El Lovecraft de Houellebecq

Una reseña de H.P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida de Michel Houellebecq.


 

POR Luis Felipe Núñez

El Lovecraft de Houellebecq

 

A treinta años de su publicación, Anagrama ha reeditado H.P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida. En 1991 Michel Houellebecq tenía 35 años y no había escrito ninguna de sus novelas famosas. Tampoco Lovecraft era un amo indiscutido de la cultura popular ni un referente indispensable para cualquier escritor hispanoparlante interesado en la literatura fantástica. De aquí que el Lovecraft de Houellbecq sea mucho menos espectacular de lo que podría esperar alguien que acaba de conocer al escritor de Providence, Rhode Island, por una referencia a su figura en una canción, un videojuego o una serie de televisión. El lector no encontrará aquí una hipótesis sobre las causas de la seria adicción de Lovecraft al helado, las razones por las que su madre lo vestía de niña o las frivolidades de su relación con el escapista Harry Houdini. Houellebecq ofrece una versión mucho más mundana y acorde a los rigores de la elaboración de una obra obsesiva. Su figura es la de un hombre normal pegado al asiento en que lee y escribe la mayor parte del tiempo. Y desmontado el mito es más fácil comprender a Lovecraft como un artesano del terror que como una mente prodigiosa y sobrenatural. El Lovecraft de Houellebecq tartamudea, no tiene plata para visitar Europa y no escribe con el estilo diáfano y unívoco con el que se ganaban los concursos literarios en la década de 1990. Su prosa no va al grano. Es reiterativa y vacilante. Insiste en repetir imágenes y arquitecturas con una fijación casi paranoica. Trastoca la ciencia y evita el sexo y la economía.

El Lovecraft de Houellebecq no es el ensayista perfecto. Ha envejecido mal por no haber sido capaz de incluir su obra en sus consideraciones sobre la fantasía y el horror sobrenatural en la literatura. Su percepción del género es enciclopédica, pero falla al no calcular la relevancia de su propio trabajo. Porque ni siquiera a Lovecraft se le puede perdonar la escritura de ensayos sobre la literatura fantástica que no hablen de Lovecraft. Como cuentista, en cambio, tiene más aficionados, imitadores y apóstoles que el mismísimo Proust. Su influjo es inconmensurable. Su genialidad en la observación meticulosa de sus propios agobios, en el registro constante de los que sienten como él, leen como él y escriben como él quiere escribir. Lo que afianza el amor de un escritor por otro es la comprensión de las obsesiones que comparten.  En el Libro de arena hay un cuento que Borges dedica a la memoria de Lovecraft y que dice: “El hombre olvida que es un muerto que conversa con los muertos”. El Lovecraft de Houellebecq es el muerto que convirtió su desprecio por el realismo en un gran monumento. Y que al morir entregó su obra al mundo. 

Hoy que la figura de Lovecraft puede asociarse más con la de un médico brujo invocador de maleficios que con la de un hombre corriente, habría que preguntarse si existe un camino distinto al trabajo comprometido para levantar una mitología semejante y las más de 100.000 cartas que componen su correspondencia no reunida aún. Esa es la única enseñanza del maestro. La obra es al artista lo que las lápidas son al resto de personas. También Gaudí y Rodin modelaron activamente sus propios mausoleos. Inscribir el nombre de alguien sobre una piedra o un metal tiene como propósito dar a esas tres o cuatro palabras que son el nombre un carácter indeleble y asegurar su permanencia en un sitio menos incierto que la memoria de los pueblos. La obra, sin embargo, otorga a esa ilusión dimensiones inesperadas porque distingue al lecho del artista de todos los demás. Porque llega a adueñarse incluso del nombre su nombre hasta hacerlo desaparecer. Este Lovecraft es el artesano de su propia tumba, el carpintero de su cruz, de su mitología de seres galácticos y submarinos creados a imagen y semejanza de las gentes malvadas de su tiempo: divinas, monstruosas, indiferentes. 

ACERCA DEL AUTOR


Luis Felipe Núñez

Escritor y abogado. En 2014 ganó el III Premio Nacional de Cuento La Cueva con “Abrakadáber”, y en 2018 el Concurso Distrital de Cuento Ciudad de Bogotá con “Frutas de duelo”. Sus relatos han sido incluidos en distintas antologías nacionales e internacionales.