El retorno del águila

Mucho antes de la invención del avión o del globo aerostático, los pueblos prehispánicos de México descubrieron una colorida forma de surcar los cielos a través de la danza de los voladores. Se trata de una tradición viva, incluso cambiante, como lo ha demostrado uno de sus practicantes cubierto de plumas, a la guisa de un águila.

POR Juan Carlos Rocha Pardo

Fotografías de natalia agudelo mendoza y juan carlos rocha pardo

Fotografías de Natalia Agudelo Mendoza y Juan Carlos Rocha Pardo

El palo tradicional y el metálico, alrededor del cual giran los voladores, en las fiestas patronales de San Miguel Tzinacapan.

El palo tradicional y el metálico, alrededor del cual giran los voladores, en las fiestas patronales de San Miguel Tzinacapan.

 

1.

Arturo recorrió con la mirada los treinta metros de altura del tronco enterrado en el corazón de la plaza de Cuetzalan, en México, donde durante siglos se ha realizado la danza de los voladores. Suspiró profundo, soltó un grito, aplaudió como si quisiera espantar las voces de miedo que murmuraban entre las paredes de su cabeza, y empezó a trepar los escalones de madera para hacer el primer vuelo de su vida.

Delante de él subió un volador más experimentado, ágil y seguro. Arturo trató de seguirlo, pero trastabilló en el tercer escalón.

–¡A poco el novato quiere hacer las del experto! –le gritó desde la muchedumbre una voz que Arturo reconoció como la de uno de sus maestros. 

Siguió subiendo a un ritmo más prudente, mientras los que venían detrás lo presionaban y el bamboleo aumentaba con la altura. Cuando llegó a la punta pidió una mano para treparse al cuadro donde ya estaba sentado el primer volador, quien se negó con un gesto y le explicó cómo subir por sus propios medios. Lo logró con algún rasguño que le ardería después, luego se aferró al cuadro con todas sus fuerzas. Los voladores que esperaban detrás de él le pidieron que se corriera un poco para subir ellos también, pero Arturo estaba paralizado por el miedo y tuvieron que hacer una pirueta para treparse.

Se acomodó al occidente, hacia el ocaso, donde todo termina, y otro volador le amarró el lazo en su cintura, el cordón umbilical que lo mantendría con vida. El caporal subió de último, se sentó en el tecomate, una pieza rolliza de madera instalada en la punta del palo. Ató un pequeño tambor a su mano, llevó a su boca una minúscula flauta de carrizo con tres orificios y empezó a tocar ambos instrumentos, ofrendando su música en las cuatro direcciones, a los cuatro elementos, a las fuerzas de la naturaleza, dadora de vida.  

Luego se puso de pie, y sobre el tecomate, de apenas veinte centímetros de diámetro, empezó una danza hermosa y temeraria, zapateando, saltando y contorsionándose al filo de la muerte, girando hacia los puntos cardinales, siempre tocando los instrumentos, de poco tamaño pero estridentes, elevando plegarias al cielo.

El corazón de Arturo latía al ritmo del tambor. El viento acariciaba su rostro cubierto de un sudor helado. Se atrevió a mirar abajo: la plaza empedrada, la algarabía del domingo, el mercado que se extendía entre las calles angostas, la iglesia imponente, también de piedra, que poco a poco se iba llenando de gente con el repique de las campanas. Luego alzó la vista: el cielo eterno, el resplandor del sol sobre las montañas, el vuelo de algún ave que se mecía leve en la distancia, y por un momento hermoso y fugaz, una sensación indescriptible lo inundó todo. 

Otro volador le preguntó si se lanzaría de espaldas, como es costumbre, o si se soltaría poco a poco. De espaldas, respondió embriagado por la emoción, pero en el mero momento el miedo regresó con su fuerza paralizadora. Bajó del cuadro agarrándose con ambos brazos pero los otros voladores ya estaban en el aire, y si no se soltaba todos se enredarían, así que el caporal le dio el empujón de rigor. Sintió el vacío en su estómago y los segundos de indecisión hicieron que empezara a girar en su propio eje mientras daba vueltas alrededor del palo. 

Pensó que iba a vomitar, hasta que se hartó de sí mismo, de sus miedos, de su mente. Logró ponerse de cabeza, abrió los brazos para liberarse y voló, como lo han hecho generaciones de indígenas en el México profundo.         

 La multitudinaria procesión de danzantes de distintas tradiciones en San Miguel Tzinacapan.

La multitudinaria procesión de danzantes de distintas tradiciones en San Miguel Tzinacapan.

 

2.

La danza de los voladores es uno de los rituales más asombrosos que se han mantenido entre los indígenas de algunas regiones de Mesoamérica. Su origen, extraviado entre los nebulosos límites de la historia, es motivo de controversia y quizá nunca podrá determinarse con exactitud. 

Se tienen indicios de que la danza se realizaba desde hace al menos 2.500 años en los territorios que hoy ocupan los estados de Colima, Jalisco y Nayarit, donde se encontraron posibles representaciones del ritual en restos de cerámica funeraria. En esa misma región yacen restos de un palo volador en la cima de una de las pirámides circulares escalonadas de la tradición de Teuchitlán, la sociedad que floreció por el 100 a. de C. entre la laguna del mismo nombre, el volcán de Tequila y los cultivos de maguey, donde se realizaban ceremonias para rendir tributo a Ehécatl, dios del viento. 

Según el antropólogo francés Guy Stresser-Péan, la danza procede de los toltecas, quienes la difundieron por diferentes lugares al huir de alguna guerra, mientras que el alemán Walter Krickeberg sostiene que proviene de los totonacos de la Sierra Norte de Puebla, cerca a Cuetzalan, donde el ritual se mantiene vigente. Antes de la Conquista, la danza ya se había expandido a varias regiones de Mesoamérica, y sobrevivió a la sangrienta mutilación cultural, aunque tan sospechosa salvedad tuvo fines evangelizadores: una de las imágenes del Códice Azcatitlán, realizado entre los siglos xvi y xvii, muestra los rostros de varios sacerdotes frente al ritual de los voladores en plena ejecución; los danzantes con rasgos europeos, ataviados con alas angelicales, mientras un indio es bautizado en una pileta frente a la iglesia.

En 1528, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés describió la ceremonia en Tezoatega, cerca del lago Nicaragua: un ritual con dos voladores –dos niños de siete u ocho años– realizado en la época de la cosecha del cacao, mientras unas sesenta personas bailaban en tierra. Más adelante, en el siglo xvii, fray Diego Durán describió los atuendos de águila y otras aves, como el pájaro carpintero, elaborados con delicados tocados de plumas, los instrumentos musicales y la caída fatal de un danzante, “aunque traía alas”.

Fray Juan de Torquemada, también en el siglo xvii, sugirió que las trece vueltas que realiza cada uno de los cuatro voladores al descender del palo, y que suman un total de 52, corresponderían a un ciclo en los calendarios prehispánicos de Mesoamérica. 

Para el siglo xix, más viajeros europeos habían presenciado la danza, como el dibujante costumbrista Carl Nebel que la plasmó en una de sus láminas, publicada en París junto a otras cincuenta litografías, bajo el título de Viaje pintoresco y arqueológico a la parte más interesante de México. Más adelante, un puñado de antropólogos, asombrados por el ritual, empezaron a estudiarlo y a interpretar sus elementos y significados. 

En 1936, Stresser-Péan viajó a México con el encargo de estudiar la danza de los voladores, de la que apenas había escuchado palabra. Para documentarla con detalle, el joven etnógrafo, de apenas 23 años y sin hablar un ápice de español, se internó por dos años en la Huasteca Potosina –una región al nororiente del país, de una riqueza natural excepcional, habitada desde tiempos prehispánicos por la cultura huasteca–. Fue una aventura singular, un tema sagrado del que ningún informante quería hablar por temor a las retaliaciones divinas que –dicen– sufrieron algunos de quienes se atrevieron a ayudarlo. “Por sí mismas, las dificultades de mi investigación bastarían para demostrar el carácter sagrado de la danza de las águilas”, escribió Stresser-Péan.

A su regreso a Francia, su tesis fue laureada pero el estruendo de la Segunda Guerra Mundial postergó la publicación indefinidamente. El francés, como tantos otros extranjeros que ponen pie en México, fue cautivado por una magia irresistible que lo llevaría de regreso en varias ocasiones. Finalmente se radicó en el país y en 1952, ante la sorpresa de los lugareños, participó en la danza de los voladores. Con los años, pasó a engrosar la extensa lista de los mexicanos de corazón: “Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana”, decía Chavela Vargas, nacida en Costa Rica. 

El interés por la danza de los voladores siguió en aumento. Numerosos estudios se sucedieron y la explosión de la industria del turismo no tardó en aprovechar su espectacularidad. Los palos fueron sembrados en playas, sitios arqueológicos y hasta hoteles de lujo a lo largo y ancho del país, mientras en las comunidades indígenas se trataba de mantener el sentido profundo del ritual.  

Stresser-Péan dejó una extensa obra sobre las comunidades indígenas de México –siete películas documentales, más de 70 artículos científicos y 15 libros–, y murió en Ciudad de México, días después de que la Unesco reconociera la danza de los voladores como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Su tesis, La danza del volador entre los indios de México y América Central, se publicó de manera póstuma en 2016.      

Hoy en día, la danza se mantiene vigente entre los teeneks de San Luis Potosí, los purépechas de Michoacán, los nahuas de Hidalgo y Puebla, los ñanhús de Puebla, varios pueblos mayas de Guatemala, los pipiles de Nicaragua y, especialmente, entre los totonacos del Totonacapan veracruzano, cuyo corazón es Papantla, y la sierras Norte y Nororiental de Puebla, donde Cuetzalan, “lugar de quetzales”, ocupa un lugar central.  

 El grupo de voladores mayoyohuastles, conformado por hombres de distintos pueblos de la Sierra Norte y el Totonacapan.

El grupo de voladores mayoyohuastles, conformado por hombres de distintos pueblos de la Sierra Norte y el Totonacapan.

 

3.

El primer recuerdo que Arturo conserva de los voladores se remonta a su primera infancia, un domingo de mercado en Cuetzalan, cuando el pueblo entero participaba en la renovación del palo para la danza. Comía unos tlacoyos junto a sus abuelos mientras una romería de hombres trataba de levantar el tronco, que se había enredado con un lazo sin que nadie se percatara. Entonces un volador, con su atuendo maravilloso, saltó sobre el palo inclinado, subió por él como un equilibrista, cortó el lazo con su machete y volvió a tierra con una pirueta.

Era uno de los últimos pasos de un ritual de varios días, distinto en cada comunidad, pero que usualmente empieza antes, cuando el caporal y los danzantes encuentran el árbol adecuado en el bosque y “chapean” a su alrededor retirando toda la maleza mientras tocan algunos sones con el carrizo y el tambor.

Se dice que en algunas comunidades los voladores pasan una noche bajo el árbol, y cuatro días después regresan para celebrar el ritual del perdón, en el cual piden permiso para cortar el árbol haciendo reverencias a las cuatro direcciones. También ofrecen aguardiente y copal, tocan sones y bailan a su alrededor. Luego ellos mismos se turnan para dar los primeros doce hachazos, realizan nuevos rezos y continúan con los golpes de hacha hasta derribar el árbol. 

En otras épocas, el arrastre del palo era quizás la parte más emotiva del ritual, pues llevarlo desde el bosque hasta la plaza requería la fuerza y perseverancia de centenares de hombres, en ocasiones durante varios días. Hoy en día el trabajo comunitario sigue siendo necesario para sacar el árbol hasta la carretera más cercana, pero luego un camión arrastra el tronco enorme hasta la plaza, donde nuevamente se requieren los brazos de la comunidad. 

Ya en la plaza inicia un nuevo ritual, con danzas, sones, aguardiente y un guajolote –en otras comunidades puede ser un pollo o una gallina negra– que se introduce en el hoyo cavado previamente, y se sacrifica cuando se levanta el palo, en un electrizante movimiento de cuerdas y poleas como el que Arturo presenció de niño. 

Arturo nació en Cuetzalan, un pueblo enclavado en las estribaciones de la Sierra Norte de Puebla, pero fue llevado a Ciudad de México pocos días después de nacer. Regresó a su lugar natal un poco más grande y se crió con sus abuelos a las afueras del pueblo, un territorio escarpado y bendecido con cuevas misteriosas, ríos azulados, milpas de colores y un persistente aroma a pimienta y vainilla.

La región, habitada por indígenas recios y orgullosos de su identidad, es cuna de uno de los movimientos indígenas más representativos de las últimas décadas, la Unión de Cooperativas Tosepan Titataniske, cuyo nombre es una expresión del náhuatl que significa “unidos venceremos”. La Unión fue fundada en 1977 y cuenta con más de 40 mil socios provenientes de 32 comunidades distintas. Tiene su propio banco, sistema de salud, farmacia, vivero, panadería, hotel, escuelas y nueve cooperativas para el comercio de pimienta, café, miel, productos cosméticos y bambú, entre otros.  

A los nueve años Arturo regresó a la ciudad con su madre y su padrastro; poco antes de terminar la escuela consiguió su primer empleo como ayudante en un taller de mecánica y más tarde se mudó a un depa. Cada tanto iba a Cuetzalan, sobre todo en las fiestas patronales, cuando los voladores de distintas regiones iban a ofrendar su danza. Entonces la idea de volar empezó a darle vueltas en la cabeza.

Consultó a su tío, quien lo presentó con un grupo de voladores. Estos lo recibieron con cordialidad pero sin expectativas, quizás pensando que se trataba de otro citadino en busca de una dosis de adrenalina. Arturo asistió a las primeras reuniones y entrenamientos, y pronto entendió que, si en verdad quería ser un volador, debía renunciar a su empleo en la ciudad. Se instaló en Cuetzalan, en principio rotándose entre las casas de sus familiares, trabajó en una cooperativa de café y así, poco a poco, la danza de los voladores se fue convirtiendo en el eje de su vida.     

En otras fiestas patronales llegó a la plaza con el tiempo justo para volar. Su grupo lo esperaba, así que se vistió con rapidez y subió de último. Cuando se sentó en el cuadro se sorprendió al ver una mujer:

–Órale –murmuró.

Irene era del pueblo, pero Arturo nunca la había visto. Al momento de lanzarse, el miedo también la frenó y se aferró al cuadro. El caporal le hizo un gesto de disculpas y le pisó las manos hasta que no tuvo más remedio que entregarse al vacío. Después de los trece giros, que marcan un círculo cada vez más grande a medida que se desciende, aterrizaron corriendo y se escucharon claramente los vivas de las mujeres. Ni en las investigaciones ni en los códices o las crónicas de la Conquista había información sobre la participación de mujeres en la danza, que era reciente en la Sierra Norte, pero no era bien vista en otras regiones. 

Arturo esperó a que pasaran los abrazos y felicitaciones de rigor para la valerosa mujer, y finalmente se acercó a confirmar sus sospechas. Meses después harían nido juntos y, más tarde, tendrían dos hijas: Yohualli Nikte, “Flor de la Noche”, e Itza Ócelotl, “Hechicera del Jaguar”.

 Pequeño aprendiz de la danza de los voladores.

Pequeño aprendiz de la danza de los voladores.

 

4.

La situación económica era difícil para la familia. La danza requería cada vez más dedicación y no les quedaba tiempo ni ganas para ganarse la vida con otras labores. Arturo aceptaba con entusiasmo las invitaciones para volar en otros pueblos y ciudades, pero, en ocasiones, apenas si cubría los gastos de los viajes.   

En un festival en la ciudad de Puebla, un viajero francés le preguntó por su atuendo. Arturo vestía el traje tradicional de los voladores: un gorro en forma de cono decorado con espejos, flores y un penacho con cintas de colores; una camisa blanca de cuello amplio; un huipil rojo en forma de triángulo con bordados de grecas, flores, aves y animales, atravesado del hombro izquierdo a la cintura del lado derecho; un pantalón rojo, decorado con otro huipil sujeto a la cintura, y los botines negros que le prestó otro amigo volador, porque los suyos ya estaban demasiado trajinados. Arturo le explicó el simbolismo de los numerosos detalles, los bordados del sol y la luna, de los santos y la Virgen, los pictogramas, los espejos, los animales, los colores y las plumas; el acuerdo de dos mundos que chocaron en una guerra desigual y despiadada, cada vez más lejana.  

El francés lo escuchó hasta el final y luego le dijo que ese traje no tenía nada de prehispánico. Arturo se molestó y lo dejó hablando solo, pero le quedó la espina clavada en el orgullo y, apenas pudo, empezó a investigar sobre el significado del atuendo. Pronto encontró las descripciones de los cronistas españoles y las investigaciones más recientes sobre los atuendos de aves, que al parecer eran comunes hasta hace poco en algunas regiones.

Entonces tuvo una visión que le cambiaría la vida: el águila volvería a volar en Cuetzalan.   

Días después aún tenía la idea revoloteando en su cabeza, cuando una amiga de la ciudad que venía de turismo al pueblo le pidió que la acompañara a la zona arqueológica de Yohualichan, ubicada a pocos kilómetros, donde algunos aseguran que nació la tradición de la danza de los voladores. En medio del recorrido por las pirámides y plataformas, construidas unos 1.400 años atrás, Arturo se disculpó para ir al baño y en el camino vio una fiesta en una casa vecina, donde acababan de matar tres guajolotes. Se le olvidó la urgencia, fue a la casa y le preguntó a la señora si podía llevarse las plumas. La señora le dijo que sí, pero que debía arrancarlas él mismo. Sin pensarlo empezó a quitarles las plumas a los guajolotes recién degollados y poco a poco se formó un círculo a su alrededor. La gente hacía chistes y reía, su amiga lo buscaba preocupada, hasta que se asomó por detrás del círculo de gente y lo encontró arrodillado, colorado y sudoroso en medio de una nube de plumas.    

Ya con las plumas en casa se decidió a darle tijera a su chamarra favorita de la época en que vivía en la ciudad, y luego de tres meses de chamba paciente, intensa y emocionante confeccionó un hermoso atuendo de águila, lleno de detalles.       

El primer vuelo tuvo lugar en las fiestas patronales de San Miguel Tzinacapan, un pueblo vecino muy conservador, cuyas fiestas son reconocidas como uno de los encuentros de danza tradicional más grandes de México.

Años atrás, como parte de una exitosa serie sobre culturas tradicionales en México, el canal Televisa estuvo en el pueblo documentando sus fiestas. Primero enviaron a un joven con las cartas correspondientes para las autoridades comunitarias, y días después llegaron camiones con cámaras, luces, micrófonos, presentadoras y maquilladoras. Entonces algún periodista quiso grabar el momento en que cambiaban el atuendo del santo, y a la comunidad le ofendió el atrevimiento, así que convocaron una asamblea urgente y, por votación, decidieron expulsar al canal de televisión más grande del país. “Pero si todos los pueblos de México quieren que los grabemos para sacarlos del anonimato”, decía una presentadora furiosa. 

Las comunidades de la Sierra Norte de Puebla también son célebres por haber rechazado –al menos por un tiempo– las tiendas de cadena que pululan en las grandes ciudades, las cuales traen consigo nuevas “necesidades”, unifican la demanda de productos y desplazan la economía local.       

Hace unos años, en otras fiestas patronales, el Ayuntamiento de San Miguel Tzinacapan levantó un palo metálico como medida para evitar la tala de árboles, que ya escaseaban. Diez años después decidieron retomar la tradición de talar el árbol. La presión sobre el bosque tenía otros orígenes y el ritual era fundamental para preservar el carácter místico de la danza y fortalecer el tejido comunitario.

En el momento más importante de la fiesta, en medio de la multitudinaria procesión de danzantes de distintas tradiciones, se lanzaron por primera vez dos grupos de voladores al mismo tiempo, uno desde el palo metálico y otro desde el tronco del árbol, mientras la imagen de san Miguel entraba en la iglesia en medio del estruendo de los cohetes. Durante el descenso, cuando la circunferencia marcada por los vuelos se hizo mayor, dos voladores chocaron en el aire –¡se dieron en la madre!– y terminaron todos enredados en los palos, algunos con serias contusiones: el choque entre la tradición y la modernidad. 

Por las calles de San Miguel Tzinacapan rondaban cientos de danzantes de varios tipos: matarachines, quetzales, migueles, concheros, toreadores, santiagos, huahuas y voladores. El humo salía de los patios de las casas comisionadas para atenderlos, las tortillas se calentaban en los comales, las bandas ofrecían sus sones, en la feria los juegos mecánicos traqueteaban sin cesar y los vendedores ambulantes ofrecían desde algodones de azúcar hasta baratillas chinas.

Arturo, vestido de águila, se confundía entre un grupo de la danza de los concheros, con sus atuendos ligeros de ropa, la piel pintada, plenos de plumas y sonoros cascabeles llamados ayoyotes. De camino al palo, un niño le advirtió que los concheros estaban en otro lugar, pero Arturo le dijo que era volador y fue a danzar en tierra junto a sus compañeros, ofrendando la danza y pidiendo protección al viento, ante la mirada confundida del pequeño. 

Los huaraches, un tipo de sandalias, le sentaban muy bien, aunque las garras cubiertas de ayoyotes se enredaban en los escalones, el casco con forma de pico le dificultaba la visión y escuchaba la algarabía propia de las fiestas como un eco lejano. Se sentó al oriente: el amanecer, el nacimiento, el principio. El caporal empezó a entonar los sones con el carrizo y el tambor, y a danzar sobre el tecomate, saludando al sol, pidiendo fertilidad y protección para restablecer la conexión con las fuerzas sutiles de la naturaleza. Arturo, más concentrado que nunca, se lanzó de espaldas al vacío, abrió sus alas y voló.

De pronto, mientras giraba, percibió un silencio extraño. La gente, ya acostumbrada a los voladores y embebida en las actividades de la fiesta, se detuvo de repente para contemplar el retorno del águila.   

Arturo danza sobre el tecomate y ofrenda a las cuatro direcciones.

Arturo danza sobre el tecomate y ofrenda a las cuatro direcciones.

 

5.

En un principio hubo cierta resistencia al atuendo del águila. Arturo se acostumbró a las burlas y algunos mayores se le acercaron para llamarlo a la cordura, por respeto a la tradición. Pero él estaba lleno de argumentos y le hablaba a quien quisiera escucharlo sobre los códices en los que aparecían voladores emplumados o sobre el significado del águila para las culturas prehispánicas, la mensajera entre el cielo y la tierra, con su visión amplia y aguda, y sus plumas doradas como los rayos del sol.  

No pasó mucho tiempo antes de que recibiera el encargo de confeccionar otro atuendo de águila y, poco después, un compa le pidió asesoría para confeccionar el suyo.

Por un tiempo consiguió las plumas en la guarida de los zopilotes, en el relleno sanitario de Cuetzalan. Tenía que correr bajo un árbol achilado y recoger tantas plumas como pudiera en el menor tiempo posible ante la mirada atenta de los zopilotes, que sacudían sus alas, cambiaban de lugar y hasta parecía que cagaban para marcar su territorio. 

De regreso a casa se daba un buen baño, lavaba las plumas, las ponía a secar y las clasificaba por tamaños en el taller que fue adecuando en la azotea, con vista a las montañas y al palo de los voladores, que sobresale entre los techos de teja de barro del centro del pueblo. Era un trabajo soñado: ganaba algo de dinero haciendo lo que le gustaba, despacio, sin presión, solo cuando había inspiración, dándose descansos para los quehaceres cotidianos, como jugar con sus pequeñas.

Cuando varias águilas ya volaban en la región, llegó a Cuetzalan el fotógrafo venezolano Kike Arnal, residente en Estados Unidos, quien había gestionado recursos para trabajar en un libro sobre los voladores de Puebla, menos conocidos que los voladores de Papantla, a pesar de que Puebla es el lugar de México donde la tradición ha conservado su carácter ritual de forma más profunda.

El fotógrafo buscaba quien lo acompañara en la aventura, y alguien le dio las indicaciones del depa que Arturo rentaba junto a su familia. Había que subir un par de cuadras por una de las calles empedradas, desde el centro de Cuetzalan, hasta encontrar una puerta pintada con un mural: Mayáhuel, diosa de la fertilidad, de la tierra, amamanta a un niño, a la humanidad, sentada junto a una planta de maguey, de donde crece el quiote, un palo largo que usan los voladores para danzar, entre ellos un águila.  

La puerta conducía a una escalera oscura que terminaba en un altar con incensarios, piedras semipreciosas, plumas, imágenes indígenas y máscaras del jaguar y el águila. No había duda, era el indicado.   

Durante varios meses anduvieron de gira entre las exuberantes montañas, recorriendo comunidades grandes y pequeñas, cercanas y remotas, en busca de voladores. Con la guía de Arturo, que entiende el náhuatl pero lo habla poco, conocieron muchos de los más de trescientos grupos de voladores que existen en la región, a los abuelos voladores más reverenciados, las variaciones del ritual según las comunidades y las escuelas de niños que han surgido desde la inclusión de la danza en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. El resultado es Voladores, delicado registro fotográfico de un ritual asombroso, que incluye algunas fotografías de Arturo durante el vuelo del águila. 

Los viajes por distintos lugares de México se hicieron más frecuentes, incluso para sembrar palos en otros territorios, mientras más turistas llegaban a Cuetzalan, declarado Pueblo Mágico, una ambiciosa estrategia gubernamental para activar el turismo en las regiones. 

Los grupos de voladores del pueblo se alternaban para volar los sábados y domingos hasta que un rayo cayó en la iglesia de Cuetzalan, hizo varios daños y el presidente municipal prohibió los vuelos como medida de prevención. Los voladores protestaron argumentando que no eran suicidas y que no iban a volar si las condiciones no eran adecuadas, pero pasaron tres meses sin que se levantara la medida, hasta que el presidente apareció liderando una caravana de cuatrimotos alrededor del palo clausurado. Arturo le sacó una foto y la subió en las redes sociales: “Es peligroso volar, pero parece que las cuatrimotos son inofensivas”, escribió. La publicación generó revuelo, mojó prensa en la ciudad de Puebla y detonó un enfrentamiento entre el Ayuntamiento y los voladores, con Arturo como uno de los líderes.

Fueron días tensos. Enfrentar a las autoridades en México, ese sí, puede ser un acto suicida; pero los voladores se organizaron como nunca antes, demostraron su fuerza y solidaridad y, luego de varias reuniones y acuerdos, volvieron a volar.

Arturo al final de un vuelo durante las fiestas patronales de Cuetzalan

Arturo al final de un vuelo durante las fiestas patronales de Cuetzalan

 

6.

El Huey Atlixcáyotl es un multitudinario y colorido festival que se realiza el último domingo de septiembre en Neteotiloyan –“el cerro de la danza”–, en la ciudad de Atlixco, y reúne a más de seiscientos músicos y danzantes provenientes de las once regiones del estado de Puebla, y a miles de espectadores de México y el mundo.

En 1965, cuando se realizó la primera fiesta, Atlixco de las Flores era un pueblo tranquilo de calles de tierra, en medio de un fértil valle con un clima apacible, y vista a uno de los paisajes naturales más icónicos de México: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, la segunda y la tercera montañas más altas del país. La primera, un guerrero cuyo corazón arde de dolor y tomó forma de volcán; a su lado, la “princesa blanca”, que murió de pena pensando que su prometido había caído en la guerra, según la leyenda de los tlaxcaltecas.

El lugar enamoró al joven neoyorquino Raymond Estage Noel, mejor conocido como “Cayuqui”, quien luego de varios viajes reveladores por distintas regiones de México decidió quedarse y dedicar su vida a preservar y disfrutar las asombrosas tradiciones de su nuevo hogar. Entonces, con ayuda de un comité de la comunidad, fundó el festival: al pueblo le faltaba una fiesta a lo mero mero...   

Luego de cinco décadas, Atlixco se convirtió en ciudad, la fiesta ha crecido año a año, estableciéndose como Patrimonio Cultural del estado de Puebla desde 1996. El Popocatépetl continúa con sus humaredas y estertores, y Cayuqui, ya mayor, lamenta que el Atlixcáyotl esté perdiendo su carácter ritual y comunitario, rindiéndose a los vicios de la industria del turismo.

Para la edición 53, unas 6.000 personas se congregaron en el área del cerro con vista a la Plazuela de la Danza, ya fuera desde una roca, los andadores, las zonas de graderías, tras bambalinas o desde el balcón presidencial. Aun así, muchas más se quedaron por fuera de la fiesta.

Cayuqui tiene su lugar en el palco, junto al gobernador del estado, el presidente municipal, la Xochicíhuatl, Reina Flor, y las Xochipilmes, las Florecitas, recién elegidas entre las representantes de varias comunidades. Cada tanto se refunde entre la multitud, bien aferrado a su bastón, saludando a los lugareños, hasta llegar a la Plazuela de la Danza, donde durante alguna de las tantas remodelaciones fueron hallados los restos de un altar dedicado a Ehécatl Quetzalcóatl, una de las manifestaciones de la Serpiente Emplumada, que representa el viento, y donde los españoles tuvieron la astucia de construir una capilla a san Miguel, el santo alado.   

Para esta edición, algunas de las sugerencias de Cayuqui fueron tenidas en cuenta nuevamente y se dio prioridad a los grupos de danza de las comunidades, a cambio de los ballets folclóricos de las ciudades, que estaban copando el festival.

Entre los cientos de danzantes provenientes de las distintas comunidades del estado, ha llegado un grupo de ocho voladores desde las montañas de la Sierra Norte de Puebla, coordinado por Arturo: cuatro águilas, dos jaguares y dos danzantes de atuendo rojo. Los preparativos fueron intensos, en especial porque Irene sufrió una lesión en su pierna –¡jugando al peligroso fútbol!– y apenas si se ha recuperado. 

Fue una jornada mágica, un poderoso despliegue de danzas heredadas de los ancestros y transformadas durante siglos vertiginosos y turbulentos, aún útiles para agradecer a la Tierra por todos los bienes que ofrece y conectar con las fuerzas sutiles que la mueven. 

Con penachos multicolores, sonajas y copal, mientras los cohetes estallaban en el cielo azul y el pulque y el mezcal pasaban de mano en mano, mujeres y hombres de todas las edades representaron las flores, las frutas, la calabaza y el maíz, al diablo y la bruja, el látigo del conquistador, el vuelo libre del colibrí y la fuerza indomable del jaguar. 

Antes del atardecer, cuando el público se debatía entre el júbilo y el cansancio, la flauta y el tambor de los voladores de la Sierra Norte de Puebla hicieron su aparición, para cerrar una nueva versión de la gran fiesta de Atlixco con una danza que recuperaba las tradiciones más antiguas y al mismo tiempo abría paso a una nueva visión: cuatro águilas volaron juntas por primera vez luego de varios siglos, entre ellas Irene, la primera mujer águila.

ACERCA DEL AUTOR


Periodista independiente, fotógrafo, viajero y campesino, autor del libro de crónicas y fotografías Un error en el sistema (2015). Una primera versión de esta crónica recibió el Premio Distrital de Crónica Ciudad de Bogotá en 2020. Más del trabajo de Rocha en www.unerrorenelsistema.wordpress.com

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