El mundo como síntoma

El colmillo de la esfinge.

POR José Covo

El colmillo de la esfinge.

 

“Una sensación muy extraña en las piernas...”, decía Sara, fumándose su cigarrillo y temblando, como lo hacía, de la ansiedad. No parecía preocuparse demasiado por estar tan desregulada anímica y neuroquímicamente que perdía la naturalidad motriz... es posible que ni siquiera se diera cuenta de que era un estado atípico, tanto tiempo llevaría así. Los psiquiatras le proponían nombres para esa sensación tan extraña y ella los rechazaba todos. No era un hormigueo, tampoco un dolor, ni sordo ni punzante... ¡no era nada! La extrañeza misma que se le había metido en los muslos, todo lo difícil e incomprensible de su vida, de todas nuestras vidas, traducido de un lenguaje a otro... estábamos varios alrededor, en un centro de rehabilitación por drogas a las afueras de Bogotá, una finca en la que nos habría dado gusto estar, me imagino, a todos, si no tuviéramos, cada uno, nuestros propios síntomas, más o menos comunicables... sensaciones novedosas, comportamientos inexplicables o ideas fijas como una fe que nos conducían hacia más adentro de lo incomprensible...

            Esa noche sentí la misma extrañeza en las piernas... tampoco pude darle nombre... No podía dormir teniendo encima ese ruido de la carne o de los sentidos y salí de mi cuarto a buscar ayuda. La psiquiatra de turno me hizo un par de preguntas y me dijo que era común el contagio de síntomas en el entorno clínico... Había copiado el síntoma completo, incluso su resistencia al lenguaje... como si hubiera estado muy atento mientras Sara demostraba cómo se explicaba el mundo a través de ese estado de la experiencia... y yo quise explicármelo de la misma manera... por lo menos como había entendido.

            Porque el síntoma explica el mundo, la experiencia... te da un asidero de dónde prenderte en el clima incierto del sentido de todo... que siempre amenaza tormenta. Como el nombre propio, ¿no?, que experimentamos como una certidumbre tan fundamental como el haber nacido, e incluso nos parece más fijo que nuestra existencia material, porque sabemos que nos sobrevivirá. A mí me nombraron con los signos que antes nombraron a mi abuelo paterno. Como los síntomas, los nombres nos los repartimos, siguiendo lógicas de lealtad, de linaje, de sonoridad o de moda. Y como los síntomas, los nombres propios ocupan un lugar ajeno al orden común de la experiencia o del lenguaje. El síntoma es único y propio de la misma manera que las palabras que nos representan no sirven para mucho más que para representarnos. Yo me llamo José Antonio de una manera enteramente distinta a como mi abuelo se llamó José Antonio. El mismo síntoma –una incomodidad inenarrable en el cuerpo, un delirio persecutorio– significa dos cosas diferentes –únicas– dentro de dos organismos humanos diferentes y únicos, como somos todos y como han sido nuestros antepasados. Y si prestamos síntomas o nombres de quienes han venido antes, nombre y síntoma pueden también sobrevivirnos, si hubo alguien con la sutileza de entenderlo y con su propia necesidad de hacerse concreto.

            Y la infancia... ¿no éramos concretos en esos primeros años? Por lo menos no entendíamos aún de abstracciones... éramos concretos por desconocer la abstracción, nos sentíamos concretos, ¿no es verdad? Pero, en realidad, éramos abstractos, pequeñas larvas en quienes todo es potencia y no la cosa misma... y vivíamos en ese mundo larvario de ideas generosas y carentes de contradicción... el niño Dios, el ratoncito Pérez... la incertidumbre respecto al origen de los nuevos humanos. Es un simulacro de mundo que entre los adultos les mantenemos... ¡es un gran horror ver a un niño perder la inocencia... cuando comprende lo abstracto y difícil que es en realidad el mundo! Pero, igual, nosotros también estamos en un simulacro, construido con nuestras explicaciones de las cosas, la postura política, la teoría que cada uno tiene sobre lo que somos y, sobre todo, cómo deberíamos ser. ¿Quién está en el mundo como tal? ¿Cuál mundo? Si lo que llamamos mundo son esas ideas... ¡ese síntoma! Entendido ya no como un estado patológico particular, sino como nuestra fantasía fundamental que funciona de engarce entre mente y realidad... una metáfora en el piso de toda nuestra experiencia a la que la experiencia se refiere para tener sentido. La metáfora del héroe, que conquista los obstáculos y derrota a sus enemigos... la metáfora de la víctima, esa alma pura que es atacada por todos los que odian la pureza misma... la metáfora del adicto, quien frente a la falta de sentido se aboca a ese placer igualmente sin sentido, tal vez con menos sentido aún que la dificultad abstracta contra la que reaccionó en primer lugar... ¿Y es que hay una mente sin metáfora de sí misma? ¿Sin nombre propio? ¡Imagen y semejanza...! Sin imagen no hay mundo, porque el mundo es la imagen.

            El síntoma y la realidad misma están hechos con los mismos elementos... la misma substancia... ¡el espíritu...! que nombra a los aspectos de lo que existe y les da un lugar, un uso, un sentido... Pero, ¿qué nombra el nombre propio, ese síntoma de la abstracción que está aquí bajo su signo? ¡El cuerpo, el alma! ¡Abstracciones! Llevadas a lo concreto por las palabras... ¿Qué nombra el nombre propio? Lo que no quiere ser nombrado. Es por eso que “José Antonio” es arbitrario y no define mi lugar ni mi posible uso. ¡Cuántos José Antonios habrá! ¡Cuántas maneras singulares de llamarse igual! Hay que hacer un gran esfuerzo para que el nombre se nos pegue... y parte inherente de ese esfuerzo es no pensar nunca en el trabajo que cuesta. El síntoma –la metáfora– que cada uno se inventa y que eleva, cada uno, a estatus de realidad completa es, en última instancia, el nombre propio del mundo... tan ajeno a lo que él es como somos nosotros a los ruidos que heredamos para hacernos concretos. Lo que existe –afuera, adentro, en todos lados– no quiere ser nombrado... por eso hay tantas maneras de decir lo mismo... tantas formas únicas y verdaderas de ordenar lo que no es ni verdadero ni falso... y, aun así, ¿qué cosa, al final, puedo decir que soy, sino ese signo que ya fue mi abuelo y que serán innumerables otros?

ACERCA DEL AUTOR


José Covo

Es maestro en artes de la Universidad de los Andes y candidato a PhD en literatura hispánica por la Universidad de Iowa. Ha publicado las novelas Cómo abrí el mundo (Planeta, 2021), La oquedad de los Brocca (Caín Press, 2016) Osamentas relampagueantes (Caín Press, 2015). A través de su escritura aborda la fragilidad de los conceptos y las fantasías con los que se negocian, entre los miembros de la especie, el problema del estar-aquí. Fue pintor antes de escribir cualquier cosa, soñador lúcido antes de empirista, y cree que el agua le entra al coco desde un adentro más interior.