El software del alma

El colmillo de la esfinge.

POR José Covo

El software del alma

 

El mundo está en sombras y el alma lo ilumina… ¿Qué somos, que traemos la luz al mundo? ¿Qué es el mundo que se prende con nuestra lumbre? ¿Y de dónde sale esa luz? Son preguntas tal vez imposibles de responder. Pero el software que llamamos por ese nombre, alma, reduce la complejidad de todo este problema. Nos permite sentir que simplemente estamos aquí... y que somos, por supuesto, libres. Es una interfaz, como el navegador de internet desde donde usted probablemente lee estas líneas. ¿Qué es realmente ese navegador? Líneas de código indescifrables para casi todos, electricidad entrando y saliendo del soporte físico que permite su existencia, paquetes de información, ¡ideas!, que transitan por conductos etéreos, colores vivos y estimulantes, ¡luz!, tal vez alguna música de fondo que garantiza el sentido profundo de la experiencia, el acceso a otras interfaces, acceso también a la cámara en la que podemos comprobar nuestra permanencia, etc.

            Y el software del alma, ¿de qué es interfaz? ¿Qué somos, realmente? Primero, tenemos que decirlo enseguida y rápido, porque a nadie le gusta acordarse…, animales, brutos y malolientes, productos del mismo proceso evolutivo, accidental y, la verdad –¿quién puede decir que no?–, eminentemente vergonzoso que cualquier otro de los pocos organismos que existen o de los innumerables y variados que han existido. También somos, por supuesto, seres sociales, integrantes, todos, de una u otra comunidad. ¡Incluso el solitario está en la comunidad de los solitarios!, que, mirándose de lejos, se reconocen de inmediato, y saben, tanto el uno como el otro, que nada más es requerido. Lo que hacemos es visto por los demás y tiene un sentido, es aprobado o rechazado, bonito, feo, o cualquier otra cosa. Y nosotros miramos lo que los demás hacen como respuesta a lo que hicimos, y así se genera un bucle en el que, por juego de espejos, las acciones tienen consistencia, surge el consenso y cosas como el voto, por citar alguna. Pero el alma ya calcula todo ese juego y nosotros experimentamos la voluntad. Lo que yo quiero hacer, gústele a quien le guste. Pero ya sabemos que a alguien, por lo menos, le gusta, por lo menos a alguien imaginario que me mira desde ese lugar del mundo que es, al mismo tiempo, invisible y tan pesado como cualquier montón de materia. Ese lugar también está debajo de la interfaz del alma. Y el lugar de la consistencia lógica, por supuesto, donde existen los números, en el mismo orden para cualquiera que los descubra, por lo general, con sus fórmulas y estructuras tan misteriosas como la magia misma, y no menos efectiva.

            Si queremos tomar una decisión, ¿quién la toma? ¿El animal, desesperado por satisfacer su hambre o su agresión? ¿El sujeto social, incapaz de pensar sin la posibilidad del acuerdo o del desacuerdo? ¿La imaginación, donde existen las cosas perfectas, hacia donde nos vemos inclinados, como hacia los dioses o a las utopías? ¿La lógica, que funciona con independencia del impulso, de la emoción, de los ideales? ¿Cómo se integra esta distribución de poderes para poder hacer una sola cosa a la vez?

Mi primer recuerdo, el más temprano, en el recorrido de escenas que llamamos nuestra vida, es estar frente a la piscinita en el jardín infantil, que estaba protegida de nuestro ahogo con una reja. Mi amigo de esa época mitológica, mosaica, era Jorge, que tenía la capacidad heroica de poder meterse, con un pequeño esfuerzo, entre los barrotes de la reja. En el recuerdo lo hace y desde dentro me invita a que lo acompañe al mundo alrededor de esa piscinita, en el que parecían posibles fenómenos de otro orden; se vivía, de ese lado, con mayor pureza y más verdad. Yo lo intento, con lo que quiero llamar valentía, pero no logro la hazaña. ¡La cabeza! No me pasa. Jorge me dice, con claridad enciclopédica, que debo intentarlo con más entusiasmo, no debo permitir que me conquiste la cobardía. Yo le digo: “Jorge, no puedo”. Y lo miro desde ese lugar interior desde el que los infortunados miran a las personas felices. Él se avergüenza de su buena estrella, y no se demora tanto como quisiera más allá de la reja.

            Ahí, a los tres años, ya sentía que era alguien. Las cosas me dolían a mí, si desobedecía al alma de mi madre yo tenía la culpa. Ya tenía, también, la sensación de propósito. La vida ya era para algo. ¡Ya tenía alma! Quería cosas y me enfurecía o me desalentaba si no las ganaba... ¡Salía el animal a defender lo que por lógica le correspondía! Cómo es que la rabia se entiende con la razón es un tema fino y complejo... cómo es que el alma opera...

            La metáfora del software, ya podemos decirlo, es solo una metáfora. A diferencia de nuestro navegador de internet, no podemos desinstalar nuestra alma. No podemos, realmente, ser ni animales ni logicistas puros. Hay quienes dañan su software, por supuesto, por enfermedad o trauma, ya sea la una o el otro, al nivel del aparato físico o del espiritual. Y el alma tampoco calcula con unos y ceros, es decir, síes y noes... ¿el hambre... es un uno o un cero? ¿El amor? Hay partes del alma que son como son... podemos decir que fueron calculadas hace mucho y ahora solo las ejecutamos. Hay otras que nos vemos obligados a inventar... a programar partes del código que vienen en blanco. Tenemos que decidir quiénes somos... pero, ¿quién toma la decisión, si todavía no somos? Con cada nueva versión de nosotros mismos volvemos a establecer lo que fuimos antes, y lo que podemos esperar, o temer, llegar a ser. Aquí volvemos a encontrar la metáfora informática... contamos, cada uno, con innumerables actualizaciones realizadas en nuestros sistemas operativos, e innumerables aún por venir. Sin embargo, en cada versión existimos infinitamente como nosotros mismos... no está nada mal, ¿no es verdad? Un software que permite meter al infinito en cada día, ¡en cada minuto! Y que nos convence tanto de su substancia que es, en realidad, más fácil pensar que ese infinito llega hasta el fondo del tiempo, y no que se extingue junto con el animal... Tal vez, al final, esa infinitud, real o simulada, sea la línea de código más poderosa escrita jamás por la naturaleza... ¡Cómo nos sostiene! ¿Dónde, en verdad, estaríamos sin ella?

           

ACERCA DEL AUTOR


José Covo

Ha publicado las novelas Cómo abrí el mundo (Planeta, 2021), La oquedad de los Brocca (Caín Press, 2016) Osamentas relampagueantes (Caín Press, 2015). A través de su escritura aborda la fragilidad de los conceptos y las fantasías con los que se negocian, entre los miembros de la especie, el problema del estar-aquí. Fue pintor antes de escribir cualquier cosa, soñador lúcido antes de empirista, y cree que el agua le entra al coco desde un adentro más interior.