulo, al otro lado de la calle. A pocas cuadras, me dice, queda el Centro Cultural Coreano de Cali, donde también estudió durante un tiempo tras su paso por el Sejong. Años después, en 2019, el centro la contrató como profesora, pero no duró mucho tiempo: un día el dueño tomó la decisión de solo tener coreanos en su nómina. La medida resultó provechosa para ella. Sonia lanzó su red y empezó a pescar estudiantes para enseñarles por su cuenta: en este momento tiene un total de quince y se gana la vida como profesora.

En Dulcinea me sonríe con los ojos antes de darme un repaso de su clase.

–Aprender coreano tiene tres etapas –me explica con un tono afable, conciso, como hablándole a un niño–. La primera dura apenas dos semanas. El alumno aprende el alfabeto, a leerlo y a escribirlo. Imaginate. Eso no es nada. Es un momentico no más. Ya que la persona sepa qué está leyendo, pues no, pero lo lee.

En la segunda etapa, que se demora en promedio dos años, se estudia el vocabulario y la gramática. Aparecen los tiempos verbales más sencillos: se conjuga en presente, en pasado. A la tercera etapa no llega la mayoría; muchos desisten por la complejidad. El reto principal en ese momento es la escritura formal. Sonia confiesa:

–Yo hablo coreano perfecto, pero en la escritura parezco de primaria. El coreano conversacional y el escrito son muy diferentes. Es un quiebre mental.

En la actualidad, la enseñanza no es el único vínculo de Sonia con Corea del Sur. El año pasado, el gobierno de ese país la nombró “reportera honoraria” de Korea.net, su página para difundir noticias a nivel internacional. El reconocimiento se debió a su labor como fundadora del grupo Intercambio Cultural Colombia y Corea, que hoy tiene 6.000 miembros en Facebook. Pero Sonia es insaciable: además de las clases, su labor periodística, su trabajo en redes, hace menos de un año fundó un club de lectura de literatura coreana en Instagram (@corea_mil).

A nuestro encuentro en Dulcinea llegó con un libro en la mano: Diario de Corea, 16 de julio de 1951, del militar y periodista Álvaro Valencia Tovar. La obra, publicada recientemente por la editorial Planeta, narra las experiencias del Batallón Colombia –una colcha de retazos compuesta por soldados, reservistas, campesinos, estudiantes, policías y hasta un ciudadano uruguayo– en la guerra de Corea a mediados del siglo pasado. Laureano Gómez, el presidente en ese momento, había enviado las tropas para aportar su grano de arena a la contienda contra los comunistas del norte, que habían invadido el sur con el apoyo de Mao Zedong y la República Popular China.

El libro de Valencia relata el periplo desde el comienzo. El 12 de mayo de 1951, los primeros 1.170 integrantes del batallón se despidieron de su familias en una ceremonia en la plaza de Bolívar. Enseguida se montaron en unos trenes “engalanados con banderas militares”, que los llevaron hasta Buenaventura por la vía de las “escarpas agrestes del Tolima” y los “paisajes de luz sobre el valle en las riberas del Cauca”. En el puerto se montaron en el buque Aiken Victory, de la Armada de Estados Unidos, y desde la cubierta se despidieron del mar de pañuelos blancos que ondeaba en el muelle.

Durante las siguientes semanas navegaron por el Pacífico. Para pasar el tiempo, jugaban ajedrez y boxeaban. En las noches veían westerns en un proyector o escuchaban bambucos. Los que podían compraban plumas Parker. Los oficiales recibían clases de inglés. El 16 de julio, cuando desembarcaron, posiblemente sonó por primera vez música colombiana en tierras coreanas: “Instantes después –recuerda Tovar en un estilo que no dista mucho de un poema de Guillermo Valencia–, rasgó el aire con el ardor de un toque de carga el preludio heroico del himno nacional de Colombia”. En la guerra morirían 169 colombianos. Cuando terminó, en 1953, nacería Corea del Sur en su configuración actual, una nación tan pobre que, incluso para el año 1960, tenía un PIB menor que el de Colombia.

Fue en un país muy diferente donde aterrizó Sonia para trabajar como misionera en 2018. Unos meses antes, la Iglesia Coreana Unida Presbiteriana la había contactado porque un pastor en Corea del Sur necesitaba un traductor que hablara el idioma y, además, inglés y español. No podía creer su suerte.

–Yo no tenía un peso –me dice– y de repente estaba viajando con todo pago.

La vida en la décima economía más fuerte del mundo cumplió, al comienzo, con sus expectativas. Salía a trotar a las diez de la noche. Probaba todo tipo de comidas en los puestos callejeros. Se sentía segura.

–Todo hablaba: la nevera, la arrocera, ¡todo!

Pero, como Maira, Sonia no encajó en la cultura laboral:

–Ellos tienen muchos códigos sociales que se me escapaban. Allá los jefes te pueden llamar a cualquier hora. Yo tampoco sabía que, cuando el jefe acaba de comer, todos tienen que acabar también.

La carga de trabajo era tan grande que se sentía como una estudiante escapándose de clase cada vez que visitaba un museo o un centro comercial.

Los conflictos en la oficina escalaron al punto de que varios colegas se quejaron de ella ante sus superiores. Un día, su jefe la llamó a la oficina y le comunicó la decisión: la iban a devolver a Colombia por tres meses para que reflexionara sobre su conducta. Sonia les hizo caso, a medias. A los pocos días de pisar tierras caleñas, tomó un vuelo de regreso a Corea del Sur con su madre para vivir en el país como mochileras. Fue, me dice, una de las mejores experiencias de su vida. Hoy en día no sabe cuándo irá de nuevo, pero no lo ve imposible: en su billetera aún conserva, en perfecto estado, la tarjeta del metro de Seúl, de sus días como misionera.

 

 

 

La hacienda cafetera Misiones queda a dos horas de Bogotá. Consiste en una ladera amplia y verde, con un río que retumba corriendo monte abajo y extensos potreros donde crecen los cafetos y pacen las cabezas de ganado. Está situada en Cundinamarca, entre dos pueblos de escasos habitantes: La Victoria, arriba, y El Triunfo, abajo. En medio de la finca se alza una casa de arquitectura antioqueña, de dos pisos y barandas verdes sobre las que cuelgan materas de orquídeas nativas. Enfrente está el beneficiadero para procesar el café y, diseminadas a su alrededor, las casas de los trabajadores, muchos de los cuales nacieron y han vivido toda su vida allí.

Ese es el caso de Derly Díaz. Con la excepción de una temporada que pasó trabajando para un call center del Banco Agrario en Bogotá, ella siempre se ha alojado en la casa blanca que comparte con sus padres y sus dos hermanos a cuarenta minutos a pie del beneficiadero. Hoy, a sus 26 años, es asistente en la digitalización del archivo de la hacienda, un trabajo bastante dispendioso que la ha llevado a internarse durante más de un año entre legajos y libros de contabilidad que se remontan a las últimas décadas del siglo XIX, cuando Misiones empezó a comercializar su café.

Derly, a su manera, se ha adelantado al proceso de modernización de la finca. Cuando nos vemos en la casa principal, llega vestida con unos Converse All Star negros, unos pantalones abombados del mismo color, una camiseta estampada con la imagen de un espíritu tragándose un plato de ramen y, encima, suelta, una camisa de leñador, con cuadros grises y amarillos. Tiene un piercing en la lengua, otro en la ceja, uno más en la nariz. Dos ramilletes de aretes recubren sus orejas y una bandana lila abraza su frente. Más arriba, un peinado corto, partido en dos, corona su cabeza; su pelo tiene un color impreciso, entre el azul y el rojo. La pinta, me explica con timidez, es un homenaje a BTS: el peinado y la camisa calcan el estilo de Suga, mientras que la bandana es la prenda insigne de V.

El k-pop y Derly cruzaron caminos por primera vez en 2016. Ese año había visto en el canal de Las Estrellas la retransmisión del dorama Eres hermosa, la historia de una chica que deja de ser monja para suplantar a su hermano gemelo en la banda de pop más popular de Corea del Sur. Desde entonces, poco a poco, su algoritmo de YouTube empezó a mutar. Aparecieron los videos de los grupos shinee y de SS501. También los de otros menos conocidos que Derly escuchaba en Ciudad K-pop, el único programa radial del género que existe en Colombia, a cargo de la emisora de la Universidad Nacional. Ninguno, sin embargo, la marcó tanto como BTS.

Derly no es una “army bebé”. Desde hace seis años sigue cada paso de los siete idols y se conoce su discografía al derecho y al revés. Puede recitar de memoria sus cumpleaños y hasta la fecha de lanzamiento de su primer sencillo, “2Kool 4 Skool” (“fue el 12 de junio de 2013”, me dice). Al igual que otros fans, los sigue por medio de la página Daum Cafe, donde ellos interactúan con su público, y de BeeLive, la misma app que usa Mafe. Pero en este punto de su vida, BTS no solo representa una fuente de entretenimiento. Ya no se trata, como al comienzo, del espectáculo y de admirar la belleza física de los integrantes. El asunto es más profundo. Para Derly, BTS es una escuela de vida, una filosofía popular que le ayuda a entender su lugar en el mundo. Gracias a ellos se acaba de terminar El libro rojo, en audiolibro, del psicólogo suizo Carl Jung.

–El k-pop no solo trata de sexo, drogas, o de cantarle a una mujer bonita –me explica–. En el caso de BTS, cada uno de sus discos toma muchas referencias de la psicología analítica de Jung.

Me pone como ejemplo el cuarto álbum de estudio de la banda, que salió en los primeros meses de la pandemia: Map of the Soul: 7. El título alude a un libro homónimo que publicó hace treinta años el analista junguiano Murray Stein y que hoy es una popular introducción a la obra del suizo. Muchas de las canciones del disco llevan por título conceptos de Jung, como “Persona”, “Inner Child” y “Shadow”.

Emocionada de poder hablar sobre el tema con alguien, Derly se suelta.

–¿Qué es la persona? –me pregunta mirándome a los ojos, sacudiéndose su timidez–. Es la máscara que nos ponemos para interactuar con otros. BTS habla del amor propio, de amarse a uno mismo para amar al prójimo. ¿Y qué debo amar de mí misma? No a la máscara, a la persona, sino a mi propio yo. De esa manera, puedo convivir mejor con mi entorno.

En el video de “Persona”, el rapero RM aparece en un salón de clases de colegio a media luz, rodeado de pupitres de madera y al fondo una pizarra garabateada. Una guitarra eléctrica, sobre una pista de rap, acompaña sus primeras palabras: “¿Quién soy? Esa es la pregunta que me hecho toda la vida. Es la pregunta que probablemente nunca podré responder”. Enseguida habla de sus sueños, de querer ser un superhéroe, del peso de la fama. El salón de clases, entonces, se oscurece: su “sombra”, que según Jung es “la personalidad oculta, reprimida”, se toma la palabra para enumerarle sus carencias. En una tarima, una versión deforme de RM lo confronta. Hacia el final, el rapero entiende que su fama, su vida como idol, es solo una máscara más, una de las muchas que lo acompañan. “¿Quién carajos soy yo?”, repite una y otra vez, en el coro, a lo largo de la canción.

Desde que se adentró en la psicología analítica de Jung, Derly ha empezado a analizar sus sueños. Me dice que esa práctica le ha ayudado a entender mejor su inconsciente. Gracias a BTS, y a sus lecturas, ha aprendido a buscar su propio norte. En internet, hace un año, empezó a estudiar coreano. Quiere conocer Corea del Sur, “visitar las ciudades y los monumentos”, si bien dice que es un “sueño lejano”. Por el momento, piensa terminar su trabajo en la digitalización del archivo. Luego ya verá qué paso dar.

Cuando nos despedimos, la luz ha declinado. Atardece. De los árboles surge el canto de los pájaros. El trino ronco de los cucaracheros. El graznido doble de las piguas. El amable murmullo de las golondrinas. Derly se detiene en el portón de la entrada y saca su celular del bolsillo del pantalón. Teclea unos segundos en silencio, hasta que suena una canción. No reconozco el tema, pero sí el género: es k-pop, posiblemente BTS. Pienso en Mafe, en Maira, en Sonia. ¿La habrán escuchado también? Derly le sube el volumen y alza la mano derecha hasta la oreja. Emprende su camino a casa. 

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ACERCA DEL AUTOR


Estudió cine y literatura en la Universidad de Monash, en Melbourne, Australia, e hizo una maestría en periodismo cultural en la Universidad de Columbia. Fue editor de la revista Arcadia y del área de ficción de la editorial Planeta. En 2021 ganó el Premio Simón Bolívar por su investigación “El rey se pasea desnudo: corrupción en el Fondo de Cultura Económica Colombia”

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