El hijo ajeno

UN CUENTO DE YAEL WEISS

 

Para Carlos V. 

POR Yael Weiss

El hijo ajeno

Ilustración de Silvia Prietov

Una noche me quedé con su hijo adentro de la casa y a Pablo lo dejé afuera. Cerré por dentro la puerta de la calle y no hice caso de sus gritos cuando quiso volver a entrar. En el futón de mi sala el niño dormía con el ceño fruncido, lo cual me pareció gracioso porque solo tenía dos años. Creo que no se dio cuenta de nada. Pablo, en cambio, se puso como loco y eso me dio una satisfacción inmensa. Mientras más se desesperaba él allá afuera, más tranquila y feliz me sentía yo adentro, junto al niño. Tiendo a recordar esa ocasión como la vez en que debió prenderse una alarma pero no la escuché, o más bien no quise escucharla pues estaba convencida de que mi relación con Pablo era ineluctable y había que apurarla hasta la última gota.

Desde un inicio me había advertido que era padre de un niño de seis meses. Estábamos desnudos sobre el parquet del departamento de alguien, ni siquiera recuerdo de quién, y no le di ninguna importancia. Habíamos tenido buen sexo, él me gustaba y eso era todo. Por debajo de la puerta cerrada se colaban el aire frío y el ruido de una aspiradora. Me daba pereza ponerme de nuevo el traje plateado que había elegido para ir a la fiesta donde lo conocí, pero tuve que hacerlo. Salimos a la calle sucios y vestidos de noche. Pablo me conducía por la cintura unos centímetros adelante de su propio cuerpo como si tuviera que exponer ante el mundo la cosa más linda que podía haberse encontrado. Así, ceñida por el talle, me sentía más alta que las demás personas con que nos cruzábamos. 

Nos detuvimos a comer unos tacos y los acompañamos con cervezas. Debíamos apestar a cigarro, sexo, alcohol y, para las narices más finas, a anfetamina. Aunque ninguno de los dos era aficionado a las drogas, eso en la taquería aún no lo sabíamos: apenas nos estábamos conociendo y tomando la temperatura. Los comensales entraban, comían sus tacos y se iban, pero nosotros seguíamos ahí, tomando cerveza tras cerveza en una mesa cerca de los baños, cada vez más mimetizados con la penumbra del lugar, hundiéndonos en ella y asombrándonos cuando veíamos a lo lejos cuánto sol había en la calle. 

Me seducía la manera en que Pablo pelaba los dientes cuando ordenaba otra ronda o hablaba con alguien que no era yo. Me hacía pensar en un perro bravo educado según los modales del hombre civilizado. Tenía la rabia de quien fue molido a golpes en la infancia, pero también la determinación adulta y sosegada de quien manda dinero y cuida de una madre enferma en la provincia. Habló poco de sus parientes y yo de los míos, lo suficiente para comprender que nos habitaba la misma ira. Pablo era lampiño, de piel suave, pero debajo corrían ríos hirvientes de sangre. Bastaba rozarlo para darse cuenta. A cada contacto, dentro de mi estómago se abría un vacío y me daba un vértigo muy agradable. Permanecí con mi traje plateado dos días y una noche más con tal de alargar nuestro encuentro. Fuimos a encerrarnos en su casa con unas botellas de whisky y unas caguamas hasta que nos dio el lunes.

Vi crecer al niño porque seguí frecuentando a su padre. Nos lo traían dos veces por semana. Había que caminar hasta el coche encendido y sacarlo por la puerta trasera porque la madre no se bajaba, no saludaba, ni siquiera nos volteaba a ver. Luego Pablo perseguía a Sabino por su casa, o por la mía, con cucharadas de comida. A diferencia de los otros padres no salíamos a pasear al parque, sino que nos quedábamos en casa a tomar cerveza y vigilarlo. No sabíamos qué se hace con un niño. Le dábamos mi iPad, con el que jugaba a lavarle los dientes a un dinosaurio o miraba videos infantiles. Cuando estábamos de humor, cantábamos los tres. La madre no metía los pañales en la maleta, seguramente a propósito, así que siempre había que salir a comprar unos y de paso más cerveza. 

Había un cementerio de botellas vacías en el patio trasero de mi cocina y tardé años en entender que de ahí salían las babosas que invadían la casa en época de lluvias. Vivían de cerveza, como nosotros. Sabino trataba de agarrarlas con sus dedos cortos pero ya capaces de hacer daño y las dejaba estropeadas en un charquito pegajoso. Me costó trabajo que aprendiera a observarlas sin tocar. Después de los grandes aguaceros los dos pasábamos largos minutos en cuclillas mirando sus lentos itinerarios por el piso, admirados porque brillaban.

Pablo tenía una sensibilidad particular por las palabras, aborrecía algunas. Por ejemplo, las de psicología barata como “codependencia”, “toxicidad” y “autocuidado”. Pero nada le sacaba con más eficacia la crueldad que los clichés, sobre todo si tenían que ver con una pose intelectual. No podía escuchar algo semejante a “racismo interseccional y sistémico” o “machismo estructural” sin vomitar su desprecio. No eran tanto las ideas en sí mismas las que le molestaban sino la manera en que se repetían de boca en boca, vaciándose de sentido. Su asco por las ideologías de cajón incluso se extendía a expresiones como “échale ganas” y “salir adelante”.

–¿Adelante adónde? –gruñía, con la quijada apretada y los labios retraídos. Para él no había ningún adelante, solo caos. Las ideas de progreso y superación personal le parecían la mediocridad misma, una técnica de supervivencia para débiles mentales.

Su aversión por la estupidez iba aún más allá. Recuerdo una escena que nos quitó el hambre. Era el inicio de una tarde de sábado cuando le arranqué la botella con que aderezaba la ensalada explicando, con un tono aleccionador, que “había que ser generoso con el aceite de oliva”. 

–¿Quién te dijo esa pendejada? –rugió furioso. El color se le subía rápido y la hilera blanca de sus dientes me daba miedo. No sé cómo detectaba las frases que alguien me había dicho y que yo repetía sin filtrar.

Reconocí que era el dicho de una señora algo ridícula que quería mostrarme cómo ser europea. Pablo dijo que le daba asco mi ensalada generosa, sacó una cerveza del refrigerador y me dejó plantada ahí, con las verduras que había lavado con desinfectante y cortado en cubitos. Agarré una cerveza yo también, lo alcancé en la cama para ver la tele y ninguno de los dos comió la ensalada que se echó a perder.

Al principio me gustaba que me desenmascarara porque me parecía una prueba irrefutable de su inteligencia. Sin embargo, eso tuvo un efecto secundario: cada vez nos íbamos con más cuidado a la hora de expresar nuestros juicios, porque yo también me puse a vigilar los suyos, y al final preferimos ni siquiera exteriorizarlos. Nos resignamos a pasar el tiempo con series de televisión que no generaban demasiadas olas. Lo importante era olernos y seguir los focos de calor que producían nuestros cuerpos bajo las cobijas. Y claro, seguir bebiendo. Los fines de semana a veces no veíamos la luz del día porque manteníamos las cortinas cerradas.

Las disputas estallaban de todas formas. Nos peleábamos con los sentimientos a flor de piel y unas ganas animales de lastimar al contrincante. Sabíamos que el alcohol provocaba estas riñas y que jamás podríamos respaldar las palabras ofensivas que salían de nuestras bocas en esos momentos. Pablo me enfocaba con un solo ojo, y a veces yo también, parecíamos cíclopes tambaleantes y malvados acechando un punto débil donde clavar el puñal. Éramos ridículos pero también peligrosos. 

No recuerdo por qué nos enojamos la noche en que me quedé con el niño. Pablo tenía la cara roja cuando salió de mi casa con las maletas de Sabino y la silla de bebé para el coche. Nos habíamos terminado la botella de Johnnie Walker y me parecía injusto y cruel que se fueran ellos dos por su lado, juntos, y me dejaran a mí sola en una casa donde no había nada que beber. Sentía que me quitaban algo a lo que yo también tenía derecho, que ellos lo poseían y no me lo querían compartir. Aproveché el primer viaje al coche para asegurar desde adentro la puerta que da a la calle. Pablo tocó el timbre, llamó al teléfono, me mandó mensajes de amenaza, gritó desde la calle, aventó piedras y me rompió una ventana. Pero yo no respondí. Me acurruqué cerca de Sabino en el futón de la sala. Su cuerpo emitía una paz deliciosa y me hubiera podido quedar un tiempo infinito cerca de su respiración pequeña y rápida. Al final Pablo marcó a la policía. Escuché la amenaza cuando la gritó desde la banqueta, y luego la llamada, y entonces sí que me precipité a abrir. Me empujó contra la pared para apartarme y se metió corriendo a buscar a su hijo. Se relajó cuando lo vio tranquilamente dormido. No sé si se imaginaba que lo había matado o algo así. Cuando llegó la policía dijimos que no había ningún problema, que no sabíamos de qué llamada hablaban. Pablo fue agresivo porque los detestaba igual que yo. Me agarró la mano para mostrarles que entre nosotros la cosa iba bien. Ya no nos soltamos: retrocedimos a oscuras por las estancias desordenadas, esquivamos los objetos regados por el piso y nos derrumbamos sobre la cama, sin acariciarnos ni besarnos porque toda escena de reconciliación apasionada estaba prohibida, pero cuidando ese contacto esencial entre nuestras palmas.

A la mañana siguiente lo acompañé a dejar a Sabino en la guardería. En el camino dimos los últimos tragos a la caguama que Pablo guardaba en el descansabrazos de la camioneta y pasamos a canjearla por una fría. Eran las ocho y la cerveza nos resucitaba. Habíamos agarrado la costumbre de empezar así el día. Teníamos treinta años, así que la energía nos alcanzaba tanto para trabajar como para beber. Pablo se estacionó unos minutos afuera de mi oficina para que le diéramos baje completo a la cerveza. Vimos cómo algunos de mis colegas cruzaban la calle apurados, nerviosos, con sus sacos raídos. Nos sentíamos más fuertes que cualquiera que se contentara con un miserable jugo y un pan en el estómago para iniciar la jornada.

Nuestros amigos dejaron de invitarnos a los eventos importantes de sus vidas porque éramos indecorosos y siempre armábamos un problema. Pablo se ponía a abrazar a desconocidos y trataba de dar besos en la boca a los hombres más conservadores de la fiesta. En sus ataques de amor beodo los cargaba sin pedirles permiso, levantándolos del piso por las piernas. Siendo él tan chaparro, a veces se caía para atrás con su presa. Cuando Pablo se derrumbaba junto con la persona que sostenía en brazos, se dibujaba en su rostro, por unos segundos, la incomprensión total, como si el mundo le fallara inexplicablemente. Me hería su cara de derrota con las cejas fruncidas, los lentes chuecos y la boca torcida. En esos momentos tomaba conciencia de que el alcohol lo convertía en un patético idiota.

Yo jugaba al revés: me ponía a tumbar gente. “¡A que te tiro con una sola llave!”, les decía sin importar si pesaban cien kilos. Me sabía una buena llave pero estaba tan ebria que muchas veces no lo lograba y solo hacía el ridículo. Pero eso era lo que menos me importaba, aunque quizá Pablo veía mi fracaso como yo veía el suyo: espejos el uno del otro. Éramos dos lacras, y por eso la gente que acudía a beber y bailar nos evitaba a toda costa. Nosotros volvíamos casi siempre insultándonos, así que resultaba mejor ni siquiera salir de la casa.

A la distancia puedo concluir que en una relación con alcohol de por medio debe haber una asimetría en el consumo o se va al carajo. El borracho puede sistemáticamente echarlo todo a perder y el sobrio esforzarse en enderezar el barco. Y eso flota. Con mis hombres anteriores, el gusano en la manzana era yo, así que la pareja funcionaba al menos por un rato. Muchos años antes de conocer a Pablo, me casé con un hombre bueno, que me quería y hablaba de fundar una familia. Me fugué de mi casa con él. Después del registro civil, festejamos en una pulquería cercana y, ya de noche, en un salón de baile con ficheras en el centro de la ciudad. No éramos muchos, solo los amigos más cercanos y los que aceptaban nuestra unión. Pusimos dos patas de elefante Bacardí sobre la mesa, junto con el refresco. Fue tanta mi euforia que empecé a romper con mi frente los vasos cuberos, esos que son largos y finos. El mismo hombre con quien me acababa de casar me llevaba los viernes a las luchas. Me explicaba las llaves y decía que las cortadas cerca del nacimiento del pelo eran las más espectaculares porque sacaban mucha sangre sin ser graves. Pero en el salón de baile a mi esposo no le gustó que usara ese método para expresar la felicidad. Para calmarse tuvo que salir a la calle mientras yo seguía con mi espectáculo de novia hasta que nos corrieron porque la mesa estaba llena de sangre y vidrios rotos. A partir de entonces fui la mala de la historia. A cada reclamo de mi parte, mi marido respondía: “De todas formas, cuando llego a casa siempre estás peda”. Resulta paradójico, pero eso nos hizo durar bastante.

Pablo en cambio se tomó las cosas diferente. En cuanto escuchó esta historia, rompió envases con la cabeza él también, para probarme que podía tanto como yo, incluso más. En los bares mordía sus vasos y mascaba pedazos de vidrio, así que tuve que aprender a hacerlo. No es tan difícil como parece. Pablo se colgaba de las ventanas, se aventaba de los coches en movimiento. Yo también. Extrañamente, no disfrutábamos estos actos cuando los realizaba el otro. Ver a Pablo borracho y pendiendo de una estructura endeble sobre veinte metros de vacío me ponía de pésimo humor, sobre todo si estábamos en compañía y la gente entraba en pánico o se molestaba. Me daba vergüenza. Pero no podía evitar hacerlo a mi vez, provocando los mismos sentimientos en mi contra. El único testigo ocasional que parecía disfrutar nuestra audacia era Sabino, pues nos admiraba a los dos. 

Un sábado pasamos por mi prima Azucena, que andaba estrenando novio. No nos habíamos visto en mucho tiempo, así que ella tampoco conocía al mío. El plan era ir al teatro y luego a cenar en parejas para disfrutar de la oferta nocturna de la ciudad. Los recogimos a ella y el novio en una esquina complicada. Entraron al coche bajo un concierto de claxonazos y solo pudieron saludarnos una vez instalados en el asiento trasero, a uno y otro lado de la silla de infante que olvidamos dejar en casa y comprometía la comodidad del viaje. Pablo les hizo un hola con la mano por el retrovisor y yo me torcí para darles un beso que de todas formas tronó en el aire porque el coche brincó, primero en un tope y luego en un agujero.

–Pinches calles están del cocol –gruñó Pablo.

Hice las presentaciones pero él no se tomó la molestia de sonreír. Veníamos bebiendo de la caguama del descansabrazos, como de costumbre.

–Oigan, no se permite beber en la vía pública –nos informó Azucena.

–¿Neta? –contestó Pablo. Dio un trago profundo a la botella y la pasó hacia atrás–. No te preocupes, con nosotros sí puedes.

–No, gracias –repuso ella sin agarrar la caguama. 

Pablo me la pasó a mí. Le di un trago que me supo un poco amargo.

–Hay que rellenarla, está tibia –le comenté al devolverla al descansabrazos–. Creo que hay un Oxxo en el cruce con la avenida.

–La verdad es que preferimos que no beban en el coche –retomó Azucena.

Se hizo un silencio pesado. Pablo tomó otro trago de la botella y yo abrí la ventana.

–Pablo, te lo pedimos por favor –intervino el novio con voz autoritaria, como si se tratara de arreglar un problema entre machos–. Además es muy peligroso –añadió.

Este alardeo de masculinidad no le gustó a Pablo. Detuvo el coche. 

–Bájense si no les gusta –dijo.

Mantenía las manos sobre el volante y los miraba por el retrovisor sin ninguna simpatía.

–Corazón... 

Que yo le dijera así lo enfureció. Pablo odiaba lo cursi y a mí se me olvidaba cuidar mis palabras.

–Que se bajen –repitió.

–Quédense –traté de convencerlos yo–. ¡Neta no pasa nada! Siempre bebemos en el coche. En serio, no se preocupen, relájense.

Azucena y su novio nos miraban desde el asiento trasero con horror. Se veían confundidos. “Qué ñoños”, pensé yo. Me parecía estúpido incomodarse por unos tragos de cerveza. A los dos minutos decidieron bajarse de todas formas e irse por separado al teatro.

–Pablo, ¡ellos traen los boletos! –me acordé cuando nos detuvimos frente al Oxxo.

–Llámales para que los dejen en la entrada –gritó Pablo antes de meterse a la tienda.

Cuando volvió con la cerveza le dije que no me respondían. 

–De todas formas el teatro me caga –declaró. Destapó la botella con las muelas y me la pasó. Le di un trago profundo que me sosegó. Estaba a la temperatura perfecta.

–¿Vamos a las hamburguesas de por tu casa? –le sugerí.

–¡Eso! –respondió con entusiasmo.

En aquel local los alimentos no eran de la mejor calidad, pero era barato y servían las hamburguesas con una cerveza incluida. Cuando llevábamos a Sabino, nos peleábamos por su cerveza gratuita.

–Igual sácate el anforita con el whisky –sugerí.

Pablo me miró dudoso pero me la pasó. 

–Si no vamos al teatro, no la necesitamos –argumenté.

En el instante en que abrí la boca y eché la cabeza hacia atrás para verter el líquido, Pablo dio un giro brusco y me empapé la camisa.

–¡Qué pendeja! –rugió y me arrancó el ánfora. Era de aluminio, decía Johnnie Walker y le daba un sabor metálico a la bebida. Ahora él echó su cabeza hacia atrás para verter una buena cantidad de whisky en su boca y el excedente chorreó por la barbilla.

–Pendejo tú que no sabes conducir –respondí. Recuperé con trabajo el anforita.

Cuando Pablo se detuvo otra vez a cambiar la caguama, me molesté.

–No mames, ya estamos a dos cuadras. Tengo un chingo de hambre, ¡allá bebemos! –grité mientras se alejaba. 

Él hizo como que no me escuchó. Aproveché que se metía al Oxxo para cambiarme al asiento del conductor, pero olvidé poner el seguro a la puerta.

–Quítate –dijo al volver. Abrió la puerta para que me bajara. 

Respondí que ni madres y me aferré con fuerza al volante.

–No estoy bromeando... –gruñó Pablo con los dientes apretados.

–Yo tampoco. Ahora yo conduzco, tú estás muy pedo –me enterqué.

Para impedírmelo, Pablo me arrancó los lentes. Al arrebatárselos de regreso, les rompí una pata y eso le dio risa. Del coraje agarré los suyos y los trituré entre mis manos. 

–¡Hija de tu puta madre! –aulló, dejando ver la hilera terrorífica de sus dientes. Al quitarle el armazón de sus gafas le había arañado sin querer la nariz. En la punta vi que perlaba una gota de sangre. Me dio miedo lo que acababa de hacer pero no lo suficiente, así que arrojé sus lentes lo más lejos que pude para que los fuera a recoger como un perro. Pablo se lanzó por ellos pero ya no se subió al coche, se fue caminando hacia a su casa fingiendo que ni su camioneta ni yo existíamos. Conduje como pude hacia el mismo lugar.

Ya no teníamos repuestos así que nos quedamos sin lentes los dos. A los suyos les faltaba un cristal y estaban torcidos, a los míos les faltaban las dos patas. Al día siguiente nos tocaba cuidar a Sabino, a quien no le pareció extraño vernos sin gafas. No sé si no nos miraba en detalle porque éramos símbolos abstractos para él, con funciones de guardaespaldas o de sirvientes, o si, al revés, nos examinaba con una profundidad que iba allende el aspecto exterior. Esa mañana de domingo llegó con una baraja para jugar “memoria” y nos explicó las reglas con gran seriedad. Pero estábamos incapacitados para retener cualquier información, crudos y hartos de nosotros mismos. Sabino parecía muy frágil en nuestras manos y al mismo tiempo mucho más fuerte y apto para la vida. ¿Cuánto tiempo iba a aguantarnos? ¿Cuándo íbamos a tener que empezar a esconder las botellas? 

A las doce nos fuimos a su fiesta para niños en Chapultepec. En taxi, porque no podíamos conducir. Los padres del festejado tuvieron la decencia de comprar cervezas para los adultos, lo cual nos calmó un poco. Vigilábamos a los niños desde una mesa de pícnic donde algunos intentaban entablar una conversación. No me interesaba lo que decían así que mejor me puse a mirar a los chamacos. Me di cuenta de que Sabino no era ni el más lindo ni el más simpático, y que además se quedaba apartado de los juegos. Me costaba aguantarme las ganas de intervenir para que lo integraran.

Un señor que parecía el abuelo del festejado sacó un toque y pensé que eso me ayudaría a desentenderme de las dificultades sociales de Sabino. Le di unos jalones que de inmediato se me cruzaron con las cervezas, la cruda y la decepción. Para controlar las náuseas, fui a tirarme al pie de un árbol, de espaldas a la fiesta. La tierra donde recosté mi cara olía bien y pensé que lo mejor era quedarme ahí para siempre, mirando las ramitas, las hojas y las piedras diminutas. Después de unas horas, cuando Pablo vino a despertarme, le dije que yo me quedaba, que se fueran sin mí. Sabino lloraba, su boca estaba azul por culpa de no sé qué dulce y ambos me parecían patéticos comparados con la majestuosidad tranquila del bosque. Pablo me agarró un brazo y empezó a arrastrarme hasta que me levanté. Los alaridos de Sabino eran insoportables y grité aún más fuerte que jamás lo llevaría a otra fiesta. En el camino de regreso, los ojos redondos de Sabino me observaban con reproche detrás de una muy gruesa capa de lágrimas.

Otra noche aventé unos muebles por la ventana. Pablo me miraba desde el borde de la cama, frunciendo sus cejas despobladas y tristes, como si no comprendiera ya nada, como si el alcohol hubiera apagado la última chispa de inteligencia que le quedaba, con esa cara de derrota que yo despreciaba porque me reconocía en ella y me enfurecía aún más. Unos días más tarde, Pablo reventó la pantalla de mi computadora con un martillo mientras yo me reía a carcajadas, orgullosa de sacarlo así de quicio. Poco después lo amenacé con una navaja y quise herirlo en el brazo o la pierna, pero me desarmó. A Pablo yo lo necesitaba y lo odiaba tanto que por momentos sentía que uno de los dos tenía que morir para romper el embrujo. Ni siquiera nos detenía la presencia de Sabino, que lloraba bastante cuando gritábamos. Cada vez que bebíamos alcohol fuerte nos confrontábamos, y eso sucedía cada dos días, incluso a diario, porque tomar cerveza no bastaba para calmar la irritación de estar juntos. Antes de conocer a Pablo yo me creía incapaz de romper platos en casa como hacían las parejas en las películas, o como nos lo relataban algunos amigos. Pero eso era de principiantes; hacía ya mucho que habíamos estrellado contra el piso todos los vasos de mi casa y de la suya. Ahora tomábamos del pico de las botellas. Veía perfectamente cómo la gente se convertía en lo contrario de lo que pensaba ser.

En todo esto había, por supuesto, un terreno absolutamente prohibido: el cuerpo de Sabino. Podíamos matarnos, pero jamás tocarlo a él. Al menos yo, porque Pablo a veces lo agarraba del brazo demasiado fuerte y, furioso de verlo llorar, lo zangoloteaba para que se callara, hasta que yo entraba en escena para separarlos y abrazaba al niño para sosegarlo. Pero incluso lo sagrado se transgrede cuando se han quemado las naves y no se puede volver a un terreno seguro. Empecé a gritarle a Sabino. Le decía que su padre era un borracho desgraciado y que en eso se convertiría él. Le quité con violencia los pantalones cagados una vez que Pablo se había derrumbado en pleno día por andar tomando mezcal, un alcohol que nos aniquilaba demasiado rápido y que yo evitaba porque me hacía llorar. Eché la ropa de Sabino a la basura y lo dejé desnudo, en el frío, humillado y gritando como un becerro hasta que su padre despertó.

–No te vuelvas a meter con mi hijo –me amenazó Pablo mientras lavaba el pantalón cagado y manchado de salsa podrida–, porque te vas a arrepentir.

Brillaban sus dientes afilados.

–¡Pero si ya no te quiero volver a ver! Ni a ti ni a tu hijo retrasado. Me da tristeza verlo contigo de padre –respondí yo, lista para un golpe que no llegó.

Pablo se fue, pero volvió. No podíamos dejar de vernos. Quienes han tomado la autopista que lleva del país de quienes se quieren “bien” al país de quienes se quieren “mal” saben que no es fácil volver. No se logra con la sola voluntad, se necesita un poco de suerte. La encontramos en la enfermedad de su madre.

Poco después de que dejé desnudo a Sabino en el frío, la madre de Pablo enfermó de gravedad y él tomó un avión hasta la frontera sur del país. Primero debía quedarse una semana, que se transformó en un mes y luego en otro. Aproveché para zafarme. Me puse a tener sexo con muchos hombres. Algunos no me querían volver a ver después de dos o tres veces, por el asco que les causaba mi borrachera permanente. Pero siempre había alguien dispuesto. A Pablo le dije por teléfono que no quería volver a verlo jamás.

Lo del niño fue menos fácil. Me agarró desprevenida una añoranza muy profunda por las visitas semanales de Sabino. Sentía un vacío que solo podía llenar su cuerpo pequeño y rebelde al orden que queríamos imponerle. Le hablé a la madre porque me demostraba más simpatía desde que me había separado de Pablo y porque la solidaridad surge más fácil entre las ex. Le pedí ver a Sabino para su cumpleaños número cinco. Accedió. Lo llevó a una librería donde pasamos la tarde juntos, leyendo sobre los cojines dispersos de la sección infantil. Sabino me abrazaba, ponía su cabeza sobre mi pecho para escuchar los relatos. Estábamos felices de reencontrarnos. La madre se instaló en la cafetería, ni demasiado lejos como para perdernos de vista ni demasiado cerca como para molestarnos. Sabino no me habló de su padre, ni me preguntó nada de nuestra vida de antes. Salvo una vez:

–¿Tienes babosas todavía? –inquirió de pronto, a la mitad de un cuento que trataba de algo completamente distinto.

–Sí –dije sorprendida–, ahí siguen. ¿Quieres volver a verlas un día?

Sabino asintió con la cabeza, pero no sentí que fuera sincero. Su madre me permitió volver a verlo unas cuantas veces más porque entendió que su hijo también necesitaba despedirse de mí. A los niños no les gustan los cambios bruscos. Sabino, sin embargo, se convertía en un niño diferente al que yo había tratado de consolar cuando lloraba y nuestra convivencia se sentía cada vez menos natural. En nuestro último encuentro le traje el iPad donde aún conservaba las aplicaciones que le habíamos bajado. Le dije que el dinosaurio tenía los dientes muy sucios y extrañaba a su dentista favorito. Sabino me miró con una cara de lástima, como si me hubiera quedado varada en un mundo vetusto que ya no tenía ningún sentido. Prefirió buscar videos en YouTube y dejó de hacerme caso. Comprendí que había llegado el momento de decirnos adiós y lo hicimos, sin demasiada nostalgia. Eran las doce del día y me urgía volver a casa a destaparme una cerveza bien fría. 

 

*Este cuento hace parte del nuevo libro que la autora publicará con la editorial Elefante.

ACERCA DEL AUTOR


Yael Weiss

Publicó Hematoma (Elefanta, 2019), Cahier de violence (Édition & What, 2009), entre otros. En 2014 creó Archivo Abierto, la aplicación histórica del FCE. Es editora digital de la Revista de la Universidad de México y conductora de un par de programas en TV UNAM.

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